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miércoles, 29 de febrero de 2012

La mejor forma de comunidad política. Utopía, libro segundo de Tomás Moro



Tomás Moro fue un filósofo inglés que vivió a finales del siglo XV e inicios del XVI d.C.. Fue cercano al gobierno del rey Enrique VIII de Inglaterra, quien en 1535 lo mandó decapitar. Dentro de su labor filosófica se encuentran varios textos.[1] Sin duda alguna el más importante es: Utopía, escrito en 1516. Dicha obra está dividida en dos libros. El primer libro es más propiamente una introducción sobre el problema filosófico del gobierno y la política. En ese mismo tiene un diálogo con Rafael Hitlodeo, uno de los tripulantes de la expedición de Américo Vespucio[2] que, en uno de los viajes, se extravió y llegó a la isla Utopía, que tenía el modelo ideal de gobierno. Así pues, dicho explorador le propone relatarle su experiencia en tan especial lugar. Tomás Moro acepta.

Así se inicia el libro segundo de la obra Utopía, que más propiamente es la presentación[3] de Rafael Hitlodeo de la mejor forma de comunidad política. El texto comienza propiamente narrando la situación y la forma de la isla Utopía: tiene la forma de una luna creciente. Es un lugar dotado de defensas naturales y defendido además por una guarnición. El autor explica cómo la isla está tan bien protegida, y que sería imposible llegar a ella sin la guía de un utopiano que pudiera dirigir por medio de señales desde la costa. A lo largo de la isla es posible encontrar puertos. “Pero cualquier desembargo está tan impedido por defensas tanto naturales como artificiales, que un puñado de combatientes podría rechazar fácilmente a un numeroso ejército”.[4]

La isla en un principio estaba deshabitada. Fue Utopo, líder de aquél pueblo, quien se apoderó de la isla y de él le viene su nombre. Lo más sorprendente es que no era una isla, sino que después de haber conquistado el lugar, el invasor hizo cortar un tramo de tierra de quince millas que unía aquella península con el continente, creando tal isla. Cuando Hitlodeo llegó a ella, ésta contaba ya con cincuenta y cuatro grandes y magníficas ciudades, todas ellas con la misma lengua, idénticas en costumbres, instituciones y leyes.

Destaca en dicha isla la organización tan exacta y adecuada de cada ciudad, así como la interdependencia que entre sí tienen. “Cada ciudad tiene asignados terrenos cultivables…ninguna ciudad tiene ansias de extender sus territorios...”.[5] En los poblados, los habitantes se empeñan en el trabajo diario con un sentido de responsabilidad comunitaria muy grande. Ya está organizada la distribución de los bienes de manera óptima. “Todos los objetos necesarios y que no se pueden encontrar en el campo los piden a la ciudad y los consiguen de los funcionarios sin ningún papeleo y sin nada a cambio”.[6] Tomás Moro describe con especial énfasis el valor de la cooperación mutua.

Posteriormente detalla cómo son las ciudades (tomando como modelo la principal: Amaurota). Ahí va especificando cómo se utiliza el agua potable, asegurando su distribución y su buen manejo para los habitantes, habla sobre la fortificación con murallas, que hace de la ciudad un bastión casi inexpugnable y del perfecto trazado de calles. Prácticamente va describiendo la ciudad ideal: edificios limpios y elegantes, bien trazada, todos los servicios disponibles, etc.[7] Sus hermosos jardines adornan cada vivienda y toda la localidad en general. “Difícilmente, en efecto, se podría destacar un aspecto de la ciudad más pensado para el deleite y el provecho de la comunidad”.[8]

Después describe la organización política y social. Los magistrados son quienes representan al pueblo. Deliberan sobre los asuntos públicos y dirimen con rapidez los conflictos que surgen. La forma de gobierno es republicana, por lo que dichos magistrados son elegidos de entre los mismos ciudadanos. Presume el autor que en el senado no se decreta nada a la ligera y que siempre se busca el bien del pueblo. En cuanto al trabajo, todos trabajan. Nadie queda exento de ejercer la agricultura: hombres y mujeres. Y no de manera teórica, sino práctica, trabajando en el campo.

Es importante que en esta isla, se enseñan artes y oficios de utilidad y no de lujo, por lo que todo va destinado a servir de alguna manera al común. Ordinariamente los niños estudian para trabajar en el mismo oficio que su padre, aunque no es obligado, es decir, si en algún momento alguien manifiesta su deseo de estudiar otra cosa, es designado a otra familia que lo prepare en dicho oficio, siempre y cuando sea de utilidad para la comunidad en algún sentido. Nadie queda exento de estudiar un oficio y de trabajar en beneficio de todos (y así, de sí mismo).

La principal misión de los dirigentes de cada ciudad “es velar para que nadie se entregue a la ociosidad y a la pereza. Han de procurarse que todos se apliquen de una forma asidua a su trabajo”.[9] En pocas palabras, los holgazanes deben ser evitados y expulsados de la república. Un aspecto muy interesante de este “trabajo” tan bien guardado en las ciudades es el horario, el cual debe ser regular: “Dividen en veinticuatro horas iguales el día, incluyendo también la noche. Dedican al trabajo seis horas”,[10] distribuidas de manera adecuada, de modo que se ofrece tiempo suficiente de recreación, y al sueño se reservan ocho horas bien cuidadas. El tiempo que les queda entre el trabajo, la comida y el descanso, esos tiempos “libres” se dejan al libre arbitrio de cada uno. La mayor parte de los utopianos consagra esas horas al estudio.

Más adelante, Tomás Moro dedica algunos párrafos a explicar cómo esas ciudades tienen lo suficiente para vivir con comodidad y hasta de sobra, aún sólo trabajando seis horas, ya que en estos poblados no únicamente trabajan los hombres, sino que las mujeres también lo hacen. Asimismo no se relega a los ancianos, jóvenes, enfermos, etc., sino que a cada uno se le ofrecen modalidades de trabajo adecuadas que favorezcan a toda la comunidad. Se podría concluir, de esta forma de organización social, que al quedar excluidos los holgazanes y trabajar la mayoría de la población de manera adecuada y sistematizada, no se necesitan muchas horas para lograr acaudalar riquezas hasta de sobra. En el vestir son austeros, tienen lo que necesitan y hasta un poco más, de la misma manera en el comer y en demás necesidades básicas (y hasta permitiéndose algunos lujos).

“Las instituciones de esta república no buscan más que un fin esencial: rescatar el mayor tiempo posible en la medida que las necesidades públicas y la liberación del propio cuerpo lo permiten, a fin de que todos los ciudadanos tengan garantizados su libertad interior y el cultivo de su espíritu. En esto consiste, en efecto, según ellos, la verdadera felicidad”.[11]

En ningún momento olvidan el espíritu comunitario. Tienen una ética bien marcada, con su propia jerarquía de valores. Para ellos el bien mayor es la felicidad, que consiste en procurar el mayor placer honesto. También ellos desarrollaron su propia reflexión filosófica y determinaron sus principios básicos: el alma es inmortal, Dios, por pura bondad, la hizo nacer para la felicidad, después de esta vida nuestras virtudes serán recompensadas y el crimen castigado. Definen la virtud como “vivir según la naturaleza”[12] es decir, ellos consideran que Dios creó el alma con una tendencia inherente hacia la felicidad, por lo tanto, consideran que en el ejercicio pleno de la propia naturaleza, de lo que el propio ser va indicando está la verdadera felicidad. Aunque sí toman en cuenta ciertos impulsos que no llevan a la verdadera felicidad sino a una efímera, son aquellos placeres que embrutecen a la persona (como el abuso del vino y la comida, etc.).

“Llaman placer a todo movimiento y estado del cuerpo o del alma en los que el hombre experimenta un deleite natural”.[13] Además distinguen diversas clases de placeres verdaderos: unos en referencia la cuerpo y otros al espíritu. Los segundos se vinculan al gozo de contemplar la verdad. Los placeres del cuerpo son aquellos que inundan a los sentidos de gozo o aquel sentimiento de deleite proveniente de tener buena salud. Por último, en cuanto a la religión, gozan de una libertad de culto bastante tolerante, en cada ciudad cada quien es libre de profesar la fe que le plazca. Hitlodeo le dice a Tomás que cuando les hablaron a los utopianos acerca de Cristo, ellos acogieron, en su mayoría, con mucha dicha la fe cristiana. “Muchos de ellos abrazaron nuestra religión y fueron purificados por el agua del bautismo”.[14]

Concluye Tomás que, con la narración de Hitlodeo ha descrito la única república que, a su parecer, merece dicho título (república), pues en ella sí se procura el bien de cada individuo velando por el bien común. La organización responde a las necesidades, cada individuo no busca su propio bienestar, sino que con un intenso sentido democrático, de corresponsabilidad y bienestar ayuda en la función que le corresponde. Además, resulta muy interesante cómo Tomás Moro identifica que el alma está orientada hacia la felicidad, y que ésta se encuentra en la vivencia del placer y la dicha honestos.

Bibliografía

Fernández, Clemente, Los filósofos del renacimiento, Madrid, Ed. BAC, 1990, pp. 156-196.


[1] Otras obras del autor: Vida de Pico de la Mirándola, Historia de Ricardo III, Epigrammata, Respuesta a Lutero, Un diálogo sobre la herejía, Refutación de la respuesta de Tyndale, Respuesta a un libro envenenado, etc.

[2] Recordando que Américo Vespucio era un navegante que viajó a las recién descubiertas tierras del Nuevo Mundo por Cristóbal Colón.

[3] Evidentemente ficticia. Toda la obra y el relato es invención de Tomás Moro para abordar el tema de la mejor forma de gobierno y de vida de una sociedad.

[4] Fernández, Clemente, Los filósofos del renacimiento, Madrid, Ed. BAC, 1990, p.157. (Cfr. Santo Tomás Moro, Utopía, Libro Segundo, N. 309)

[5] Ibídem, p.158 (Cfr. Op.Cit., N. 311)

[6] Ibídem, p.160, (Cfr. Op.Cit., N. 313)

[7] Obviamente hablando de elementos propios de la época.

[8] Fernández, Clemente, Los filósofos del renacimiento, Madrid, Ed. BAC, 1990, p.162. (Cfr. Santo Tomás Moro, Utopía, Libro Segundo, N. 317)

[9] Ibídem, p.166, (Cfr. Op.Cit., N.323)

[10] Ibíd.

[11] Ibídem, p.170, (Cfr. Op.Cit., N.329)

[12] Ibídem, p.180, (Cfr. Op.Cit., N.345)

[13] Ibídem, p.182, (Cfr. Op.Cit., N.349)

[14] Ibídem, p.189, (Cfr. Op.Cit., N.361)

jueves, 10 de marzo de 2011

Tomás Moro: Utopía, libro II

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Santo Tomás Moro nace en Londres en febrero de 1477 en el límite de dos edades, la medieval con su tardío gótico y el inicio del Renacimiento, de profesión estudió leyes y ejerció puestos destacados en la práctica jurídica; se le otorga el título de caballero y de Sir. Dominaba el latín, tenía una maestría en lógica y en retórica, desempeñó puestos importantes y brilló en el Parlamento. La presente obra llamada Utopía, la escribió cuando tenía 38 años en 1515, fue hasta 1516 cuando escribió la primera parte. El 6 de julio de 1535 es decapitado después de haber sido preso en la torre de Londres desde 1533 por alta traición al rey Enrique VIII, al no aceptar su matrimonio con Ana Bolena y la ruptura cismática con el Papa y Roma.[1] Al preguntarle a Moro, ¿Cómo debe considerarse la obra utopía? Contestó que era una ficción política; utopía significa sin lugar, y es una palabra inventada por el autor, la crea pensando en la palabra nusquam, que viene del latín y fue así como se llamó primero el libro. 

El libro segundo es una descripción detallada de una comunidad política llamada Utopía, presentada y narrada por Rafael Hitlodeo, donde santo Tomás Moro está como oyente y escritor de lo que dice dicho presentador. La obra inicia refiriéndose a esta comunidad, que es una isla con forma de luna creciente; de manera detallada explica la forma y situación de esta isla y narra sus orígenes, donde Utopo es el que se apodera del lugar, lo modifica y se instala con un pueblo inculto que después se convertirá en ciudad que está por encima de muchos pueblos. 

Posteriormente Santo Tomás Moro va subrayando las principales características de dicha comunidad e introduce de una manera sencilla y objetiva la organización del lugar, la distribución de las tierras, la comida y la bebida, la fortificación de sus murallas, los jardines, su organización política, el vestido que era para todos iguales, los estudios, las relaciones publicas, el cuidado de los enfermos, los viajes, su filosofía y religión, entre tantos aspectos, llegando así en el fin de la obra, a ofrecer una visión general de lo que es Utopía. En la presente entrada no ahondo en cada uno de los aspectos pues es un contenido muy basto, me centro más bien en los criterios que considero principales para entender a dicho modelo político propuesto por el autor.
En el aspecto social “toda la isla es como una y misma familia”,[2] “la riqueza está equitativamente distribuida, no es de extrañar que no hay ni un solo pobre ni mendigo”,[3] Utopía en su conjunto de cincuenta y cuatro magníficas ciudades muy similares que tiene “la misma lengua, idénticas costumbres, instituciones y leyes, […] ninguna ciudad tiene ansia de extender sus territorios. Los habitantes se consideran más agricultores que propietarios”,[4] se afirma que quien conoce una ciudad ya las conoce a todas; en cuanto a las estructuras “todos pueden entrar y salir en ellas. Nada se considera de propiedad privada. Las mismas casas se cambian cada diez años, después de echarlas a suertes”.[5] Respecto al vestido todos los habitantes de la isla están uniformados sobre un mismo patrón que no cambia nunca, sólo lo necesitan para protegerse, trabajar y con uno basta “los utopianos no encuentran razón alguna para desear más”.[6]
 
En el aspecto político y legal, o mejor aún de organización jerárquica (pues la obra entera es un modelo político), Utopía está muy bien estructurada, cada familia integrada de treinta a cuarenta personas elige cada año a un juez que ellos mismos proponen llamado Sifogrante o filarca, un conjunto de trescientas familias tiene como cabeza un protofilarca o Traniboro. Así doscientos sifograntes juran elegir a la persona más apta que los represente, al que se le denomina príncipe; el principado es vitalicio y sólo se le quita el poder si aspira a la tiranía. Así se compone pues el Senado o Magisterio de dicha isla. Todos están obligados a seguir las leyes, pero dichas leyes no se toman a la ligera “se considera como un crimen capital tomar decisiones sobre los intereses de interés público fuera del Senado o al margen de las asambleas locales”,[7] y cada decisión o determinación antes de ser aprobada se consulta con cada familia, por esto se acuerda que “se han de cumplir no sólo los pactos privados entre simples ciudadanos, sino también las leyes públicas que regulan el reparto de los bienes destinados a hacer la existencias más fácil”.[8]
 
Otro factor muy importante en el presente texto es el del trabajo, en Utopía todos trabajan: “hay una actividad común a todos, hombres y mujeres, de la que nadie queda exento: la agricultura; […] cada uno es iniciado en un oficio o profesión como algo personal”,[9] es muy significativo que esta isla solo se trabaja seis horas al día, divididas en dos jornadas de tres horas y con esto sobra para que nadie tenga que sufrir hambre; el secreto se encuentra en que la gran mayoría de los utopianos trabajan, aquí no hay nobles, ni curas, y en repetidas ocasiones se hace mención del ocio y pereza como abominaciones, no hay espacio para ellas. En esta isla se tiene estructurado el horario del día donde dormir ocho horas es totalmente necesario, hay espacios para recreo, tiempo libre, trabajo y estudio. 

En el aspecto ético, Santo Tomás Moro es muy puntual, “tanto la comida como la cena comienzan por la lectura de alguna lección moral. Pero ha de ser breve para que no aburra”,[10] en Utopía “ningún placer está prohibido con tal que no engendre mal alguno”,[11] “no hay tampoco pretexto alguno para la vagancia. No hay tabernas, ni cervecerías, ni lupanares, ni ocasiones de corrupción, casas de citas, ni conciliábulos. Todos, expuestos a todos, se entregan al trabajo cotidiano o a un honesto esparcimiento”,[12] en estas ciudades se vive bajo la siguiente máxima: “procurar tu propio bien sin violar estas leyes es de prudentes. Trabajar por el bien público es un deber religioso. Echar por tierra la felicidad de otro para conseguir la propia es una injusticia. Privarse, en cambio de cualquier cosa para dársela a los demás es señal de una gran humanidad y nobleza, pues reporta más bien que el que nosotros proporcionamos”;[13] en este lugar los honores vanos no interesan. 

La visión del hombre que presenta el texto gira entorno a la felicidad, es una postura estoica en la que el hombre alcanza a ser feliz por medio de la razón y cumplir rectamente con lo que le pide su naturaleza, el trabajo y las leyes, “no hay motivo para ser menos complaciente contigo mismo que con los demás, la naturaleza misma nos impone una vida feliz, es decir placentera, como fin de nuestros actos. Para ellos la virtud es vivir según las prescripciones de la naturaleza”;[14] presenta además una igualdad entre hombres y mujeres incluso en el plano intelectual y concibe al hombre como capaz de contemplar la belleza y con el deber de cuidar su cuerpo “admiran y cultivan la belleza, el vigor y la agilidad del cuerpo como auténticos y bellos dones de la naturaleza”.[15]
 
En el tema del conocimiento en este lugar “antes de salir el sol se organizan todos los días cursos públicos [donde] tanto hombres como mujeres de todas condiciones, se agolpan en el lugar de los cursos para escuchar sus lecciones, unos a unas, otros a otras, según sus preferencias”,[16] aquí es la clase intelectual de la que salen los embajadores, sacerdotes, traniboros y el mismo príncipe. Es muy importante identificar que aquí se “tiene por principio no discutir jamás sobre la felicidad sin partir de axiomas religiosos o filosóficos, basados éstos en la razón”,[17] y que “al espíritu vinculan el entendimiento y el gozo que engendra la contemplación de la verdad. A esto sigue el dulce recuerdo de una vida honesta y la firme esperanza del bien futuro”.[18]
 
Para concluir incluyo el tema de Dios presente en el texto, en Utopía las religiones son diferentes, se adora al sol, la luna, a algún Dios supremo, pero también hay espacio para otros dioses, se les ha presentado la figura de Cristo y muchos la han aceptado principalmente porque su género de vida es sumamente parecido a las primeras comunidades cristianas más auténticas. Así también “las instituciones utopianas más antiguas contemplan que ninguna persona se vea perjudicada por su religión”[19] hay un imperativo de paz y se busca mejor proceder con moderación y prudencia pues “la fuerza de la verdad emerge y se impone por sí misma”,[20] como se puede apreciar hay un clima de respeto, pluralidad y acogida de la fe. 

Se finaliza el texto con una crítica fuerte hacia las estructuras existentes del momento en clara comparación con el modelo político de Utopía, como alternativa para una mejor estructura y como propuesta de cambio. El autor se atreve a decir que “cualquiera que sea el valor […] no hay pueblo que los supere ni república más feliz”,[21] pues “es un pueblo afable, alegre, lleno de ingenio, amante del ocio. Sabe, con todo, soportar los trabajos corporales cuando es preciso. Comedido en todo, es infatigable en las cosas del espíritu”.[22] Termino mi intervención asumiendo como propias las palabras textuales del autor, “os he descrito con la mayor sinceridad el modo de ser de su república, a la que considero no sólo la mejor, sino la única de llevar tal nombre”.[23]
 
Bibliografía:
Moro, Tomás, Utopía, ed. Losada, 1ª ed., Buenos Aires, 2003, págs. 7-26.
Moro, Tomás, “Utopía”, en Fernández, Clemente, Los Filósofos del Renacimiento Selección de Textos, t. II, BAC, Madrid, 1990, págs. 156-195.

[1] Cfr. Tomás Moro, Utopía, ed. Losada, 1ª ed., Buenos Aires, 2003, p. 7-26.
[2] Moro, Tomás, “Utopía”, en Fernández, Clemente, Los Filósofos del Renacimiento Selección de Textos, t. II, BAC, Madrid, 1990, págs. 178.
[3] Ibídem.
[4] Ibíd., p. 158.
[5] Ibíd., p. 162.
[6] Ibíd., p. 170.
[7] Ibíd., p. 164.
[8] Ibíd., p. 182.
[9] Ibíd., p. 164.
[10] Ibíd., p. 176.
[11] Ibíd., p. 177.
[12] Ibíd., p. 178.
[13] Ibíd., p. 182.
[14] Ibíd., p. 181.
[15] Ibíd., p. 186.
[16] Ibíd., p. 166.
[17] Ibíd., p. 179.
[18] Ibíd., p. 184.
[19] Ibíd., p. 190.
[20] Ibíd., p. 191.
[21] Ibíd., p. 187.
[22] Ibíd., p. 188.
[23] Ibíd., p. 192.