Fernández, Clemente, Los filósofos del renacimiento, Madrid, Editorial BAC, 56, pp. 92
[1] Fernández, Clemente, Los filósofos del renacimiento, Madrid, Editorial BAC, pág.71.
[2] Ibidem,pág, 73.
[3] Ibidem, pág, 77.
[4] Ibidem, pág, 90.
Blog universitario de estudios sobre filosofía y cultura en la Antigüedad tardía, Edad Media y Renacimiento

Santo Tomás de Aquino- Sobre la Verdad
En el tratado Sobre la Verdad que vamos a estudiar es parte del compendio de Cuestiones Disputadas de este santo. Primero Santo Tomás desglosa la verdad en el ente o el ser y lo que se le agrega, que son las propiedades o conceptos que nos formamos de ese ser. Viendo que al ente no se le puede agregar nada, pues esto no sería parte de su naturaleza, lo expresado del ente debe de ser ya intrínseco a éste, por lo que lo que se expresa de el ente es en realidad solo un modo especial de el ente mismo. O la otra manera de expresar algo sobre el ente sería que lo expresado “acompañe universalmente a todo ente.”[i] Pero si es algo que acompaña a todo ente, es parte de su esencia, y de aquí que el ente se vuelve un ser (essendi) y toma para su discusión el termino de res que expresa la quididad.
Sigue Tomás de Aquino con el alma, que sería el único ente que se agregaría por conveniencia al ser, ya que el alma sería el único otro ente que podría tener correspondencia con todo el primer ente. Y de la verdad en el terreno de el alma, que es el bien, trata la Ética, por lo que Santo Tomás ya no lo trata.
Para dar un marco conceptual, se trata sobre diferentes definiciones de la verdad, como la de San Agustín “Agustín en el libro De vera religione: La verdad des aquello por lo que se muestra lo que es [...] Verdad es aquello según lo cual juzgamos los seres inferiores”
De esto, empieza Santo Tomás a explorar si existe la verdad y en caso afirmativo, donde se puede encontrar. El primer enfoque que toma es que la verdad pudiera estar fuera a las cosas, sólo en el entendimiento humano. Y este enfoque hace que la verdad se diferencie como un movimiento anterior o posterior, o sea que es consecuencia del objeto o que es causada por el objeto. Este movimiento de la verdad es causado por la realidad, pero la verdad está dada en cuanto se ajusta al entendimiento.
Así, Santo Tomás muestra que el entendimiento se divide en dos, uno que es la medida de las cosas: “El entendimiento práctico causa las cosas, por lo cual es medida de las cosas.”[ii] Y el entendimiento especulativo, que recibe de las cosas, es causado y es movido por ellas. El primer entendimiento es el de Dios, y el segundo es el del hombre.
Así Santo Tomás hace una pequeña síntesis de lo que es la verdad terrena: “la verdad se dice con prioridad de la composición y división del entendimiento; en segundo lugar, de las definiciones de las cosas, en cuanto que en ellas va implicada una composición verdadera o falsa; en tercer lugar, de las cosas en cuanto se adecuan al entendimiento divino o tienen la capacidad de adecuarse al entendimiento humano; cuarto, el hombre que formula sus proposiciones verdaderas o falsas.” [iii]
En el párrafo anterior, va extrayendo el autor los diferentes tipos de verdad o de aceptación de la verdad que él contempla. Es importante recalcar que en el tercer punto, sólo toma las cosas artificiales como las que se adecuan al entendimiento humano.
La siguiente cuestión que se hace Tomás de Aquino es si además de la primera verdad, Dios, existe alguna otra verdad que sea eterna. Lo cual resuelve fácilmente planteando que la verdad reside en el entendimiento y si el entendimiento divino tiene la verdad, entonces esa verdad es eterna.
De aquí observa otra objeción, si la verdad está en los sentidos y luego si la falsedad se da en estos. “Se da la verdad en el entendimiento y en los sentidos, aunque de diversa manera”[iv] En el entendimiento esta verdad se da como juicio de entendimiento, lo que es la cosa con la reflexión de los actos de la misma. Mientras que en los sentidos se da como algo que sigue al acto, es un conocimiento intermedio de la verdad. Por esto el conocimiento comienza por los sentidos y es tan verdadero o falso como las cosas que lo provocan. Por esto se encuentran lo verdadero y lo falso en los sentidos, por que estos juzgan a los objetos, según Santo Tomás. Pero el juicio del sentido es siempre verdadero si no hay ningún impedimento en el sentido.
Al ver que Dios es la verdad, entonces se plantea Tomás de Aquino si Dios se conoce a si mismo. Parte de los universales, que son inteligibles y estos son separados de la materia por su propia naturaleza. Entonces, como Dios está separado de la materia, es inteligible en “sumo grado”. Y de aquí parte para ver si Dios conoce a los seres distintos, ya que por él ser inmaterial, infinito, uno, no podría conocer otra realidad, la finita, móvil, material y múltiple. Pero Dios en su esencia divina puede conocer a las cosas ya que tiene la aptitud para demostrar y las cosas pueden ser demostradas.
Después trata sobre la ciencia, y si ella y Dios son equívocas, esto es que no se corresponden. Aqui nos dice: “Hay que sostener, pues, que el nombre de ciencia se predica de la ciencia de Dios y de la nuestra ni del todo unívocamente, ni por pura equivocación, sino por analogía.”[v] Hay una desproporcionalidad entre los términos de la ciencia de Dios y la de los hombres, sin embargo, aclara que Dios no es semejante a nosotros, sus creaturas, sino que nosotros somos los que nos asemejamos a Dios.
Prosigue haciendo un análisis sobre los ángeles, y se plantea las cuestiones semejantes a las que se planteaba con nuestro conocimiento y el de Dios. Así, los ángeles que son seres intermedios entre Dios y el hombre. Y por las mismas causas y conclusiones llega a que: “ el entendimiento del ángel, por tener presente ante si la esencia [Dios] que es acto en el orden inteligible, puede entender lo que es inteligible en él.”[vi] Es por lo tanto capaz de entenderse a si mismo y conocer también la esencia de las cosas por que está en presencia de Dios. Esto nos lleva a la siguiente cuestión, en la que se plantea si los ángeles discurren como nosotros. Pero ellos como están en la presencia de Dios, no necesitan discurrir, ya que conocen las cosas por su esencia, según Dios las conoce.
Así nos lleva Santo Tomás a querer saber como conocer a Dios, como tener un entendimiento de Dios en su esencia. Aquí expone el alma como el camino por el cual se pueden conjuntar las naturalezas del entendimiento, pero sería necesario un alto grado de abstraccióbn y de abandono de las cosas materiales. Sin embargo el alma no está unida al cuerpo como los demás miembros por su forma, sino que se une por su esencia. Por esto, los actos intelectivos no se mezclan con las acciones contemplativas del alma, sin embargo, si se puede llegar a ver la esencia de Dios a través de la contemplación, según Tomás de Aquino.
BIBLIOGRAFÍA
Fernández, Clemente, Los Filósofos Medievales II, “Santo Tomás de Aquino: Sobre la verdad”, BAC, Madrid, 1979
[i] Fernandez, Op. Cit., pág. 269
[ii] Fernandez, Op. Cit., pág. 271
[iii] Fernandez, Op. Cit., pág. 274
[iv] Fernandez, Op. Cit., pág. 276
[v] Fernandez, Op. Cit., pág. 283
[vi] Fernandez, Op. Cit., pág. 287
Agustin de Hipona, nacido en Tagaste, Numidia (354-430), quiso plasmar en su obra, Contra los acdémicos, con ayuda de sus amigos Licencio y Trigesio, el argumento sobre qué es la verdad y por qué los académicos lo refutaban.
En un primer esquema, a Agustín de Hipona, en reunión, le parece oportuno comenzar preguntándoles a sus amigos su parecer acerca del conocimiento de la verdad: “...aun sin poseer la verdad podemos ser felices, ¿Creéis que será necesario su conocimiento?”[1]
La cuestión de la verdad sigue replanteada. Agustín de Hipona hace su intervención sólo como árbitro en la conversación. Aunque tiene su intervención de forma directa en el momento que se está encontrando la definición de la verdad. Sigue el tema del error, caso curioso al definir: “el hombre feliz no puede errar”[2], sin embargo, tratar de encontrar el error se vuelve un caso complejo, pues es más fácil definirlo. Si una persona se dedica a la investigación, en cierto sentido, para no errar, no se salva del error, al no alcanzar lo que se busca, porque llega a ver los límites después de entrar en el proceso de búsqueda de la verdad.
Además, el error es necesario para comprender dicha investigación. Lo cual, lleva a buscar siempre la verdad, ya que “no puede aprobar cosa falsa el que no aprueba nada”[3] porque insta al hombre a buscar siempre la verdad sin llegar a su hallazgo. No obstante, esta misma puede compaginarse con la felicidad del hombre. Es imposible si busca pero encuentra nada, porque van de por medio las razones e incluso la edad. Si bien, en el recorrido que hace la persona, ya va en él no cesár de buscar, más para conseguir lo que quiere encontrar.
Antes de llegar al punto de los académicos, Agustín de Hipona, en la conversación, aporta la definición de la sabiduría. Aquí surge esta interrogante como petición al diálogo que se entabla. Pero, no puede descender la sabiduría como defensa; añade “que no por ella misma, sino por el hecho de que no hay adversario que temer”[4]. Por el contrario, la sabiduría se vuelve aquí, un deseo por parte de Trigesio y Licencio en ayuda de sus argumentos, olvidándose de la definición. Por lo que la definición no es nueva, viene ya antiguamente. Con ella, se van sirviendo algunos hombres en la búsqueda de la verdad.
Con el párrafo anterior, la sabiduría se ve implicada como tema controversial. En la doctrina de los académicos, sostienen que: “el hombre no puede conseguir la ciencia de las cosas tocantes a la filosofía, no obstante, el hombre puede ser sabio, y toda su misión consiste en investigar la verdad...”[5], de esto resulta que ellos no solo creen que el hombre es sabio sino que el sabio no da su asentimiento a ninguna cosa, desafortunadamente no da pié a las cosas inciertas.
Mas aún, aparte de establecer sus tesis con muchas afirmaciones, tambien apoyan sus deducciones en el estoico Zenón (335-263, oriundo de la isla de Chipre)[6], donde su definición de sabio la define en la persona que fuese capaz de conducir del mejor modo su existencia. Y en la comprensión de la verdad: “solo puede tenerse por verdadera aquella representación que es impresa en el alma por el objeto mismo de donde se origina...”[7]por lo que el sabio solo debe atenerse a no aprobar nada.
Se acarrearon cierta hostilidad al pintar a su sabio como la persona que “nada debe afirmar, como condenado a perpetua soñolencia y deserción de todos sus deberes”[8]. Con esto no dan niguna afirmación propia y se refugian en esas palabras que según ellos están cargadas de muy buena argumentación. Aunque no queda claro, ya que no dan una definición de la verdad, si la dan, no se encuentra más que la palabra verosimilitud en sus tesis, como también en lo que el sabio realize, pero la verdad sigue escondida y confusa.
Los académicos ya tienen cierta antigüedad, pero la escisión de la nueva academia ya contenía su fundamento, pero que dió un cambio al ir apropiándose de las nuevas aportaciones de Zenón. Los filósofos como Sócrates, Platón y otros antiguos creyeron que “uno puede inmunizarse contra el error en cuanto evita la temeridado en dar su asentimiento”[9], mas nunca introdujeron la discusión en busca de la verdad, o si era posible su percepción o no.
Por su parte, Zenón lanzó el problema de que “nada puede percibirse sino aquello que de tal manera es verdadero, que se distingue de lo falso... y el sabio no debía abrazar opiniones”[10]. Con esto no hay mas que una sola conclusión, que la verdad no solo se encuentra en la opinión y el sabio no debe asentirse a ninguna cosa. Por que parece que no puede descubrirse la verdad, si no puede percibirla, entonces no puede hallar la verdad, desafortunadamente, se tiende a no atreverse a buscar lo que no está al alcanze, por el simple hecho de dejarse guiar por una idea.
Dice el académico. “todas las cosas que yo he creído llamar verosímiles o probables”[11]. Esto le lleva a quedarse en cierto rezago y no impulsa a seguir la búsqueda, sino que los detiene, mientras que a Agustín de Hipona y a sus amigos les mueve a obrar, siendo conscientes de su ignorancia al tema de la verdad. Aquí el sabio debe volverse “averiguador de la verdad, no artífice de las palabras”[12].
Existe la divinidad de un divino socorro para conocer la verdad. Alipio, cuyo personaje es a quien manifiesta este escrito, expresó en comentario de Agustín de Hipona que “sólo algún divino numen puede manifestar al hombre lo que es la verdad”[13]. Esto tiene relación con la divinidad, pero no escapa de que pueda volverse una ficción, una falsa apariencia. Se vuelven imágenes que seducen e ilusionan, aun teniendo “la verdad en las manos”[14]. Pero no permiten el conocer y seguir buscando la verdad.
“Niegan los académicos que pueda saberse algo”[15] y se apoyan en la definición de Zenón, sin embargo, se encuentra la contradicción de que si es verdad lo que afirman, entonces el mismo hombre no puede alcanzar la sabiduría y sostendría que el sabio no sabe el “porqué vive, cómo vive, a la par es sabio e ignora la sabiduría”[16]. Pero en vista de que puede suscitar problemas, es la misma sabiduría con la que se puede inducir a los hombres a filosofar.
Finalmente, Agustín de Hipona manifiesta la certeza de la dialéctica, “...ciertamente conoce bien el sabio, y nadie puede saber lo falso, sino la conoce su conocimiento no pertenece a la sabiduría”[17], y parte de esta frase porque le atribuye que la forma de acercarse a los conocimientos fue a través de ella, así también le enseñó las verdades, sobretodo las proposiciones que se mencioinan en el escrito, en forma general, se han mencionado. Esto a partir de las oposiciones que se manifiestan en los académicos, pero queda algo afirmativo, que “cuando hay armonía sobre las cosas de que se disputa, no debe porfiarse acerca de las palabras...t{omese lo que se puede comprender: déjese lo que no puede explicarse”[18].
Biliografía:
· Clemente, Fernández, Los filósofos medievales Tomo I, BAC, Madrid 1979. 753 pp.
· Francisco Larroyo, Sistemas e historias de las doctrinas filosóficas, Porrúa, México 1968.
798 pp.
[1] Fernández, Clemente, Los filósofos medievales Tomo I, BAC, Madrid 1979. p.139
[2] Ibid. p.143
[3] Ibid. p. 144
[4] Ibid p.146
[5] Ibid. p. 146
[6] Larroyo Francisco, Sistemas e historias de las doctrinas filosóficas, Porrúa, México 1968. p.280
[7] Fernandez Clemente, p. 147
[8] Ibid. p. 147
[9] Ibid p. 148
[10] Ibid p. 148
[11] Ibid p. 149
[12] Ibid p. 148
[13] Ibid p. 151
[14] Ibid p. 151
[15] Ibid p. 151
[16] Ibid p. 152
[17] Ibid p. 155
[18] Ibid p. 156