jueves, 3 de febrero de 2011

San Agustín: Tratado sobre la Santísima Trinidad (II)

Al comenzar el capítulo XI del libro décimo en el Tratado sobre la Santísima Trinidad, san Agustín de Hipona comienza tratando el tema de las tres facultades humanas: memoria, inteligencia y voluntad, con la intención de continuar la comparación que venía haciendo en los capítulos anteriores con respecto a estos trinomios y el misterio de la Trinidad. Afirma, en un primer momento, que estas tres facultades no son tres sustancias, sino una sola, aunque en sí mismas, cada una es vida, mente y esencia; una a una se conocen, y una conoce a todas ellas. “Las tres son unidad: una vida, una mente, una esencia”1.

Posteriormente señala la presencia de dos tipos de hombre, el externo y el interno, perteneciendo al primero todo aquello que tenemos de común con los animales; aquello que nos distingue es nuestro cuerpo erguido y nuestra alma, como sustancia espiritual. Además, la capacidad de retener, de imprimir en el recuerdo, de afianzar el pensamiento, de informar la mirada, de componer visiones fingidas, de comprender el orden de las cosas, de juzgar según una razón que nuestra mente reconoce como inmutable, son características de los seres de razón: los hombres. Sin embargo, “el verdadero honor del hombre consiste en ser imagen y semejanza de Dios”2.

Después, san Agustín refuta la teoría de la reminiscencia de Platón, aquella que afirmaba que las almas humanas, habiendo vivido antes en este mundo, después de vestirse con los cuerpos, no conocen algo nuevo, sino que recuerdan aquello que aprendieron. San Agustín dice: “Es preferible creer que, disponiéndolo así el Hacedor, la esencia del alma intelectiva descubre en las realidades inteligibles del orden natural dichos recuerdos, contemplándolos en una luz incorpórea especial, lo mismo que el ojo carnal al resplandor de esta luz material ve los objetos que están a su alrededor, pues ha sido creado para esta luz y a ella se adapta por creación”3. De igual forma, la teoría de Pitágoras que afirmaba que se recordaban ciertas sensaciones experimentadas cuando se vivía en otro cuerpo, san Agustín la rechaza diciendo que de haber recordado las cosas vistas en el mundo al vivir en otros cuerpos, todos o casi todos tendríamos estás experiencias.

Puntualizando parte de su teoría del conocimiento, el santo obispo de Hipona afirma que la distinción verdadera entre sabiduría y ciencia radica en que la primera se refiere al conocimiento de las realidades eternas, mientras que la ciencia trata el conocimiento de las realidades temporales. En este último conocimiento se descubren una especia de trinidad: memoria, pensamiento y voluntad. Por otro lado, la mente, cuando piensa en sí misma vuelve a su presencia por una conversión inmaterial, de tal manera que “cuando la mente pensándose se ve, se comprende y se reconoce, pues entonces engendra la inteligencia y conocimiento de sí misma”4. Y es en la mente, la parte más noble de nuestra naturaleza, sinónimo de alma, donde se ha de buscar y encontrar a Dios. El alma se recuerda, se comprende y se ama, constituyendo una trinidad, imagen de Dios.

“Cuando el alma ama a Dios y, como queda dicho, le recuerda y conoce, con razón se le ordena amar a su prójimo como a sí mismo”5. De Dios se recuerda que siempre es: “no fue y ya no es, ni es y no fue; jamás dejará de existir y nunca tuvo principio su existencia. Todo está en todas partes, y por eso el alma vive, se mueve y existe en Él, y de aquí la posibilidad de su recuerdo”6. Dios, quien nos ha dado la mente y la razón discursiva, es la vida misma, es espíritu, es inmortal, no hay mutación en su esencia, es eterno, es incorruptible, es sabio, es la sabiduría misma, es uno; y éstas no son cualidades en cuanto accidentes, sino se entienden como esencia, son sustanciales a Dios, de quien procede la felicidad para el hombre justo, bueno y espiritual.

Por último, refuta a los filósofos académicos, partidarios de la ignorancia absoluta, dudando de todo, señalándoles san Agustín que la afirmación «Sé que vivo» es innegable y ellos mismos la sostienen. Así ocurre con todo conocimiento, no se puede dudar de la verdad de los objetos percibidos por los sentidos del cuerpo ni la ciencia adquirida por testimonio ajeno, conservados en la memoria, de donde nace la palabra o el verbo verdadero, aquél que surge de las realidades que se conocen.

Bibliografía

San Agustín, “Tratado sobre la Santísima Trinidad” en Clemente Fernández, Los Filósofos Medievales I. Selección de textos, BAC, Madrid, 1979, pp. 424-444

1San Agustín, Tratado sobre el alma, L. X, 11, §18

2Íbidem, L. XII, 11, §16

3Íbidem, 15, §24

4Íbidem, L. XIV, 6

5Íbidem, 14, §18

6Íbidem, 15, §21

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