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lunes, 17 de junio de 2013

Sermones del Maestro Eckhart

Eckhart, Maestro

Dios y yo somos uno



Este es otro de los sermones del Maestro, y lo inicia hablando de los que  tendrán su recompensa junto a Dios, es decir de los justos. ¿Justos?, ¿quiénes son los justos?, como en cada sermón, el Maestro Eckhart antes de adentrarse en el tema, nos detallará qué se entiende en cada caso. Los justos, son los que le dan a cada quien lo que es suyo, no importando a quien, sea superior, semejante o inferior, eso no debe importar ni incidir para ser justos. Sin embargo, surge la duda, ¿qué podemos darle a Dios?, parece muy difícil saberlo pues no olvidemos que no se trata de ser mercaderes, que ofrecen trueques a Dios haciendo sacrificios a cambio de algo; entonces ¿qué se le puede dar a Dios en la vida eterna, que sea suyo y que provenga de nosotros? Esto parece más difícil aún, ya no es sólo cuestión de darle algo sin ser mercaderes; no obstante puede parecer aún más difícil de lo que ya parecía, porque incluye darle también a ángeles, santos y hasta a quienes están en el purgatorio. Parece que entramos en un laberinto que se complica cada vez que avanzamos, ¿cómo podríamos darles lo suyo a quienes no están en esta vida sino en la vida eterna? Y todo ello, sin dejar de favorecer a los que aún viven, como vivimos nosotros. La respuesta a todas estas preguntas es más sencilla de lo que pudimos creer, simplemente se trata de darles alegría mediante obras buenas, ello les causa gran felicidad y proviene de nosotros, de los justos. Los ángeles, los santos, los del purgatorio;

“aman a Dios sin medida y lo aman tan bien que les es más caro su honor que su bienaventuranza. Y no sólo los ángeles y los santos, sino incluso el mismo Dios siente una gran alegría, como si se tratara de su bienaventuranza y su ser, así como si su felicidad y su bienestar dependieran de todo ello.”[1]


Sin embargo, no son los únicos que son justos. También son justos aquellos que aceptan la voluntad de Dios, sea ésta la que sea; es común que los creyentes pidan que se haga la voluntad de Dios,  sin embargo pensando en su propia voluntad, por ello no les es fácil aceptar la voluntad de Dios, porque dentro de sí esperaban otra cosa. Eso no es ser justos, no están dispuestos a aceptar la voluntad de Dios, le ponen sus condiciones y catalogan si así era lo que les convenía; ser justos es cuando realmente aceptas la voluntad de Dios, sin pedir, sin reprochar, sin sentir nada por lo que él quiere para ti, por ejemplo, si quiere que sufras una desgracia de tal magnitud que creas que no puedes con ello, no deberás cuestionar, ni reprochar, ni hacer, ni decir, ni pensar nada, únicamente deberás aceptar que es la voluntad de Dios. No importa cuán delicado sea lo que nos toque vivir, siempre que sea la voluntad de Dios debemos recibirlo, los justos no tienen voluntad; “se mantienen tan firmes en la justicia y tan extraños a sí mismos que no les importan ni las penas del infierno, ni la alegría del reino de los cielos o cualquier otra cosa.”[2]

Ser justos va más allá de dar a cada quien lo suyo, es más que aceptar la voluntad de Dios, es semejante a lo que conocemos en filosofía como ataraxia, esa imperturbabilidad de sentimientos y emociones, porque advierte Eckhart que no es justo aquel que se siente feliz o preocupado, porque de estar feliz para ser justo debería estar siempre feliz, o de estar preocupado, debería estarlo siempre, más preciso aún, “si en un momento está alegre, debe estarlo siempre, pero si está más alegre unas veces que otras, en eso es injusto Quien ama la justicia se mantiene tan firme sobre ella que ama su ser; nada puede sacarlo de ahí y ya no se ocupa en nada más.”[3]




Retomando las palabras del Evangelio con las que dio inicio a este sermón, dice que los justos, de los cuales hemos explicado quienes son, vivirán junto a Dios. ¿Qué puede ser más grato para un creyente que una vida eterna junto a Dios?, absolutamente nada, esto es por lo que viven y creen, toda su fe está dirigida a tener una vida eterna junta a Nuestro Señor. Pero ¿a qué se refiere exactamente la frase cuando dice junto a Dios?, de primera instancia podríamos entender que se trata de estar con él, sin embargo es más alentador que eso, es ser semejante a Dios; no ser ni más ni menos que él. Vivir junto a Dios quiere decir en primer lugar que nuestra alma estará en la vida eterna y en segundo lugar que será igual a Nuestro Señor, un alma vacía, libre y virgen, no tiene ni imagen ni forma al igual que Dios, “no sólo ella está junto a él y él junto a ella, por igual, sino que él está en ella; y el Padre engendra a su Hijo en el alma de la misma manera en que él la engendra en la eternidad y no de otra manera.”[4] Nuestro Señor engendra a su hijo en cuanto a él, yo soy engendrado en cuanto a su hijo y si su hijo es engendrado en cuanto a él y yo en cuanto a su hijo, por lo tanto Dios me engendra en cuanto a él; Dios y yo somos uno.

Alguna vez escuché a un padre de x iglesia decir que Nuestro Señor es supremo y que para ser dignos de él deben hacer tal o cual cosa, supongo que eso cambia de acuerdo a las necesidades de cada religión, templo o hasta del padre; para el caso es igual; se pide a los creyentes ciertos sacrificios, es decir se les pide ser mercaderes para ser merecedores de la gracia de Dios, llegando a decir hasta ser uno de los elegidos de Dios como si se tratase de un certamen de belleza o algo por el estilo. El Maestro Eckhart, es muy puntual al respecto en los tres sermones que abordamos; nuestras almas son el templo donde Dios resplandece, son semejantes a él, tendrán una vida eterna y serán uno con Dios.





Bibliografía


Eckhart, Maestro., El fruto de la nada y otros escritos, [Edición y traducción de Amador Vega Esquerra] Madrid, Ediciones Siruela, 1998, 232p.




[1] Eckhart, Maestro., El fruto de la nada y otros escritos, [Edición y traducción de Amador Vega Esquerra] Madrid, Ediciones Siruela, 1998, pp. 51-52.
[2] Íbid, p. 52.
[3] Íbid, p. 53.
[4] Íbid, p. 54.

Sermones del Maestro Eckhart

Eckhart, Maestro

La virginidad del alma

Prosiguiendo con los sermones del Maestro Eckhart ahora abordaré lo que dice acerca de la virginidad del alma, anteriormente hablamos del templo vacío y de cómo el alma que es el templo, semejante a Dios debe estar vacía y libre; no obstante no será lo único que haga falta al alma.

Inicia el sermón con palabras que están en el Evangelio y dicen: “Nuestro Señor Jesucristo subió a una ciudadela y fue recibido por una virgen, que era mujer.”[1] Sin embargo para ser virgen es necesario no tener nada, estar vacío de todo y no se trata de que no habrá ningún tipo de conocimiento, si lo hay pero todo debe dejarse pasar, no puede apegarse a tal; hay que ser como cuando todavía no se era, soltando el pasado, el futuro; estar sólo en el presente (soltar a las palomas). No obstante debemos tener presente que Dios no es creado, es concebido y para poder concebir a Dios, a su hijo; el alma necesariamente tendría que ser mujer puesto que los hombres no pueden concebir, pueden en efecto ser vírgenes y libres pero no pueden concebir, por ello debe ser mujer la que conciba a su semejante, al Jesús virginal y “«Mujer» es la palabra más noble que puede atribuirse al alma y es mucho más noble que «virgen».”[2] Esto no era lo habitual en el medievo, sin embargo Eckhart enaltece a la mujer, la mujer no sólo como aparato de fecundidad y de servicio al hombre, sino como el alma misma, como semejante a Nuestro Señor.

Explica también de los “esposos [que] raramente dan más de un fruto al año”[3], entendiendo por esposos a lo que antes llamábamos mercaderes así como a los que ofrecen palomas, a aquellos que ayunan y hacen diversos sacrificios, como aquellos que están apegados a lo propio. Entiende por año precisamente a vivir en el presente, sin apegos a los sacrificios y acciones que los apartan de estar listos para la luz de Dios, no se puede tener ningún apego para poder ser libres; con plena confianza en Nuestro Señor.




“Una virgen que es mujer es libre y está desapegada de lo propio y siempre se halla tan cerca de Dios como de sí misma. Da muchos frutos, y son grandes, ni más ni menos que Dios mismo. Ese fruto y ese nacimiento proceden de una virgen que es mujer y da frutos todos los días, cien o mil veces, incontables veces, dando a luz y siendo fecunda desde el fondo más noble; mejor dicho: llega a ser fecunda coengendrando a partir del mismo fondo del que el Padre da nacimiento a su Verbo eterno.”[4]



Hemos visto cómo la semejanza que tenemos con Nuestro Señor depende de que estemos en un estado permanente de virginidad, con ello estaremos en la luz de Dios y no sufriremos, pues cualquier sufrimiento se nos haría poco comparado con lo que su luz nos ofrece, es según explica Eckhart una alegría indescriptible, tanto así que podríamos experimentar cualquier cosa, y se nos haría como él llama, nonada. Porque todo sufrimiento si lo sufrimos por Nuestro Señor entonces nosotros no lo padeceremos, en cambio, si lo asumimos y nos apegamos a ese sufrimiento es muy probable que no fuéramos capaces de soportarlo; es Dios quien nos quita con su luz todo el peso de nuestras angustias, es su luz la que nos permitirá a estar en él.



Nos queda por abordar lo que Eckhart entiende por ciudadela, vaya que será complicado darlo a entender pues según nos dice es una potencia, pero no como otras potencias, ésta es única, está por encima de todas; es en ella que Dios engendró a su hijo y nada ni nadie puede ver en su interior que es virgen y libre, ni siquiera Dios; pues nada externo puede entrar en ella, debe permanecer sin nada. Es en ella “en la que Dios brilla y arde con todo su reino y su delicia.”[5] 



Me llama la atención que el Maestro, jura que todo esto es verdad, me pregunto ¿cómo es que lo sabe?, ¿cómo puede asegurarlo?, realmente me intriga cuando los creyentes dan por hecho lo que nunca han vivido, y están tan seguros de ello como si hubieran estado ahí, como si fueran partícipes de ello. En este caso, Eckhart pone como prenda su alma, hasta qué punto pueden estar convencidos de ello que hasta dejan a un lado lo más preciado que puede tener un creyente, lo único que tenemos que puede ser semejante a Nuestro Señor. Todos en espera de poder ser aquella potencia, aquella alma virgen.




Bibliografía


Eckhart, Maestro., El fruto de la nada y otros escritos, [Edición y traducción de Amador Vega Esquerra] Madrid, Ediciones Siruela, 1998, 232p.




[1] Eckhart, Maestro., El fruto de la nada y otros escritos, [Edición y traducción de Amador Vega Esquerra] Madrid, Ediciones Siruela, 1998, p. 41.
[2] Íbid, p. 42.
[3] Ídem
[4] Íbid, p. 43.
[5] Íbid, p. 46.

domingo, 16 de junio de 2013

Sermones del Maestro Eckhart

Eckhart, Maestro

El templo vacío




Es difícil escribir acerca de teología cuando no se tiene ni los conocimientos básicos acerca del tema, sin embargo, leer a Eckhart ha sido grato pues me siento como niña en sesión de catecismo, es decir que al leer los sermones, no sólo empiezo a entender muchas cosas, sino que también toman sentido muchas de ellas. Debo aclarar que no he tenido ninguna formación religiosa, por lo tanto me ha sido un poco difícil entender algunos términos, sin embargo, la explicación que el autor hace me ha llevado de la mano, enseñándome una cosa a la vez en cada uno de sus sermones. Cada uno de ellos me da las bases para entender el que sigue;  en esta publicación expondré el sermón, el templo vacío.





Algunas veces escuché hablar de cuando Dios echó a los mercaderes del templo, sinceramente nunca entendí por qué o para qué, es ahora en El fruto de la nada, que Eckhart me lo hace entender. Explica que Dios necesita el templo vacío para resplandecer en él, porque en el templo no debe haber nadie más que él, ahora bien se expone que al decir templo nos estamos refiriendo en sí al alma que está hecha a semejanza de Dios, esto es que si el alma está vacía, entonces será semejante a Dios, en cambio estando invadido por mercaderes Dios no podrá resplandecer en ella; pero  ¿Quiénes son los mercaderes?,  son “a quienes les gustaría ser gente de bien y hacer buenas obras para agradar a Dios, como  ayunar, velar, rezar y cosas por el estilo; todo tipo de obras buenas, y las cumplen con el fin de que Nuestro Señor les dé algo a cambio o que Dios haga algo por ellos que sea de su agrado: todos ellos son mercaderes.”[1] Por ello se les llama mercaderes, tratan de negociar con Dios, es decir, yo te doy y tú me das; el hecho de que se ofrezcan ese tipo de cosas a Dios Eckhart lo ve como un trueque que con engaños hacen los creyentes para obtener algún provecho, esta es la provocación para que Dios los echara con tanto enojo; en cambio a otros sólo les dijo que se llevaran sus cosas de ahí. El hombre, que está unido a Dios; no necesita negociar, sólo actúa para agradar a Dios y no busca la manera de beneficiarse de ello, es libre, sólo así Dios puede obrar en él. Para que tu templo esté vacío es necesario que lo vacíes de toda mercancía, que no trates de guardar alguna, que lo que hagas lo hagas por amor a Dios y no por que necesites algo de él, Dios hará su voluntad sin necesidad de que le ofrezcas nada y debemos aceptarla, así tu templo se mantendrá vacío, se mantendrá sin nada, se mantendrá semejante a Dios.


            Pero hay otros que también están en el templo y Dios no los corre como a los mercaderes, se trata de los que ofrecen palomas, ellos a diferencia de los mercaderes, no ofrecen mercancías, no tratan de negociar con Dios, sin embargo si están apegados a lo suyo, no piensan sólo en Dios y eso no les permite estar completamente vacíos y libres, por eso les pide que quiten eso de ahí, para que el templo esté realmente vacío, sin apegos a lo suyo, sin un antes ni un después, simplemente el alma libre y vacía como lo es Nuestro Señor. "De esta manera las palomas se habrían marchado, es decir, los obstáculos y el apego por causa de las obras, que de otro modo son buenas, y en las que el hombre no busca lo suyo."[2]

Precisamente las costumbres que tienen los creyentes es exactamente lo que Eckhart nos plantea aquí como los mercaderes, y son justamente los sacerdotes quienes incitan a los creyentes a esta situación, son ellos los que enseñan que para que estemos bien con Dios, para que Dios tenga misericordia, para agradarle a Dios, entre otros, debemos hacer sacrificios para él, por ejemplo la penitencia que imponen los padres en una confesión , asume rezar un cierto número de padre nuestro, ave maría, credos o qué se yo; como si se tratara de una tabla de equivalencias, así si me robo un dulce de la tienda entonces corresponde a dos ave maría y puedo ir tranquila por la vida porque ya le ofrecí a Dios mis rezos, pero si el pecado es más grave, el número de oraciones y variedad de las mismas aumenta. Ahora bien, puede ser que esa tabla de equivalencias también nos facilite las horas que podemos estar rezando de acuerdo a la gravedad de nuestros pecados, es decir que si mi pecado es muy grave en lugar de rezar y rezar, puedo dar un cierto donativo a la iglesia (trátese de la que sea) para así quedar a mano en menor tiempo y esfuerzo, todo depende del poder adquisitivo del pecador. Pero si viendo las cosas así, es evidente el enojo, hasta el de Dios.







Bibliografía


Eckhart, Maestro., El fruto de la nada y otros escritos, [Edición y traducción de Amador Vega Esquerra] Madrid, Ediciones Siruela, 1998, 232p.








[1] Eckhart, Maestro., El fruto de la nada y otros escritos, [Edición y traducción de Amador Vega Esquerra] Madrid, Ediciones Siruela, 1998, p. 36.
[2] Íbid, p. 37.

lunes, 11 de febrero de 2013

Plotino, Enéada 1.2: Sobre las virtudes


Plotino se basa en los diálogos de Platón  (los dos grados de virtud) y en Porfirio (en su tratado de la división cuatripartita de la virtud), para presentarnos  en este tratado cómo llegar a la virtud, en ella nos dice que debemos de “asemejarnos a Dios por la virtud”.[1] Podríamos preguntarnos ¿Por qué a Dios? y  la respuesta sería que Es “quien  posee virtud”,[2] también porque hay dos formas de semejanza del alma a Dios: en la “Medida transcendente, y por las virtudes superiores, que, siendo purificaciones, la hacen semejante a Dios en pureza”.[3] Para poder llegar a este grado de pureza que me asemeja a Dios necesitamos de la purificación que “tiene por objeto desvincular afectivamente al alma, incluso a la inferior, de las cosas del cuerpo  evitando   toda  clase   de  faltas”.[4] De este modo podremos tener la recuperación de nuestro verdadero yo por la virtud.

Para comenzar el tratado partimos de  la necesidad que tiene el alma de huir de aquí y emprender un camino ascendente para alejarse de los males. “Los males residen acá y por necesidad andan rondando la región de aquí y puesto que el alma desea huir de los males, hay que huir de aquí”.[5] En esta huida busca avanzar en el camino a dios, pues necesita asemejarse a quien posee virtud.
El camino que marca Plotino para el alma consta de tres etapas, las cuales tiene que recorrer, para que de esa manera pueda alcanzar la virtud superior. Estas etapas son: el control de apetitos y pasiones del alma, la purificación y la contemplación.
En la primera etapa, el alma adquiere las virtudes cívicas, las cuales “nos hacen realmente ordenados y mejores porque ponen a raya los apetitos y les imponen medida, a las pasiones”,[6] por medio de éstas se comienza con la huida de aquí, pues  es necesario que el alma se separe del cuerpo, de modo que pueda encontrar el camino de la virtud, “el alma es mala cuando está amalgamada con el cuerpo y se ha hecho partícipe de sus pasiones y de sus opiniones en todo”.[7] Esta alma se hace buena y poseedora de virtud “sino comparte sus opiniones, sino que actúa a solas –esto es precisamente ser inteligente y sabio-, ni comparte sus pasiones –esto es precisamente ser morigerado[8]-, ni teme separarse del cuerpo –esto es, precisamente, ser valeroso- y si la razón y la inteligencia son las que mandan y las demás partes no oponen resistencia –y esto será la justicia-”.[9]
La segunda etapa que le sigue al alma es el de la purificación, la cual consiste simplemente en la separación de todo elemento ajeno al alma. “Si una cosa era buena antes del estado de impureza, bástale la purificación”,[10] con lo anterior se plantea que si el alma era buena antes de la pureza, después de ésta quedará el bien, en cambio, si no era buena no caería en el mal, sin embargo no permanecerá en el bien sólo que se junte con sus contrarios, “quizá la naturaleza que queda tampoco era el bien. De lo contario, no caería en el mal…, y así su bien propio consiste en juntarse con lo que le es afín, y su mal, en juntarse con sus contrarios”.[11] Alcanzar el estado de perfecta purificación del alma, se logra en el momento en que se da la separación afectiva del cuerpo, de modo que el alma puede separarse del cuerpo concentrándose en sí misma de manera que pueda vivir en la virtud.
La tercera y la última etapa del alma es la contemplación, “su virtud es el resultado de su conversión”,[12] que así mismo se alcanza por la iluminación, es decir, por la reminiscencia, la cual consiste en iluminar los inteligibles que había en el alma, aunque estén arrinconados y desiluminados. “Para que se iluminen y se percaten  entonces de que estaban dentro, debe dirigir su mirada a quien ilumina”.[13] Gracias a esta iluminación, el alma tiene una conversión hacia la inteligencia pues ésta no le es ajena, sobre todo cuando mira hacia ella, pero si no la ve estando presente le será ajena.
El proceso de purificación es la prueba para saber que tanto puede separarse nuestra alma del cuerpo, “esto equivale, sobre todo, a indagar de algún modo la ira, el apetitito y todo los demás hasta ver  qué punto es posible separarse del cuerpo”,[14]pues si logra mantenerse firme en esta separación, podrá ser pura y purificará su parte irracional, “aspirará a purificar aun la parte irracional de tal modo que ni siquiera reciba impacto; pero si lo recibe no sea violentamente, sino que los impactos en ella sean escasos y se desvanezcan”.[15]

Nuestro fin en el camino de virtud que seguimos, nos debe de conducir a ser dios, pues tenemos el espíritu que nos guía, de modo que no quedaremos librados de todas las pasiones existentes, sino que podremos rechazar estas pasiones, pues estamos dotados con lo necesario para no caer en los deseos, “si alguno de dichos actos aflora indeliberadamente, un hombre cual ése será a la vez dios y demon; será doble; mejor dicho, llevará a otro dotado de una virtud distinta”,[16] de manera que se abstenga de cuantas obras le plazcan a su amo.

El acto de la contemplación culmina con la inteligencia que es la iluminación de todas las virtudes que existen a modo de Modelos, para saber a “qué dios nos asemejamos y con cuál nos identificamos”,[17] pues la virtud no es nuestra, “la virtud es de alguien, mientras que cada Ser en sí es de sí mismo, y no de algún otro”.[18] De este modo podemos observar que la virtud se ejerce en la multiplicidad de actos que desarrollamos.

Por último el hombre debe de ser consciente de sus posesiones para sacar el mayor provecho en su vida, “el virtuoso será consciente de sus virtudes y del partido que ha de sacar de ellas”,[19] de modo que actué fácilmente, y pueda vivir no sólo la vida de un hombre de bien, ya que ésta es quedarse solamente en las virtudes cívicas, sino que deje ésta y opte por una superior, “Porque se trata de una asemejamiento a los dioses, no a hombres de bien”.[20] De este modo seremos una imagen de dios y podremos ser hombres virtuosos.

Bibliografía: Plotino, Enéadas I-II, (introducción general, traducción y notas de  Jesús Igal), Ed. Gredos, Madrid,  2002,



[1] Plotino, Enéadas I-II, Ed. Gredos, Madrid,  2002, Pág. 25
[2] Ibíd. Pág. 26
[3] Ibídem. Pág. 26
[4] Ibíd. Pág. 26
[5] Ibídem. Pág. 29
[6] Ibíd. Pág. 32
[7] Ibíd. Pág. 34
[8] Morigerar: Templar o moderar los excesos en los sentimientos y en las acciones.
[9] Plotino, Op. Cit. Pág. 34
[10] Ibídem.  Pág. 35
[11] Ibíd. Pág. 36
[12] Ibídem. Pág. 36
[13] Ibíd. Pág. 36
[14] Ibídem. Pág. 37
[15] Ibíd. Pág. 38
[16] Ibídem. Pág. 38
[17] Ibíd. Pág. 39
[18] Ibídem. Pág. 39
[19] Ibíd. Pág. 41
[20] Ibídem. Pág. 41

miércoles, 7 de marzo de 2012

Antoniana Margarita

El español Gómez Pereira nace en el año 1500, en Medina del Campo, y muere aproximadamente en 1558. Se dice que fue un hombre apasionado por la medicina y sobre todo de la filosofía, la cual, se encuentran varias obras escritas por él. Entre sus obras más famosas se hallan los textos de Paraphrasis in tertium librum Aristotelis de anima, De immortalitate animorum y Antoniana Margarita; titulada a sí para dar homenaje a sus padres. En dicha obra trata de explicar que los animales no tienen alma, ni racional, ni alma sensitiva; por tal motivo, los animales sólo imitan lo que otros seres hacen.
Consecuentemente, en el transcurso de su obra quiere especificar la diferencia que hay entre el hombre y el animal, también manifestará la causa de los movimientos de los animales y cómo se mueven. Así pues, Gómez Pereira pone en primer lugar la definición del “hombre animal racional, animal se pone como género, y racional, como diferencia.”[1] Con ello se puede afirmar con verdad que el hombre se distingue de los demás animales en la racionalidad.
Es importante señalar que la razón es la facultad del alma capaz de distinguir, de relacionar, y sobre todo de ejercer poder e imperio sobre los animales. Sin embargo hay algunos teólogos que creen que los animales usan la razón, por ello no hay diferencia con los hombres. En efecto, Gómez Pereira alterca indicando que si los animales fuesen iguales al hombre en el sentir, serían también muy semejantes a nosotros en el razonar y en conocer los universales. Con todo ello da muestras de cómo se concibe a un animal usando la razón:
“Si los animales ejerciesen los actos de los sentidos externos como los hombres, el perro y el caballo concebirían mentalmente, al ver a sus amos, lo que el hombre al ver a su Señor; y así como el hombre, al ver a su señor, afirma que éste es su señor, así también el perro o el caballo concebirán los mismo.”[2]
Ciertamente la cita es poco entendible, pues lo que se quería plantear es que el animal es diferente al hombre en cuanto a los actos de los sentidos como en la posibilidad de razonar. De hecho, el entendimiento no comprende que el animal conozca algo, de tal manera que no sepa si existe o no existe, ni dónde está.
Conforme al entendimiento se dice que tiene dos clases de operación, según Aristóteles. “Una, es de la aprehensión de las cosas entendidas al margen de toda composición, y así, con esa operación el entendimiento no conoce que esas cosas existen o no existen.”[3] La otra clase de operación es aquella por la cual el entendimiento compone los objetos indivisibles entendidos.
Es imprescindible aclarar que el entendimiento sólo puede conocer lo universal, es por ello, que la inteligencia no permite que los sentidos de los hombres puedan conocer lo universal y mucho menos por el de los animales. A pesar de ello, hay algunos autores que comentan que los animales son iguales al hombre en el ámbito de sentir y por ende tienen el don de entender lo universal. Además dicen que las almas de los animales son indivisibles, como la del hombre. Conforme al pensamiento ya expresado, Gómez Pereira responde que vendría a ser lo mismo si se habla de hombre y de animal, pues son de la misma especie. Con ello da a entender que es completamente falso e impío que un animal entienda, conozca lo universal y sobre todo que su alma sea indivisible. Para argumentar que el animal no tiene alma indivisible, Gómez Pereira pone una prueba diciendo:
“Si el animal conoce, por ejemplo, a su madre, y afirma mentalmente que es buena para con él, con el conocimiento que está como en sujeto de inhesión en la facultad cognoscitiva, la cual es material y orgánica, una mitad de ese conocimiento estará en una determinada parte cognoscitiva y la otra mitad en otra, pues el conocimiento de esas cosas no puede ser indivisibles.”[4]
Otro aspecto que concierne a los animales es el del movimiento, esto quiere decir, que los animales son movidos por las cosas presentes y de antemano, por lo que produce su especie. O sea, los animales se mueven por instinto natural, lo cual, hace que se apoye en dos principios. El primero es que hay tres clases de seres que se mueven, ellos son: los que se mueven de una manera natural, otros son los que se mueven voluntariamente; como los hombres. El último movimiento es lo que hay de intermedio entre las dos anteriores. Como segundo principio se cree que todos los nervios tienen su punto de partida en el cerebro, por medio de los cuales se realizan todas las sensaciones.
En fin, los animales son diferentes a los hombres pues no tienen las mismas cualidades, características o dones que se le ha dado al hombre. Por ello se deduce que no es posible igualar a un animal con un hombre, ya que los dos gozan de cualidades propias que no pueden tener otros seres, o sea, el animal no puede tener las mismas facultades que el hombre pues sería igual hablar de hombre y animal. Así pues, en el texto de Antoniana Margarita se vislumbra las propiedades del animal y del hombre; realizando la comparación que existe entre ambos seres. Una de las comparaciones es que los animales no sienten y por ende no tienen el don de entender lo universal, además no gozan de una alma indivisible como el hombre.
 

Bibliografía:
Fernández, Clemente, Los filósofos del Renacimiento, Ed. BAC, Madrid, 1990, pp. 233-253.

[1] Fernández, Clemente, Los filósofos del Renacimiento, Ed. BAC, Madrid, 1990, pág.235
[2] Fernández, Clemente, Los filósofos del Renacimiento, Ed. BAC, Madrid, 1990, pág.236
[3] Fernández, Clemente, Los filósofos del Renacimiento, Ed. BAC, Madrid, 1990, pág.240
[4] Fernández, Clemente, Los filósofos del Renacimiento, Ed. BAC, Madrid, 1990, pág.246

martes, 6 de marzo de 2012

Sobre el alma y la mente.

image Luis Vives fue un filósofo español nacido en Valencia en el año 1492 de una familia de judíos conversos. Estudió en las universidades de Valencia y París. En 1512 se estableció en Flandes, Bélgica, donde se convirtió en profesor dentro de la Universidad Católica de Lovaina.

Vives escribe en la lengua madre, el latín, y dentro de sus obras principales está una llamada Sobre el alma y la vida (De anima et vita). En esta obra Vives nos dice que ningún conocimiento es más excelente, que el que tiene por objeto al alma, ya que ella es la “fuente y origen de todos nuestros bienes y males, no hay cosa más útil que el que la conozcamos bien; así purificada la fuente, dimanarán de ella puros los arroyos de todas las acciones.”[1] Quien no se conozca a sí mismo, no podrá gobernar su propio espíritu, por lo cual, es importante conocer el artífice, para saber qué podemos esperar de él y qué cosas sabe hacer y soportar. La mayor sabiduría consiste en conocerse a sí mismo, no limitándose únicamente al cuerpo (huesos, carne, sangre, etc.), aunque de todos modos no hay que descuidarlo, la sabiduría consiste en estudiar el alma, lo cual es difícil, ya que no hay ninguna cosa más recóndita, ni más oscura e ignorada por todos, también es lo más arduo de expresar y decretar en términos.

Los antiguos al tratar de estudiar el alma, llegaron a cuestiones casi imposibles de explicar y en el caso de que éstas fueran explicadas, no reportaban ningún fruto, además de que también determinaron cosas enredosas y absurdas. En cambio Vives en su obra, intenta exponer con mayor extensión su opinión, ajustándose a la “verdad, la cual es una y única en la naturaleza y sobre ella, no dos.”[2]

En el estudio del alma, Vives dice que tres son las facultades de ésta: la memoria, el recuerdo y la reminiscencia.

La memoria es la facultad del alma por la cual se conservan en la mente las cosas que han sido conocidas por un sentido interno o externo. Su actividad está dirigida hacia el interior. Esta tiene también dos facultades, que son: aprehender y retener. Los jóvenes tienen más memoria que los viejos, por lo cual se puede afirmar que lo primero que ataca a la memoria es la edad, pero en los viejos, la carencia de memoria, es compensada por una gran prudencia. Cada persona tiene una memoria diferente, no todos recuerdan lo mismo con facilidad, hay quienes les es más fácil el recordad palabras, a otros las cosas, ya sean curiosas, comunes, antiguas, propias, etc. La atención refuerza en demasía a la memoria, al igual que “el buen régimen de vida como: la alimentación, la bebida, el ejercicio, el descanso y el sueño.”[3] La memoria si no se ejercita, dice Vives, se debilita, y se hace más lenta y perezosa en el ocio y la inacción.

El recuerdo se produce mediante una simple mirada del espíritu en la memoria, y no es algo común en los animales.

La reminiscencia es la que se produce por ciertos grados y pasando de las cosas que tenemos presentes en la mente, a aquellas que se han ido escapando, al igual que el recuerdo ésta, es propia y exclusiva del hombre.

La mente humana para Vives, es una manifestación del alma, es decir, ambas son inseparables, “la mente humana es un espíritu en virtud del cual vive el cuerpo con el cual está unido, apto para el conocimiento de Dios gracias al amor, y, por lo mismo, apto para unirse con El para la felicidad eterna.”[4] La mente humana desciende de lo más alto a lo más bajo, que es el cuerpo.

Los grados de ascensión de la mente humana son: De la materia de lo sentidos, de éstos a la imaginación y a la fantasía, de ésta a la razón, después a la contemplación y, por último, al amor.

“Los sentidos internos no captan los seres espirituales. Por lo tanto, la mente que los capta, los conoce y los comprende es espíritu como esas naturalezas mismas, y la que entiende su inmortalidad es también inmortal.”[5] Así pues, la mente es de Dios, procede de Dios, y es inmortal, ya que no hay nada en la naturaleza que sea capaz de aniquilarla, sólo Dios lo puede hacer, pero no es creíble que Dios cree por sí mismo lo que después va a destruir.

Lo animales cumplen aquí en la tierra, con todas sus funciones y facultades, aquí viven y mueren, en cambio el hombre, al que se le ha dado la mente, tiene efectivamente otro nacimiento en otra vida, en la cual pueda cumplir las funciones de la mente.

En conclusión, me parecen muy acertados los argumentos de Luis Vives sobre la mente, ya que creó que en realidad ésta participa del alma, es inmortal y pertenece a Dios. La mente tiene la capacidad de trascender a realidades no físicas, y es capaz de comprender más allá de lo que se encuentra en este mundo. Concuerdo con Vives al decir que la mente al ser un don de Dios, al ser una gracia operante, es necesario, por parte del hombre una respuesta para que ésta se eleve y perfeccione, es decir, implica necesariamente una gracia cooperante, una respuesta, un compromiso por parte del ser humano.

Bibliografía.

Fernández, Clemente, Los filósofos del renacimiento, Madrid, Editorial BAC, 1990, pp. 629.


[1] Fernández, Clemente, Los filósofos del renacimiento, Madrid, Editorial BAC, 1990, p. 210.

[2] Ibidem, p. 211.

[3] Ibidem, p. 214.

[4] Ibidem, p. 219.

[5] Ibidem, p. 222.

miércoles, 8 de febrero de 2012

San Agustín: Las confesiones, libro XI


Los siguientes párrafos presentan el libro XI de la obra de san Agustín: Las confesiones. Y antes de relatar el contenido de la obra misma, considero importante resaltar el comentario que hace el editor a este libro:
“(…) ahora dejamos la persona singular de Agustín y su peripecia, para alzarnos a un motivo universal (…) Cambia el motivo no el propósito, arranca de una mirada al Génesis (…) al intentar comprender la idea misma de la creación, surge el horizonte del tiempo frente a la eternidad divina. Pero ¿qué es en sí mismo el tiempo? Todo el misterio del hombre y su historia, pasan por la realidad y la comprensión del tiempo…”[1]
Es decir, el libro XI de Las confesiones, tiene una nota particular: Agustín deja de lado el relato de su vida para hacer una confesión acerca de la necesidad que tiene de conocer a Dios, a su creación, etc.
Así, los tres primeros capítulos del libro, se enfocan en la justificación de san Agustín sobre el tema del libro, ésta se podría sintetizar en la alabanza al Creador y el deseo de conocerle:
“Apiádate, Señor, de mí y escucha mi deseo. Considero que no es de algo terreno (…) Ve, Padre, mira y ve y apruébalo, y sea grato en presencia de tu misericordia que yo halle gracia ante ti, para que las intimidades secretas de tus palabras se abran para mí que llamo a la puerta (…) Oiga yo y comprenda cómo al principio hiciste el cielo y la tierra…”[2]
En los capítulos posteriores, Agustín, hace un análisis de la creación, declarando en primer lugar “la creaturalidad de todas las cosas”, es decir que todo lo que es, es porque fue hecho y la evidencia consiste en su constante cambio y lo que son es por participación en el Creador; posteriormente se cuestiona sobre ¿cómo fue la producción del mundo?, sin duda, no como el hombre que hace partiendo de lo ya creado, de lo que ya es, sino más bien “tú dijiste y todo fue hecho, y con tu palabra lo hiciste”.[3]  Pero entonces surge la pregunta “¿cómo lo dijiste?”[4], dejando de manifiesto que la creación se produce a partir de un querer y una palabra omnipotente absoluta.
Pasa entonces a la asimilación del Verbo, como Palabra creadora:
“Dios junto a ti… Verbo que se dice eternamente (pues si cambiara, no sería Dios) y con el que todas las cosas eternamente se dicen. Y no termina lo que decía para decir otra cosa, de modo que todas ellas puedan ser dichas, sino que simultánea y eternamente se dicen. De lo contrario habría ya tiempo y mutación, y no ya verdadera eternidad ni verdadera inmortalidad. Por consiguiente nada de tu Verbo cesa y sucede porque es verdad inmortal y eterno y es con Él que se hace todo cuanto dices que se haga”[5]
Y tras hacer una breve explicación de cómo el Verbo creador es también maestro interior, entre otras cosas, mantiene que hay una diferencia entre eternidad permanente y tiempo inestable, llegando a la conclusión de que el tiempo para hacerse largo necesita de muchos movimientos, mientras que en lo eterno nada pasa sino que todo está presente. De hecho, nadie puede decir que el Dios pasó mucho tiempo antes de la creación porque “el tiempo mismo Tú mismo lo habías hecho, y no pudieron pasar tiempos algunos antes de que Tú crearas los tiempos”.[6] “¿Qué es pues el tiempo?, ¿son tres realmente los tiempos?”[7] La respuesta a estas preguntas las desarrolla, de manera dialéctica, infiriendo que el tiempo sólo puede referirse en el alma, porque el pretérito por serlo queda en el pasado y por lo tanto ya no es, el futuro no es sino que va a ser, y si sólo existiera el presente, entonces no sería presente sino eternidad. “Se dirá entonces con más propiedad: los tiempos son tres: presente de las cosas pretéritas, presente de las cosas presentes y presente de las cosas futuras”.[8] Realidades que sólo pueden ser concebidas por el alma a través de la memoria, la mirada o la atención, y la expectación.
          A pesar de todo, queda aún sin responder la pregunta de ¿qué es el tiempo? En otro capítulo, Agustín, expondrá que el tiempo tampoco es el movimiento del cuerpo, aunque con él se mida, porque si el cuerpo dejara de moverse el tiempo seguiría siendo. Al final Agustín llega a la conclusión de que el tiempo es distensión del alma, es decir una dilatación o despliegue de la misma, en otras palabras es el alma misma. Esto porque cuando se mide algo, se mide en la memoria, de otra forma no se podría medir; y puesto que la memoria es facultad del alma, es en el alma donde se miden los tiempos. Concluyo pues con las palabras del editor: “el alma mide los tiempos y los tiempos revelan al alma”.[9]


Bibliografía


San Agustín, Las confesiones, libro XI, editorial TECNOS, España, 2009.


[1] San Agustín, Las confesiones, editorial TECNOS, España, 2009, p. 457.
[2] Íbidpp. 460-461.
[3] Íbid. p. 463.
[4] Íbidp. 464.
[5] Íbid. p. 466.
[6] Íbid. p. 470.
[7] Cuestión que se desarrolla a lo largo de los capítulos XIV-XIX, pp. 472-475.
[8] Íbid. p. 478.
[9] Íbid. p. 492.