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miércoles, 20 de junio de 2012

Avempace, elementos de su pensamiento






Abu Bakr ibn Yahya ibn al–Saig ibn Bayya o mejor conocido como Avempace, nace entre 1070 y 1080 de una familia de plateros de Zaragoza. Teniendo en mente un viaje a Egipto que no se llega a realizar, escribe a su amigo que lo esperaba en esta población La Carta del Adiós. Entre sus obras podemos encontrar El Régimen del Solitario, Tratado de la Unión del Intelecto con el Hombre, Carta del Adiós, Sobre las Plantas y comentarios a diversas obras de Aristóteles como: Órganon, Física, Sobre la Generación y Corrupción, Sobre el Alma, etc. En 1139 muere misteriosamente asesinado en Fez, tal vez por enemigos suyos de la clase médica.
            En el Islam originariamente hay un concepto de sabiduría (hikma) que abarca el saber teórico tanto como el práctico, del mismo modo existía ya una palabra para lo que en Occidente se le conoce como filosofía (falsafa). Avempace, en cierto sentido, es un crítico de las ideas platónicas y de igual modo de el aristotelismo, de ahí que su filosofía contenga las siguientes características: primera; posee un marcado carácter religioso, segunda; se tiene la convicción de que filosofía y religión coinciden pues la fuente de la verdad de ambas es solamente una y la misma: Dios, tercera; busca la dimensión práctica de su pensamiento, completando el ideal de vida griego de la pura contemplación, cuarta; el proceso racional lo culmina en estados místicos que sobrepasan el conocimiento estrictamente lógico.[1]   
            En la península Ibérica se instaló el Islam en el 714 y toma el nombre de al–Ándalus y pronto, la cultura musulmana se implanta en su suelo. Pero muy pronto, Aristóteles empieza a entrar en el al-Ándalus tanto en sus mismos textos como atrevés de los comentarios sobre todo de al-Farabi, y lo primero que se conoce y domina es el Órganon y la lógica. A partir, pues, de Avempace, Aristóteles empieza a ocupar el primer plano del pensamiento occidental, primero musulmán y luego cristiano[2].
            El desconocimiento de Avempace hasta 1900 y lo mucho que aún falta por saber de su obra y pensamiento, se debe principalmente y ante todo a la sombra que Averroes, ejerce sobre este, ya que occidente tuvo más que suficiente con los averroístas. La cantidad de manuscritos de Avempace es casi nula a comparación de la de Averroes y además se hicieron versiones latinas de este último, cosa que no sucedió con Avempace en parte porque su pensamiento no es de fácil interpretación ya que sus obras fueron escritas con suma rapidez o como apuntes o textos inconclusos, lo que lo hace sumamente difícil.
            La lógica de Avempace, tiene la peculiaridad de no seguir al pie de la letra el pensamiento de Aristóteles, sino que rompe en muchas ocasiones con éste. La lógica de este zaragozano  es importante porque representa el resultado de la evolución anterior a la lógica aristotélica, tanto griega, oriental y andalusí, a la vez que constituye el puente de unión con la tradición posterior árabe.[3]Pero no con todo el pensamiento de Aristóteles estaba en desacuerdo; incluso para Avempace el ideal de la vida humana como para el mismo Estagirita es la sabiduría, si se entiende ésta como contemplación.
            La filosofía de Avempace se centra en la teoría de las formas para éste las formas son tal cual las percibía Aristóteles. Avempace lleva a cabo diversas clasificaciones de las formas, desde varios puntos de vista, pero su filosofía se encuentra  sumamente enfocada al ser humano:

Formas de nivel corporal.

*La forma de la materia tangible y visible espacio temporal.

*La forma o alma vegetativa

*La forma o alma animal con los sentidos externos (vista, tacto, oído, gusto y olfato)     


Formas de nivel espiritual.

*Las formas que constituyen los sentidos internos (imaginación, sentido común, memoria).

*La forma que es la razón humana.


Formas de nivel intelectual.

*La forma que es el intelecto pasivo individual de cada persona.

* La forma que es el intelecto adquirido de cada persona.

* La suprema forma que es el intelecto agente universal.[4]

            La más resaltante de esta clasificación es el llamado “intelecto agente”, que se puede encontrar en algunos aristotélicos posteriores como Sto. Tomás de Aquino. Este intelecto agente Avempace lo vislumbra como si fuese Dios, es decir cuando te unes al intelecto agente te unes con el mismo Dios. El que la unión con el intelecto agente sea la misma que con Dios parece desprenderse de las mismas palabras de Avempace a lo largo de toda su obra, aunque no llega a decirlo con toda claridad. En este sentido, el intelecto agente parece tratarse o bien del mediador o intermedio filosófico que hay entre la trascendencia de Dios y el ser humano. En cualquier caso es claro el sentido religioso que Avempace da a su unión mística, a pesar de la expresión filosófica que da a la misma y al intelecto agente.[5] 
            No sólo Avempace fue un filósofo, sino también y  esto es algo que olvidamos, Avempace se dedico a la botánica, a la medicina, a la física y que tal vez sus teorías de astronomía fueron precursoras para Galileo. Pero fue mucho más reconocido en la poesía y en la música; en la poesía aun se conservan algunos escritos suyos y en la música él mismo afirma haberse dedicado a este arte y esto es confirmado por los testimonios de Jaqan y al-Maqqari, por otra parte escribió un discurso sobre las melodías musicales.
            Tal vez Avempace fue un filósofo desconocido durante años pero, tal vez, influyó más de lo que creemos en el pensamiento de la Edad Media. Con Averroes aunque jamás se conocieron personalmente, éste estaba al pendiente de la vida del zaragozano. El propio Maimónides lo cita elogiosamente en varias ocasiones en especial de su obra Guía de los perplejos. Sto. Tomás y Alberto Magno confrontan sus ideas de la no inmortalidad del alma. Avempace incluso, no de manera directa, pudo haber influido algunas ideas de Spinoza, lo que demuestra que su pensamiento, aunque olvidado fue trascendente.

BIBLIOGRAFIA

Lomba, Joaquín.  Avempace, Ediciones del Orto, Madrid España, 1995



[1]Cf.  Lomba Joaquín, 1995. Avempace, Madrid España, Ediciones del Orto.
[2] Cf. Ibíd. P. 14
[3] Cf. Ibíd. P. 20
[4] Ibíd. P. 22
[5] Cf. Ibíd. P. 30





           


jueves, 10 de marzo de 2011

Francis Bacon: Novum Organum

Francis Bacon (1561-1626) es el principal filósofo inglés del Renacimiento, padre del empirismo moderno y gran promotor de la idea de que el saber es útil para la vida práctica. Nació en Londres e ingresó en la universidad de Cambridge a los 12 años. Hijo como era del Lord Guardasellos de la reina Isabel, se preparó para la vida política estudiando jurisprudencia en el Gray's Inn de Londres. Tras numerosas obras de crítica de la tradición filosófica clásica, medieval y hasta la renacentista de su tiempo, proyecta una obra enciclopédica, a la que da el nombre de Instauratio Magna [La gran restauración, que divide en seis partes, de las que el Novum Organum (publicado en 1620) es su parte segunda, mientras que De dignitate et augmentis scientiarum [La dignidad y el progreso de las ciencias] (1623), su parte primera, y su Historia naturalis et experimentalis ad condendam philosophiam sive phenomena universi [Historia natural y experimental para construir la filosofía o los fenómenos del universo], (1622-1623), corresponde a la parte tercera.1

La obra que trataremos en el presente texto es el Novum Organum. Desde su primera parte, constituida por un prólogo, Francis Bacon plantea el objetivo de su obra: “constituir los grados de certeza, defender o tutelar al conocimiento sensible por una cierta reducción, y, en cambio, rechazar, como regla ordinaria, la obra de la mente que sigue al conocimiento sensible”2. La obra de la mente que se ha de salvaguardar es aquella que se pueda dirigir de continuo y que permita el obrar por medio de las máquinas, dada su utilidad y práctica.

Posteriormente, comienza a plantear una serie de aforismo3, comenzando por su interpretación del hombre como “ministro e intérprete de la naturaleza, que hace y entiende tanto cuanto haya observado en la realidad o con la mente sobre el orden de la naturaleza; y no sabe y puede más”4. Sin embargo, no pierde la posibilidad de poder investigar y encontrar la verdad a través de dos caminos, partiendo de los sentidos y de los casos particulares a las máximas universales o suscitando los axiomas a partir de los sentidos y de los casos particulares.

En esta búsqueda de la verdad, existen ídolos y nociones falsas, que complican las ciencias. Cuatro son las clases de ídolos que asedian la mente humana: la tribu, la caverna, el foro, el teatro. El primero corresponde a aquellos ídolos que se fundan en la naturaleza humana misma desde una perspectiva universal; el segundo se encuentra en el hombre individual; aquellos que nacen a partir de las relaciones sociales por el lenguaje, son los ídolos del foro, y, por último, las filosofías admitidas o inventadas que dan origen a mundos ficticios y teatrales constituyen, precisamente, los ídolos del teatro.

Por otra parte, el entendimiento humano se relaciona con las causas, especialmente con las causas finales, próximas a él, ya que éstas tiene su origen en la naturaleza humana. El entendimiento humano se ve relacionado también con la voluntad y las pasiones, ya que el hombre cree lo que prefiere que sea verdad, resultado de la afección o infección por parte de la pasión, encontrando su aberración en el entorpecimiento, incompetencia y falacias de los sentidos.

El sentido es débil y se equivoca, por lo que juzga solamente el experimento, la experiencia de la naturaleza y la realidad misma, tendiendo a lo abstracto de éstas y fingiéndolas eternas, siendo esto parte de los ídolos de la tribu.

Los ídolos de la caverna parten de la gran afición de los hombres a las ciencias y a las contemplaciones particulares, de tal manera que sus ingenios dan lugar a la filosofía y a las ciencias, según su diferencia conforme a su potencia y aptitud para diferenciar las cosas y advertir las semejanzas, obteniendo la verdad por parte de la luz natural de la experiencia.

Con respecto a los ídolos del foro, se han introducido en el entendimiento por la alianza de verbos y nombres. “Las palabras se imponen conforme a la capacidad del vulgo e introducen divisiones en las cosas por líneas muy manifiestas al entendimiento vulgar”5. Por parte de los ídolos del teatro, se introducen y son aceptados en el entendimiento gracias a las fábulas de las teorías y de las malas leyes de las demostraciones, siendo muchos y pudiendo ser más; sin embargo, el ocuparse de religión y teología durante la Edad Media hizo que sufrieran un detrimento significativo.

La filosofía está fundada sobre una base demasiado estrecha de la experiencia y de la historia material y, junto con las ciencias, sufre un proceso de cuatro fases conforme a dicha experiencia: primeramente, las impresiones de los sentidos mismos son defectuosas, pues los sentidos fallan y engañan; y hay que sustituir aquello en que se falla y rectificar errores. En segundo lugar, las nociones se abstraen mal de las impresiones de los sentidos. Tercero: la inducción es mala cuando obtiene por enumeración simple los principios de las ciencias. Por último, estableciendo primero los principios más universales y aplicando después a ellos los axiomas medios y probándolos, se cae en cuenta que el modo probar es madre de errores y la ruina de todas las ciencias.

Por tanto, la demostración mejor es la experiencia, pero el hombre se debe aplicar a los experimentos con más seriedad, aunque nadie llega a penetrar con éxito en la naturaleza de una cosa, sino que hay que extender la investigación a fenómenos más universales. También se debe evitar caer en experimentos lucíferos, aquellos que nos tienen ninguna utilidad. Por el contrario, hay que introducir un método distinto, y también un orden y un proceso para continuar y llevar adelante la experiencia, de tal manera que sean experimentos fructíferos y pueda proceder siguiendo una ley determinada, por orden y constancia, con lo que se podrá esperar algo mejor de las ciencias.

“No se ha de aceptar otra invención más que la que está consignada por escrito. Una vez que ésa se ponga en práctica por la experiencia, reducida ya a una fórmula escrita, se puede concebir mayores esperanzas”6. De tal forma que, una vez que han sido reunidos y ordenados todos los experimentos de todas las artes, se puede hallar cosas nuevas, útiles para la vida y situación humana. Las esperanzas concebidas se han de fundar sobre una verdadera escala, donde los casos particulares asciendan a los axiomas menores, y de ahí a los intermedios, siendo estos aquellos axiomas verdaderos, sólidos y vivos, en los que se cifran la realidad y la riqueza humana.

Bacon establece que para fundar un axioma hay que idear una forma de inducción distinta, una que separe a la naturaleza por la eliminaciones y exclusiones debidas y después de tantas negativas como sean suficientes, concluir con afirmaciones. En esta inducción está puesta la máxima esperanza, dejando las sombras y formas abstractas, quedando asidos a realidades sólidas y determinadas en la materia.

A pesar de esta esperanza, existe la objeción que suspende el juicio; sin embargo, servir a los sentidos y gobernar el entendimiento, permite contrarrestar tal problema. Una dificultad que también se acentúa es la necesidad de perfeccionar las demás ciencias a parte de la filosofía; allí se necesita de la interpretación para ayudar a aplicar el método o modo de invención a la índole y condición del sujeto sobre el cual versa la investigación.

“La actividad y la intención de la potencia humana se dirige a generar y a inducir sobre un cuerpo dado una nueva naturaleza o bien unas nuevas naturalezas”7, mientras que la obra y la intención de la ciencia humana transforma los cuerpos concretos de uno en otro e inventa el proceso latente continuado a partir de la causa eficiente manifiesta, y es que saber verdaderamente es saber por las causas de: materia, forma, eficiente y fin, aunque son inútiles a cierto grado, ya que quien conoce la causa de alguna naturaleza sólo en unos determinados sujetos, tiene una ciencia imperfecta.

Las formas es lo que se ha de conocer, ya que quien las conoce abarca la unidad de la naturaleza en materias muy desemejantes, y así puede descubrir y producir lo que hasta ahora no ha sido hecho. Las formas son “ aquellas leyes y determinaciones de acto puro que ordenan y constituyen alguna naturaleza simple en toda clase de materia y sujeto susceptible”8. Por tanto, la potencia humana no puede emanciparse y liberarse del curso ordinario de la naturaleza y expandirse y remontarse a actividades nuevas y modos nuevos de obrar más que por la revelación e invención de esas formas.

Bibliografía

  • Bacon, Francis, “Nuevo Órgano” en Clemente Fernández, Los Filósofos del Renacimiento Selección de Textos, t. II, BAC, Madrid, 1990, pp. 460-479
  • Cortés Morató, Jordi y Martínez Riu, Antoni, Diccionario de filosofía en CD-ROM, Barcelona, Empresa Editorial Herder S.A., 1996.

1Cfr. “Bacon, Francis” en Jordi Cortés Morató y Antoni Martínez Riu, Diccionario de filosofía en CD-ROM, Barcelona. Empresa Editorial Herder S.A., 1996.

2Francis Bacon, Novum Organum, Prólogo, §2.

3 Del lat. aphorismus, y este del gr. Ἀφορισμός. Sentencia breve y doctrinal que se propone como regla en alguna ciencia o arte.

4Francis Bacon, op. cit., libro I, §1

5Íbidem, §59

6Íbidem, §101

7Íbidem, libro II, §1

8Íbidem, §17

jueves, 24 de febrero de 2011

Tomás de Aquino: Suma Teológica, segunda parte, cuestiones 1-18

En este fragmento de la obra de Santo Tomás de Aquino se abordan principalmente los temas referentes a la finalidad y la bienaventuranza del hombre, el acto voluntario e involuntario, la voluntad y su objeto, la elección de los medios que conducen al fin y la bondad y la maldad presentes en el hombre. En esta entrada intento abarcar de manera general cada una de las cuestiones presentes, explicando en qué consisten y cuáles son las soluciones y respuestas del autor.
 
La primera cuestión trata el tema del último fin del hombre en común, aquí el Santo se pregunta si el hombre debe obrar por un fin, si el obrar por un fin es propio de la naturaleza racional y si los actos humanos se especifican por el fin. Define al libre albedrío como la facultad de la voluntad y de la razón que sólo están presentes en el hombre y distingue las acciones que son humanas de las que son acciones del hombre; las acciones humanas son las que vienen de una voluntad deliberada, y las del hombre son aquellas que pueden estar presentes en él pero no son propiamente humanas, porque no pertenecen al hombre como tal. Continúa afirmando que todas las acciones humanas se dan por un fin y que “es propio de la naturaleza racional tender a un fin moviéndose y dirigiéndose por sí misma”[1] y que los actos humanos se especifican por el fin “el principio de los actos humanos, como tales, es el fin, [y] es termino de ellos porque lo que constituye el término del acto humano es lo que intenta como fin la voluntad”,[2] respondiendo de esta manera a la primera cuestión.
 
La segunda cuestión se centra en descubrir el objeto en que consiste la bienaventuranza del hombre, en ella Santo Tomás se pregunta dónde radica dicha bienaventuranza, si en las riquezas, en la gloria, el poder, en algún bien creado, en la voluntad o en el entendimiento, y a lo largo de varias justificaciones culmina diciendo que “la última y perfecta bienaventuranza no puede estar sino en la visión de Dios [donde] la esencia de la beatitud consiste en un acto del entendimiento”.[3]
 
Primeramente el santo discrimina las riquezas como camino de bienaventuranza en cuanto a que con ella sólo se adquieren bienes materiales pero no espirituales, expresando que las riquezas están al servicio de la concupiscencia desordenada; clasifica a las riquezas en naturales, que son las que sirven al hombre para remediar sus necesidades y las artificiales que no ayudan a la naturaleza, como el dinero. Respecto a la gloria o fama también es rechazada, pues esta “noticia esclarecida con alabanza”[4] como la define el santo, puede ser engañosa, pasajera y sin estabilidad, diciendo que “la fama de ningún modo puede hacer al hombre feliz”;[5] mientras que la gloria que está en Dios si es causa de la beatitud para el hombre y motivo de felicidad al ser estable.
 
Del poder, el autor se expresa diciendo que es imposible que éste traiga la felicidad, porque sirve para el bien y para el mal y “la beatitud es el bien propio y perfecto del hombre”.[6] La beatitud no puede provenir de algún bien creado pues ella es el bien perfecto que sacia totalmente el apetito y el hombre no puede encontrar en cosa creada al bien universal, sino en Dios que puede llenar la facultad humana.
 
Se puede resumir esta cuestión con la siguiente expresión del autor: “para la perfecta beatitud se requiere que el entendimiento alcance la misma esencia de la causa primera. De esta suerte logrará la perfección por la unión con Dios, como su objeto, en el cual únicamente está la bienaventuranza del hombre”.[7] En esta sentencia se contiene una síntesis de antropología, gnoseología y ontología, elementos que se presentan entremezclados y plenifican al hombre.
 
La siguiente cuestión se adentra en el tema del voluntario e involuntario, aquí uno de los problemas consiste en si se da el voluntario en los animales irracionales, a lo que el autor responde que el acto voluntario puede ser perfecto e imperfecto, el primero es propio de la criatura racional y el segundo es la aprehensión de la realidad sin percibir su noción formal y que es captado por el sentido e instinto natural, dándose por tanto, en los irracionales; termina diciendo que “solo la criatura racional posee el voluntario perfecto; [y que] el imperfecto compete a los animales irracionales”.[8]
 
Otro problema es el de si a la voluntad se le puede inferir violencia, a lo que Santo Tomás responde primero definiendo a la voluntad y después emitiendo una respuesta clara: la voluntad es “la tendencia procedente de un principio cognoscitivo interior, […] todo lo que es forzado o violento proviene de un principio exterior, por lo tanto, la coacción o violencia son contrarios a la naturaleza misma del acto voluntario”.[9]
 
Los últimos problemas de esta cuestión son el de si la concupiscencia y la ignorancia causan el involuntario. Primeramente Santo Tomás dice que “la concupiscencia, lejos de causar involuntario, contribuye a hacer más voluntarios los actos por ella inspirados”,[10] pues el voluntario es aquello a lo que la voluntad tiende y la concupiscencia mueve a la voluntad a desear aquello, se trata más bien de un acto voluntario. Respecto a la ignorancia, depende de las circunstancias se puede o no dar el involuntario, “la ignorancia causa involuntario si priva del conocimiento exigido para la voluntariedad del acto”,[11] y por otro lado “no puede causar involuntario absoluto, sino hace los actos parcialmente involuntarios, en cuanto proceden de un movimiento de la voluntad a la acción que no se producirá con un conocimiento actual”.[12] El autor dice que no puede ser querido aquello que es ignorado.
 
En la cuestión número ocho Santo Tomás escribe de la voluntad y de su objeto, comentando si la voluntad es solamente del bien, a lo que determina que “la voluntad es un apetito racional, y todo apetito solamente desea el bien”[13] pues tiende hacia lo que le conviene, así toda inclinación tiende al bien; según Aristóteles “el fin es un bien, real o aparente”.[14]
 
El texto presenta ahora la cuestión número trece que trata sobre la elección de los medios que conducen al fin, y aquí el problema es si el hombre elige por necesidad o libremente. Santo Tomás termina diciendo que la elección se hace sobre los bienes particulares, por lo tanto no puede ser necesaria,[15] pues no se hace sobre el bien perfecto o la felicidad, así “el hombre no elige necesaria, sino libremente”.[16]
 
La última cuestión de este fragmento se adentra en la bondad y malicia de los actos humanos, y el primer problema es sobre si la acción humana deriva su bondad o malicia del objeto, a lo que responde Santo Tomás que “las cosas exteriores son buenas en sí mismas, [pero] no están siempre en la relación debida con tal o tal acción. Por eso, consideradas como objetos de tales acciones, dejan ya de ser buenas”.[17] Otro problema es el de si hay algún acto indiferente en el individuo, a lo que rotundamente Santo Tomás responde que “necesariamente todo acto humano, hecho con deliberación, es bueno o malo en el individuo concreto”,[18] definiendo a lo bueno o malo como todo lo que es contrario a la recta razón, haciendo posible que cualquier acto individual sea bueno o malo.
 
Bibliografía:
Fernández, Clemente, Los Filósofos Medievales Selección de Textos, Tomás de Aquino, “Suma teológica” , Tomo II, BAC, Madrid, 1979, p. 583-605.

[1] Tomás de Aquino, “Suma teológica”, en Fernández, Clemente, Los Filósofos Medievales Selección de Textos, Tomo II, BAC, Madrid, 1979, p. 585.
[2] Ibíd., p. 586.
[3] Ibíd., p. 591.
[4] Ibíd., p. 588.
[5] Ibídem.
[6] Ibíd., p. 589.
[7] Ibíd., p. 592.
[8] Ibíd., p. 593.
[9] Ibíd., p. 594.
[10] Ibíd., p. 595.
[11] Ibíd., p. 596.
[12] Ibíd., p. 597.
[13] Ibídem.
[14] Ibíd., p. 598.
[15] En términos medievales se entiende ‘necesario’ como aquello que no puede ser de otra manera.
[16] Ibídem.
[17] Ibíd., p. 602.
[18] Ibíd., p. 604.

Santo Tomás, sobre el entendimiento en la Suma Teológica.

Santo Tomás plantea la cuestión del entendimiento (siendo una de las potencias del hombre) y cómo va accediendo al conocimiento de las cosas, con lo que algunas pueden ser conocidas con facilidad por el entendimiento mientras que otras no, con lo que concluirá que el entendimiento humano no conoce por sí mismo sino por revelación de la Verdad divina, y siendo que el ser de Dios supera por mucho al entendimiento, será más excelente la voluntad que el entendimiento.

Ahora bien, distinguiendo las potencias más importantes del alma, presenta las potencias intelectivas y la voluntad, las primeras están conformadas por la razón y el entendimiento. El entender “consiste en la simple aprensión de la verdad inteligible; raciocinar es discurrir de un concepto a otro concepto para conocerla.”[1] Dichas potencias intelectivas se presentan en el hombre unidas entre sí, pues el hombre, partiendo de ciertas verdades o primeros principios y mediante un proceso de raciocinio, llega al conocimiento de la verdad, de manera que la razón y el entendimiento actúan de manera conjunta, por ello, no se considera que sean dos potencias distintas sino una sola pues en el momento de actuar no se distingue una de otra puesto que hacen un proceso convergente y único para que el hombre llegue al conocimiento de la verdad.

Santo Tomás se plantea el problema de sí la voluntad es más excelente que el entendimiento, siendo que la voluntad tiene como objeto el bien y el mal y el entendimiento a la razón para acceder a la verdad. Al hacerse una comparación entre ambas potencias, es difícil declarar cuál de las dos potencias es más importante, por lo que Santo Tomás dice que en algunos casos la voluntad es más excelente y en otros el entendimiento pues todo depende del lugar donde se encuentre su objeto. Así, “cuando la realidad en la que se encuentra el bien es más noble que el alma misma, […] la voluntad es más noble que el entendimiento [y en cambio] cuando la realidad en que se encuentra el bien es inferior al alma, entonces por comparación, el entendimiento es superior a la realidad.”[2] Y aunque hay muchas cosas nobles para el alma, Dios es lo más noble para toda alma y en su caso, es preferible amarle que conocerle, con lo cual es más excelente la voluntad que el entendimiento, mientras que en las cosas corporales es más excelente el entendimiento que la voluntad.

Ahora surge el problema de cómo se entienden los seres corporales, siendo que estos están en continúo movimiento, a lo que Santo Tomás dice que “el alma no entiende los seres corpóreos, sino sus especies separadas”[3] porque los seres corporales están en un movimiento constante, en cambio las especies no y ellas son las que dicen lo que es una cosa y no otra en cualquier ser, es decir, son las que hacen distinguir, por ejemplo, entre un caballo y un hombre. Y aunque la especie es lo que nos ayuda a entender a cada ser, también es importante conocer su cuerpo porque es lo que nos hace diferenciar cada ser dentro de la misma especie.

Y sobre si el alma conoce las cosas en las razones eternas, dice Santo Tomás que una cosa se conoce de dos maneras, como en objeto ya conocido o en otro objeto como su principio de conocimiento, por lo que “las razones nos son conocidas en las razones eternas y en la verdad inmutable”[4] sin embargo, no todas las almas tienen la capacidad de conocer las razones eternas sino sólo aquellas que son santas y puras.
Por otro lado, desde la antigüedad ha sido causa de discusión si el conocimiento proviene o no de las cosas sensibles, a lo que Demócrito decía que la causa de nuestros conocimientos proviene de las imágenes de los cuerpos. Por su parte, los naturalistas no establecían diferencia entre el entendimiento y el sentido, Platón, en cambio sí distinguía el entendimiento de los sentidos al considerar al entendimiento como la facultad inmaterial que para su acto no se servía de ningún sentido. Mientras que San Agustín decía que no es el cuerpo el que siente, sino el alma por el cuerpo. Así, Santo Tomás concluye que “la operación intelectual es causada por los sentidos en lo que concierne a las imágenes”[5] por lo que no hay una contrariedad entre el entendimiento y los sentidos sino una complementariedad pues una es causa de la otra para hacer el proceso de intelección.

Por ello, dice Santo Tomás que el entendimiento no puede entender ninguna osa sin recurrir a las imágenes por medio de los sentidos, por eso, el entendimiento debe ayudarse de las potencias de los órganos corporales, como el sentido y la imaginación. Por lo tanto, si un hombre está impedido de algún sentido, no puede entender ninguna cosa pues tiene una fuerte posibilidad del error al pretender conocer una cosa. Dice Santo Tomás que “para que el entendimiento entienda en acto su objeto, es necesario que recurra a las imágenes de la fantasía, a fin de descubrir la naturaleza universal existiendo en un objeto singular.”[6]
Por otro lado, la facultad cognoscitiva tiene tres grados, el sentido, acto del órgano corporal; el entendimiento angélico, la forma subsistente sin materia; el entendimiento humano, que ocupa un grado intermedio pues es una facultad del alma y forma del cuerpo. Con lo cual, dice Santo Tomás que “nuestro entendimiento conoce las realidades materiales abstrayendo las imágenes”[7] considerando dos maneras de abstraer, por composición y división y a modo de consideración simple o absoluta. Abstraer lo universal de lo particular consiste en considerar la naturaleza específica independientemente de los principios individuales representados por las imágenes.

Sobre si el entendimiento conoce las cosas singulares y tangibles, dice Santo Tomás que no puede conocer directamente las cosas materiales singulares nuestro entendimiento porque conoce sólo lo universal y podría indirectamente, por la reflexión, conocer lo individual, aunque lo propio del entendimiento es lo universal. Por lo tanto “directamente conoce las especies inteligibles el universal, e indirectamente los singulares representados en la imágenes.”[8] Y en cuanto a las cosas contingentes, las cuales son aquello que pueden ser o no ser, en cambio, pueden ser conocidas directamente por los sentidos e indirectamente por el entendimiento.

Finalmente, sobre si el alma intelectiva se conoce a sí misma y a lo que en ella existe, dice San Agustín que dicho conocimiento puede ser doble, es decir, particular o universal, con el primero basta la misma presencia del alma para conocerse a sí misma y en el segundo, no basta la presencia del alma sino que se requiere una ardua investigación, sin embargo, no depende de cada alma conocerse o no sino que “el juicio y la eficacia de este conocimiento por el que conocemos la naturaleza del alma se debe a la iluminación de nuestro entendimiento por la Verdad divina.”[9] Por lo tanto, siendo que Santo Tomás expone todo esto para lograr conocer a Dios, siendo la Verdad divina la que ilumina el entendimiento, se vuelve más difícil poderle conocer por completo, por lo cual, no es una labor fácil sino que requiere todo un proceso para llegar a él.

César Águila Cázarez sdb.
 

[1] TOMÁS DE AQUINO, “Suma teológica” en Fernández, Clemente, Los Filósofos Medievales Selección de Textos, Tomo II, BAC, Madrid, 1979, p. 564, § 2.407.
[2] Ibid., p. 566, § 2.409.
[3] Ibid., p. 567, § 2.412.
[4] Ibid., p. 570, § 2.416.
[5] Ibid., p. 572, § 2.420.
[6] Ibid., p. 574, § 2.422.
[7] Ibid., p. 575, § 2.423.
[8] Ibid., p. 579, § 2.432.
[9] Ibid., p. 581, § 2.436.
 
REFERENCIA BIBLIOGRÁFICA.


TOMÁS DE AQUINO, “Suma teológica” en Fernández, Clemente, Los Filósofos Medievales Selección de Textos, Tomo II, BAC, Madrid, 1979, p. 563-583.

jueves, 3 de febrero de 2011

Al-Kindi: Sobre el entendimiento

Al-Kindi nació en el año 800 en Kufa Persia y por mandato de Al-Ma’mun, corrigió las traducciones de Aristóteles y otros autores griegos. Se distingue por sus muchos comentarios a Aristóteles y la redacción de muchos tratados. Sus ideas fundamentales eran inspiradas por el Estagirita y se le ha considerado como el “primer gran aristotélico árabe”.[1]

El autor inicia este texto diciendo que expondrá brevemente el tema del entendimiento, según Platón y Aristóteles. Parte de que estos filósofos dicen que hay cuatro clases de entendimiento, los cuales son, el que está siempre en acto, el que está en potencia en el acto, el que pasa de la potencia al acto y el demostrativo, que irá desarrollando a lo largo de este escrito.

Para introducir el tema del entendimiento, Al-Kindi dice que Aristóteles propone dos clases de forma: la que tiene materia y es objeto de los sentidos y la que no tiene materia y es objeto del entendimiento. Pasa posteriormente, a decir que la forma que se encuentra en la materia es percibida por los sentidos y cuando el alma la aprehende es porque ya se encontraba contenida en potencia en el alma; define también lo que es alma: “es una realidad una, que es ella misma y no algo distinto de ella”.[2]

Para explicar el entendimiento parte de que “el alma, cuando aprehende el objeto entendido, a saber, la forma que no tiene materia ni elementos imaginativos, y se une ésta con el alma, entonces está en acto el alma la que no se hallaba antes en acto, sino en potencia”,[3] dice que la forma sin materia es el entendimiento adquirido para el alma “por obra de la inteligencia primera, que constituye la esencia de las cosas y que está siempre en acto”.[4] El alma es, entonces, una inteligencia en potencia que recibe de la inteligencia primera (que siempre está en acto), el entendimiento. Termina con esta cuestión afirmando que “nada que está en potencia pasa al acto más que por otro que está en acto”,[5] pues no puede pasar por sí mismo.

Ahora el autor desarrolla las cuatro clases de entendimiento, diciendo que “el entendimiento, que está siempre en acto”,[6] es muy parecido al alma y este entendimiento primero “es causa de todos los objetos entendidos, [mientras que] el entendimiento segundo es propio del alma en potencia”[7], de esta manera identifica las primeras dos clases; pasará después a escribir del tercero que está en el acto propio del alma, el cual consiste en que, ya que fue adquirido por el alma, está con ella y se ejercita permaneciendo siempre con ella, “la saca a la luz y la ejercita a su placer”.[8] Termina describiendo el cuarto entendimiento, que consiste en el que se ejercita fuera del alma y, por tanto, estará en acto en otro, distinto.

Finaliza este corto tratado reafirmando que estas ideas son de cómo dividieron el entendimiento los primeros filósofos.

Bibliografía:
Fernández, Clemente S.I, Los filósofos Medievales, selección de textos, “Al-Kindi”, Tomo I, BAC, Madrid, 1979, p. 562-567.
Ferrater, Mora, “Alkindi”, buscado en, Diccionario de filosofía, Tomo I, ed. Ariel, Barcelona, 2001, pp. 108-109.

[1] Ferrater, Mora, “Alkindi”, buscado en, Diccionario de filosofía, Tomo I, ed. Ariel, Barcelona, 2001, p. 109.
[2] Fernández, Clemente S.I, Los filósofos Medievales, selección de textos, “Al-Kindi”, Tomo I, BAC, Madrid, 1979, p. 562.
[3] Ibíd., p. 563.
[4] Ibídem.
[5] Ibídem.
[6] Ibídem.
[7] Ibídem.
[8] Ibíd., p. 564.