martes, 18 de junio de 2013

La herejía en la Edad Media: su aniquilamiento por la Iglesia.

El fenómeno de la herejía se encuentra en la conformación de Occidente y permitió el nacimiento de la Inquisición o el proceso inquisitorial. Dicho proceso fue instituido oficialmente por el papa Gregorio IX en 1231, precisamente para combatir lo que la Iglesia llamo herejía. También, dentro de este proceso se encuentra la obtención de la verdad mediante la confesión a base de tortura y la muerte de los herejes, principalmente, en la hoguera. Pero el problema de aparición de la herejía va ligado con el nacimiento del mismo cristianismo.

El papa creador de la Inquisición


                El nacimiento de la herejía procede de los debates que se llevaron a cabo en la conformación del corpus canónico del Nuevo Testamento y de la elección del “conjunto de textos que se derivaban directamente de las enseñanzas de Cristo…este corpus permitía formular un credo único e intangible y fundar la iglesia universal (o según el termino griego católica).”[1] Así los vencedores de este debate tan polémico vieron a los vencidos como herejes, ya que estos creían en otros textos, los cuales no fueron aceptados por el grupo vencedor. Así de esta forma las herejías ya fueron catalogadas desde el Siglo II pero hasta llegar al Siglo XI es donde ya serían más fuertes y serias y representarían un rotundo peligro para el poder de la Iglesia. En la Edad Media se dispuso de lo que había establecido San Agustín en el siglo V con setenta y ocho herejías y el resumen que hizo Isidoro de Sevilla en sesenta herejías.

                El termino Herejía “significa en griego <acción de toma> y, en sentido metafórico, selección, preferencia, vía particular y separatista>…añadiendo que hereje no sólo es el que está en el error, sino el que se obstina y persiste en él.”[2] Pero la herejía se tornó más notable para ser perseguida, ya no solo por la iglesia sino por el Estado cuando Constantino convirtió al cristianismo en la religión legal, así toda persona que negaba la autoridad de los padres de la Iglesia podía ser perseguida con todo derecho. Después de la caída del Imperio Romano, la herejía parece que desaparece pero vuelve a surgir hacia finales del Siglo X. Así la herejía que surge a principios del siglo XI estaba ubicada, principalmente en la región de Aquitania y la reputación que se le atribuía a esta región  “se relaciona con el temor que los laicos inspiraban por entonces a los monjes. La amenaza de los laicos residía en que querían imitar la vida de los Apóstoles, abrazar una vida religiosa marcada por continuos rezos y ayunos, porque rechazaban la cruz, las reliquias y las imágenes sagradas…porque rechazaban también el sacramento de la misas …y porque pretendían tener acceso al saber bíblico.”[3]


La Inquisición


                La Inquisición se crea o se pone en funcionamiento en torno al año de 1230 y dándose a la vez la construcción del estereotipo de lo que entendería la Santa Inquisición por hereje: “que actúa como servidor del diablo,”[4] y que además con este perfil se inicia la asociación con la brujería. “Muchos historiadores recientes han explicado la brujería exclusivamente como una variedad de herejía cristiana o como un invención de los escolásticos y los inquisidores “[5]. Entonces, la herejía nace a comienzos del siglo XI y se va extendiendo por gran parte de Europa teniendo su lugar principal al sur de Francia en la región de Languedoc.
                La aparición de la herejía viene dada por varios acontecimientos precisos y fechados, procedentes de relatos monásticos: cuatro de estos cinco relatos, son reseñados por el monje Raul Glaber, desde los años 1031 a 1042. Primero, menciona la historia de un campesino, Leutardo, en Chalons, en la Champaña, el cual siendo campesino “abandona a su mujer y hace añicos las imágenes y la cruz y se pone a predicar, denunciando el diezmo; y la otra historia es de un letrado de Ravena, Vilgard, que se convirtió en hereje a causa de su amor por la gramática[6] y por los poetas paganos.” Siendo estas dos historias ocurridas por el año 1000. Otro fue el caso que tuvo mayor resonancia y que ocurrió en Orleans, en 1022 varios clérigos, alrededor de catorce fueron acusados de herejía y quemados por orden de Roberto el Piadoso, donde parece que acontece que dichos clérigos negaban la gracia del bautismo, la eucaristía, la remisión de los pecados mortales, desaprobaban el matrimonio y se abstenían de comer carne. Entonces, desde el año 1000 se dan de forma no frecuente pero si esporádica la aparición de ciertas conductas heréticas y que por las fuentes documentales quedaron relatadas por monjes.



Pueblos enteros eran condenados por herejes



                Otros casos de herejía, el primero surge en 1028 y cuenta que en Montforte había “una fraternidad compuesta por varones y mujeres que vivían en comunidad de bienes, exaltando la castidad, orando y ayunando bajo la dirección de cierto Gerardo y bajo la protección de la señora.”[7] Fueron quemados para evitar que sus ideas se propagaran. Pero este descubrimiento de herejes llevó a una parte de la Iglesia y a la población de sospechar hasta de lo mínimo como por ejemplo en negarse a ingerir carne como ocurrió con un grupo de personas que por eso debían de ser quemadas. Actitudes que llevaron a decir lo que el obispo de Chalons, que respondió que se tenía que hacer con los herejes “había que dejarlos en paz, como un nuevo san Martín que se había postrado contra la condena de Prisciliao, pues Cristo no condenaba a las ovejas descarriadas, y era preciso evitar la violencia que se manifestaba contra ellos en Francia, en donde personas inocentes han sido conducidas a la hoguera por el simple hecho de que estaban pálidos.”[8] Ya que las acusaciones de herejía no eran evidentes y se podía llevar a la hoguera a gente inocente, como de hecho ocurriría en un parte de la Edad Media.


 Herejes en la Hoguera



                La herejía parece cundir hacia diversos ámbitos, así se tiene la herejía nicolaita y la herejía simoniaca donde se tienen a los sacerdotes casados y los sacerdotes que obtienen un cargo a cambio de dinero. Ante estos hechos y otros más que se vienen presentando el papado toma un posición frente a la herejía: “la Iglesia no ha errado jamás y, según el testimonio de la Sagrada Escritura, no errará jamás, y el que no reconozca las decisiones de la Sede apostólica debe ser tachado de hereje”[9] Estos hechos ocurridos posteriores a 1049 y hasta 1120. Para los años de 1138 y 1140 la iglesia retoma fuertemente la discusión contra la herejía, ya que ésta parece que empieza a ganar terreno con la aparición de Pedro de Bruis quien es un predicador hereje y que difunde estas ideas por gran parte de Francia y le continúa un discípulo suyo Henri, después de morir en la hoguera que el mismo usaba para quemar las cruces. Así la Iglesia toma cartas en el asunto y Pedro el Venerable refuta las cinco proposiciones heréticas de Pedro de Bruis: “la nulidad del bautismo realizado a los niños, la inutilidad de las iglesias, el rechazo a la cruz, el rechazo a la eucaristía, y finalmente, la negación de la efectividad de las plegarias y de las limosnas para los difuntos.”[10] Y para 1139 el concilio de Letrán retoma las propuestas de Pedro el Venerable. Así se vienen dando las apariciones cada vez mas frecuentes de casos de herejía, probada o no, pero parece que se extendida hacia toda Europa y al pasar de los años la Iglesia temía por su poder y posición frente al pueblo.

Persecusión y condena de los herejes en la hoguera.




La preocupación de la Iglesia por la continua aparición de grandes comunidades de herejes y de sus seguidores en diferentes puntos de Europa la llevaron a utilizar diversos términos para su identificación como por ejemplo el de cataros:  “aparece por primera vez en los Sermones  contra cataros, del monje Eckbert von Schonau, aparecidos en 1163 después de haber sido descubiertos en Colonia una decena de personas, varones y mujeres, herejes que pronevían de Flandes.”[11] Asimismo, se usaron otros términos como: vulgarus, bolgarus, en francés, bougre, bogre, bougres. En Alemania Ketzerei que decía venia de Kater, gato, símbolo de Lucifer. Pero el significado de todos estos nombres, que la Iglesia impulsaba, para los herejes, ¿qué tenían de fondo?, podía ser de índole política y de dominación y poder; posiblemente si, ya que la iglesia los fomentaba y además de poder extender su dominio en donde pudiera ser opacado por la herejía. Pero a pesar de lo anterior, para el año de 1165 o 1176 ocurrió que en el sur de Francia, un grupo de caballeros fueron interrogados por los obispos y ahí declararon: “que no aceptaban el Antiguo Testamento, sino sólo el Nuevo Testamento. A propósito del bautismo de los niños, del matrimonio y de la confesión, dijeron que se negaban a decir otra cosa que no fuera lo que decía el Nuevo Testamento. Sobre la eucaristía respondieron que otorgaba la salvación si se recibía dignamente, pero que podía ser consagrada tanto por un clérigo como por un laico. Acusaron a los obispos y sacerdotes de ser lobos rapaces y recitaron el símbolo de los apóstoles pero se negaron absolutamente a jurar.”[12]





       Después de dos concilios, el de Letrán y el de Tours, los dos recogen cánones sobre la herejía, la cual la sitúan al sur de Galia y caen en la promulgación que cualquier reunión pequeña se ha vuelto sospechosa de herejía. Lo anterior llevaría a toda una especie de psicosis en la población, lo cual seguramente era lo que quería la Iglesia para combatir precisamente la herejía.  Esta herejía podía tener muchas variantes como la herejía llamada catarismo “la religión de los puros”[13] Pero la creencia de que los herejes eran libertinos y practicaban rituales obscenos[14], así como de que las brujas se reunían en grupos, esto llevo a que fueran más perseguidos ya que se les empezaba a ligar con la brujería y con el demonio.
                El sur de Galia también parece convertirse en el lugar propio de las polémicas, así tres tratados anti heréticos aparecen: El Contravaldenses et contra arianos, de Bernardo de Fontcaude, el Liber antiheresis, de Durand de Huesca, y la Summa quadripartita o De fide catholica, de Alain de Lille. Por su parte Inocencio III “asumió la ofensiva contra la herejía con tres procedimientos: en primer lugar, termina de definir en el derecho la criminalización de la herejía, en segundo lugar, impulsa la cruzada en el Midi; y en tercer lugar, decide extender la tolerancia por todas partes en donde las nuevas formas de religiosidad hasta entonces rechazadas pudieran ser integradas.”[15] Asi la iglesia a través de Inocencio III logra que la herejía sea un crimen de lesa majestad, lo cual “significaba que todo el arsenal de penas previstas al respecto iba a poder ser aplicadas al hereje, desde la confiscación de bienes o la exclusión de las funciones públicas hasta la desheredación.”[16] Con esta ofensiva del papado se inicia una rotunda persecución de los herejes, asi lo ordena Inocencio III contra Beziers-Carcasona, donde son los poblados arrasados por ser herejes.

              La herejía es vista, aun en la actualidad, dese los ojos de la Iglesia, lo cual puede estar falseado por ser juez y parte en todo el proceso de persecución y quema en la hoguera de los herejes. Así esta herejía puede dar paso a los ataques que sufrirá la iglesia por la corriente protestante.  Todavia hasta 1800 la inquisicion existia y en España, en Valencia, queman al último Hereje.





[1] Goff. Jacques Le, Schimitt, Jean Claude. Diccionario razonado del occidente medieval, tr. Ana Isabel Carrasco Machado, Akal, Madrid, 2003, p. 328.
[2] Idem., además se puede añadir: “El termino griego se conserva en dos versículos del apóstol san Pablo: el primero, <pues tiene que ver incluso herejes entre vosotros para que queden de manifiesto los que soportan la prueba>…y el segundo, <al hereje, después de un aviso o dos recházalo>.”
[3] Ibid., p.329.
[4] Idem.
[5] Rusell, Jeffrey B., Historia de la brujería, hechiceros, herejes y paganos, Paidos, Barcelona, 1998, p. 33.
[6] Idem.
[7] Ibid., p.330.
[8] Idem.
[9] Ibid., p.331.
[10] Idem.
[11] Ibid., p.332.
[12] Ibid., p.333.
[13] Russell, op.cit., p.76.
[14] Veáse, Russell, op.cit. pp.77-78.
[15] Goff, op.cit., p. 335.
[16] Idem.

lunes, 17 de junio de 2013



Layla y Majnún
(Nizami)


La historia de Layla y Majnún es una  obra célebre escrita por una de las grandes figuras de literatura persa, Nizami. Nacido, probablemente, en Azerbaiján, hacia mediados del siglo XII, talvez entre 1140 y 1146.
Narra que existía entre los beduinos de Arabia un gran señor, un sayyid que gobernaba la tribu de los Banú Amir. Este hombre respetable, además de ser muy exitoso y poderoso, era también muy bondadoso con los pobres, pero, no obstante todo lo que poseía, sufría la pena de no tener hijos. Durante muchos años rezó y clamó hasta que sus oraciones fueron escuchadas y Dios le concedió la dicha de ser padre de un hermoso niño, al que pusieron por nombre Qays.
Su padre lo envió a la escuela; lo confió a un docto maestro, privándolo de las cosas de los niños de su edad. Pronto, Qays se convirtió en uno de sus mejores discípulos, pues dominó las artes de leer y escribir. También estudiaban allí algunas mujeres procedentes de nobles familias de distintas tribus. Entre ellas, una hermosa muchacha; esbelta como un ciprés, sus ojos brillantes, semejantes a los de una gacela. Su rostro claro y su boca menuda que  emanaba dulzura de ella. Su nombre era Layla, que significa noche en árabe. El joven quedó prendado de ella; el autor dice que se ahogó en el océano del amor antes de saber que tal  cosa existía. Le dio su corazón antes de saber qué era lo que le daba; y Layla le correspondió. En ambos se había encendido el fuego, y el fuego se reflejaba en cada uno.  Narra que se volvieron ciegos y sordos a todo, a la escuela y al mundo. Se habían encontrado el uno al otro. Eran tan felices que no contaban las horas, los días, ni las leyes del mundo. (38)
Mientras los dos enamorados le daban la espalda al mundo, bebiendo el vino del olvido y gozando de un paraíso, los ojos del mundo se volvían hacia ellos. Layla y Qays empezaron a reparar en los dedos que los señalaban; a oír los reproches, las burlas, los cuchicheos a sus espaldas, a ver ojos de extraños  que los observaban, espiaban y seguían todo el tiempo.
Entonces, decidieron proteger su amor desnudo, ocultar su mutuo anhelo, a reprimir sus miradas y cerrar sus labios. Procuraron ser cautos, pero el alma de Qays era un espejo de la belleza de Layla; intentó apartar su mirada de ella pero su corazón ya no estaba en armonía con su razón.
El muchacho no veía salida, su corazón perdió el equilibrio y al no estar con ella se volvió loco de amor, y vagaba por las calles celebrando las bellezas de Layla, cantando canciones melancólicas de las que suelen cantar los desdichados. Cuando pasaba, la gente en torno suyo le gritaba “Mirad, viene el loco, viene Majnún…Majnún”, que quiere decir “loco”, pero eso, a él no le importaba. Sólo sufría a causa de su amada, pero ella ya estaba muy lejos de él (40).
Esta situación llegó a ser demasiado para la familia de Layla pues, el honor, no sólo de la familia, sino de la tribu se veía afectada. Le impidieron ver a Qays, la retuvieron en casa, la vigilaban atentamente y procuraban que Qays no tuviera ninguna oportunidad de verla. Layla tuvo que ocultar la tristeza de su corazón.  Aunque intentaba verla, esto era casi imposible, sólo algún encuentro breve y a distancia se les permitió a los enamorados.
Su desesperación lo volvía cada vez más desquiciado y continuó vagando por las montañas de Najd, cada vez con más frecuencia, conviviendo con las bestias del campo. Su padre lo buscaba desgarrado de tristeza. Lo encontró, y al enterarse del sufrimiento que experimentaba su hijo por una mujer, quiso, primero, llevarlo a la Meca a pedir a su Dios por la serenidad de su alma. Al no tener éxito,  decidió visitar la tribu a la que pertenecía Layla e ir en son de paz a hablar con su  padre para pedirle la mano de su hija, a cambio de todo lo que éste le pidiera, pues, no había nada más valioso para el anciano que la felicidad de su hijo.  El padre de Layla no aceptó, pues, ¿Cómo habría de aceptar como yerno a un loco como Majnún? Cabizbajo y sumamente triste se retiró el anciano del lugar.
Majnún se volvió a escapar. Esta vez fue peor; se confundía con las bestias del campo, ya no parecía humano.
Pasó el tiempo y un día conoció a un hombre  llamado Nawfal, príncipe de la garganta en donde se ocultaba, guerrero valiente, pero con un corazón noble para sus amigos, al salir a cazar se sorprendió de ver que aquél que era semejante a un animal, era el mismo Majnún. Lo llamó, lo hizo su amigo y lo llevó consigo para curarlo, además de prometerle que haría hasta lo imposible por conseguir  que su amada y él estuvieran juntos; si no era por la buena, sería entonces por la mala. Y así lo hizo. Una vez que, hablando con el padre de Layla no consiguió respuesta favorable, prosiguió a declararles la guerra. Empeoraron las cosas. la guera fue desgastante y no se logró nada. Majnún nunca estuvo de acuerdo.
Nuevamente, Majnún le dio la espalda al mundo y volvió a refugiarse en su guarida, con las bestias que ya eran su familia y que, además, le obedecían. Era como su rey. A veces lo visitaba algún conocido y lograban que regresara con los suyos, con su padre, pero él no soportaba mucho tiempo y volvía a su lugar.
Un día, su padre no resistió más y murió sin poder ver más a su hijo. Majnún, al enterarse, sufrió mucho, mucho, y lamentó no haber estado con su padre los últimos días de su vida.
Mientras tanto, por conveniencia o por seguridad, a Layla la comprometieron con un hombre muy  rico y poderoso Ibn Salâm. Ella aceptó casarse con él, pues, no podía ni debía rebelarse, su permanencia en la tribu estaba de por medio.
Él le ofreció todo lo que poseía, su reino, sus riquezas, su protección. Ella no podía ofrecerle nada. Se había prometido a sí misma, que se guardaría para su amado, para Majnún. Ibn Salâm  sabía que no podía, ni debía tocarla, pero se conformaba con tenerla cerca, con admirarla; porque a pesar de su rechazo, la amaba. No perdía las esperanzas de hacerla suya, y le insistía constantemente, e incluso, un día trató de tomarla por la fuerza y ella arremetió contra él. Ibn Salâm se arrepintió y ella lo perdonó. Pero, mientras los ojos de Ibn Salâm buscaban a Layla, los de ésta sólo deseaban ver nuevamente el rostro de su amado.
Majnún se enteró, por un visitante anciano que Layla se había casado con otro y, aunque la noticia pareció destrozarle el corazón, éste hombre le dio la buena nueva: Layla, por temor se había casado, pero lo seguía amando con todas sus fuerzas y se había guardado para él todo ese tiempo. Esto le dio paz a Majnún y fuerzas para seguir adelante. El anciano sirvió de mensajero entre los enamorados.
Layla, en una ocasión,  planeó una cita para verse con Majnún por medio del mensajero.  Valía la pena correr cualquier riesgo por unos instantes volver a escuchar la voz de su Majnún. Y así fue, sólo pudo escuchar sus poemas a diez metros de distancia, ninguno quiso ir más allá por temor a ser consumidos por el fuego que ardía dentro de ellos. Majnún huyó.
Ibn Salâm  cayó enfermo a causa del amor; de la desdicha de no poseer lo que era suyo. No aguantó más y murió. Ahora Layla era libre, libre para llorar, no a su esposo, al que le había tenido compasión, sino al que siempre había amado. Aprovechó la costumbre entre los Árabes de llorar y guardar luto a los esposos por dos años para desahogar todo lo que llevaba dentro y que no podía sacar.
Y así, como en el otoño se caen las hojas, los paisajes lucen secos y amarillentos; sucedió que a Layla le llegaron los años de madurez. Y, al ver que la muerte estaba cerca, confesó a su madre la causa de todo su dolor y el secreto de su amor. Le hizo varios encargos para el momento de su partida; entre ellos, que cuando Majnún vinera a verle, ya en la tumba, lo consolara y lo tomara cual si fuera su propio hijo.
 Cuando la muerte hubo sellado sus labios, la aflicción de su madre no conoció límites.
Sucedió que como Layla había predicho. Cuando Majnún se enteró de la muerte de su amada, corrió hacia donde estaba ella y al verle muerta se retorcía de dolor y exclamaba: “¡Oh flor mía, te marchitaste antes de florecer; tu primavera fue tu otoño; apenas vieron tus ojos este mundo!”.
Pasó el tiempo, no se sabe cuánto, pero Majnún se desvaneció y permaneció sobre la tumba de Layla muerto en vida. Las bestias lo custodiaban. Nadie supo en qué momento su alma expiró y volvió al polvo. Nadie lo molestó. Se reunió por fin con su amada.
Una vez que las bestias se fueron alejando una a una, la gente comenzó a visitar la tumba, llorando, desgarrándose las vestuduras y lamentándose por esa triste historia de amor.

                       

Sermones del Maestro Eckhart

Eckhart, Maestro

Dios y yo somos uno



Este es otro de los sermones del Maestro, y lo inicia hablando de los que  tendrán su recompensa junto a Dios, es decir de los justos. ¿Justos?, ¿quiénes son los justos?, como en cada sermón, el Maestro Eckhart antes de adentrarse en el tema, nos detallará qué se entiende en cada caso. Los justos, son los que le dan a cada quien lo que es suyo, no importando a quien, sea superior, semejante o inferior, eso no debe importar ni incidir para ser justos. Sin embargo, surge la duda, ¿qué podemos darle a Dios?, parece muy difícil saberlo pues no olvidemos que no se trata de ser mercaderes, que ofrecen trueques a Dios haciendo sacrificios a cambio de algo; entonces ¿qué se le puede dar a Dios en la vida eterna, que sea suyo y que provenga de nosotros? Esto parece más difícil aún, ya no es sólo cuestión de darle algo sin ser mercaderes; no obstante puede parecer aún más difícil de lo que ya parecía, porque incluye darle también a ángeles, santos y hasta a quienes están en el purgatorio. Parece que entramos en un laberinto que se complica cada vez que avanzamos, ¿cómo podríamos darles lo suyo a quienes no están en esta vida sino en la vida eterna? Y todo ello, sin dejar de favorecer a los que aún viven, como vivimos nosotros. La respuesta a todas estas preguntas es más sencilla de lo que pudimos creer, simplemente se trata de darles alegría mediante obras buenas, ello les causa gran felicidad y proviene de nosotros, de los justos. Los ángeles, los santos, los del purgatorio;

“aman a Dios sin medida y lo aman tan bien que les es más caro su honor que su bienaventuranza. Y no sólo los ángeles y los santos, sino incluso el mismo Dios siente una gran alegría, como si se tratara de su bienaventuranza y su ser, así como si su felicidad y su bienestar dependieran de todo ello.”[1]


Sin embargo, no son los únicos que son justos. También son justos aquellos que aceptan la voluntad de Dios, sea ésta la que sea; es común que los creyentes pidan que se haga la voluntad de Dios,  sin embargo pensando en su propia voluntad, por ello no les es fácil aceptar la voluntad de Dios, porque dentro de sí esperaban otra cosa. Eso no es ser justos, no están dispuestos a aceptar la voluntad de Dios, le ponen sus condiciones y catalogan si así era lo que les convenía; ser justos es cuando realmente aceptas la voluntad de Dios, sin pedir, sin reprochar, sin sentir nada por lo que él quiere para ti, por ejemplo, si quiere que sufras una desgracia de tal magnitud que creas que no puedes con ello, no deberás cuestionar, ni reprochar, ni hacer, ni decir, ni pensar nada, únicamente deberás aceptar que es la voluntad de Dios. No importa cuán delicado sea lo que nos toque vivir, siempre que sea la voluntad de Dios debemos recibirlo, los justos no tienen voluntad; “se mantienen tan firmes en la justicia y tan extraños a sí mismos que no les importan ni las penas del infierno, ni la alegría del reino de los cielos o cualquier otra cosa.”[2]

Ser justos va más allá de dar a cada quien lo suyo, es más que aceptar la voluntad de Dios, es semejante a lo que conocemos en filosofía como ataraxia, esa imperturbabilidad de sentimientos y emociones, porque advierte Eckhart que no es justo aquel que se siente feliz o preocupado, porque de estar feliz para ser justo debería estar siempre feliz, o de estar preocupado, debería estarlo siempre, más preciso aún, “si en un momento está alegre, debe estarlo siempre, pero si está más alegre unas veces que otras, en eso es injusto Quien ama la justicia se mantiene tan firme sobre ella que ama su ser; nada puede sacarlo de ahí y ya no se ocupa en nada más.”[3]




Retomando las palabras del Evangelio con las que dio inicio a este sermón, dice que los justos, de los cuales hemos explicado quienes son, vivirán junto a Dios. ¿Qué puede ser más grato para un creyente que una vida eterna junto a Dios?, absolutamente nada, esto es por lo que viven y creen, toda su fe está dirigida a tener una vida eterna junta a Nuestro Señor. Pero ¿a qué se refiere exactamente la frase cuando dice junto a Dios?, de primera instancia podríamos entender que se trata de estar con él, sin embargo es más alentador que eso, es ser semejante a Dios; no ser ni más ni menos que él. Vivir junto a Dios quiere decir en primer lugar que nuestra alma estará en la vida eterna y en segundo lugar que será igual a Nuestro Señor, un alma vacía, libre y virgen, no tiene ni imagen ni forma al igual que Dios, “no sólo ella está junto a él y él junto a ella, por igual, sino que él está en ella; y el Padre engendra a su Hijo en el alma de la misma manera en que él la engendra en la eternidad y no de otra manera.”[4] Nuestro Señor engendra a su hijo en cuanto a él, yo soy engendrado en cuanto a su hijo y si su hijo es engendrado en cuanto a él y yo en cuanto a su hijo, por lo tanto Dios me engendra en cuanto a él; Dios y yo somos uno.

Alguna vez escuché a un padre de x iglesia decir que Nuestro Señor es supremo y que para ser dignos de él deben hacer tal o cual cosa, supongo que eso cambia de acuerdo a las necesidades de cada religión, templo o hasta del padre; para el caso es igual; se pide a los creyentes ciertos sacrificios, es decir se les pide ser mercaderes para ser merecedores de la gracia de Dios, llegando a decir hasta ser uno de los elegidos de Dios como si se tratase de un certamen de belleza o algo por el estilo. El Maestro Eckhart, es muy puntual al respecto en los tres sermones que abordamos; nuestras almas son el templo donde Dios resplandece, son semejantes a él, tendrán una vida eterna y serán uno con Dios.





Bibliografía


Eckhart, Maestro., El fruto de la nada y otros escritos, [Edición y traducción de Amador Vega Esquerra] Madrid, Ediciones Siruela, 1998, 232p.




[1] Eckhart, Maestro., El fruto de la nada y otros escritos, [Edición y traducción de Amador Vega Esquerra] Madrid, Ediciones Siruela, 1998, pp. 51-52.
[2] Íbid, p. 52.
[3] Íbid, p. 53.
[4] Íbid, p. 54.

Sermones del Maestro Eckhart

Eckhart, Maestro

La virginidad del alma

Prosiguiendo con los sermones del Maestro Eckhart ahora abordaré lo que dice acerca de la virginidad del alma, anteriormente hablamos del templo vacío y de cómo el alma que es el templo, semejante a Dios debe estar vacía y libre; no obstante no será lo único que haga falta al alma.

Inicia el sermón con palabras que están en el Evangelio y dicen: “Nuestro Señor Jesucristo subió a una ciudadela y fue recibido por una virgen, que era mujer.”[1] Sin embargo para ser virgen es necesario no tener nada, estar vacío de todo y no se trata de que no habrá ningún tipo de conocimiento, si lo hay pero todo debe dejarse pasar, no puede apegarse a tal; hay que ser como cuando todavía no se era, soltando el pasado, el futuro; estar sólo en el presente (soltar a las palomas). No obstante debemos tener presente que Dios no es creado, es concebido y para poder concebir a Dios, a su hijo; el alma necesariamente tendría que ser mujer puesto que los hombres no pueden concebir, pueden en efecto ser vírgenes y libres pero no pueden concebir, por ello debe ser mujer la que conciba a su semejante, al Jesús virginal y “«Mujer» es la palabra más noble que puede atribuirse al alma y es mucho más noble que «virgen».”[2] Esto no era lo habitual en el medievo, sin embargo Eckhart enaltece a la mujer, la mujer no sólo como aparato de fecundidad y de servicio al hombre, sino como el alma misma, como semejante a Nuestro Señor.

Explica también de los “esposos [que] raramente dan más de un fruto al año”[3], entendiendo por esposos a lo que antes llamábamos mercaderes así como a los que ofrecen palomas, a aquellos que ayunan y hacen diversos sacrificios, como aquellos que están apegados a lo propio. Entiende por año precisamente a vivir en el presente, sin apegos a los sacrificios y acciones que los apartan de estar listos para la luz de Dios, no se puede tener ningún apego para poder ser libres; con plena confianza en Nuestro Señor.




“Una virgen que es mujer es libre y está desapegada de lo propio y siempre se halla tan cerca de Dios como de sí misma. Da muchos frutos, y son grandes, ni más ni menos que Dios mismo. Ese fruto y ese nacimiento proceden de una virgen que es mujer y da frutos todos los días, cien o mil veces, incontables veces, dando a luz y siendo fecunda desde el fondo más noble; mejor dicho: llega a ser fecunda coengendrando a partir del mismo fondo del que el Padre da nacimiento a su Verbo eterno.”[4]



Hemos visto cómo la semejanza que tenemos con Nuestro Señor depende de que estemos en un estado permanente de virginidad, con ello estaremos en la luz de Dios y no sufriremos, pues cualquier sufrimiento se nos haría poco comparado con lo que su luz nos ofrece, es según explica Eckhart una alegría indescriptible, tanto así que podríamos experimentar cualquier cosa, y se nos haría como él llama, nonada. Porque todo sufrimiento si lo sufrimos por Nuestro Señor entonces nosotros no lo padeceremos, en cambio, si lo asumimos y nos apegamos a ese sufrimiento es muy probable que no fuéramos capaces de soportarlo; es Dios quien nos quita con su luz todo el peso de nuestras angustias, es su luz la que nos permitirá a estar en él.



Nos queda por abordar lo que Eckhart entiende por ciudadela, vaya que será complicado darlo a entender pues según nos dice es una potencia, pero no como otras potencias, ésta es única, está por encima de todas; es en ella que Dios engendró a su hijo y nada ni nadie puede ver en su interior que es virgen y libre, ni siquiera Dios; pues nada externo puede entrar en ella, debe permanecer sin nada. Es en ella “en la que Dios brilla y arde con todo su reino y su delicia.”[5] 



Me llama la atención que el Maestro, jura que todo esto es verdad, me pregunto ¿cómo es que lo sabe?, ¿cómo puede asegurarlo?, realmente me intriga cuando los creyentes dan por hecho lo que nunca han vivido, y están tan seguros de ello como si hubieran estado ahí, como si fueran partícipes de ello. En este caso, Eckhart pone como prenda su alma, hasta qué punto pueden estar convencidos de ello que hasta dejan a un lado lo más preciado que puede tener un creyente, lo único que tenemos que puede ser semejante a Nuestro Señor. Todos en espera de poder ser aquella potencia, aquella alma virgen.




Bibliografía


Eckhart, Maestro., El fruto de la nada y otros escritos, [Edición y traducción de Amador Vega Esquerra] Madrid, Ediciones Siruela, 1998, 232p.




[1] Eckhart, Maestro., El fruto de la nada y otros escritos, [Edición y traducción de Amador Vega Esquerra] Madrid, Ediciones Siruela, 1998, p. 41.
[2] Íbid, p. 42.
[3] Ídem
[4] Íbid, p. 43.
[5] Íbid, p. 46.

domingo, 16 de junio de 2013

Sermones del Maestro Eckhart

Eckhart, Maestro

El templo vacío




Es difícil escribir acerca de teología cuando no se tiene ni los conocimientos básicos acerca del tema, sin embargo, leer a Eckhart ha sido grato pues me siento como niña en sesión de catecismo, es decir que al leer los sermones, no sólo empiezo a entender muchas cosas, sino que también toman sentido muchas de ellas. Debo aclarar que no he tenido ninguna formación religiosa, por lo tanto me ha sido un poco difícil entender algunos términos, sin embargo, la explicación que el autor hace me ha llevado de la mano, enseñándome una cosa a la vez en cada uno de sus sermones. Cada uno de ellos me da las bases para entender el que sigue;  en esta publicación expondré el sermón, el templo vacío.





Algunas veces escuché hablar de cuando Dios echó a los mercaderes del templo, sinceramente nunca entendí por qué o para qué, es ahora en El fruto de la nada, que Eckhart me lo hace entender. Explica que Dios necesita el templo vacío para resplandecer en él, porque en el templo no debe haber nadie más que él, ahora bien se expone que al decir templo nos estamos refiriendo en sí al alma que está hecha a semejanza de Dios, esto es que si el alma está vacía, entonces será semejante a Dios, en cambio estando invadido por mercaderes Dios no podrá resplandecer en ella; pero  ¿Quiénes son los mercaderes?,  son “a quienes les gustaría ser gente de bien y hacer buenas obras para agradar a Dios, como  ayunar, velar, rezar y cosas por el estilo; todo tipo de obras buenas, y las cumplen con el fin de que Nuestro Señor les dé algo a cambio o que Dios haga algo por ellos que sea de su agrado: todos ellos son mercaderes.”[1] Por ello se les llama mercaderes, tratan de negociar con Dios, es decir, yo te doy y tú me das; el hecho de que se ofrezcan ese tipo de cosas a Dios Eckhart lo ve como un trueque que con engaños hacen los creyentes para obtener algún provecho, esta es la provocación para que Dios los echara con tanto enojo; en cambio a otros sólo les dijo que se llevaran sus cosas de ahí. El hombre, que está unido a Dios; no necesita negociar, sólo actúa para agradar a Dios y no busca la manera de beneficiarse de ello, es libre, sólo así Dios puede obrar en él. Para que tu templo esté vacío es necesario que lo vacíes de toda mercancía, que no trates de guardar alguna, que lo que hagas lo hagas por amor a Dios y no por que necesites algo de él, Dios hará su voluntad sin necesidad de que le ofrezcas nada y debemos aceptarla, así tu templo se mantendrá vacío, se mantendrá sin nada, se mantendrá semejante a Dios.


            Pero hay otros que también están en el templo y Dios no los corre como a los mercaderes, se trata de los que ofrecen palomas, ellos a diferencia de los mercaderes, no ofrecen mercancías, no tratan de negociar con Dios, sin embargo si están apegados a lo suyo, no piensan sólo en Dios y eso no les permite estar completamente vacíos y libres, por eso les pide que quiten eso de ahí, para que el templo esté realmente vacío, sin apegos a lo suyo, sin un antes ni un después, simplemente el alma libre y vacía como lo es Nuestro Señor. "De esta manera las palomas se habrían marchado, es decir, los obstáculos y el apego por causa de las obras, que de otro modo son buenas, y en las que el hombre no busca lo suyo."[2]

Precisamente las costumbres que tienen los creyentes es exactamente lo que Eckhart nos plantea aquí como los mercaderes, y son justamente los sacerdotes quienes incitan a los creyentes a esta situación, son ellos los que enseñan que para que estemos bien con Dios, para que Dios tenga misericordia, para agradarle a Dios, entre otros, debemos hacer sacrificios para él, por ejemplo la penitencia que imponen los padres en una confesión , asume rezar un cierto número de padre nuestro, ave maría, credos o qué se yo; como si se tratara de una tabla de equivalencias, así si me robo un dulce de la tienda entonces corresponde a dos ave maría y puedo ir tranquila por la vida porque ya le ofrecí a Dios mis rezos, pero si el pecado es más grave, el número de oraciones y variedad de las mismas aumenta. Ahora bien, puede ser que esa tabla de equivalencias también nos facilite las horas que podemos estar rezando de acuerdo a la gravedad de nuestros pecados, es decir que si mi pecado es muy grave en lugar de rezar y rezar, puedo dar un cierto donativo a la iglesia (trátese de la que sea) para así quedar a mano en menor tiempo y esfuerzo, todo depende del poder adquisitivo del pecador. Pero si viendo las cosas así, es evidente el enojo, hasta el de Dios.







Bibliografía


Eckhart, Maestro., El fruto de la nada y otros escritos, [Edición y traducción de Amador Vega Esquerra] Madrid, Ediciones Siruela, 1998, 232p.








[1] Eckhart, Maestro., El fruto de la nada y otros escritos, [Edición y traducción de Amador Vega Esquerra] Madrid, Ediciones Siruela, 1998, p. 36.
[2] Íbid, p. 37.

sábado, 15 de junio de 2013

El libro de la rosa (Segunda parte)

Guillaume de Lorris, Jean de Meun

El Libro de la Rosa


En la segunda parte del libro, es decir la escrita por Jean de Meun aquella narración de fantasía e ilusión dará un giro inesperado, lo que el primer autor no mencionó en sus versos a pesar de ser un tema crucial de la época, éste lo hace inacansablemente al iniciar la segunda parte, habla de Dios, de su bondad, de su poder, ello llama la atención porque la temática de la primera parte no coincide con esta nueva perspectiva, no obstante debemos recordar que en el momento en que Jean de Meun inicia sus versos la iglesia era una de las polémicas del momento. Asimismo,  es interesante el modo en que el autor introduce mitos, leyendas y hasta la definición de Amor, (siempre consideré que era imposible, sin embargo no está tan errante esa definición que Razón le da al poeta).



El poeta y los personajes dejan de tomar tanta importancia, 
más que imaginarte el escenario donde se está desarrollando la narración te lleva a un estado de reflexión acerca de tu propia experiencia en el amor. Consigue acertadamente, darle un giro a aquel toque romántico y soñador que tenía el primer autor, retoma la historia hasta donde el poeta se había quedado solo sin la compañía de Dulce Albergue,  se lamenta amargamente de su situación. Atormentado, angustiado y desesperado, se siente orillado y dispone “que suceda lo que haya que suceder. Haga amor lo que guste, sea dejarme libre o aprisionarme. Si lo desea que me deje morir”[i] pero nuevamente se presenta Razón ante él e inician una larga charla acerca del Amor, (es evidente que Jean de Meun expone en estas situaciones un amplio interés en diversos asuntos) tratando mediante un sin fin de argumentos hacerle desistir de servirle al Dios de Amor por ser un tirano y no dejarse guiar por Fortuna; proponiéndole amarla a ella, asegurándole que si así lo hiciera, tendría una mejor vida sin sufrimientos ni desdichas, sin embargo el poeta se resiste a seguirla escuchando, "No toméis cuidado de mi necedad: pase lo que pase, he de amar a la rosa que me apasiona y mi corazón no aceptará a ninguna otra."[ii] Razón se retira. 


Posteriormente inicia lo que parece una guía para la vida cortés la conversación que tiene con Amigo, éste le hablará de diversos temas en los que le da instrucciones al poeta de cómo acercarse a Dulce Albergue, como conseguir entrar entre todos los enemigos que ahí estaban custodiándole tanto a él como a la rosa, así le enseña cómo tratar a los enemigos, es decir adulándolos, siendo hipócrita con ellos para conseguir su cometido; después continúa la enseñanza del amigo hacia el poeta pero ahora lo hace en cuanto a cómo cuidar sus bienes y no malgastarlos, evitando a pobreza. De pronto, el amigo habla de las mujeres y el matrimonio, pero con una gran pasión aborda ambos temas.



Del tema de las mujeres llega a ser insultante, humillante, ofensivo y hasta agresivo; sin olvidar que en el tiempo en que escribió esto, la mujer aún permanecía en calidad de objeto para los hombres. 


"Por vos he sido avergonzado; por vos y vuestro puterío pertenezco a la cofradía de San Amoldo, patrón de los cornudos, de la cual ningún hombre que tenga mujer creo que pueda escapar, por mucho que la guarde y vigile y aunque tuviera mil ojos. Todas se dejan montar, de modo que no hay guardia que valga. Y si ocurre que el hecho no se consuma, no será porque a ella le falte voluntad para desquitarse si puede, porque siempre arden en deseos."[iii]

Sin haber agotado todo lo que tenía que decir en contra del género femenino, agrega un poco más en lo que es el matrimonio, sin embargo esta parte más que ser ofensiva es más bien graciosa; ésto por las situaciones que narra de cómo ven los hombres el matrimonio. Más adelante, habla de la infidelidad y le da consejos al poeta de cómo no ser descubierto cuando se es infiel, no obstante siempre existe el riesgo de  ser descubierto, así que también le aconseja cómo verse libre de sospechas. Me parece increíble cómo es que ya desde la Edad Media los hombres no sólo encontraran las formas de cometer adulterio, sino también cómo conseguir que la mujer caiga nuevamente en el juego del amor. En el caso de que no pudiera conseguir que la mujer le creyera, entonces se debe hacer lo que hasta ahora muchos hombres siguen poniendo en práctica. 


"Si ella le acosa y sonsaca tanto que al fin él se ve obligado a reconocer su nuevo amor, y no encuentra otro medio de defenderse, entonces él debe, si puede, hacerle comprender como sea que lo hizo contra su voluntad, que la otra le pegaba tanto y le incordiaba de tal manera que él no pudo evitar hacer con ella esa danza, pero que no sucedió más que aquella vez. Jure al punto, y asegure y prometa, que nunca más se repetirá; que se va a comportar tan lealmente que, si ella vuelve a oír una sola palabra del asunto, puede tomarla por falsa o insensata; que él preferiría que la otra pereciese ahogada, por desleal y renegada, antes que volver a encontrarla en el mismo lugar que la primera vez; y que si esa mujer le manda recado, jamás volverá a hacer caso a su petición, ni permitirá que ella acuda a él, si puede evitarlo. En ese punto debe abrazar a su amada, besarla, acariciarla y mimarla, y pedirle perdón por la falta, que nunca se volverá a repetir, ya que él está verdaderamente arrepentido y presto a cumplir la penitencia que ella desee mandarle para merecer su perdón. Hágale de nuevo el acto del amor si ansia ser perdonado."[iv]
Después de leer esto, podemos estar seguros que entre el primer autor y el segundo se abre un gran abismo, mientras el primero narraba de un modo sutil, el segundo lo hace de una manera sarcástica. Pero dejemos a un lado la conversación de Amigo con el poeta, toca el turno a Riqueza quien custodiaba la entrada al castillo construído por Celos, Riqueza le habló de Hambre, pobreza, entre otros personajes; el poeta siguió su camino después de hablar con ella, después de que el dios de Amor le había impuesto tantas penas de pronto se le apareció pidiéndole cuentas de lo que ha hecho hasta ahora, si en realidad ha sido un buen vasallo, el poeta lo convence de serlo y por ello le cumplirá el deseo de volver a estar con Dulce Albergue. Para ello convoca a todos los suyos e inicia una lucha para tomar el castillo.


Al final Jean de Meun, cuenta la historia de Pigmalión y la escultura que hizo, de la que se enamoró perdidamente y por la que llegó a volverse loco; de la misma manera en que el poeta amaba la rosa, así pues con el dardo que Venus tira envuelto en llamas al castillo, de ese modo los que lo custodiaban salieron huyendo y así rescataron a Dulce Albergue, quien le concedió al poeta el don de la rosa. Entonces, el poeta despierta de ese sueño, porque hemos de recordar que todo lo que sucede fue sólo un sueño.











Bibliografía


Guillaume de Lorris, Jean de Meun. Le Roman de la Rose. [Traducido por Carlos Alvar y Julián Muela] Madrid, Ediciones Siruela, 1986, 387p.










[i] Guillaume de Lorris, Jean de Meun. Le Roman de la Rose. Traducido por Carlos Alvar y Julián Muela. Madrid: Ediciones Siruela, 1986, p. 107.
[ii] Ibíd. p. 149.
[iii] Ibíd. p. 175.
[iv] Ibíd. pp. 184-185.

miércoles, 5 de junio de 2013

Los Cátaros y la guerra contra la herejía



-->
“¿De dónde procede el mal que hay en la tierra? Es decir, si el mundo fuese de Dios, ¿no estaría libre de mal?”[1] Esta es la interrogante que un misterioso elegido plantea a Isabel, una joven doncella que busca de la verdad y la felicidad plena. En la vida de Isabel se cuenta la historia de Occitania del siglo XIII, un pueblo perseguido por Iglesia Católica Ortodoxa por considerar sus creencias como herejías. Isabel y Sebastián de Lemaitre, hijos del senescal de Quéribus, lucharan cada uno por su creencia y su sus vidas quedarán entrelazadas para siempre. La novela histórica El legado de los Cátaros, de Georg Brun narra el amor, la guerra, el poder y la fe en la Edad Media.
La igelsia cátara fue creciendo poco a poco hasta converitrse en una de las más influyentes de la zona del Mediterraneo. Con la llegada de unos monjes provenientes de Bizancia y Tierra Santa a las tierras de Languedoc, conocida como Occitania en el siglo XIII, cambiaría el modo de vida y las creencias del pueblo albigense o tierra de trobadores. “Katharos” es una palabra de origen griego que significa “puros” o “bons homs” en lengua Languedoc en catalan.  Eran presonas que creían en Dios y el Amor puro, el cual era ajeno toltalmente a este mundo. Por lo tanto, toda su vida trasncurió intentando ser hombres y mujeres del mundo celestial y divino. Su espiritualidad abarcaba todos los ám bitos de la vida, desde su comportaiento, su alimentación, su música y su arte.
 “Eres de los nuestros”, esta es la frase que Isabel recordará toda su vida como un llamado a su destino para convertirse en una elegida. Isabel quedará sorprendida de la sabiduría y los argumentos de los Cátaros para explicar el origen el mal. De acuerdo con los Cátaros el mundo no es de Dios, sino de Satanás, por ello predican un vida pura y sin placeres terrenales así como la salvación del mundo de los cielos. “El ascetismo espiritual y la fe del alma hacen posible la renunciación corporal, de conformidad con el designo divino. El cuerpo debe hallar dentro de sí los recuross para vencerse a sí mismo. No basta con sujetar la concupiscencia; es menester que el cuerpo deje de manifestar ningún deseo”[2] Roquebrun iniciará a Isabel en las prácticas y las técnicas de la meditación espiritual. Desde entonces la vida de Isabel entrará en contradicción entre sus instintos carnales de amor hacia Bernard, un valiente caballero y su vocación de buena cristiana y de profeta entregada a Dios Todopoderoso.

Para explicar la Creación, Isabel retoma las ideas de Agustín de Hipona quien concibió  dos ciudades para explicar la coexistencia del buen Dios y Satanás. Existen pues dos mundos en lucha, la ciudad de Dios y la ciudad del mundo, unos aceptaron los sacramentos del demonio y otros los sacramentos de Cristo. Pero  Isabel, avidosa lectora de las sagradas escrituras le surgirán preguntas como esta: ¿Por qué Dios creo a Satanás sabiendo que éste se rebelaría contra él? Su respuesta será muy similar a la de Santo Tomás de Aquino, existe un mundo terrenal, falso y oscuro, sólo el mundo creado por Dios es luz y claro e inteligible. ”Nosotros los humanos de la tierra no podemos realizar esa distinción, y por eso vemos que este mundo está condenado, como obra que es de Satán el creador malvado”[3], afirma Isabel. Cabe mencionar que todas estas revelaciones fueron escritas y guardadas en secreto debido a la persecución en contra de los herejes.
La ciudad de Tolosa sirvió como refugio de los Cátaros. Los Cátaros o también llamados buenos cristianos, son personas que creen en el principio de “ama a tu prójimo como a ti mismo”, viven en temor a Dios, practicaban la virtud, se ganan el sustento con su trabajo y sus predicas. No son vanidosos, ni lujuriosos y comparten la pobreza de la mayoría. No obstante algunas mujeres fueron consideradas brujas por sus conocimientos en la herbolaría y la medicina, como fue el caso de Juditha, una joven que se enamoró de Sebastián un hábil caballero. Juditha como muchas muejeres más, desde temprana edad aprendió los ofcios del curandero y fue perseguida por el Papa Cremmona con intención de llevarla a la horca. El señorío de cuchillo y horca contra los herejes, consideraba a los buenos cristianos como un secta que pisoteaba los principios cirstianos y que tenían un “trato indecente con el diablo, admás que lanzaban el mal de ojo para enfermar a las bestias y malograr las cosechas”[4]. Este eran los motivos por los cuales desde las cruzadas los catolicos ortodoxos justificaban las invasiones de otrosd pueblos para expandir sus feudos.
La guerra era parte de la cotidianidad de los caballeros, quienes entre sus motivaciones se encontraban la defensa del territorio y la expulsión de los elementos diabólicos como lo fueron las cruzadas, pero también la aventura y el amor. Este “amor” no tenía nada que ver con vínculos del amor actual. Luego de un durto proceso que inició en la niñez en el estudio de las armas y la guerra, la montadura y la escudería, Sebastian se vuelve caballero. Sebastián adquiere experencia en comabte, priemro para defender la cristiandad en Medio Oriente y luego  para defender su patria Occitina. Épicas y cruentas batallas vivirá Sebastian en el campo de batalla o en los torneos de caballeros, en donde a lanza y espada se batian para demostrar la fuerza y el valor.
Al mismo tiempo Sebastián cortejará a Juditha mediante los rituales del amor cortés propios de la Edad Media. El proceso que vivió Sebastián fue complejo de conseguir a una dama fue motivado por la pasión y el deseo intenso de tener una relación con ella. A pesar de que en ese entonces las reglas de la iglesia y de la sociedad, la mujer tenía que quedarse virgen hasta su matrimonio y de que el casamiento no era una decisión de su propia voluntad, sino de los padres y parientes porque el matrimonio sea una manera formar una alianza entre familias. Sebastián jura amor eterno a Juditha como si fuera su patria Occitania, este caballero cumple con su palabra y a pesar de que la guerra separa a Sebastián de su amada, éste lucha y hace todo lo imposible por encontrarla y finalamente casarse con ella.




[1] Brun Georg, El legado de los Cátaros, [Trad. De J.A. Bravo], Ed. Martínez Bravo, París Francia, p.78.
[2] Ibid., p.174
[3] Ibid., p.236.
[4] Ibid., p.183