jueves, 14 de marzo de 2013

San Agustín: La Ciudad de Dios (introducción)

La narración inicia con la partida de Agustín de Cartago, con un juego de palabras el autor deja entrever el difícil proceso que Agustín había emprendido para entender su existencia: «Buscaba el hilo de Ariadna para salir de su laberinto—laberinto del corazón y de la inteligencia—. Dios tejía y destejía, y su divina Providencia iba insinuando las veredas dé aquel regio camino que conducía a la ciudad eterna». Su camino lo conduciría esta ocasión a la ciudad de Roma, donde «Agustín paseaba por sus calles con la frente engallada, su porte grácil y ligero y, con todo, asombrado. La Roma de los Césares asilaba ahora a un fugitivo».
San AgustínEs el mismo Agustín que narra las razones por las cuales ha llegado a esta ciudad:
«Porque mi determinación de ir a Roma no fué por ganar más ni alcanzar mayor gloria, como me prometían los amigos que me aconsejaban tal cosa—aunque también estas cosas pesaban en mi ánimo entonces—, sino la causa máxima y casi única era haber oído que los jóvenes de Roma eran más sosegados en las clases merced a la rigurosa disciplina a que estaban sujetos, y según la cual no les era lícito entrar a menudo y turbulentamente en las aulas de los maestros que no eran los suyos, ni siquiera entrar en ellas sin su permiso...».
Pronto, Agustín dio cuenta que en Roma efectivamente había disciplina, pero faltaba nobleza. Se lamenta sobre la Urbe, como lo hicieran en otros días Cristo y Jeremías sobre Jerusalén. El texto indica la caída de Roma con las siguientes palabras «Roma caería, porque su nobleza —la de los romanos— era simplemente cultura». Para Agustín este término de nobleza implicaba una serie de valores y actitudes que los ciudadanos deberían tener para mantener en pie la república. En la nobleza hay una realidad muy honda, nos dice Agustín, «Es la victoria de las sociedades. Franqueza, unión, nobleza, caballerosidad, todo, menos simulación».
Un hecho en la historia de la “gran ciudad” es motivo de reflexión para justificar la existencia de esta obra de Agustín, a saber, La Ciudad de Dios, se trata del saqueo de Roma por Alarico. Es el mismo texto quien declara que se trata de una «pretensión ambiciosa querer buscar un motivo ajeno a la mente de Agustín», al hablar del origen “inspirador” de esta obra. Pero cierto es que las huestes de Alarico ya habían sembrado terror en las almas y que el saqueo y asolamiento de Roma «no fué más que una circunstancia histórica que providencialmente halló un interprete».
Desde su cátedra, Agustín, humilde obispo de Hipona, escucha las palabras contra la fe cristiana pronunciadas por los paganos, desde ahí, cuando la ocasión se presentaba, alienta a los afligidos y deshace sus angustias.
Ya en su homilía de urbis excidio, considerada también como un «célebre discurso», Agustín realiza la maqueta de La Ciudad de Dios, «en este célebre discurso se hallan en comprimidos las grandes ideas que se desarrollan a través de los 22 libros de La Ciudad de Dios». Esta famosa homilía aborda problemas que resonarán desde la tribuna de la historia, «Dios castiga con frecuencia á justos y a pecadores, a unos para probación y a otros para castigo; pero Dios siempre es justo» dice Agustín recurriendo a las Escrituras y utilizando las figuras de personajes bíblicos como Job, Abraham, Noé y Daniel, entre otras «mil y mil piruetas retoricas con argumentos piadosos y crudos en su mayor parte».
Resulta incomprensible, nos dice el texto, que una obra como ésta se realizara sin un plan predeterminado, «Agustín tenía un plan de la obra» aunque «suponer que la obra fuera sistemática es imaginarse un absurdo», el proyecto de esta obra se encuentra resumido en las Retractationes y en casi idénticos términos lo expresa en la Epistola ad Firmun.
Lo que nos interesa ahora es enmarcar el tema de la propia obra, ya en el prólogo al primer libro, Agustín, da una síntesis del plan «Trataré de las dos ciudades, en cuanto el plan de la presente obra lo exija».
El texto dice que es justicia constatar que La Ciudad de Dios está estructurada en un aparente desorden y resulta «paradójico que una obra con un programa bien definido, como es ésta, se ejecute sin orden». Además, la obra deja muchos puntos por tocar, «pero su propósito no es solucionarlo todo».
La Ciudad de Dios es considerada como una apología de la religión, cuya bandera era el Dios uno: «Donde el mundo asentaba el pabellón de la soberbia y del poder, Cristo fijó la bandera de la humildad y de la servidumbre». La filosofía no tardó en convertirse en política, «El cristianismo ahora se presentaba ya como enemigo del estado», «El mundo pagano siente el vértigo de su fin. La Roma decadente, el Imperio, se derrumba y crece de nuevo la agitación de las mentes contra los cristianos». El texto halaga el derrocamiento de los valores paganos por la lógica implacable de Agustín, quien, como juez imparcial, «aprueba y reprueba, movido más por la verdad que por el capricho». Es aquí que luce un aspecto fundamental de la tradición cristiana, el martirio, tomado por Agustín como argumento apologético, es interpretado en La Ciudad de Dios como «semilla de la nueva cristiandad».
Entre otros grandes valores destacados en La Ciudad de Dios se encuentran también los milagros, «Lo impresionante, lo maravilloso, lo milagroso —digámoslo de una vez—, cautiva el interés, la admiración del hombre». El milagro es señal inequívoca de la presencia de Dios en la naciente comunidad (Iglesia): «Si no creen que se han realizado estos milagros por medio de los apóstoles, para que se les creyese a ellos, que predicaban la resurrección y la ascensión de Cristo, nos basta este grande milagro: que el orbe de la tierra ha creído eso sin ningún milagro».
La historia, vista desde la perspectiva de La Ciudad de Dios, es para Agustín «la ciencia que, sobre ciertos principios de interpretación, da sentido eterno a los hechos humanos». Con esta obra, San Agustín, no se contenta con ser un mero expositor o narrador de hechos, sino el de dar sentido a la historia, interpretar los hechos, y eso es lo que precisamente realiza en La Ciudad de Dios.
Por ello, La Ciudad de Dios pudiese ser referida como hermenéutica de la historia cuyos principios son: la providencia, que es para San Agustín «la clave de la solución para todos los conflictos y para todos los enigmas», inseparable de la historia y que da sentido a la interpretación de los aconteceres; Cristo en el centro de la historia, que «en la concepción agustiniana de la humanidad, lo es todo», sin Cristo, nos recuerda San Agustín, la historia es ininteligible; y los dos amores, «Agustín trasladó el drama de su vida a los acontecimientos de la historia», la carne y el espíritu en la vida de San Agustín y lo santo e inmundo, lo social y lo individual en la base de La Ciudad de Dios.

Bibliografía
Agustín de Hipona, Obras de San Agustín,Tomo XVI. Biblioteca de Autores Cristianos. Madrid 1958.

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