Blog universitario de estudios sobre filosofía y cultura en la Antigüedad tardía, Edad Media y Renacimiento
miércoles, 18 de enero de 2012
San Agustín: sobre la verdad, la religión y el entendimiento
San Buenaventura, Sobre la verdad, Algunos aspectos
Canals Vidal, F. (ed.), Textos de grandes filósofos Edad Media, Barcelona, Editorial Herder, 1991,Pp.79-99
[1] Canals Vidal, F. (ed), “Textos de grandes filósofos Edad Media”, Barcelona, Editorial Herder, 1991, pag.80
[2] Ibidem, pag. 85
[3] Ibidem, pag. 93
Santo Tomás de Aquino, "El alma intelectual"
Dentro de los escritos de Santo Tomás de Aquino encontraremos acerca del tema “la vida intelectual” y su diversidad de grados que se presenta. Para desarrollar su pensamiento que se centra en el hombre como ser animado, a lo que asevera que en cuanto sea más alta la naturaleza del ente, tanto más intimo es lo que de ella emana; en cambio, los cuerpos inanimados son los que ocupan el último lugar dentro de la creación, debido a que dentro de ellos no se dan otras emanaciones que las producidas por la acción de unos sobre otros. Esto nos remite a la comprensión de entender como la aprehensión de una cosa con el entendimiento, es decir, la facultad de conocer a través del alma y cuerpo.
En confrontación a Sócrates, el filósofo Santo Tomás hace reseña sobre el “alma intelectiva” como componente dentro del cuerpo, puesto que no es posible sentir sin el cuerpo, es preciso que el cuerpo forme parte del hombre. La afirmación con la que postula por parte de Sócrates, se entiende al individuo como un compuesto por materia y forma, por consiguiente, el entendimiento no se da por medio del cuerpo, debido a que el entendimiento sería extrínseco a su esencia.
Para sustentar la anterior afirmación y contraponer el pensamiento a Sócrates, Santo Tomás dice que el cuerpo es movido por el entendimiento porque entiende, lo que lleva a considerar al entendimeinto como un motor esencial para el cuerpo, de modo que cada cosa es ente del modo que es una. Entonces, cada hombre entiende porque su norma es el principio intelectivo. Por la misma operación del entendimiento se demuestra, pues que el principio intelectivo se une al cuerpo como su forma, es decir cuerpo y alma como un solo componente.[1]
Santo Tomás de Aquino formula que las razones eternas se conocen por medio de las criaturas materiales y no son las inmóviles las que nos dan a conocer, por lo que el alma intelectiva del hombre no conoce las razones eternas en un estado de vida. Para explicar mejor este pensamiento el mismo filósofo se hace ayudar de San Agustín. Las razones eternas no son otra cosa que las ideas, es decir, “son razones inmutables de cosas que existen en la mente divina”.[2] En otras palabras, la verdad inmutable se encuentra en las razones eternas; entonces, el alma intelectiva conoce toda la verdad en las razones eternas. Para fortalecer aun más lo dicho anteriormente, me apoyo con las siguientes palabras de Santo Tomás:
“En este sentido, hay que afirmar que el alma humana conoce las cosas en las razones eternas, por cuya participación conocemos. Pues la misma luz intelectual que existe en nosotros no es sino cierta semejanza participada de la luz increada, en la que están contenidas las razones eternas”. [3]
Una cuestión que se planteó Santo Tomás fue próxima a la experiencia espiritual, en la que se preguntaba si la mente es capaz de conocerse así misma o por alguna otra especie. Frente a esta incógnita llega a responder que el alma se conoce por sus actos; a tal contestación, el mismo filósofo asevera lo siguiente:
“Este conocimiento que se tiene universalmente de toda alma es el de su naturaleza; mientras el conocimiento que alguien tiene de su alma, en cuanto a lo que es propio, es un conocimiento del alma según que tiene ser en tal individuo; por este conocimiento se sabe el alma existe, así como alguien percibe que tiene alma; mientras por el otro conocimiento se sabe lo que es el alma y lo que conviene esencialmente”. [4]
Así pues, es evidente que nuestra mente se conoce así misma de alguna manera por su esencia, concretamente por sus actos. De estas premisas surge otro asunto a tratar, si el alma es sensible y es capaz de darse a conocer, entonces ¿el principio del conocimiento humano viene de los sentidos? Si las razones eternas no pueden ser conocidas por el hombre en vida, por tanto, el pensamiento humano no puede conocer las cosas universales; lo cual es evidentemente falso. Santo Tomás de Aquino a esta pregunta responde afirmando que el objeto del conocimiento humano se da en cierto orden, cuyo concepto se incluye en todo lo que el hombre aprehende, por consiguiente, puede conocer y entender a través de los sentidos.
En conclusión, Santo Tomás de Aquino muestra en su pensamiento que el hombre siente y tiene una inclinación natural por la inteligencia como buena, por consiguiente como debiendo ser y realizado por la acción y evitando lo malo como contrario, una actitud que parte del conocimiento puede reflejar en los actos quien es alma.
[1] Canals Vida, F. (ed.), Textos de los grandes filósofos. Edad Media, Santo Tomás de Aquino, Herder. Barcelona, (1991) p. 142.
[2][2] Ibídem 143.
[3] Ibídem 142
[4] Ibídem 149
Raimundo Lulio, Libro de las Demostraciones
Raimundo Lulio fue un filósofo europeo que vivió a mediados del siglo XIII e inicios del siglo XIV d.C.. Dentro de su amplia variedad de obras presentó en el año de 1930 un libro titulado “Libro de las demostraciones”. Dicho tratado fue escrito con la finalidad de motivar a los infieles para que abrazaran la fe católica y “para que sea atribuido al entendimiento el honor y la luz verdadera, por la que Dios le iluminó para poder entender los artículos por razones necesarias”[1]. Es decir, el autor, Raimundo Lulio se propone demostrar como es posible para el entendimiento acceder a los artículos propios de la fe en virtud del entendimiento que se nos ha dado y que a su vez Dios ha iluminado. Para demostrar esta posibilidad del entendimiento humano propone diversas razones necesarias, es decir, razones que no pueden ser de otra manera sino de esa que se propone solamente, es decir, son razones irrefutables las que el filósofo pretende ofrecer al lector.
Su obra se divide en cuatro libros o secciones. El primero tiende a probar, por razones necesarias, que el entendimiento por la gracia de Dios tiene posibilidad de entender los artículos de la fe. En el segundo se prueba que Dios existe, el siguiente tiene la finalidad de probar la santa y divina Trinidad. Por último, el cuarto libro pretende probar, por razones necesarias, la encarnación y el advenimiento de nuestro Señor Dios Jesucristo. Al inicio de toda la obra Lulio advierte que quien quiera leer su tratado conviene que cumpla con cuatro condiciones, entre las que destacan la intención del lector de alabar y servir a Dios y la creencia firme de que las verdades de la fe son accesibles al entendimiento humano.
La obra de este filósofo medieval comienza con el libro primero, “en el que se prueba que el entendimiento tiene posibilidad de entender por razones necesarias los artículos de la Santa Fe Católica”[2]. Para demostrar esto argumenta, entre otras cosas, que el hombre tiene, por virtud de Dios, es decir, por mera gracia y don del Señor, potestad de entender y recibir la verdad, que a fines últimos pertenece a la suma Bondad, que es Dios. Además, aún en esta primera parte ofrece una posible significación de la Trinidad en el alma humana. En primer lugar asegura que Dios ha creado el alma del hombre a su semejanza, para significar que es uno en tres personas. Para esto, así como el Padre engendra la Hijo y del Padre y el Hijo procede el Espíritu Santo, de la misma manera quiere Dios que en el alma la memoria engendre un entender y que de la memoria y el entendimiento surja un querer igual al mismo memorar y entender.
En el segundo libro, Raimundo Lulio quiere probar por razones necesarias la existencia y la unidad de Dios. “Investigamos y demostramos significaciones y demostraciones por las que Dios es demostrable por razones necesarias”[3]. En esta segunda sección se buscará, primordialmente, tratar de demostrar que existe la suprema Bondad. El autor considera que es notorio que ciertos bienes son superiores a otros, “porque los irracionales son mayores bienes que las plantas, y los racionales son mayores que los irracionales”[4]. De ahí logra deducir que necesariamente existe alguna cosa que sea el Bien supremo, puesto que si todos los bienes fueran iguales en nobleza, y ningún bien fuese superior a otro se igualaría en dignidad y nobleza todo cuanto existe: desde una roca hasta un ser humano, cosa que no es posible. Y así es que esta misma imposibilidad es la que deja al descubierto que el supremo Bien existe. Añade que el supremo Bien está sobre todos los bienes y deduce que es infinito en bondad, magnitud y eternidad.
Posteriormente da paso la tercera sección de la obra o el libro tercero en donde se prueba que en Dios hay trinidad. Al autor le parece que “sería tiempo y hora de que tuviésemos conocimiento, por demostraciones necesarias, de la santa Trinidad que existe en nuestro Señor Dios”[5]. Como al inicio de la obra, Raimundo Lulio vuelve a insistir en que con su escrito pretende que la fe hacia el supremo Bien sea más ferviente y a la vez comunicada a aquellos infieles que no creen. Por lo tanto se vuelve en un libro con finalidad primordialmente evangelizadora. Para demostrar la existencia de la santa Trinidad recurre a diversos argumentos. Además centra ahora su discurso en la suprema Operación, porque así como por medio del conocimiento que tenemos del supremo Bien, tenemos conocimiento de un solo Dios, así por el conocimiento que el hombre tiene de la suprema Operación, tiene conocimiento de la suprema Trinidad.
Conviene necesariamente que el Bien supremo no carezca de la suprema Operación. Además conviene necesariamente que si en el supremo Bien existe la operación, ésta convenga con el Bien supremo en igual magnitud, es decir, no puede ser que la operación del ser sea más que el ser. Lulio es determinante: “si hay operación en el supremo Bien, tiene igual Magnitud el Bien supremo y su operación”[6]. Por último muestra que el amor es bueno; porque si no fuese bueno, la caridad no sería una virtud, lo que considera imposible. Y si la caridad es virtud, entonces es conveniente que la obra del amor sea buena, porque si fuese mala, la caridad sería un vicio: y, siendo el amor y su operación algo bueno, necesariamente conviene que en el supremo Bien exista el amor.
Bibliografía
Canals Vidal, F. (ed.), Textos de grandes filósofos Edad Media, Barcelona, Editorial Herder, 1991, pp. 159-179
San Anselmo, Sobre la existencia de Dios.
San Anselmo de Canterbury fue un monje benedictino que nació en Aosta en 1033, y murió siendo arzobispo de Canterbury en 1109. Destacó como teólogo y filósofo escolástico.[1] Es doctor de la Iglesia.
San Anselmo en busca de que sus hermanos meditasen sobre la razón de la fe, intentaba “demostrar que Dios existe verdaderamente, que es el bien supremo y que no necesita de ningún principio, y del que, por el contrario, todos los otros seres necesitan para existir y ser buenos.”[2] Al ver que la solución a esta dificultad se le desvanecía de las manos, optó por dejarla, pensando que tal búsqueda era vana e imposible. Un día en que se resistía a resolver tal problema, se le ofreció la idea que desesperado había buscado, éste al momento la acogió con entusiasmo, y pensó en desarrollarla por escrito para que los demás pudiesen leerla. Fue así como San Anselmo publico sus dos primeros libros, llamados: “Monologion, es decir, conversación conmigo mismo, y el otro Proslogion, es decir, alocución.”[3]
En el primer libro Monologion San Anselmo expone lo siguiente: Existe una naturaleza única, que es superior a todo cuanto existe, y que ésta se basta así misma, y si alguien lo llega a negar “con tal que sea un poco inteligente, podrá convencerse por la sola razón, de estas cosas”[4]; Todas las cosas que se dicen de ser justas, buenas, etc., no pueden ser comparadas con otras de las cuales también se diga que son justas o buenas, sino que solamente pueden ser consideradas justas y buenas, por la Justicia y la Bondad; Todas las cosas existen gracias a un principio único, más que por razones de varios, los cuales por ningún concepto podrían existir sin él, “todo lo que existe por otro es menor que la causa que ha producido todos los seres y que existe por sí misma.”[5] Cuando se llega a decir que nada ha existido antes de la esencia suprema, no se debe entender que antes de que existiese la esencia suprema hubo un tiempo en que no existía nada, sino que, antes de la esencia suprema, la cual es Dios, no había cosa alguna “Si se comprende esta explicación… se concluirá con razón que, si no hay nada que haya precedido ni deba seguir la esencia suprema, nada ha existido antes ni nada existirá después de ella.”[6]
El segundo libro Proslogion, es una alocución de San Anselmo, en la cual invita a quien lo lee a buscar a Dios, a descansar para entrar en el santuario de su alma, apartándose de todo menos de Dios, a buscarlo en el silencio de la soledad, “Busco tu rostro, busco tu rostro, ¡oh Señor!.”[7] El Proslogion es un llamado a reconocer a Dios como maestro, aunque nunca se le haya visto “He sido creado para verte, y todavía no he alcanzado este fin para el que he sido creado,”[8] empujados por la necesidad hemos empezado a buscar a Dios “Yo te buscaré deseándote, te desearé buscándote, te encontraré amándote, te amaré encontrándote.”[9] Aquí se pide a Dios, quien da inteligencia a la fe, entender que en realidad Él existe, porque nadie, entendiendo lo que Él es, puede pensar siquiera que Dios no existe, aunque pueda articular estas palabras en sí mismo. La luz en donde habita Dios no se puede ver, ya que su brillo es demasiado grande para los ojos, sin embargo, gracias a ella se ve todo, ya que lo ilumina todo, el ojo humano no puede mirar esa luz, pero el hombre sabe que esta por doquier presente y entera, por lo que le da confianza para decir “Yo me muevo en ti, existo en ti… y tú estás en mí y alrededor de mí”[10]
Ciertamente San Anselmo fue un santo muy importante por todo lo que pudo aportar a la Iglesia, y con razón se le ha nombrado Doctor de la Iglesia, el cual es un maestro de fe para los fieles de todos los tiempos. San Anselmo invita a los creyentes y no creyentes a reconocer a Dios como la esencia suprema, sin la cual nada existe y es, y en la cual todo se mueve, pues está presente en todo.
Bibliografía.
Centro catechistico salesiano, Messale dell’assemblea cristiana, Torino, Editorial Elle Di Ci, 1978, pp. 2319.
Canals Vidal, F. (ed), Textos de grandes filósofos Edad Media, Barcelona, Editorial Herder, 1991, pp. 263.
[1] Escolástica: El término escolástica procede del vocablo “scholasticus”, es decir, el que enseña en una escuela. El término filósofo escolástico designa, que gran parte de la elaboración de comentarios y sistemas filosóficos y teológicos se hallan dentro de los dogmas católicos. La filosofía escolástica era considerada antiguamente como una “sirvienta de la teología” (Ferrater Mora, José, Diccionario de filosofía, Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 1964, p. 548.)
[2] Canals Vidal, F. (ed), Textos de grandes filósofos Edad Media, Barcelona, Editorial Herder, 1991, p. 63.
[3] Ibidem, p. 64.
[4] Ibidem, p. 59.
[5] Ibidem, p. 62.
[6] Ibidem, p. 77.
[7] Ibidem, p. 64.
[8] Ibidem, p. 65
[9] Idem.
[10] Op. cit. p. 71.
miércoles, 4 de enero de 2012
Juliano, algunos aspectos del texto "Contra los galileos"
Juliano nacido entre los años 331-332, hijo de Julio Constancio y de Teodora, ilustre dama de la época[1], fue un magnífico emperador romano que gozó de amplio bagaje cultural e inteligencia política. Logramos ubicarlo en un periodo histórico bastante peculiar dentro de la historia, caracterizado principalmente por una serie de hechos políticos, en muchos de los cuales es protagonista[2], así mismo le hallaremos dentro de una atmósfera de gran sensibilidad por el aspecto religioso, al cual mostró gran deferencia, de tal modo que fue iniciado en los misterios de Eleusis y en los de Mitra, además es preciso señalar que su formación intelectual y religiosa estuvo a cargo de dos maestros, el obispo arriano Eusebio y el eunuco Mardonio[3].
Algunos de los rasgos más notables de este personaje fueron; su agudeza intelectual la cual manifestó con mayor esplendor mientras ocupó el trono como emperador y muestra de ello son sus composiciones más notables como la Carta a Temistio, Los Césares, Contra el cínico Heráclito, Contra los cínicos incultos, entre otros[4].
A continuación señalaré algunos puntos evidentemente enfatizados en su obra Contra los galileos cuya motivación principal es su inclinación a los cultos mistéricos de las religiones orientales, de las cuales ya he hecho mención y de su convencimiento a cerca de la maldad de los “galileos” con la que según él han elaborado una fe sin nada de divino. El primer punto a señalar es el reproche que realiza contra la “secta hebrea” con respecto a sus orígenes religiosos dentro de la tradición mosaica, donde pretende demostrar que el culto hebreo no propone elementos nuevos, originales y, diversos, afirmaciones de las que se vale para no condenar la mitología griega, como lo hicieron los judios, primordiálmente sobre sus dioses y el origen del universo, sino que demuestra que la fe de los hebreos posee un gran número de semejanzas con las creencias “paganas”, para ello coteja las escrituras sagradas de este pueblo, presentes en la fe cristiana, con los relatos griegos.
Y dice que dios ordenó que existiesen unas cosas, como la luz y el firmamento, y otras las creó, como el cielo y la tierra, el sol y la luna, y las que existían, pero estaban ocultas hasta entonces, las separó, como el agua según creo y la tierra seca… “y el espíritu de dios se movía sobre la superficie del agua”[5].
A continuación confronta este relato del Génesis con las palabras de Platón sobre el creador y el origen del universo.
El cielo entero o el universo, o démosle cualquier otro nombre que pueda ser más aceptable, ¿existió siempre, sin contener ningún principio de nacimiento, o ha nacido y comenzado a partir de un principio? Ha nacido, puesto que se puede ver, tocar y tiene cuerpo, y todas las cosas semejantes son sensibles[6]…
Continua cotejando otros dos textos.
Y creó dios al hombre y lo creó a imagen de dios; y lo hizo macho y hembra diciendo: creced y multiplicaos y llenad la tierra y sed dueños de ella; que manden sobre los peces del mar y sobre las aves del cielo y sobre todos los rebaños y sobre toda la tierra[7].
… Ahora aprended lo que os digo a las claras: quedan aún tres razas mortales sin nacer y hasta que no nazcan el cielo estará incompleto… cuando gracias a mí hayan nacido y participen de la vida podrán ser iguales a los dioses…por lo demás, vosotros, entretejiendo lo mortal con lo inmortal, fabricad seres vivos y engendradlos dándoles alimento, aumentadlos y, cuando mueran, recibidlos de nuevo.[8]
Es claro que Juliano no sólo conoce las escrituras, sino que es capaz de elaborar una confrontación ordenada y sistemática como tratando de predecir la defensa del adversario, lo cual es más notorio en los argumentos donde hace ver las contradicciones que posee la tradición hebrea y cómo no es posible que Israel sea el pueblo elegido y predilecto de dios ya que su suerte, según Juliano, ha sido peor que la de un esclavo pasando los judíos por la misma suerte que estos sin poder mover las calamidades que pesan sobre ellos.
Que no sólo de los hebreos se preocupó dios, sino que, cuidándose de todos los pueblos, no otorgó a aquellos nada importante ni grande, mientras que a nosotros nos otorgó cosas mucho mejores y superiores…[9]
Desechad esas tonterías y no arrastréis sobre vosotros mismos tamaña blasfemia. Pues si quiere que ningún dios sea venerado, ¿por qué veneráis a ese hijo bastardo suyo que nunca juzgo ni consideró como propio? Y esto os lo voy a demostrar fácilmente. Vosotros, no sé por qué, le habéis asignado un supuesto hijo[10]…
Por otro lado mediante la cita anterior trata a los cristianos de impíos, acusándoles de herejes por asumir una tradición que ellos mismos contradicen y pasan sobre ella ya que, desde su punto de vista, no son capaces de explicar cómo un dios celoso, manifiesto en el libro del Deuteronomio, afirma que no hay salvación fuera de él y ellos aseguran que Jesús “procedente de él”, es decir fuera de dios, pueda traer la salvación, para Juliano esto no es posible.
En cuanto a la ley, pretende demostrar que ellos la han manipulado incluso lo ya establecido por los propios apóstoles de Jesús a manera arbitraria, contradiciendo así lo que ya estaba escrito, argumentando que la nueva ley es Jesús, lo cual somete a duda puesto que las referencias de un supuesto mesías se las acuñan a este hombre galileo cuando realmente lo dicho por los profetas remite a David, rey de Israel.
¿Dónde anunció dios a los hebreos otra ley junto a la existente? En ninguna parte está, ni tampoco una rectificación de la existente, escucha, en efecto otra vez a Moisés: “No añadiréis nada a la palabra que yo os recomiendo y no quitareis nada de ella. Guardad los mandamientos del Señor vuestro dios que yo os recomiendo hoy” y “maldito todo el que no observe todos ellos”[11].
Es claro cómo Juliano influyó en el aspecto religioso de su época y trato de proteger con ello los cultos “paganos” que se veían en peligro, a tal grado que no sólo elaboró diversos textos de tipo apologético en defensa de su religión, sino que atacó de manera directa a la fe oficial del imperio al cual gobernó.
Bibliografía.
Juliano, Contra los galileos, Madrid, Gredos, 2002, trad. Jiménez Gazapo J. y García Blanco J. p 3-49.