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martes, 10 de abril de 2012

La filosofía del lenguaje de Anselmo de Canterbury


La filosofía medieval, como otras filosofías, comparte la característica de tener diversas etapas temporales en las que se dedicaba un espacio al estudio de ciertos tópicos. Es en el siglo XII cuando la filosofía medieval empieza por interesarse en el estudio de una filosofía del lenguaje de una manera más decidida, se comienza a dar una importancia mayor a la relación de la gramática con la lógica. Una de las principales pretensiones era “compaginar el lenguaje, que es artificial y convencional, con la naturaleza de las cosas”[1]. Esta pretensión provocó que muchos filósofos y teólogos se dedicaran al estudio del tema, dando así inicio a uno de los grandes debates de la filosofía medieval.

Y uno de esos filósofos, fue Anselmo de Canterbury (Aosta, 1033 - Canterbury, 1109) que se convierte en uno de los filósofos más importantes en la época del pensamiento medieval. En principio su aportación resulta importante para intentar resolver el problema de los universales (que en este momento no nos detendremos a detallar), y toda la discusión sobre lógica que acontecía por aquella época. En la que los teólogos místicos debatían contra los filósofos-dialécticos. Disputas que terminaron en importantes aportaciones para la lógica y la epistemología de la época generadas por ambas partes.  

Anselmo, por su lado, colabora con el uso de la lógica aplicada al lenguaje, una de sus primeras aportaciones fue formular una diferencia entre el lenguaje, distinguiendo dos tipos de este: “hay un lenguaje interior y otro exterior, uno pertenece a la inteligencia y otro con el cual se expresa éste de una manera física (oral o escrita)”[2], o sea que más que   interesar las palabras en sí mismas interesa lo que expresan, la palabra (inteligencia exterior) necesita ir en conjunto la inteligencia interior. La filosofía del lenguaje de Anselmo siempre apeló por la relación de un término, de una palabra, con una cosa real, buscando una relación en cuanto a  su esencia. En el pensamiento de Anselmo se puede notar la influencia aristotélica que podemos tomar como ejemplo la defensa de Anselmo al libro de Las categorías  de Aristóteles,  donde Anselmo menciona que Aristóteles no busca hablar de la apelación de los términos, “la apelación es la referencia o denotación, esto es, la relación del término con una cosa existente o concreta”[3], o sea Aristóteles no busca  aquello a lo que los términos se refieren. Sino lo que estos términos significan. 

Pero esta significación también se subdivide en dos: directa e indirecta. La directa es substancial  a las mismas palabras significativas; mientras que la directa es accidental, porque, cuando se dice en la definición del nombre o de la palabra que es una voz significativa, hay que entenderlo que es significativa directa. 

Así pues el apelativo y la significancia fueron el primer esbozo de la reflexión filosófica en el pensamiento de Anselmo. Su significación inmediata aplicada a los sustantivos y los adjetivos, y su relación con la aplicación y la apelación. Estas primeras reflexiones filosófico-lingüísticas fueron el inicio de una lógica que significo una de los primeros avances más importantes  para la semiótica medieval. Así entonces, Anselmo se distinguió como uno de los dialécticos más importantes de la época, aunque como menciona Mauricio Beuchot fue más bien un anti-dialéctico, “en el sentido de resaltar la fe por encima de la filosofía”[4], era algo así como un detractor de la dialéctica atacando con la dialéctica misma.


[1] Beuchot, Mauricio, La filosofía del lenguaje en la Edad Media, UNAM, México, 1991,  p. 39.
[2] Ibid, p.41.
[3] Ibid, p.42.
[4]Ibid, p.40.

miércoles, 18 de enero de 2012

San Anselmo, Sobre la existencia de Dios.

San Anselmo de Canterbury fue un monje benedictino que nació en Aosta en 1033, y murió siendo arzobispo de Canterbury en 1109. Destacó como teólogo y filósofo escolástico.[1] Es doctor de la Iglesia.

San Anselmo en busca de que sus hermanos meditasen sobre la razón de la fe, intentaba “demostrar que Dios existe verdaderamente, que es el bien supremo y que no necesita de ningún principio, y del que, por el contrario, todos los otros seres necesitan para existir y ser buenos.”[2] Al ver que la solución a esta dificultad se le desvanecía de las manos, optó por dejarla, pensando que tal búsqueda era vana e imposible. Un día en que se resistía a resolver tal problema, se le ofreció la idea que desesperado había buscado, éste al momento la acogió con entusiasmo, y pensó en desarrollarla por escrito para que los demás pudiesen leerla. Fue así como San Anselmo publico sus dos primeros libros, llamados: “Monologion, es decir, conversación conmigo mismo, y el otro Proslogion, es decir, alocución.”[3]

En el primer libro Monologion San Anselmo expone lo siguiente: Existe una naturaleza única, que es superior a todo cuanto existe, y que ésta se basta así misma, y si alguien lo llega a negar “con tal que sea un poco inteligente, podrá convencerse por la sola razón, de estas cosas”[4]; Todas las cosas que se dicen de ser justas, buenas, etc., no pueden ser comparadas con otras de las cuales también se diga que son justas o buenas, sino que solamente pueden ser consideradas justas y buenas, por la Justicia y la Bondad; Todas las cosas existen gracias a un principio único, más que por razones de varios, los cuales por ningún concepto podrían existir sin él, “todo lo que existe por otro es menor que la causa que ha producido todos los seres y que existe por sí misma.”[5] Cuando se llega a decir que nada ha existido antes de la esencia suprema, no se debe entender que antes de que existiese la esencia suprema hubo un tiempo en que no existía nada, sino que, antes de la esencia suprema, la cual es Dios, no había cosa alguna “Si se comprende esta explicación… se concluirá con razón que, si no hay nada que haya precedido ni deba seguir la esencia suprema, nada ha existido antes ni nada existirá después de ella.”[6]

El segundo libro Proslogion, es una alocución de San Anselmo, en la cual invita a quien lo lee a buscar a Dios, a descansar para entrar en el santuario de su alma, apartándose de todo menos de Dios, a buscarlo en el silencio de la soledad, “Busco tu rostro, busco tu rostro, ¡oh Señor!.”[7] El Proslogion es un llamado a reconocer a Dios como maestro, aunque nunca se le haya visto “He sido creado para verte, y todavía no he alcanzado este fin para el que he sido creado,”[8] empujados por la necesidad hemos empezado a buscar a Dios “Yo te buscaré deseándote, te desearé buscándote, te encontraré amándote, te amaré encontrándote.”[9] Aquí se pide a Dios, quien da inteligencia a la fe, entender que en realidad Él existe, porque nadie, entendiendo lo que Él es, puede pensar siquiera que Dios no existe, aunque pueda articular estas palabras en sí mismo. La luz en donde habita Dios no se puede ver, ya que su brillo es demasiado grande para los ojos, sin embargo, gracias a ella se ve todo, ya que lo ilumina todo, el ojo humano no puede mirar esa luz, pero el hombre sabe que esta por doquier presente y entera, por lo que le da confianza para decir “Yo me muevo en ti, existo en ti… y tú estás en mí y alrededor de mí”[10]

Ciertamente San Anselmo fue un santo muy importante por todo lo que pudo aportar a la Iglesia, y con razón se le ha nombrado Doctor de la Iglesia, el cual es un maestro de fe para los fieles de todos los tiempos. San Anselmo invita a los creyentes y no creyentes a reconocer a Dios como la esencia suprema, sin la cual nada existe y es, y en la cual todo se mueve, pues está presente en todo.

Bibliografía.

Centro catechistico salesiano, Messale dell’assemblea cristiana, Torino, Editorial Elle Di Ci, 1978, pp. 2319.

Canals Vidal, F. (ed), Textos de grandes filósofos Edad Media, Barcelona, Editorial Herder, 1991, pp. 263.


[1] Escolástica: El término escolástica procede del vocablo “scholasticus”, es decir, el que enseña en una escuela. El término filósofo escolástico designa, que gran parte de la elaboración de comentarios y sistemas filosóficos y teológicos se hallan dentro de los dogmas católicos. La filosofía escolástica era considerada antiguamente como una “sirvienta de la teología” (Ferrater Mora, José, Diccionario de filosofía, Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 1964, p. 548.)

[2] Canals Vidal, F. (ed), Textos de grandes filósofos Edad Media, Barcelona, Editorial Herder, 1991, p. 63.

[3] Ibidem, p. 64.

[4] Ibidem, p. 59.

[5] Ibidem, p. 62.

[6] Ibidem, p. 77.

[7] Ibidem, p. 64.

[8] Ibidem, p. 65

[9] Idem.

[10] Op. cit. p. 71.

jueves, 10 de febrero de 2011

San Anselmo, Por qué Dios se hizo hombre


San Anselmo en este texto de por qué Dios se hizo hombre, quiere referirse al hecho de morir, es por eso que hace notar, que Dios no puede hacer algo por necesidad, porque toda necesidad o imposibilidad está sujeta a la voluntad, por tanto, no hay nada necesario o imposible en El, sino porque Él lo quiere, y decir que Él quiera o no quiera algo por necesidad o imposibilidad, es un error, porque cuando Dios hace algo, no es por necesidad, sino porque Él lo quiere “no hay en El, necesidad forzada de obrar ni imposibilidad de no obrar, porque solamente la voluntad obra en El”1. Porque si decimos que en Dios hay necesidad, se cae en una coacción, es decir, una obligación a hacer algo, cuando en El sólo existe su voluntad y lo que quiere. Así pues, todo lo que existe es imposible que no exista y cuando decimos que es necesario que una cosa exista o no en Dios, no se quiere decir que haya en El una necesidad que le obligue o que le prohíba, sino que en todas las otras cosas existe una necesidad que las impide obrar y que obliga a no obrar, al contrario de lo que ocurre en Dios, que obra en pura verdad.

Así, cuando se afirma que Cristo, no pudo no morir, después de nacer de la Virgen, no se manifiesta en El alguna impotencia de conservar su vida, sino su voluntad inmutable, es decir, su voluntad que no podía cambiar, sin embargo, si no quisiera cumplir lo prometido, no se ha decir que lo que hizo fue forzado, sino por el libre albedrío, donde no intervienen la necesidad y la impotencia, sino solo la voluntad “se ofreció porque quiso”2, a esto señala que la misma Virgen, nunca creyó que Él había de morir porque necesitara salvarnos, sino más bien que había de morir por su propia voluntad, porque esto había de realizarse “era necesario que muriese por su propia libertad...es decir, porque así había de ser”3, de esta forma, la profecía relativa a Cristo, que debía morir voluntaria y no forzosamente, era necesario que fuese así en virtud de esta necesidad porque así habían de ser, por tanto, todo fue hecho por necesidad, porque Él lo quiso; pero a su voluntad no precedió ninguna necesidad que necesitará. Concluye con lo siguiente “lo que existió es necesario que haya existido, lo que existe es necesario que exista, lo que ha de suceder es necesario que suceda”4.

Bibliografía

Fernández, Clemente, S. I, Los Filósofos Medievales, selección de textos, “San Anselmo, Por qué Dios se hizo hombre”, BAC, Madrid, 1979, Tomo II, págs. 107-111.

1Anselmo, Por qué Dios se hizo hombre, BAC, Madrid, 1979, Tomo II, Capítulo XVII, § 1508.
2Ibídem, § 1511.
3Ibídem.
4Ibídem, § 1512.

San Anselmo, De la Verdad


San Anselmo, nacido en (Aosta, 1033-Canterbury, 1109), fue monje benedictino, abad de Santa María de Bec, en Normandía, y arzobispo de Canterbury (1093). Fue uno de los prelados más cultos de su tiempo. La especulación filosófica, según él, era una consecuencia exigida por la fe. Sostenía la necesidad de creer para comprender a fin de intentar luego comprender lo que se creía. No anteponer la fe, según Anselmo, era presunción; sin embargo, no apelar a continuación a la razón era negligencia. En la cuestión de los universales, se inclinó hacia la solución platónica. De este realismo proviene el valor de la llamada prueba ontológica de la existencia de Dios propuesta en el Proslogium: tenemos la idea de un ser perfecto; sin embargo, la perfección absoluta implica necesariamente la perfección de la existencia; luego el Ser Perfecto existe. Entre sus obras, cabe destacar Cur Deus homo, donde expone una doctrina de la redención. Se le considera fundador de la teología escolástica, es considerado doctor de la Iglesia1.

El texto De la verdad escrito por San Anselmo, presenta una conversación entre maestro y discípulo, en el cual, el maestro y el discípulo quieren llegar a saber qué es la verdad. En el diálogo, el discípulo pide al maestro que sea quien busque y descubra qué es la verdad, el discípulo dice que únicamente se contentará y sacará provecho de lo que su maestro descubra; pero el maestro utiliza una serie de preguntas al alumno para que también ayude a descubrir qué es la verdad. Se da a conocer en un primer momento la significación de la misma y su enunciación. El maestro pregunta al discípulo ¿cuándo es verdadera una enunciación?, el discípulo responde, que es cuando existe realmente lo que enuncia, es decir, lo que es afirmativo o negativo sin matices, de esta forma existe lo que se enuncia ya sea afirmativa o negativamente, porque nada es verdadero sino por la participación de la verdad y dicha verdad es su causa. Por tanto, nuevamente el maestro pregunta ¿cuál es el fin de la afirmación?, el discípulo responde: “expresar lo que es”2, es decir, expresar lo que debe y con exactitud. De esta manera es a la vez verdadera y recta cuando expresa la existencia de lo que es. Entonces es una misma y única cosa para ella el ser recta y verdadera, es decir, manifestar la existencia de lo que es. El maestro da la sentencia, que por consiguiente la verdad, no es otra cosa que la rectitud, y lo mismo hay que decir cuando la enunciación expresa la no existencia de lo que no existe.

El maestro ahora continúa con lo que es recto y verdadero, en el cual dice que, no se acostumbra a llamar verdadero un discurso que enuncia lo que no es; sin embargo, tiene una verdad y una rectitud, porque hace lo que debe hacer, señalar la mentira de eso que no es “la verdad no ha sido hecha para expresar que una cosa existe cuando no existe o que no existe cuando sí existe”3. La rectitud y la verdad de la enunciación, expresan aquello para lo cual han sido hechas, y éstas son inmutables, es decir, que no puede ser cambiado; por ejemplo: cuando se expresa, es de día, para significar lo que es, me sirvo con rectitud del significado de esa proposición, porque ha sido hecha para eso, pero cuando expreso con la misma frase lo que no es, no la empleo con rectitud, porque no ha sido hecha para eso, porque la rectitud y la verdad son inseparables.

Ahora bien, De la verdad de opinión, el maestro señala que, se califica como verdadero un pensamiento cuando existe y falso cuando no existe; y la verdad del pensamiento es eso, pensar con exactitud, responde el discípulo a la pregunta del maestro ¿en qué consiste, la verdad del pensamiento?, el discípulo continúa diciendo que la exactitud, es que pensemos que existe lo que existe y no existe lo que no existe “el que piensa la existencia de lo que existe piensa lo que debe pensar...su pensamiento es exacto”4.

Continúa con el diálogo con la siguiente pregunta del maestro al discípulo, ¿qué entiendes por verdad?, a esto, el discípulo responde, nada más que la rectitud, esta rectitud se manifiesta cuando se quiere y no se quiere, porque se actúa con rectitud y con lo que se debe querer. El maestro le da la razón y le dice que hay que creer que en la acción existe también la verdad, pero no en la acción del obrar mal, porque el obrar mal y el obrar la verdad son cosas contrarias. Por tanto, dice que obrar con rectitud es obrar con la verdad, lo mismo es obrar la verdad que obrar bien, “la verdad de la acción es su rectitud”5, por ejemplo: el fuego hace es lo que es, es decir, la verdad, y la rectitud la realiza cuando calienta, esto es parecido al hombre, cuando hace la rectitud y la verdad cuando obra bien, sobre todo, porque el Señor ha querido dar a entender por la palabra hacer no solamente hacer, sino también toda acción. Una vez comprendido esto por el alumno, el maestro ahora habla sobre la Verdad suprema, que es quien ha creado cuanto existe, porque Él es la Verdad suprema, por tanto todo cuanto existe contiene una verdad en esencia, es decir por el hecho de ser creadas son verdad, aunque no todo lo que ha creado sea recto, son de la Verdad suprema, ya que en Él, no se puede admitir error, porque lo que es falso, no existe.

Ahora bien, la Verdad suprema, no es rectitud porque deba alguna cosa. Sino que todas le deben a ella, su única razón de ser lo que es que ella es, porque “la verdad suprema no tiene ni principio ni fin”6, por tanto, ninguna cosa será, ni es, si no es en la Verdad suprema. Con todo lo antes dicho, el maestro llega a definir la verdad como “la rectitud perceptible con el espíritu solamente”, dice esto, porque la rectitud se distingue de todo lo que no es llamado rectitud. Y al decir que no puede ser conocida más que por el espíritu, se la distingue de la rectitud perceptible por el sentido de la vista, es decir de lo concreto.

Concluye diciendo que los argumentos expuestos y la verdad de las cosas, no quiere decir que hayan muchas verdades, sino únicamente se debe entender de una Verdad soberana subsistente por sí misma, que no pertenece a ninguna cosa; pero cuando se la pone en relación con alguna cosa, entonces se habla de la verdad o de la rectitud de esa cosa.


Bibliografía

Fernández, Clemente, S. I, Los Filósofos Medievales, selección de textos, “San Anselmo, De la verdad”, BAC, Madrid, 1979, Tomo II, págs. 97-106.
Ruiza, Miguel, Biografía de San Anselmo, http://www.biografiayvidas.com/biografia/a/anselmo.html, el 10 de febrero de 2011.


1Ruiza, Miguel, Biografía de San Anselmo, en http://www.biografiasyvidas.com/biografia/a/anselmo.html, el 10 de febrero de 2011.
2Anselmo, De la verdad, BAC, Madrid, 1979, Tomo II, Capítulo II, § 1494.
3Ibídem, § 1495.
4Ibídem, Capítulo III, § 1498.
5Ibídem, Capítulo V, § 1500.
6Ibídem, Capítulo X, § 1504.

jueves, 27 de enero de 2011

San Anselmo: Elementos Ontológicos II

En la entrada anterior sobre San Anselmo[i] se resumió el Monologio, en donde Anselmo de Canterbury da varias pruebas indirectas demostrado la existencia de Dios. En esta entrada, trataremos su siguiente obra, el Prosologio, donde el santo, insatisfecho con el Monologio, busca descubrir un argumento único y suficiente para probar la existencia de Dios con todos sus atributos. “Desde ese momento comencé a pensar si no sería posible encontrar una sola prueba que no necesitase para ser completa más que de sí misma y que demostrase que Dios existe verdaderamente.”[ii]

Este argumento, llamado ahora la prueba ontológica, está basado en la naturaleza propia de Dios, pero se requiere primero de la fe para comprender la razón, según el propio autor nos dice: “designé al primero por estas palabras: Ejemplo de meditación sobre el fundamento racional de la fe; y al segundo por éstas: La fe buscando apoyarse en la razón.”[iii] Pero acaba nombrando sus obras Monologio que quiere decir dialogo con uno mismo y Prosologio, es decir, alocución, que según el diccionario de la Real Academia Española quiere decir: “Discurso o razonamiento breve por lo común y dirigido por un superior a sus inferiores, secuaces o súbditos.”[iv]

Y así, nos introduce al tema con una incitación o exhortación a buscar a Dios y contemplarlo. Sugiriendo que sólo así conoceremos a Dios haciendo nosotros el esfuerzo por encontrarlo en nuestra alma. “Entra en el santuario de tu alma, apártate de todo, excepto de Dios y lo que puede ayudarte a alcanzarle.”[v] Y aún así, reconoce la propia incapacidad del hombre de encontrar a Dios por sí mismo, y necesita la iluminación divina para lograrlo: “Señor, vuelve tus ojos hacia nosotros, escúchanos, ilumínanos, muéstrate a nosotros. Sin ti no hay para nosotros más que desdichas; [...] para llegar hasta ti, sin cuyo socorro no podemos nada. [...] Enséñame a buscarte, muéstrate al que te busca, porque no puedo buscarte si no me enseñas el camino. No puedo encontrarte si no te haces presente.[vi] Después de estas invocaciones y de dar un reconocimiento expresando su gratitud a Dios, acaba el primer capítulo.

En el segundo capítulo comienza a describir a Dios como lo más grande, y “si este objeto por encima del cual no hay nada mayor estuviese solamente en la inteligencia, sería, sin embargo, tal que habría algo por encima de él, conclusión que no sería legítima. Existe, por consiguiente, de un modo cierto, un ser por encima del cual no se puede imaginar nada, ni en el pensamiento ni en la realidad.”[vii] Por lo tanto dice que nada más un necio podría dudar de que, como Dios es lo más grande que existe, debe existir, por que si fuera únicamente un objeto del pensamiento, el pensamiento sería mayor a Él. Y este argumento lo continúa en el tercer capítulo, sólo que lo cambia a negativo, diciendo que no se podría entonces razonar que Dios no existe. Esto por que necesariamente hay algo mayor a todo lo demás, por lo que necesariamente existe el ser mayor y así no podría dudarse de que Dios existe. Y esta inexistencia sería además una falla, que se contradice con la definición de un ser perfecto.

Después, en el cuarto capítulo, confronta el problema del pensamiento y del lenguaje. Cómo pueden ser estos los problemas que lleven al necio a pensar que Dios no existe, y porque no entiende su inexistencia, lo cual según el santo es una imposibilidad, centrándose en las palabras y no en Dios. Así, según el Prosologio: “Aquel que comprende lo que es Dios, no puede pensar que Dios no existe.”[viii]

En el capítulo quinto, expresa que Dios debe poseer todas las cualidades, por lo que posee la existencia que es mejor que la inexistencia. Y como es el ser que existe por sí mismo, entonces es el creador que crea las cosas de la nada, ya que éstas no pueden existir por sí mismas. Y al poseer todas las cualidades es, “por tanto, necesariamente justo, verdadero, feliz y todo lo que vale más que exista que no exista, porque vale más ser justo que no serlo, ser feliz que no serlo.”[ix]

De ahí, en el capítulo VI, afirma que Dios es sensible, aunque no es un cuerpo se trata de un sentido incorpóreo, debido a que es mejor sentir que no sentir, es una cualidad divina. Y es entonces el conocimiento, que nos trae el sentir equiparable a el conocimiento íntimo y profundo que tiene Dios de sus creaturas lo que se compara con este sentido incorpóreo. En el capítulo VII discute sobre si Dios es omnipotente, ya que son muchas las cosas que no puede hacer, por ejemplo mentir. Pero llega a la conclusión de que lo que no puede hacer es por que eso rebajaría la naturaleza perfecta de Dios mismo, y si hiciera cosas indignas de la divinidad, ya no sería potencia, sino impotencia. Por lo que no puede hacer Dios deriva de el ser o el no ser y cómo es mejor el ser. De esto que Dios no puede no ser y no puede rebajar su ser, entonces “Eres [Dios] verdaderamente omnipotente, en el sentido de que no puedes nada en lo que es fruto de la impotencia y de que nada prevalece contra ti.”[x]

Luego, se salta al capítulo catorce, donde pregunta a su alma si ya encontró al Dios que buscaba. Y aquí responde a como Dios se le ve o comprende, pero a la vez ni se le ve ni se le comprende. Dice San Anselmo respecto a su conocimiento de Dios que llegó a conocer algo de Él, y por Dios mismo fue que lo encontró, pero no tal como es en sí mismo; porque la verdad divina es inmensa y no puede la criatura entenderla toda. “Busca ver más de lo que ha visto, pero no ve nada más de lo que ha visto [...] no puede ver más a causa de sus propias tinieblas. [...] Su corto alcance la ciega, se pierde en tu inmensidad.”[xi]

Seguimos con el capítulo XXII en el que Anselmo de Canterbury retoma lo dicho anteriormente, que Dios es, es lo que es y es el que es, siempre igual, que se identifica con todas las perfecciones sin dejar de ser el bien único y sumo. Tú solo eres lo qué eres y el que eres [...] Tú existes verdadera y simplemente porque no tienes pasado ni futuro, sino únicamente un presente, y no se puede suponer un momento en que no existas.”[xii]

Acaba San Anselmo con una oración o aclamación a Dios en el capítulo XXVI, dando gracias a Dios por la verdad revelada y por las promesas de Jesucristo. Para Anselmo de Aosta, el alma, y más específicamente su alma, no puede abarcar esa plenitud de gozo que excede todas sus posibilidades, que no puede ser comprendida, pero se gratifica en ese gozo infinito, plenitud de amor y de conocimiento que Dios le concede. San Anselmo no puede conseguir todo el conocimiento, amor y gozo en este mundo, pero pide a Dios recibirlo algún día, después de una vida que no sea más que un anhelo permanente y total de ello.

Se ve claramente una concepción teocéntrica de el hombre, donde Dios abarca todo el pensamiento y es la fuente de todo bien, toda felicidad y todo lo creado. Así el hombre sólo debe seguir buscando a Dios para que ese se le revele y le muestre la felicidad y el gozo inmenso y eterno. El fin del hombre es entonces tanto la contemplación de Dios como la unión con Él. Y esto únicamente lo puede hacer Dios, el hombre no lo puede lograr con sus fuerzas. Y por lo tanto, se nota en este escrito que el ser por excelencia es Dios y es el creador de todos los seres, es uno y es mayor a todo lo demás, perfecto en todos sentidos. Sin embargo, no habla en este artículo ni de la sociedad ni de la política, ya que es un planteamiento sobre la existencia de Dios y como se puede comprobar por medio de la razón.

BIBLIOFRAFÍA

Alamena, J., Obras completas de San Anselmo I: Monologio ..., BAC, Madrid, 1952 cit.pos. Fernández, Clemente, Los Filósofos Medievales II, BAC, Madrid, 1979

DICCIONARIO DE LA LENGUA ESPAÑOLA - Vigésima segunda edición, en http://buscon.rae.es/draeI/, Real Academia Española, 2001



[ii] Fernández, Op. Cit., pág. 66

[iii] idem, pág. 67

[iv] DICCIONARIO DE LA LENGUA ESPAÑOLA - Vigésima segunda edición, “alocución”, en http://buscon.rae.es/draeI/, Real Academia Española, 2001

[v] Fernández, Op. Cit., pág. 67

[vi] Idem, pág. 69

[vii] Idem, pág. 72

[viii] Idem, pág. 73

[ix] Idem, pág. 74

[x] Idem, pág. 75

[xi] Idem, pág. 77

[xii] Idem, pág. 78

jueves, 20 de enero de 2011

San Anselmo: Elementos Ontológicos I

La obra del Monologio de San Anselmo de Aosta, también llamado de Canterbury por haber sido arzobispo allí de 1093 hasta su muerte en 1109 es junto con Prosologio las obras principales de este santo, según Hansjürgen Verweyen. Este autor comenta que la prueba ontológica de la existencia de Dios que el santo presenta por primera vez en Prosologio, es uno de los argumentos más discutidos de la historia, y que los argumentos de la existencia de Dios plasmados en Monologio, son una suma muy completa de la teología, hasta ese momento.[i] “Anselmo nació el 1033 en Aosta del Piamonte. Entró en el monasterio de Bec, en Normandía, y llegó a ser el prior en el 1063, y abad en el 1078. La mayor parte de sus obras son el resultado de las discusiones que dirigía en el monasterio.”[ii]

En el Monologio, San Anselmo, comienza por explicar en un prólogo la intención de su obra, habiendo sido escrita para sus hermanos y no para la divulgación, como ocurrió ya desde su tiempo. También en éste razona sobre la validez de sus argumentos, atribuyéndolos en su mayoría a San Agustín y los demás a los padres griegos, haciendo esto para cubrirse de la persecución por parte de algún contrincante o de ser acusado de hereje por la Iglesia, como puede verse en el siguiente pasaje: “no he hallado en él [Monologio] nada que no se ajuste rigurosamente a los escritos de los Santos Padres, y principalmente a San Agustín [...] [para] que no me trate en seguida como innovador o apóstol de la mentira.”[iii]

Y así, después del breve prólogo, Anselmo de Aosta comienza con varios argumentos, que él cree que podrán convencer incluso a un no creyente. Empieza con la búsqueda del hombre de lo bueno o de lo que juzga bondadoso. De ahí que, Dios es el que provee o del que procede esta bondad como necesariamente existe un Ser del que ésta se desprenda y ese Ser es por deducción Dios, cosa que deja entre líneas. “¿Quién puede dudar que aquello por lo cual todo es bueno no sea un gran bien?”[iv] Y de aquí desprende su siguiente argumento sobre la grandeza de ese Ser. Siendo que engloba toda la bondad es por lo tanto soberanamente grande, que no solo quiere decir inmenso, sino más bueno, digno y sabio.

Su siguiente argumento parte de las causas, similar a la causa incausada de Aristóteles y retomada por San Agustín, demostrando una causa única y que solamente ella existe por sí misma. También demuestra que las demás cosas son menores a ésta, debido a que no puede ser producto una causa menor de algo mayor a ella misma. Así siendo la causa de todo, la causa creadora u originaria, mayor a todo, debe ser también perfecta y, por lo tanto, esa causa es Dios, aunque esto no lo expresa directamente.

Después, sigue considerando la nobleza de las cosas y al ver que hay cosas más nobles que las otras, discurre que debe haber una cosa que sea la más noble, y ésta debe de ser de una naturaleza única y superior a todas: “Existe, pues, una sola naturaleza, substancia o esencia, que es buena y grande por sí misma, que saca su existencia de su propio seno, y de la cual emanan verdaderamente la bondad, la grandeza, la existencia, que por consiguiente es la soberana bondad y grandeza, el ser y la substancia por excelencia; en una palabra, el principio superior a todo”[v] Por lo tanto, dice que esta naturaleza, pertenece a sí misma y lo demás también es de ella.

Continúa exponiendo su posición sobre la nada, o sea dice que: la nada, o no existe por que debe ser algo, o no puede crear algo, por que algo no puede salir de la nada.

Su último argumento sobre lo que es esa naturaleza, que claramente se identifica con Dios, es negativo, o sea, qué no es, diciendo que no es algo que pueda expresarse con palabras. Esta substancia o esencia no es relativa a nada, incluso como suprema, ya que va mucho más allá de cualquier relación que le querramos atribuir, y siempre estará por encima de lo mejor siendo positiva en todos los aspectos. “No se puede, por tanto, decir jamás que la esencia suprema sea uno de esos seres por encima de los cuales hay algo que no son ellos [...] Por lo cual, es necesario que sea viva, sabia, omnipotente, verdadera, justa feliz, eterna”[vi]

Las cosas, según Anselmo de Canterbury, son mejores u ocupan un lugar jerárquico mayor en cuanto se asemejan más entonces al Verbo, que es la “verdad de la esencia”, y de éstas por el árbol de Porfirio, el hombre es la que más se parece ya que tiene todo lo positivo, que es mejor que lo negativo (v.g.: animado v.s. inanimado, sensible v.s. insensible, racional v.s. irracional) y por lo tanto, aunque no se le puede comparar, el hombre es la creatura hecha a su imagen y semejanza, y por lo tanto la más perfecta de toda la creación.

Acaba San Anselmo viendo la relación de el hombre, ser racional, con Dios, suprema esencia. Primero hablando de la ciencia del hombre que no llega a conocer a Dios y que es por lo tanto una verdad revelada. Que Dios, siendo la sabiduría y la verdad, nos transmite o infunde parte de su esencia para poder conocerlo. Es entonces por el alma que Dios se nos revela, "puede, por tanto, considerarse al alma como un espejo creado para sí mismo, en el que debe ver, por decirlo así, la imagen del ser que no puede ver cara a cara."[vii]

Esta creatura racional, con alma, está creada para amar al creador, la esencia suprema, y así logra vivir verdadera y felizmente por la eternidad. Esto debido a que el Creador, siendo amado y siendo toda bondad, no puede aniquilar al ser amado. Y de la misma manera, aquél que ama a su Creador, no puede vivir infeliz, ya que está amando al ser que es omnipotente y es bondad pura.

Los argumentos de Anselmo de Aosta, aunque muy claros y bien formulados, pueden sufrir varias críticas, como que ya sabe a que conclusiones debe de llegar y a esto adecua sus argumentos. Y sin embargo San Anselmo busca la verdad y esa verdad es para él Dios. Y sus argumentos, más que para tratar de convencer a un incrédulo, cosa que pueden lograr, son más bien para darnos una forma de conocer a Dios, de relacionarnos mejor con Él.

BIBLIOGRAFÍA

Abbagnano, Nicolas, Historia de la Filosofía, Vol I, 4ta ed., Barcelona, Ed. Hora, 1994

Alamena, J., Obras completas de San Anselmo I: Monologio ..., BAC, Madrid, 1952 cit.pos. Fernandez, Clemente, Los Filosofos Medievales II, BAC, Madrid, 1979

Verweyen, Hansjürgen, El «Monologion» de Anselmo. Lineas Fundamentales de un Sistema de Filosofía Transcendental, Universidad de Navarra, Navarra, Via google.



[i] Cfr. Verweyen, Op. Cit., pág. 107-126

[ii] Abbagnano, Op.Cit., pp. 328-329

[iii] Fernández, Op. Cit., pág. 46

[iv] Idem, pág. 49

[v] Idem, pág. 52

[vi] Idem, pág. 58

[vii] Idem, pág. 63