lunes, 6 de febrero de 2012

San Agustín, Confesiones, Libro VII

En el libro séptimo de Las confesiones, San Agustín nos narra una etapa de su vida muy importante, ésta es la juventud. En este periodo, Agustín ya se encontraba dentro de la santa Madre, la Iglesia Católica, y lo invadían diversas dudas, entre ellas la más importante trataba sobre el origen del bien y del mal, de la luz y las tinieblas, esta incertidumbre provenía claramente de los maniqueos, pues ellos “buscaban el origen del mal repletos de malicia, por esa causa creían que Dios era capaz de padecer el mal”.[1]

Agustín concebía a Dios como “el sumo, y el único y el verdadero”,[2] e imaginaba a aquel Ser incorruptible, inviolable e inconmutable. Creía firmemente que Él penetraba todas las partes de la tierra, llenando todo de su presencia, pasando por todas las cosas, fueran grandes o pequeñas. Aunque posteriormente se dio cuenta de que entendía mal la anterior concepción, pues él pensaba que “si fuera de ese modo la mayor parte de la tierra tendría mayor parte de ti, y la menor parte tendría menor, por lo que un elefante tendría mayor parte de ti que un pajarillo”.[3] Más tarde Agustín se percató de que en realidad Dios sí penetraba todas las cosas, grandes o pequeñas, y que su presencia en ellas era plena y totalizante, y no limitada a su tamaño o forma.

Agustín, reflexionando en su vida pasada, se preguntaba sobre quién lo había formado, y llegando a la conclusión de que Dios lo había creado, se volvía a preguntar “¿De donde, pues, me ha venido querer el mal y no desear el bien?”[4] De esta pregunta Agustín realiza toda una reflexión, hasta que consigue llegar a la respuesta correcta. El camino que realizó para llegar a esa respuesta es el siguiente.

“¿Quién depositó esto en mí y sembró en mi alma esta semilla de amargura, siendo hechura exclusiva de mi dulcísimo Dios?”[5] El Diablo, fue la primera respuesta que dio, él fue quien sembró el mal en el cuerpo, pero inmediatamente se dio cuenta de que no había sido él, ya que él era un ángel bueno que se hizo malo por su voluntad, de dónde pues le vino la mala voluntad si había sido creado por Dios.

¿De dónde viene el mal?, la siguiente respuesta que formula es que el mal proviene de la materia, la materia de donde fuimos creados y formados era mala, de ahí nuestra inclinación al pecado, pero también Agustín se da cuenta de que no es de ahí donde proviene el mal, ya que Dios siendo omnipotente hubiera convertido la materia en buena antes de crear al hombre, o destruirla y hacer una nueva que fuera buena creada por Él. Con lo anterior Agustín se da cuenta de que en realidad el mal no proviene de la materia.

¿De dónde viene el mal?, el mal no viene de Dios, pues Él no lo padece, el mal viene del hombre, ya que él, dice San Agustín, “es ciertamente, porque procede de ti, mas no es, porque no es lo que tú eres”,[6] el bien está en adherirse a Dios, porque, si no se permanece en Dios que es suma bondad, no se podrá permanecer en el bien, sino que se inclinará hacia el mal. Son buenas las cosas que se corrompen, pues fueron creadas por Dios, mas no son sumamente buenas, sino, fueran incorruptibles, e incorruptible, inviolable e inconmutable sólo es Dios.

“Indagué qué cosa era la iniquidad, y encontré que era la perversidad de una voluntad que se aparta de la suma sustancia, que eres tú, ¡oh Dios!, y se inclina a las cosas ínfimas, arroja sus intimidades, y se hincha por fuera”.[7]

En conclusión, el mal como dice San Agustín, no proviene de Dios o de otro lugar, éste proviene de nuestra voluntad al momento en que nos alejamos de Dios, cuando nos inclinamos a cosas que no pertenecen a Él, por lo tanto, el secreto de una vida virtuosa y llena de bondad, consiste en permanecer en Dios quien guarda sus mandamientos permanece en Dios y Dios en él”,[8] y dónde se encuentran estos mandamientos, en la Sagrada Escritura, nos dirá San Agustín.

 

Bibliografía.

San Agustín, Las confesiones, Madrid, Editorial B. A. C., 1974, pp. 612.


[1] San Agustín, Las confesiones, Madrid, Editorial B. A. C., 1974, p. 271.

[2] Ibidem, p. 265.

[3] Ibidem, p. 269.

[4] Ibidem, p. 272.

[5] Idem.

[6] Ibidem, p. 287.

[7] Ibidem, p. 292.

[8] 1 Juan 3, 24.

3 comentarios:

  1. Es motivante tu aporte porque continuas la siguiente etapa de la vida de san Agustín donde él ya acepta ser parte de la Iglesia católica, en la cual ha encontrado la verdad que es Dios. También se me hace relevante cómo ha tenido todo un discernimiento para arribar a la verdad que tanto estaba buscando.

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  2. Dentro de este libro se puede decir que ya es notoria una "conversión intelectual", lo que asegura en él una convicción que trasciende en su vida.
    Es interesante ver el planteamiento del problema del mal y a la conclusión que llega afirmar: el libre albedrío de la voluntad.
    Muy buena tu aportación.

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  3. Creo que es una aportación muy valiosa y muy buena. No obstante no estoy de acuerdo con algo que se ha dicho en la entrada. En una parte del texto, se lee: "Creía firmemente que Él penetraba todas las partes de la tierra, llenando todo de su presencia, pasando por todas las cosas, fueran grandes o pequeñas. Aunque más tarde se dio cuenta de que lo anterior era erróneo". Creo que lo anterior dicho es erróneo sólo si se entiende que Dios está en las cosas en la medida de la proporción física de cada cosa, lo que me parece incorrecto. O Agustín así lo entendió y estaba muy errado o la frase está mal redactada. A mi parecer, Dios sí penetra todas las partes de la tierra, llenando todo con su presencia, pasando por todas las cosas, fueran grandes o pequeñas, sólo que aquí Dios está en todo en plenitud. Es decir, en un elefante está Dios totalmente así como en el ratón, y creo que, desde la fe cristiana, esto está más que claro con el misterio de la Eucaristía, en donde Cristo está totalmente y no una parte de su cuerpo. Muchas gracias Jorge por tu aportación. Resulta muy enriquecedora la conclusión en torno al origen del mal, en efecto, el mal existe gracias a nuestra libertad, como consecuencia de nuestras decisiones libres de alejarnos del Creador.

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