Blog universitario de estudios sobre filosofía y cultura en la Antigüedad tardía, Edad Media y Renacimiento
martes, 16 de abril de 2013
La referencia al mito de la caverna en las Confesiones de San Agustín como justificación a su desconocimiento de lo verdadero y cierto
miércoles, 8 de febrero de 2012
Libro IX de las "confesiones" de san Agustín, breve descripción.
A lo largo de esta descripción veremos cómo Agustín comienza a dejar ciertas actividades para iniciarse en algunas nuevas que le permitan acercarse más a Dios, su vida dará un giro total puesto que también recibirá el bautismo con el cual sellará su conversión, ya más adelante sufrirá la pérdida de su madre suceso que da pie a que escriba sobre ello con gran sentimiento y llanto. Iniciemos por dirigir nuestra atención hacia un suceso particular en la vida de nuestro personaje, un suceso nada fácil sin duda alguna, se trata del momento en que abandona la cátedra de retórica para dedicarse a escribir libros con referencia a Dios.
También determiné, habiendo considerado delante de Vos, que me convenía dejar la cátedra de retórica que regentaba, pero no luego al punto y arrebatadamente, sino irme poco a poco retirando de aquella ocupación, en que con mi lengua hacia comercio de locuacidad.[1]
Aquí Agustín pretende dejar de enseñar retórica, sin embargo se encuentra con que muchos de los padres de sus alumnos no están de acuerdo con tal idea pues quieren que él continúe enseñando, por tanto decide no dejarla de manera arrebatada y de una vez por todas sino poco a poco, ante ello comienza a ser menos elocuente dentro de su arte ya que bien sabe que sus alumnos no subordinan su conocimiento a las obras de Dios sino que tienden a ser falaces en beneficio propio sin pensar jamás en hacer el bien.
Después de llegado el tiempo señalado y habiendo sufrido una enfermedad, por fin Agustín deja la cátedra de retórica y se dirige a Milán a casa de un amigo suyo llamado Verecundo quien le sede una casa de campo para que pudiera vivir ahí durante un tiempo durante el tiempo en que aguardase el bautismo
Por otro lado, Agustín relata cómo comienza a escribir libros disfrutando, según narra, de los salmos que prefiere a las soberbias doctrinas de los “cedros” como llama a los filósofos de entonces, aquí surge una oración en la cual se lamenta porque considera todo lo aprendido cual vanidad y mentira, es por eso que dirige unas palabras a su modo de vida anterior:
Y yo que fui por tanto tiempo ignorante, que amé la vanidad y busqué la mentira, por eso me estremecí todo al oír aquellas palabras por acordarme muy bien de que yo había sido tal como aquellos a quienes se dirigían. Porque en aquellos fantasmas que yo había abrazado en lugar de la verdad, no había otra cosa que vanidad y mentira.[2]
Posteriormente Agustín consulta al obispo Ambrosio sobre qué libros leer como preparación al bautismo, el libro electo fue el de Isaías, pero debido a la poca familiaridad que Agustín tenía con aquellos libros los tomó por difíciles y decidió continuar su lectura más tarde cuando aquellos textos le fueran familiares. Así después de un tiempo retorna a Milán, a su lado iban Alipio y Adeodato, quienes también se disponían a recibir el bautismo en la iglesia, lugar y momento que Agustín recuerda gratamente bajo una imagen de gozo y lagrimas.
Cabe resaltar que Agustín vive en un periodo en el que la emperatriz Justina, madre del joven emperador Valentiniano, había mandado perseguir al obispo Ambrosio, por lo que muchos fieles cristianos velaban en la catedral al cuidado de su obispo, aquí a pesar de estar ya bautizado Agustín se reconoce aún inexperto en lo que concierne a la fe, por lo que simplemente se conmovía ante tales hechos como él mismo narra. Así en medio de esta situación se encuentra con un amigo de nombre Evodio quien al igual que él era un converso, después de que su amigo vivió un tiempo con él, llegaron al acuerdo de regresar al África para realizar lo que es propio de los cristianos y dedicarse a las cosas de Dios, partieron entonces al sitio planeado, para ello hubo que realizar una parada en Ostia donde aguardaban el barco que los llevara a su destino, sin embargo es en este lugar donde Mónica, la madre de Agustín fallece, todo esto lo recuerda Agustín con gran sentimiento y narra cómo su madre era una buena educadora, esposa y cristiana, pero lo que recuerda con especial atención es un coloquio que sostuvo con ella acerca del reino de los cielos, para él fue un encuentro magnífico al que cataloga de sublime, sin embargo es en uno de esos momentos en los que conversaba con su madre cuando ella le anuncia su partida de este mundo, posteriormente y víctima de unas fiebres, como describe Agustín, Mónica muere dejando a Agustín y su hermano en medio de gran amargura, narra nuestro personaje este episodio con profunda tristeza en donde se percibe comprendido únicamente por Dios y trata de mitigar su dolor elaborando una serie de discursos que poco le servirán, sin embargo cuando logra desvanecer su sufrimiento eleva a Dios una oración por su madre al tiempo en que reconoce en ello la voluntad de Dios, concluyendo así el volumen IX de las confesiones.
Al mismo tiempo que yo cerraba sus ojos al cadáver, se iba apoderando de mi corazón una tristeza grande, que iba a resolverse en lágrimas… así viendo yo que quedaba yo desamparado de tan grande consuelo como de ella recibía, mi alma estaba traspasada de dolor y pena, y parecía que mi vida se despedazaba; pues la mía y la suya no hacían más que una sola[3]
Pues aunque mi madre fue vivificada en Cristo, y también mientras vivió en este mundo tuvo una conducta tan justificada, que su fe y sus costumbres dan motivo de que se alabe vuestro santo nombre… Perdonadla, Señor, perdonadla, os ruego y no entréis con ella a juicio.[4]
Bibliografía
De Hipona Agustín, Confesiones, IX, Éxodo, México, D.F. 2005
San Agustín, Confesiones, Libro VIII

Agustín de Hipona, filósofo y teólogo, recorrió un camino, quizás como todo pensador, en búsqueda de la verdad. Él la encontró en el Dios cristiano. El libro octavo del texto titulado Las confesiones, aparece como la narración de un momento nuclear en su recorrido, pues es en él en donde expresa su llegada a la verdad. Comienza dando gracias y alabando a Dios pues fue misericordioso con él: “Habéis roto mis ataduras, voy a contar cómo las habéis roto”.[1] En aquellos momentos Agustín se encuentra sumido en una profunda crisis que acontece, sobre todo, a nivel interno, de conciencia. Se reconoce inmerso en una confusión. Todo parecía vacilar a su alrededor, “la misma vida (el Salvador) me gustaba, pero no me sentía con fuerzas para penetrar en su estrecho desfiladero”.[2] Dentro del caos en que se encontraba él percibió que Dios lo invitaba a ver a Simpliciano, quien desde su juventud servía al Señor. Agustín quería consultarle sus incertidumbres, con el objeto de que le revelase por qué método podía avanzar por el camino que conduce a la verdad.
Para estos momentos aborrecía ya la vida disoluta que había llevado, sumisa de los placeres y de su apetito de honores y riquezas. Sin embargo, a pesar de repudiar expresamente tales perversiones, considera que el lazo que aún le ataba estrechamente era la mujer. Argumenta que con la vida conyugal tendría que preocuparse de los inconvenientes que implica, los cuales no se sentía con humor de soportar. En su corazón él lo sabe: “ya había encontrado la perla preciosa, y tenía que comprarla al precio de todos mis bienes, y aún vacilaba”.[3] Fue, pues, al encuentro de Simpliciano, que había sido para Ambrosio, el obispo de entonces, un padre en la gracia. Aquél hombre se puso a evocar sus recuerdos de Victorino: un anciano sabio, que había leído un gran número de obras filosóficas y que había sido adorador de ídolos y, sin embargo, “inclinó su frente bajo el oprobio de la cruz”.[4] Es decir, Simpliciano le narró la conversión que Victorino tuvo del paganismo al cristianismo. Cuando hubo terminado el relato de la conversión, Agustín manifiesta que ardía en deseos de imitar a aquel hombre converso.
“Después de oírlo, yo suspiraba por un descanso igual, esclavo como era de los hierros que me encadenaban, no por voluntad ajena, sino por mi propia voluntad, que también era de hierro. El enemigo tenía en sus manos mi voluntad, y con ella había forjado una cadena que le servía para atarme. Pues es la voluntad perversa la que crea la pasión, es la sumisión la que crea la costumbre, y es la no resistencia a la costumbre la que crea la necesidad”.[5]
Asegura entonces que hay en él dos voluntades, la antigua y la nueva, la una carnal y la otra espiritual, que luchaban entre sí. “El alma manda al cuerpo, y es obedecida inmediatamente. El alma se manda a sí misma, y encuentra resistencia”.[6] Él afirma que, en todo hombre, hay dos voluntades (o más) que lidian juntas. Todas esas voluntades combaten entre ellas, hasta que se forme una selección que oriente y unifique la voluntad.
Era su propia voluntad la que le había impulsado hacia donde no quería ir, sin embargo, considera que no puede alegar que el conocimiento de la verdad era todavía incierto en él, pues reconoce que por doquier Dios le hacía ver la verdad de sus palabras. Posteriormente narra cómo se llevó a cabo su conversión. Cierto día, Alipio y él recibieron la visita de un tal Ponticiano, un africano. La conversación con aquél hombre se deslizó hacia las anécdotas que relató sobre Antonio, el monje egipcio, y reveló poco a poco a ese gran hombre que era desconocido tanto para Alipio como para el propio Agustín.
“Ésta fue la narración de Ponticiano. Y Vos, Señor, mientras él hablaba me volvíais hacia mí mismo y me colocabas ante mi propia figura, para que viese cuán feo era”.[7] Para ese momento habían transcurrido ya cerca de una docena de años desde que leyera El Hortensio de Cicerón. Entonces recuerda aquellas iniquidades que antaño cometiera: “en el mismo umbral de la adolescencia, os había pedido la castidad. Había dicho: - ¡Dame la castidad, la continencia, pero no me la deis en seguida! –“.[8] Agustín pues, se encuentra desnudo ante sí mismo, bajo los reproches de su conciencia. Se oía interiormente y en él se llevaba a cabo una intensa batalla, un jaloneo constante entre su voluntad que lo inclinaba a la verdad, a Dios mismo, y su voluntad que lo inducía a mantenerse en sus vicios.
Así pues, en medio de la querella que se agitaba en su interior, se precipitó sobre Alipio y le externó su sentir a gritos: “¿Qué significa lo que acabas de oír? Los iletrados se yerguen, se apoderan del cielo a la fuerza, y nosotros, con toda nuestra ciencia sin corazón, no hacemos más que revolcarnos por la carne y la sangre”.[9] En la casa donde se encontraban había un pequeño jardín, ahí es donde en Agustín estaba ocurriendo tan tremendo conflicto. Alipio se hallaba ahí con él, pues percibía el movimiento interior que en su compañero sucedía.
En su confusión, Agustín se puso a llorar. Quería dar el paso ya hacia Dios, no obstante, lo retenían aquellas miserias de miserias, vanidades de vanidades, sus antiguas amigas. Por otro lado, en su interior resonaba un grito, impulsándolo a que se lanzara valientemente hacia el Salvador, que no tuviera miedo. “Toda esta discusión tenía lugar en mi corazón; y era un duelo entre yo y yo”.[10] Tendido bajo una higuera, estaba hecho un mar de lágrimas, mientras gritaba al Señor que se apiadara de él, pues quería dar ya el paso hacia Él. Fue entonces cuando, de pronto, escuchó una voz que repetía: “¡Toma, lee!¡Toma, lee!”.[11]
Se puso pronto de pie, la única interpretación que encontraba entonces era que una orden divina le indicaba que abriera el libro del Apóstol, y que leyera el primer capítulo sobre el cual se posaran sus ojos. Apresurado tomó el libro, lo abrió y leyó en voz baja: “No viváis en los festines, en los excesos de vino, ni en las voluptuosidades impúdicas, ni en las querellas y los celos; revestíos de Nuestro Señor Jesucristo, y no busquéis el modo de contentar a la carne en sus deseos”.[12] Narra Agustín que no quiso leer ya nada más, su corazón se sentía lleno de una luz que le daba seguridad, que disipó todas las tinieblas de su incertidumbre. Ya con el rostro serenado le contó todo a Alipio, quien había estado presente, pero a prudente distancia. En seguida fueron al encuentro de su madre y le contó lo que había ocurrido. Ella se llenó de alegría y comenzó a alabar al Señor. “Y su duelo era cambiado por Vos en una alegría mucho más abundante que la que ella esperaba”.[13]
Bibliografía
San Agustín, Las confesiones, Editorial Juventud, Barcelona, 1968, pp. 151-171
San Agustín, Confesiones, libro X, conocimiento de Dios y de sí mismo
El libro X de Las confesiones de San Agustín se caracteriza por abarcar dos grandes temas: el conocimiento de Dios y el conocimiento de sí mismo. Este último nos expondrá las cuatro tentaciones o fragilidades a considerarse en la vida humana: ignorancia de la verdad, falta de fuerza para vivirla, rutina horrible de lo cotidiano y tentaciones propias de los jefes.
Un aspecto a resaltar en el desarrollo del libro X, será el énfasis que el mismo filósofo hace sobre sí mismo, acerca de su experiencia, dejando al descubierto sus convicciones y aseverando un cambio decisivo en su vida:
“Ya he señalado y visto el beneficio de las confesiones de mi pasado. Pero lo que soy, en este tiempo mismo en que escribo mis Confesiones, mucha gente quiere saberlo; los unos me conocen, los otros, no; me han oído o han oído de mí, pero no han aplicado su oído contra mi corazón, allí donde soy verdaderamente yo mismo”. [1]
Agustín está cierto de amar a Dios y afirmar su existencia, testificándolo a través de un conocimiento y de una meditación contemplativa que busca un conocimiento amoroso con sentidos espirituales, dicho de otro modo, hay que rebasar al alma misma para llegar a Dios. Para él este aspecto se enfoca a la memoria y la voluntad. El deseo de conocer a Dios por Agustín le llevaron a cuestionarse, a preguntar y reconocer en su alrededor el deseo de búsqueda de la verdad, ésta terminó en un encuentro interior que profundizó en su alma y en los sentidos de su cuerpo. Tal experiencia forjó en él un pensamiento que podría identificarse como un conocimiento “innato”[2].
Según Agustín, a través de la memoria el espíritu humano participa de las “razones eternas” y está conectado a nivel metafísico con el espíritu divino: “hay que hacer constar que no son las realidades mismas las que penetran así, sino las imágenes de las realidades percibidas, para permanecer allí a disposición del pensamiento que las evoca”[3]. A grosso modo, Agustín afirma que Dios está en la memoria y no en sí mismo y para llegar a Dios hay que superar e ir más allá del mismo arsenal divino de la memoria, por lo tanto, todo esto conlleva a un proceso de purificación profundo de la verdad inmutable:
“Esta misma memoria contiene las impresiones del alma, no tal como son el alma en el momento en que ésta las aprueba, sino de una manera muy diferente y que corresponde a la misma naturaleza de la memoria […] me acuerdo de haber estado alegre, sin estarlo ahora; triste, sin que ahora lo esté; me acuerdo de haber tenido miedo tal día, sin tener miedo ahora: tal deseo pasado me vuelve a la memoria sin que aun lo sienta. A veces, por el contrario, me acuerdo con alegría de mi tristeza pasada, y con tristeza de mi alegría […]”[4]
Siguiendo con la explicación del texto encontraremos una actitud en Agustín orientada hacia el conocimiento de las tendencias profundas y malas que quedan en él después de la conversión, reconociendo la presencia de Dios en su memoria: “Donde he encontrado la verdad, allí he encontrado a mi Dios que es la verdad misma. He aquí porqué, desde que os conozco, permanecéis en mi memoria”[5]. Esta actitud asumida como una voluntad, que pasa a ser después una virtud que no se puede practicar sin una singular y constante intervención de la gracia divina.
A este camino espiritual recorrido por el filósofo le llevarán a externar una estupenda fusión admirable de los motivos claves de su conversión: el amor, la belleza, la interioridad y su pérdida en la dispersión exterior:
¡Tarde te he amado, Belleza tan antigua y tan nueva, tarde te he amado! ¡Y estabas en mi interior, y yo estaba fuera de mí mismo! Y te buscaba fuera de mí; me arrojaba, en mi fealdad sobre la gracia de tus criaturas. Tú estabas conmigo y yo no estaba contigo, retenido lejos de ti por esas cosas que no serían sino contigo […] Me has llamado, y tu grito ha forzado mi sordera, tú has brillado, y tu resplandor ha alejado mi ceguera […] tú me has tocado, y ardo en ardor por la paz que das”[6]
Condensando el capitulo X de Las confesiones, podemos resumir el contenido en los últimos párrafos encontrados del mismo texto, donde se hablará sobre el recorrido por el que San Agustín hace experiencia, éste es de los propios sentidos, es ahí donde penetra a su memoria contemplando a Dios: “En él están guardados todos los tesoros de sabiduría y de ciencia, me ha rescatado con su sangre… [7]
Bibliografía:
San Agustín, Las confesiones, Libro X, Editorial Juventud, Barcelona (1968), pp. 197-241.
[1] San Agustín, Las confesiones, Libro X, Editorial Juventud, Barcelona (1968), pág. 197
[2] Teoría filosófica que afirma la existencia en los seres humanos de ideas o estructuras mentales previas a la experiencia.
[3] Ibídem 205
[4] Ibídem 210
[5] Ibídem 220
[6] Ibídem 221-22
[7] Ibídem 241
lunes, 6 de febrero de 2012
San Agustín, Confesiones, Libro VII
En el libro séptimo de Las confesiones, San Agustín nos narra una etapa de su vida muy importante, ésta es la juventud. En este periodo, Agustín ya se encontraba dentro de la santa Madre, la Iglesia Católica, y lo invadían diversas dudas, entre ellas la más importante trataba sobre el origen del bien y del mal, de la luz y las tinieblas, esta incertidumbre provenía claramente de los maniqueos, pues ellos “buscaban el origen del mal repletos de malicia, por esa causa creían que Dios era capaz de padecer el mal”.[1]
Agustín concebía a Dios como “el sumo, y el único y el verdadero”,[2] e imaginaba a aquel Ser incorruptible, inviolable e inconmutable. Creía firmemente que Él penetraba todas las partes de la tierra, llenando todo de su presencia, pasando por todas las cosas, fueran grandes o pequeñas. Aunque posteriormente se dio cuenta de que entendía mal la anterior concepción, pues él pensaba que “si fuera de ese modo la mayor parte de la tierra tendría mayor parte de ti, y la menor parte tendría menor, por lo que un elefante tendría mayor parte de ti que un pajarillo”.[3] Más tarde Agustín se percató de que en realidad Dios sí penetraba todas las cosas, grandes o pequeñas, y que su presencia en ellas era plena y totalizante, y no limitada a su tamaño o forma.
Agustín, reflexionando en su vida pasada, se preguntaba sobre quién lo había formado, y llegando a la conclusión de que Dios lo había creado, se volvía a preguntar “¿De donde, pues, me ha venido querer el mal y no desear el bien?”[4] De esta pregunta Agustín realiza toda una reflexión, hasta que consigue llegar a la respuesta correcta. El camino que realizó para llegar a esa respuesta es el siguiente.
“¿Quién depositó esto en mí y sembró en mi alma esta semilla de amargura, siendo hechura exclusiva de mi dulcísimo Dios?”[5] El Diablo, fue la primera respuesta que dio, él fue quien sembró el mal en el cuerpo, pero inmediatamente se dio cuenta de que no había sido él, ya que él era un ángel bueno que se hizo malo por su voluntad, de dónde pues le vino la mala voluntad si había sido creado por Dios.
¿De dónde viene el mal?, la siguiente respuesta que formula es que el mal proviene de la materia, la materia de donde fuimos creados y formados era mala, de ahí nuestra inclinación al pecado, pero también Agustín se da cuenta de que no es de ahí donde proviene el mal, ya que Dios siendo omnipotente hubiera convertido la materia en buena antes de crear al hombre, o destruirla y hacer una nueva que fuera buena creada por Él. Con lo anterior Agustín se da cuenta de que en realidad el mal no proviene de la materia.
¿De dónde viene el mal?, el mal no viene de Dios, pues Él no lo padece, el mal viene del hombre, ya que él, dice San Agustín, “es ciertamente, porque procede de ti, mas no es, porque no es lo que tú eres”,[6] el bien está en adherirse a Dios, porque, si no se permanece en Dios que es suma bondad, no se podrá permanecer en el bien, sino que se inclinará hacia el mal. Son buenas las cosas que se corrompen, pues fueron creadas por Dios, mas no son sumamente buenas, sino, fueran incorruptibles, e incorruptible, inviolable e inconmutable sólo es Dios.
“Indagué qué cosa era la iniquidad, y encontré que era la perversidad de una voluntad que se aparta de la suma sustancia, que eres tú, ¡oh Dios!, y se inclina a las cosas ínfimas, arroja sus intimidades, y se hincha por fuera”.[7]
En conclusión, el mal como dice San Agustín, no proviene de Dios o de otro lugar, éste proviene de nuestra voluntad al momento en que nos alejamos de Dios, cuando nos inclinamos a cosas que no pertenecen a Él, por lo tanto, el secreto de una vida virtuosa y llena de bondad, consiste en permanecer en Dios “quien guarda sus mandamientos permanece en Dios y Dios en él”,[8] y dónde se encuentran estos mandamientos, en la Sagrada Escritura, nos dirá San Agustín.
Bibliografía.
San Agustín, Las confesiones, Madrid, Editorial B. A. C., 1974, pp. 612.
[1] San Agustín, Las confesiones, Madrid, Editorial B. A. C., 1974, p. 271.
[2] Ibidem, p. 265.
[3] Ibidem, p. 269.
[4] Ibidem, p. 272.
[5] Idem.
[6] Ibidem, p. 287.
[7] Ibidem, p. 292.
[8] 1 Juan 3, 24.
miércoles, 25 de enero de 2012
Agustín de Hipona, Confesiones. Una descripción breve del libro IV
A lo largo de este libro Agustín se presenta de manera polifacética, primeramente como un hombre que pervierte a otras personas, en un segundo momento aparece como un hombre sumamente ingenioso para lograr sus cometidos, aunque también se revela como un hombre fiel hacia su mujer, así mismo nos muestra el lado sensible de su persona que se conmueve profundamente a la muerte de su amigo.
Enseñaba yo en aquel tiempo la retórica, y vendía aquel arte de elocuencia que sabe vencer y dominar los corazones, siendo al enseñarla vencido y dominado yo de la codicia…En aquel mismo tiempo tenía yo una mujer, no que fuese mía por legítimo matrimonio, sino buscada por el vago ardor juvenil escaso de prudencia; pero era una sola, y le guardaba también fidelidad… [1]
Podemos con claridad ver a un Agustín que gozaba de una grandiosa facultad intelectiva, al tiempo en que se describe débil a las pasiones, bastante alejado de la imagen que la mayoría de las personas conoce del ahora santo, es sin duda durante estos relatos, donde confrontándose, eleva su oración al Señor. No es una descripción únicamente, poco a poco el lector nota con facilidad que en cada episodio biográfico se adjunta una serie de oraciones en las que reconoce sus errores, pide perdón por ello y de modo alguno es motivo de alabanza a Dios, tal como lo declara en el momento en que muere su amigo.
Luego al punto que pude hablarle… intenté burlarme del bautismo que le habían dado cuando se hallaba muy lejos de tener conocimiento ni sentido… más luego que oyó mi burla, me mostró tanto horror como si fuera yo su mayor enemigo…
Más ahora, Señor, ya que pasaron todas aquellas cosas, y con el tiempo se me ha mitigado el dolor de aquella herida, ¿podré escuchar de Vos que sois la verdad eterna, y aplicar los oídos de mi alma a vuestra boca, para que me digáis por qué el llanto es gustoso a los desventurados y afligidos?...y no nos quedará siquiera el consuelo de la esperanza, si no llegaran a vuestros oídos nuestras lágrimas. [2]
Tal situación lo pone en una posición bastante penosa, logra describir la manera en la cual poco a poco comienza a sentir la pérdida de sentido por la vida, pero sentimiento copioso es el que le acompaña ya que le teme a la muerte, como él mismo relata, quizá es porque junto a su amigo eran una sola alma que habitaba en dos cuerpos distintos, por lo que no necesitaba seguir viviendo si se encontraba incompleto, sin embargo no quería morir por miedo a que desapareciera aquella otra parte que aún conservaba de su amigo. Esta situación da pie a una profunda reflexión sobre las cosas creadas por Dios y el verdadero sentido del amor hacia las criaturas, amor que se encuentra auténtico únicamente si en ellas se ama a su creador.
Por otro lado, es preciso señalar que continuó reflexionando acerca del amor por las criaturas mismas dándose cuenta que siendo cosas de aquí “abajo” valen mucho menos que las de “arriba”, describe así el apego a todas las cosas que no eran de Dios, como cuando narra su fascinación por un tal orador de nombre Hierio, a quien no sólo admiraba puesto que llegó incluso a dedicarle algunas de sus obras como; de lo Hermoso y lo Conveniente, pero ¿cómo poner atención en lo de allá arriba? Destaca aquí su ignorancia por las cosas del alma a pesar de su gran erudición (que percibe como un don de Dios) de la que hacía gala sin esfuerzo significativo, puesto que le bastaba tener algún libro en sus manos, como los de Aristóteles, para entenderlos y posteriormente explicarlos sin ayuda de otro hombre, sin embargo reconoce su limitación y asevera que el conocimiento de las cosas del alma sólo las alcanza por medio de la voluntad de Dios, es decir que él mismo es quien ilumina su conocimiento.
Vos, Señor mío y mi Dios, sois esta luz que ilustrará mi entendimiento, y con vuestra luz se desharán sus tinieblas; pues nada tenemos sino lo que hemos recibido y participado de vuestra plenitud. Vos sois la verdadera luz que ilumina a todo hombre que viene a este mundo, porque ni en Vos puede haber la más leve mutación ni la más instantánea obscuridad.[3]
Bibliografía.
De Hipona Agustín, Confesiones, IV, Éxodo, México, D.F. 2005
