Pietro Pomponazzi fue uno de los traductores del aristotelismo durante el siglo XVII, lo que lo llevó a ser el representante más famoso de esta corriente filosófica en su época, en especial tratando de la polémica de la inmortalidad del alma humana.
Pomponazzi afirma que el hombre consta de dos naturalezas, por lo que se apoya en Aristóteles y sus argumentos para confirmar que estas naturalezas son las que llevan a la inmortalidad al alma. El hombre no es de naturaleza simple debido a que consta de tres: la vegetativa, la sensitiva y la intelectiva; figuras que llevan al alma a considerarla de “doble naturaleza”. Partiendo de estas aserciones surge una incógnita, si cada uno tiene su propia alma mortal y su propia alma inmortal, entonces ¿es una misma la esencia del alma como mortal e inmortal?
Como una primera solución que propone es considerar la parte intelectiva que se distingue de la sensitiva, sin embargo estos aspectos se identifican, puesto que la parte sensitiva muestra el lado mortal como la intelectiva el lado inmortal de la trascendencia refiriéndose al alma. Pomponazzi para especificar el lado intelectivo del alma considera las siguientes ideas:
“Hay unos seres que existen completamente separados de la materia; por consiguiente, esos seres, en su conocimiento, no necesitan del cuerpo ni son conocidos por el cuerpo, pues son moventes, no movidos, ésos son las sustancias separadas que llamamos intelectos o inteligencias”[1]
Estos caracteres mencionados muestran una inmaterialidad, elemento que puede considerarse también como la parte espiritual; no obstante en la escala de los seres cognoscitivos y en sus operaciones, éstas pasan a ser las últimas, debido a que estos conocimientos son recibidos por un órgano, por tanto, pasan a ser considerados como cosas corpóreas que se identifican como facultades sensitivas. Para argumentar mejor esta postura Pomponazzi habla sobre Aristóteles, quien dice que “todo ser cognoscitivo es acto del cuerpo físico orgánico”[2]. En otras palabras, las inteligencias y el querer no necesitan al cuerpo, puesto que no son almas; ahora bien, el hombre tiene un alma intermedia porque cuenta con la facultad de la inteligencia y sin embargo no está desligada del todo del cuerpo:
“La diferencia entre la inteligencia y el entendimiento humano está en el depender del órgano: el entendimiento humano recibe y es perfeccionado por el objeto corporal, ya que es movido por él; en cambio, la inteligencia no recibe nada del cuerpo celeste, sino que tan sólo le da algo” [3]
Si el alma consta de lo intelectivo como lo sensitivo por consiguiente también es inmaterial como material. Según Aristóteles el alma es intermedia por estar inmersa en la materia como objeto, pero también coincide con las inteligencias lo que la difiere de los animales; en efecto, dicha relación del alma mortal se encuentra por estar conectada a los sentidos, no puede estar desligado por completo de la materia y de la cuantidad. Por otro lado también tiene al entendimiento como voluntad en lo que se le compara con los seres divinos, así pues, para el alma el entendimiento no necesita del cuerpo orgánico, sin embargo sí para mover las inteligencias.
Los componentes por lo que se puede afirmar que el alma es inmortal, Pomponazzi los fundamenta en Aristóteles quien dice: “el alma es acto del cuerpo”[4] (el alma se manifiesta a través de sus acciones) lo que la hace ser corruptible y al mismo tiempo, el alma puede tener su existencia en el obrar del ser, por consiguiente, al participar de esta divinidad es el componente que la lleva a la trascendencia, es decir, a la inmortalidad.
Con las afirmaciones anteriores se puede determinar que el alma tiene un entendimiento universal a través de lo singular, al participar de lo inmortal como lo mortal llega a contener el carácter de forma, y de ser contenido como de la materia. Por conclusión, “el simple entendimiento del alma conoce de manera intuitiva todas las cosas: el racional entiende discursos desconociendo de una cosa a otra y temporalmente; esa servidumbre delata su imperfección y su materialidad: ésas son precisamente los condiciones de la materia.”[5]
Pomponazzi llega a una conclusión definitiva en esta cuestión: “cuanto la luz supera a lo luminoso, y a la verdad a lo verdadero, y cuanto más excelente es la causa infinita que el efecto finito, con tanta mayor eficacia prueba eso la inmortalidad del alma”[6] a la vez que se apoya con el pensamiento de Aristóteles quien dice: “la inmortalidad del alma es un artículo de fe”[7], lo que atestigua con tales expresiones es afirmar la inmortalidad que tenemos por Cristo, quien se hizo hombre y resucitó el tercer día, haciéndonos partícipes de esta divinidad con su entrega. Este tratado fue acabado por Pedro Pomponazzi el día 24 de septiembre de 1516.
Bibliografía:
Fernández, Clemente, Los filósofos del renacimiento,Pomponazzi Madrid, Editorial BAC, 1990, pp. 93-122.
[1] Fernández, Clemente, Los filósofos del renacimiento,Pomponazzi Madrid, Editorial BAC, 1990, p. 98
[2] Ibídem 99
[3]Ibídem 100
[4] Ibídem 107
[5] Ibídem 118
[6] Ibídem 119
[7] Ibídem 120