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miércoles, 7 de marzo de 2012

Breve presentación del libro Ensayos de Montaigne.


Michel de Montaigne fue un filósofo y escritor francés que vivió durante el siglo XVI d.C.. Nace en el año 1533 y 38 años después, en 1571, inicia su obra culmen, Ensayos, en la que el pensador expone una multiplicidad de temas muy diversos, los cuales pudo profundizar en mayor o menor medida cada uno. Con esta obra, en cada uno de sus argumentos se da él mismo a conocer, pues él considera que es él mismo la materia de su libro. Mediante esta obra se devela su interior, aquello que ocupaba su mente. El libro fue publicado por él el 1 de marzo de 1580. Los temas que expone realmente carecen de un orden o de sistematicidad, ya que fueron escritos propiamente por el secretario de Montaigne, que escribía lo que el filósofo le iba dictando conforme a él se le venían en mente las diversas ideas.

En el capitulo catorce del libro primero, despliega un tema relacionado con el bien y el mal, con la valoración que cada persona hace de los bienes y los males. Él sostiene que “el sentimiento de los bienes y de los males depende en gran parte de la opinión que de ellos tenemos”.[1] Es decir, normalmente cuando una persona considera algo bueno o algo malo, no es porque en sí, la cosa sea buena o mala, sino porque así cada persona concibe esa cosa, sea porque lo ha aprendido, sea por alguna experiencia, etc., en fin, sea cual sea la situación, según Montaigne, juzgamos que algo es bueno porque así tenemos la opinión de eso. Entonces propone que, siendo tan personal el juicio que de algo podemos hacer (como bueno o malo), dependiendo esto de nuestra voluntad, es posible que podamos verlo todo de manera positiva y así alcanzar una felicidad mayor. Este argumento parece lógico, al punto que el autor escribe: “si las cosas se nos doblegan a nuestro arbitrio, ¿por qué inquietarnos por ellas y no acomodarlas a nuestro provecho?”.[2]

Su cuestionamiento filosófico es del todo innovador, ya que no define el mal como una carencia (como anteriormente se había hecho), sino que ahora deja al libre arbitrio del hombre el considerar algo bueno o malo. “Lo que nosotros llamamos mal no lo es de por sí, o, al menos, no lo es cual lo pensamos, depende de nosotros darle otro sentido y otro aspecto, pues todo viene a ser lo mismo”.[3] Como ejemplo pone la muerte. Para algunas personas morir es la peor derrota, el peor de los males, no obstante, la muerte es algo natural para todas las personas, de hecho representa el culmen de nuestra vida, y así, no necesariamente es un mal, sino que, para otros, dependiendo el enfoque, puede significar el cese de los sufrimientos, el paso a nueva vida, incluso: un bien. Para Montaigne, requiere tan sólo un esfuerzo del alma ver las cosas de manera positiva, de modo que sirvan para alcanzar la felicidad. De todo es posible sacar provecho, es cuestión de ver como un bien aquello que se juzga. “Así, pues, el bienestar y la indigencia dependen de la opinión de cada uno”.[4]

Posteriormente, en el capitulo veinte expone que filosofar es prepararse a morir. Para él, el sentido de la vida es el placer, la felicidad que se alcanza en el goce. Ahora bien, en esta vida, nuestro mayor obstáculo para deleitarnos de la vida es el miedo a la muerte, así pues, “toda la sabiduría y razonamientos del mundo vienen a resolverse en este punto: en enseñarnos a no tener miedo a morir”.[5] De esta manera, advierte al lector, que es una tontería tener miedo a lo inevitable y que, por lo tanto, es debido disfrutar la vida y que, incluso el mismo esfuerzo por gozar de ella es agradable. Vencer el miedo a la muerte es simple, con base en lo primeramente expuesto, sólo es preciso considerarla como algo positivo, como un bien. En realidad la muerte es el solamente el fin de nuestra carrera, el objeto necesario de nuestras vidas.[6]

Dedica también un capítulo para hablar sobre la educación de los hijos. Al respeto, Montaigne manifiesta su asombro de cómo tanta diversidad de temperamentos, de pensamientos, de doctrinas y costumbres, terminan haciendo que los niños se den cuenta de la realidad del hombre: es un ser imperfecto, con una natural debilidad, es decir, que lo que aprende, de igual manera viene a ser lo que se le da a cada sujeto en su contexto (sociedad, cultura, época), y nuevamente viene a ser un factor subjetivo dependiente de la opinión personal. Así, si para una persona algo es valioso, eso aprenderá, en cambio, otra persona puede desestimar ese aprendizaje y pasarlo por alto.

Más adelante, en el libro segundo de su obra Ensayos se introduce en un tema de relevancia para la filosofía: la inconstancia de las acciones del hombre. El pensador francés sostiene que es evidente que las acciones del hombre “se contradicen de ordinario de tan extraña manera, que parece imposible que hayan salido de la misma tienda”.[7] Con esta metáfora, lo que intenta decir, es que no parece que sea la misma persona la que está haciendo la acción. Su texto es una dura crítica a las personas que no mantienen, a fuerza de voluntad, firmeza en su actuar, en sus propósitos, en sus ideales. Muchas veces se “etiqueta” a las personas de tal o cual manera, no obstante, Montaigne asegura que eso es absolutamente absurdo, ya que, decir que alguien es de tal manera solamente porque hizo tal otra acción no significa que así sea, ya que de un momento a otro puede cambiar radicalmente su forma de actuar, debido a esa inconstancia en el vivir. “En toda la antigüedad es difícil encontrar una docena de hombres que hayan seguido un plan de vida bien fijo y seguro, lo cual constituye el fin principal de la sabiduría”. [8]

En muchos otros temas más se explaya este filósofo, como en “el arte del platicar”, “la vanidad”, apologías o comentarios sobre otros pensadores, etc. La importancia de Montaigne, entre otras cosas más, radica en que pudo ofrecer a la filosofía de su época una continuidad en las reflexiones, es decir, que retoma temas de los que ya se había hablado, para enriquecer; por ejemplo, cuando habla sobre el carácter subjetivo del bien y el mal, etc. Michel de Montaigne es un personaje de importancia fundamental para la filosofía francesa del siglo XVI d.C., pues dará pie a muchas reflexiones más en siglos posteriores.

Bibliografía

Fernández, Clemente, Los filósofos del renacimiento, Ed. BAC, Madrid, 1990, pp. 290 – 327


[1] Fernández, Clemente, Los filósofos del renacimiento, Ed. BAC, Madrid, 1990, p. 293.

[2] Ibídem, p. 294.

[3] Ibíd.

[4] Ibídem, p. 297.

[5] Ibídem, p. 299.

[6] Es necesario porque no puede ser de otra manera, inevitablemente moriremos. Es parte de nuestra condición como seres humanos: vivir incluye que algún día moriremos. Por lo tanto, por qué tener miedo a lo ineludible y necesario, que es parte de nuestra naturaleza.

[7] Fernández, Clemente, Los filósofos del renacimiento, Ed. BAC, Madrid, 1990, p. 304.

[8] Ibídem, p. 305

jueves, 10 de marzo de 2011

Michel de Montaigne, la clasificación de las cosas en buenas y malas, la muerte, la filosofía y el desmentir


Michel nace en el castillo de Montaigne, en Périgord en 1533, estudia derecho y más tarde se vuelve consejero del parlamento de Burdeos y después alcalde de la misma ciudad. Este autor destacado, no sólo por su labor política sino también por su trabajo literario, resulta ser un hombre desenfadado y crítico, a la vez que profundo y culto, con un lenguaje coloquial y agradable logra expresar temas, desde los más cotidianos hasta los más complejos y difíciles de entender.

La experiencia de Montaigne nos resulta significativa porque ayuda a distinguir el cambio de pensamiento que se da de la Edad Media al Renacimiento. Montaigne se fija en la insignificancia o simpleza del hombre y su relación con la naturaleza olvidada por la equivocada postura superior del hombre sobre las demás cosas. Su pensamiento, siempre subjetivo, trata de eliminar toda actitud presuntuosa para poder llegar a una prudencia y tranquilidad de ánimo, esto es, la felicidad individual. Es claro ahora lo que decimos junto al autor: “En la vida y en la obra de Montaigne se precisan con el mayor vigor y claridad los caracteres del subjetivismo y del humanismo renacentista del siglo XVI”1.

Montaigne escribe esta obra con la intensión de poder relatar su forma de ser de una manera simple y ordinaria, sin la afectación en la forma literaria, que pudiera causar algún sentimiento de complejidad o artificio en su forma de ser y de pensar. Ciertamente Montaigne quiere ser lo más sensato y desenfadado posible pero no por esto deja de ser profundo en sus reflexiones y conocedor de los grandes clásicos latinos y griegos como Séneca o San Agustín entre otros. En sus escritos, aunque siempre informales, encontramos muchas citas de frases de estos autores clásicos, entendemos con esto que Montaigne, a pesar de su informalidad, no deja de lado a los clásicos para crear su propio estilo, más bien, los estudia y comprende con mucha avidez.

Montaigne se intenta relatar en esta obra a través de sus pensamientos y de su manera de ver ciertos temas creando así el ensayo como un nuevo estilo literario. Él mismo expresa su querer así: “Quiero que se vea en mi manera de ser simple, natural y ordinaria, sin afectación ni artificio; [...] yo mismo soy la materia de mi libro”2.

De entre los temas que trata Montaigne uno es sobre la actitud del hombre sobre los bienes, pues él afirma que los hombres se preocupan por la opinión que tienen de las cosas y no por las cosas mismas. En este tema profundiza sobre la capacidad del hombre por poder clasificar a las cosas como buenas o malas y dice que no es necesario el inquietarnos por las cosas que llamamos malas si nosotros somos capaces de acomodar la percepción de ella a una percepción buena, ya que si nosotros le damos el carácter a las cosas podemos siempre cambiarlo cuando queramos y así no preocuparnos por la opinión que tenemos de las cosas. Es por esto que el autor nos dice, refiriéndose a cómo se ve de diferentes maneras la muerte que: “esa muerte, que unos llaman la cosa más horrible entre las horribles, ¿quién no sabe que otros la apellidan el único puerto de salvación de los sufrimientos de esta vida?”3. Sobre este tema llegá a la conclusión de que el hombre es el que puede dar un carácter a las cosas afectándolo de alguna manera y no es el problema en ver las cosas sino en cómo se las ve.

Habla sobre la filosofía como una ciencia que sirve para prepararnos a morir. Este pensamiento no es propio de él, Montaigne se basa en lo dicho por Cicerón, cuya idea es la misma. Es el estudio y la contemplación los que alejan nuestra alma de nosotros mismos siendo así, este ejercicio, un aprendizaje continuo que prepara para la muerte. Es así que “toda la sabiduría y razonamientos del mundo vienen a resolverse en este punto: enseñarnos a no tener miedo a morir”4.

Ciertamente que con la sabiduría lo último que se busca en lo tocante a la virtud es el deleite entendido como un supremo placer y excesivo contentamiento debido a la ayuda de la virtud. Refiriéndonos a la virtud, se dice que los hombres más perfectos han intentado poseerla sin lograrlo nunca y ésta ha sido su equivocación pues no saben que, precisamente, el mejor de los placeres que podemos conocer es el intento mismo por alcanzarlos. Aquí podemos entender claramente la preocupación de Montaigne por buscar los placeres de la vida de una forma distinta a como lo han intentado la mayoría de los hombres exitosos.

Pero aún si descubrimos esto no podemos desentendernos de la muerte ya que ésta es el fin de nuestra carrera de la que nadie puede escapar y siempre estaremos construyendo, mientras vivamos, nuestra propia muerte puesto que “el continuo quehacer de vuestra vida es fabricar la muerte”5.

Otro tema es el de la inconstancia de las acciones. Para el autor “la cualidad dominante en los hombres es la inconstancia; si se los examina minuciosamente, acción por acción, se verá que ésta es la verdad”6, ante la dificultad por parte de los hombres que se dedican a clasificar las acciones de los hombres el autor propone la inconstancia puesto que él afirma que de entre los hombres sería muy complicado encontrar por lo menos una docena de ellos que hayan seguido al pie de la letra un plan de vida fijo7. A un vicio, por ejemplo no se le puede considerar dentro de la constancia porque éste está compuesto de desarreglo y de falta de mesura, en cambio la constancia requiere un comienzo de consulta y deliberación para convertirse después en constancia.

El problema surge del dejarnos llevar por las inclinaciones de nuestros apetitos. Nos movemos a donde nos empuje el viento según su capricho, “todo es vaivén e inconstancia […] Nos vamos, somos llevados”8.

El tema del desmentir es otro que preocupa a Montaigne y no sólo porque los franceses tienen fama de ser mentirosos sino que también se preocupa por que según dijo Pínaro que el ser veraz es el comienzo de una virtud eminente y Platón fue lo primero que exigía a su gobernador de su República. Al parecer, para los franceses ésta es una forma de vivir y el autor hace una ironía de este caso cuyos fragmentos presentamos a continuación para que se pueda explicar fielmente esta problemática:


“Uno que quisiese sobre pujar este testimonio podría decir que ahora para los franceses es virtud […] me he puesto a pensar muchas veces de dónde podría provenir la costumbre que religiosamente observamos de sentirnos más gravemente ofendidos cuando se nos reprocha este vicio, tan ordinario en nosotros, que tratándose de ningún otro, que la mayor injuria que se nos puede hacer de palabra es acusarnos de mentirosos”9.


Es así como Montaigne enfrenta los diferentes casos tanto negativos como favorecedores para la sociedad como para él. No debemos olvidar que Montaigne escribe desde su percepción de las cosas abiertamente tratando de quedar plasmado en sus escritos de la manera más sincera posible. Éste es Montaigne, el escritor desenfadado y profundo, culto y superficial.


Bibliografía:


  • Montaigne, “Ensayos”, en Clemente Fernández, Los filósofos del Renacimiento Selección de textos, tomo II, BAC, Madrid, 1990, pp. 293-327.

  • “Montaigne”, en José Ferrater Mora, Diccionario de filosofía, versión digital, p. 1283.

1“Montaigne”, en José Ferrater Mora, Diccionario de filosofía, versión digital, p. 1283.

2Montaigne, “Ensayos”, en Clemente Fernández, Los filósofos del Renacimiento Selección de textos, tomo II, BAC, Madrid, 1990, p. 293.

3Ibidem, p. 294.

4Ibidem, p. 299.

5Ibidem, p. 302.

6Ibidem, p. 305.

7Cfr., ibidem.

8Ibidem, p. 306.

9Ibidem, p. 318.