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jueves, 10 de enero de 2013

Lucio Apuleyo – El asno de oro – Libro XI


En el capítulo primero del libro XI, Lucio Apuleyo aparece aún como asno en uno de los varios sueños que contará en este último libro. Narra cómo se encuentra con la Luna, a la cual considera una “diosa soberana”. Dice que todas las cosas que respectan a la humanidad están regidas por su providencia y que la cantidad de cuerpos que existen, están a razón de si su tamaño aumenta o disminuye.
Comienza entonces con una serie de súplicas y de ruegos hacia la diosa, elogiándola de diversas maneras: haciendo referencia a sus obras y enunciando sus cualidades. De esta manera le pide encarecidamente que le quite la apariencia de asno y le devuelva la forma de hombre: “[…] basten ya así mismo los peligros, y quita esta cara maldita y terrible de asno, y tórname a mi Lucio y a la presencia y vista de los míos […]”.[1]

Después de la oración de Lucio, se presenta la diosa ante él y le hace una contestación a sus peticiones, no sin antes presentarse a ella misma así: “[…] madre y natura de todas las cosas, señora de todos los elementos, principio y generación de los siglos, la mayor de los dioses y diosas del cielo […]”[2]; y ella misma hace referencia a una serie de nombres con los que le conocen distintas comunidades y naciones, pero su verdadero nombre es la reina Isis. Cabe mencionar que se presenta de una manera muy personal y cercana, explicándole a Lucio lo que respecta a su religión y a la fiesta que hacen en su honor. Dicho esto le encomienda una misión con la que, una vez cumplida, podrá transformarse de nuevo en hombre; la misión consistía en caminar en la procesión que se realizaba en su fiesta, que besara la mano de uno de los sacerdotes y que comiera de las rosas que él portaba y de esta manera volverse hombre de nuevo.

En el segundo capítulo se narra la procesión que se hacía a la diosa Isis. Se hace referencia a las personas que participaban en dicha procesión y cuál era su comportamiento dentro de ella. Los hombres iban disfrazados de diferentes personajes, mientras que las mujeres hacían actos de gracia y de armonía. Había también algunos otros que tocaban instrumentos, encendían sus velas o cantaban a los dioses. Dentro de las personas que participaban en la procesión estaban los principales sacerdotes, los cuales iban portando sus vestiduras blancas. Lucio va pasando entonces entre todos ellos y cuenta las distintas cosas que ellos traen en sus manos. Uno de estos sacerdotes traía cargando la figura en oro de su diosa soberana y una corona de rosas de las cuales podía comer Lucio. Una vez que hubo llegado hasta él, como ya estaba advertido en un sueño también de la intención de la diosa para con Lucio, con notable amabilidad dio de comer las rosas al asno.

Entonces la diosa cumplió su promesa y al cabo de una hora, el asno se transformó de nuevo en un hombre. Lleno de asombro aquél sacerdote que le había dado a comer las rosas,  como agradecimiento a la gran diosa, le invitó a unirse a la religión que ellos profesaban diciéndole: “[…] y porque seas más seguro y mejor guardado, da tu nombre a esta santa milicia y religión, a la cual en otro tiempo no fueras rogado ni llamado como ahora; así que, oblígate ahora al servicio de nuestra religión, y por tu voluntad toma el yugo de este ministerio, porque cuando comenzares a servir a esta diosa, entonces tú sentirás mucho más el fruto de tu libertad.”[3] Por estas palabras, el favor que la diosa le había concedido y debido a la solemnidad y celebraciones de aquella religión, Lucio no puede dejar de pensar seriamente en formar parte de ella. Aquí termina el capítulo número dos.

El capítulo tercero comienza diciendo cómo la fama de Lucio crece estrepitosamente debido al favor y la gracia que había recibido por parte de la diosa. Junto con ello, tiene la posibilidad de retornar a su lugar de origen y de ver a los suyos que lo creían muerto. Crece en él entonces el deseo de poder formar parte de la religión de la diosa Isis y comienza a servirle en lo que puede, cuestionándose acerca de todo lo que implicaba formar parte de la religión, pues sabía que se requería de “gran abstinencia y castidad”.

Se describe entonces un segundo sueño en el que se le revela que un sumo sacerdote le entregará una bolsa llena de ciertas cosas que le enviaban de Tesalia y se despierta preguntándose qué significaba aquel sueño. Tiene grandes deseos de poder ingresar en la religión, de recibir el hábito y de recibir el orden para poder “intervenir en los secretos sacrificios”; incluso pide explícitamente a los sacerdotes que puedan ordenarlo cuanto antes, pues grande y profundo era su deseo, el cual lo llevaba a hacer grandes sacrificios y servicios. Los sacerdotes le explican que el orden sólo lo pueden recibir aquellos que han sido elegidos por la voluntad de la diosa, advirtiendo el peligro para los que quieran recibirlo sin haber sido llamados.

Para poder recibir el orden, Lucio debía de seguir los mandamientos y las normas que la diosa y su religión le pedían; entre las cosas que él tenía que cumplir, describe así algunas: “[…] me había de abstener, guardar y apartar de todos los manjares y actos profanos y seglares, por donde más derechamente pudiese llegar a los secretos purísimos de esta sagrada religión.”[4]
Tiene por entonces otro sueño, en el cual se le anuncia que podrá recibir el orden por parte del principal sacerdote, el cual tenía por nombre Mitra, y a quien también se le reveló la posibilidad de la ordenación. Dado esto, Mitra instruye a Lucio en los secretos de la religión, lo prepara para su profesión y lo hace ayunar de carne y vino por diez días.
Se narra en la instancia final, en el cuarto capítulo, cómo Lucio lleno de vestiduras recibe la estola olímpica y celebra la fiesta de su profesión, su entrada oficial a la religión. Las fiestas se celebraron con gran alegría y de forma muy solemne. Después Lucio tiene la posibilidad de retornar a su casa, pero antes hace otra oración a la diosa, para agradecerle por todos los beneficios recibidos. Canta su grandeza y hace alusión a que es toda poderosa y es omni-presente, al terminar la oración hace una especie de promesa: “[…] pero en lo que solamente puede hacer un religioso, aunque pobre, me esforzaré que todos los días de mi vida contemplaré tu divina cara y santísima deidad, guardándola y adorándola dentro del secreto de mi corazón.”[5]

Cuando Lucio estaba ya en casa de sus padres, un sueño de la diosa volvió a interrumpir su descanso. Se le vuelve a invitar a recibir otra vez la profesión y la consagración pero ahora en una nueva religión, en la del dios Osiris, “gran dios y soberano de todos los dioses”. Sin embargo, no puede entrar de inmediato a esta religión, ya que su pobreza le impedía cumplir lo que era necesario para ingresar en ella. Se despoja de algunas alhajas y ropas y gana algo de dinero, y con lo que obtenía también por su oficio de abogar causas en lengua romana, se le admite entonces en la nueva religión. Debido a que ya había hecho su profesión y su ordenación un par de veces, Lucio comenzaba a dudar si realmente lo hacía bien y ponía en tela de juicio también su propia fe.

Entonces se le aparece una persona en otro sueño y le asegura que debe de alegrarse por lo que se le pide y se le ofrece, ya que a pocos se les concede tal don, debe sentirse bienaventurado, pues de lo que va a recibir son autores los dioses y son ellos quienes lo mandan.
Así que más convencido, realizó de nuevo su entrada y su profesión, cumpliendo con éxito lo que para ella se requería. Por último se le aparece también en sueños el dios Osiris, quien lo invita y persuade para formar parte del colegio de los sacerdotes para que “[…] tomase cargo de patrocinar y ayudar en las causas y pleitos de los que poco pueden […]”[6]; y haciendo esto, Lucio concluye afirmando “[…] me ejercitaba y servía en mis oficios y cargos, perseverando en ellos con mucho placer y alegría.”[7]



Bibliografía: Apuleyo, Lucio. La metamorfosis o El asno de oro, [trad. Diego López de Cortegana] Madrid: 1948. (Versión en PDF)



[1]  Lucio Apuleyo, La metamorfosis o El asno de oro,  trad. Diego López de Cortegana (Madrid, 1948), 186.
[2]  Apuleyo, El asno de oro, 187.
[3]  Apuleyo, El asno de oro, 193.
[4]  Apuleyo, El asno de oro, 197.
[5]  Apuleyo, El asno de oro, 200.
[6]  Apuleyo, El asno de oro, 203.
[7]  Apuleyo, El asno de oro, 203.

Apuleyo, “Metamorfosis”, X libro.



Esta obra nos relata una historia, que nos envuelve y  transporta a la idea del autor. El libro décimo nos hace estar atentos a lo que va aconteciendo en la historia, a través de relatos que son muy interesantes.
 En la primera parte del libro nos cuenta que un caballero lleva al asno a residir en una ciudad, en la cual sucedió un acontecimiento: una mala mujer, por amor y pasión, le pide a su hijastro  tener relaciones sexuales para satisfacer su deseo, la madrasta se expresa de la siguiente manera: “tus ojos, que entraron por los míos a lo íntimo de mis entrañas, mueven un cruel entendimiento en mi corazón, por lo cual te ruego que hagas mancilla de quien por tu causa, y no te espante que pecas contra tu padre… te ruego, porque lo que nadie sabe no se puede decir que es hecho”.[1]
En general este relato se expresa de la siguiente manera: La madrastra ardía en fiebres por desear a su hijastro, pero ella temía que lo rechazara. La mujer hizo que su marido se ausentara de casa y exigió la satisfacción de su deseo a su hijastro, pero se dio cuenta de que sus tentativas eran nulas, por tanto se propuso matarle. Envió a su esclavo por un veneno y lo mezcló en su vino, que por error  bebió el hijo menor. La malvada madrastra acusó del envenenamiento a su hijastro porque él no había accedido a sus provocaciones. En el juicio, el médico que preparó el veneno advirtió que sospechando de las intenciones del esclavo, no le dio veneno sino una droga somnífera. Ciertamente el joven envenenado despertó, por lo que la madrastra fue desterrada y el esclavo asesinado.
La madrasta, va en búsqueda de su satisfacción personal tanto que se enamora de su hijastro,  y le pide tener relaciones más íntimas. Pero ésta encendió en ira por la no correspondencia del hijastro, que la hace idear la muerte del mismo. Su ira se acaba cuando sus planes de envenenamiento resultan frustrados, siendo ella expulsada y su esclavo condenado a muerte.   
Después nos habla de cómo el asno fue vendido a un cocinero y un panadero. Aquel caballero que me había comprado, sin que nadie me vendiese, y me hizo suyo sin que por mí diese precio alguno… vendiome a dos siervos hermanos, sus vecinos, por once dineros”[2], y que  un día comieron buenos manjares, un caballero tomó al asno y lo encargó a uno de sus criados, quien le enseñó técnicas “… a mí diome a otro su criado muy privado suyo y rico… primeramente me enseñó a estar a la mesa sobre el codo; después también me enseñó a luchar y a saltar, alzadas las manos, y porque fuese cosa maravillosa, me enseñó a responder a las palabras por señales”.[3]
Posteriormente el asno relata el estado de su señor, y cómo vino a la ciudad de Corinto, tuvo contacto con una mujer que por aquella noche alquiló al asno para tener relaciones con él y lo expresa con estas palabras : “ella se deleitó y maravilló tanto, que poco a poco se enamoró maravillosamente de mí, y no tomando medicina ni remedio alguno para su loco amor y deseo, ardientemente deseaba estar conmigo y ser otra Pasifae de asno, como fue la otra del toro… ella concertó con aquel que me tenía a cargo que la dejase una noche conmigo y que le daría gran precio por ello”.[4]  
La noticia de que un asno tuviera tan refinado gusto y paladar llegó a oídos del príncipe. Desde entonces, Lucio fue la máxima atracción, mientras que se saturaba de manjares y vino. Una rica dama vio las circunstancias del asno y se las arregló para satisfacer  el apetito sexual que le había despertado el animal. Tal acontecimiento zoofílico se presentaría en público, lo que superó el orgullo de Lucio.
Lo que interesa de este relato es que la mujer al igual que en la  narración en la primer parte buscan una manera de satisfacerse  y de saciar el deseo que los acecha, tal vez con el fin de ser felices, o de un capricho pasajero pero en esta ocasión con un animal.
En el último capítulo,  cuenta la solemne fiesta que se celebraba en Corinto,  y cómo estando listo el teatro, el asno, que iba a participar en el acto sexual frente al público, huyó sin que nadie se diera cuenta. Esto fue por lo que huyó: “la vergüenza que tenía de echarme públicamente con una mujer, y también haber de juntarme con una hembra tan sucia y malvada… así, que poco a poco comencé a retraer los pies furtivamente, y cuando llegué a la puerta de la ciudad, que estaba cerca de allí, eché a correr cuanto pude muy apresuradamente, y andadas seis millas, en breve espacio llegué a Zencreas”.[5]
En conclusión, tomando las mismas palabras del libro, “has de saber que no lees fabulas de cosas bajas, sino tragedias de alto y grandes hechos y que has de subir de comedias a tragedias”. [6] De cierta manera sí lo es, los textos son historias de hechos y acontecimientos que relatan, desastre, y desesperación, que son consecuencias de deseos vanos surgidos por personas que no encuentra la satisfacción en lo que tienen.



Bibliografía:
Lucio Apuleyo, La metamorfosis o el asno de oro, [traducido por Diego López de Cartagena], Madrid, Ed. Espasa Calpe, 1949 (versión en pdf).


[1] Lucio Apuleyo, La metamorfosis o el asno de oro, [traducido por Diego López de Cartagena], Madrid, Ed. Espasa Calpe, 1949 (versión en pdf). Pág. 156
[2] Ibíd. Pág. 171
[3] Lucio, op. cit.  Pág.173
[4] Ibíd. Pág. 175
[5] Ibíd. Pág. 184
[6] Lucio, op. cit.  Pág. 164

Apuleyo “El asno de oro” Libro IX


 
“En este noveno libro cuenta la astucia del asno cómo escapó de la muerte; de donde se siguió otro mayor peligro, que creyeron que rabiaba y con el agua que bebió vieron que estaba sano. Cuenta asimismo de una mujer que engañaba a su marido, porque su enamorado, diciendo que quería comprar un tonel viejo, burló al marido. Ítem el engaño de las suertes que traían aquellos sacerdotes de la diosa Siria y cómo fueron tomados con el hurto; y de cómo fue vendido a un tahonero, donde cuenta de la maldad de su mujer y de otras; y después fue vendido a un hortelano; y de la desdicha que vino a toda la gente de casa; y cómo un caballero lo tomó al hortelano; y el hortelano lo tomó por fuerza al caballero y se escondió con el asno, donde después fue hallado”.[1]
 
El libro noveno plantea seis capítulos donde se narran diversas historias, en las cuales se presenta a Lucio asno como el testigo de varios sucesos inesperados, que se convierten en experiencias que entretejen la historia que se viene desarrollando, y que desde mi opinión, quieren ser para los lectores experiencias  - algunas de ellas degradantes- de la vida ordinaria, subrayando en el elemento de la maldad, lo que de misterio hay en cada acción que afecta a los valores fundamentales del hombre, y cómo vistos desde un punto de vista humorístico, pretenden transmitir un mensaje que invita a optar por lo ético, a la sana convivencia en sociedad, que aluden directamente a la conciencia moral de las personas, como si se tratara de un tipo de prevención. De cualquier modo son fábulas que contienen una moraleja clara, e indican situaciones reales en la vida de los seres humanos, con la intención de orientarlos hacia el bien.
 
Por un lado se tocan temas de índole negativa o dolorosa como son la venganza, la violencia, el enojo, la ira, la astucia utilizada para la conveniencia personal, la mentira, la soberbia, la avaricia, el abuso de poder y el suicidio, aunque también se habla de la generosidad de compartir (a la que corresponde una remuneración de parte del otro) lo poco o mucho que se tenga con los demás, aprender a confiar en las personas, y de buscar en la verdad, un recinto donde descansen los sufrimientos cotidianos de la vida.
En el primer capítulo, Lucio asno trata de escapar del carnicero, sin embargo tras su primer intento por huir de la muerte que le asechaba, viene un peligro aún mayor y es que reciben la siguiente noticia:
un perro rabioso con gran ímpetu y ardiente furor y había embrujado todos los perros de casa; y después había entrado en el establo y mordió con aquella rabia a muchos caballos de los que allí estaban, y aun que tampoco dejó a los hombres, porque él mordió a Mitilo, acemilero, y a Epestión, cocinero, y también aquel Hipatalio, camarero, y a Apolonio, físico, y a otros muchos de casa que lo querían echar fuera; en manera que muchas de las bestias de casa estaban mordidas de aquellos rabiosos bocados, lo cual asombró a todos…”[2]
 
Por tanto pensaron que también Lucio asno estaría contagiado de esa rabia, entonces esperaban su muerte: “Este mezquino de asno creemos que está fatigado con su furor y rabia, y aun lo que más cierto puede ser: creciendo la ponzoña de su rabia estará ya muerto”. [3] La historia culmina con la intervención de alguno (no se menciona cuál es su nombre) que aparece en escena y comparte un argumento que salva a Lucio asno del peligro de la muerte:
 
“…y uno de aquéllos, que parece que fue enviado del cielo para mi defensor, mostró a los otros un tal argumento para conocimiento de mi sanidad, diciendo que me pusiesen para beber una caldera de agua fresca, y si yo sin temor y como acostumbraba llegase al agua y bebiese de buena voluntad, supiesen que yo estaba sano y libre de toda enfermedad, y, por el contrario, si vista el agua hubiese miedo y no la quisiese tocar, tuviesen por muy cierto que aquella rabia mortal duraba y perseveraba en mí, y que esto tal se solía guardar, según se cuenta en los libros antiguos”.[4]
 
Lucio asno se da cuenta de esto y cuando le ofrecen el agua clara en una gran paila, pronto se pone a tomar el agua, lo cual le salva la vida. Lo cierto, es que la vida de Lucio fue salvada gracias a la ignorancia patente de sus perseguidores, quienes creyeron en tan burda creencia, y además se dejaron vencer por el miedo de los accidentes anteriormente ocurridos con sus compañeros.
 
                        La segunda historia que se narra trata sobre una mujer que, al irse su esposo al trabajo y dejarla en casa sola, aprovecha la oportunidad para verse con su enamorado (que vendría siendo como el concubino o amante): “Un día, de mañana, como su marido se fuese a la plaza donde lo alquilaban para trabajar, vino el enamorado de su mujer y lanzose en casa; como ellos estuviesen a su placer”.[5] Cuando los adúlteros gozaban del placer carnal, su esposo regresó a casa a poco tiempo de haberse retirado, ya que  enseguida hace un movimiento apresurado por ocultar al enamorado, para evitar ser sorprendidos en el acto por su esposo: “…entonces la mujer, que era maliciosa y astuta para tales sobresaltos, abrazando y halagando a su enamorado, hízolo meter en un tonel viejo que estaba a un rincón de casa, medio roto y vacío”.[6] Al poner trabas la mujer, con la intención de alejar de casa a su marido y poder sacar al otro hombre del tonel viejo para salir librados de tan pícara aventura, el buen marido es previsor y en un primer momento no cede a las palabras engañosas de su mujer, pues este esposo es humilde y fiel, incrédulo de que su esposa estuviese en un acto de tan vergonzosa índole con dicho hombre, luego se traga de un bocado el artificio final: la esposa engaña a su marido diciéndole que un hombre ha querido comprar el tonel por un precio más alto (utilizando la astucia para no dar sospechas), y que eso tendrá más provecho para su miserable vida. Luego el esposo, entabla un breve diálogo con el concubino quien, haciéndose pasar por un comprador del mismo tonel le responde cínicamente haciendo como si nada hubiese pasado.
        Finalmente la historia nos cuenta la grande burla de los adúlteros para con el inocente marido: “Entonces salió del tonel, y tomando sus siete dineros, el mezquino del marido cargó el tonel a cuestas y llevolo hasta casa del adúltero.”[7]
Como podemos ver, las personas podemos usar la astucia y la mentira para encubrir ciertas situaciones. Lo más preocupante sería entonces, que dichas acciones no tengan ninguna repercusión dentro de nuestra conciencia, donde se descarte o relativice el elemento de la bondad y la verdad.
 
BIBLIOGRAFÍA:
Apuleyo Lucio, La metamorfosis o el asno de oro. Traducción de Diego López de Cartagena (1500), Madrid 1989. (Documento en pdf)
 
 
 


[1] Lucio Apuleyo, La metamorfosis o El asno de oro, trad.  Diego López de Cartagena (1500), Madrid 1989. (documento en pdf)
 
[2] Lucio Op. Cit. Pág. 141
[3] Ibíd. Pág.  142
[4] Ibíd. Pág.142
[5] Op. Cit. Pág.143
[6] Ibíd. Pág.142
[7] Ibíd. Pág.144

El asno de oro VIII: la magia y los cultos mistéricos. Lucio Apuleyo.



Una etapa muy importante para el estudio de la filosofía es la Edad Media. Si bien se caracterizó esencialmente por la influencia del cristianismo y por la importancia del Ser supremo más que del hombre en sí, es interesante comprender que su proceso tuvo bastantes factores que favorecieron esta cultura pero que también tomaban otros rubros distintos e incluso opuestos.
                Dentro de este contexto es como surgen algunas filosofías paganas (entendiéndolas fuera del cristianismo), y tienen raíces aún más antiguas que esta religión. Se caracteriza principalmente por tener un pensamiento que transita entre la teología y la filosofía desarrollada por los neoplatónicos, y en general tuvieron tendencias hacia la magia, con una diversidad de ritos y celebraciones típicos de las culturas antiguas, como es el caso de los grupos órficos, los mitreos, los adoradores de Isis y Cibeles, entre muchos otros.
                Uno de los exponentes de esta corriente es Apuleyo, que adquiere mayor importancia por ser de los pocos que describen un culto mistérico (es decir que ofrece la salvación después de esta vida, pero tienen que cumplirse con una iniciación). Como parte de sus escritos, es de admirar la forma en que relata la historia de “El asno de oro”, que consiste en que un hombre llamado Lucio se conviere en un asno debido a un ungüento mágico, al cual le ocurren distintas aventuras, pasando de un amo a otro y enfrentándose a fatigas y peligros inimaginables.
                En el libro octavo un servidor relata la historia de una querella amorosa a sus compañeros: Carites es una hermosa doncella que es pretendida por un joven apuesto llamado Trasilo, pero que es rechazado por lujurioso y malviviente. Entonces, ella decide casarse con otro hombre, a quien ama, llamado Lepolemo y con él comienza una vida feliz. Pero Trasilo se deja dominar por sus deseos y  urde un plan para matar al esposo y tener relaciones con Carites. Se hace amigo de la pareja por medio de fingimientos y ve la ocasión en un día de caza. En el monte, ante la aparición de un puerco montés, incita a Lepolemo a ir por él, pero dejando que ataque primero al marido, el animal le hiere ferozmente y el traidor, con lanza en mano, le mata con su arma. Pronto llegan los criados y fingiendo dolor les da la noticia de la aparente muerte. Al saberlo Carites casi se vuelve loca y pretende morir de hambre; aún en este trance, el lujurioso personaje le menciona sus deseos de casarse, pero ella se niega. En sueños, teniendo presente a su amado, a quien “había hecho a su semejanza al dios Baco”[1] y adoraba como dios, Lepolemo le revela la verdad para que se vengue.
                Al final la historia tiene un desenlace trágico pues Carites engaña a Trasilo, lo introduce en un letargo por medio de sustancias y le revela un deseo más terrible que cualquier tormento: “Yo haré que tú sientas ser más bienaventurada la muerte de tu enemigo que la vida que tú hubieres, porque, cierto, tú no verás lumbre y habrás menester quien te guíe”.[2] Y después de tal sentencia le deja ciego picándole con alfileres los ojos. Ella corre por una espada y después de hablar de este hecho se suicida en la tumba de su amado. Trasilo, ahora ciego, se entera y, desesperado por tanto mal que ha causado, decide enterrarse vivo en una tumba y morir de hambre.
                Después de enterrarles, los servidores huyen con las riquezas de este matrimonio infeliz. Empujados por el miedo, huyen y se alejan cuanto pueden y, a pesar de la advertencia de algunos aldeanos, caminan en un lugar lleno de lobos a media noche. No fue ese su mayor peligro sino que, creyendo que había ladrones (que en realidad sí eran), los vecinos con sus mastines les atacan y dejan medio muertos. Es hasta que la mujer de uno de los pastores resulta herida y su esposo reclama irónicamente: “¡Justicia, Dios! ¿Y por qué matáis los tristes caminantes…? ¿Qué robo es este? ¿Qué daño os habemos hecho?”.[3] Ante el aparente perdón de los vecinos ellos prosiguen malheridos, con su conciencia a cuestas más que otra cosa y aún el que no recibió golpe alguno es castigado porque, más delante, es comido por un dragón con fisonomía de pastor. Lucio, el asno, relata que huyen y llegan a otra aldea. A continuación, la historia prosigue con varias narraciones, como la muerte de un esposo infiel comido por las hormigas en una higuera, o la venta de Lucio, burlas hacia él y arreglo con un echacuervo.
                Con lo anterior tenemos para decir que es una buena historia y entrevemos algunos rasgos de los cultos mistéricos en los escritos de Apuleyo. Pero lo más interesante viene con la siguiente historia: Al ser vendido el pobre asno al echacuervo, es destinado para adoración de la diosa Siria. Sus supuestos adoradores son mozos, pero con unos comportamientos y tendencias bastante afeminadas, con intenciones lujuriosas respecto a otros hombres. El pobre Lucio en forma de asno tendría que contentarse con lo dicho por uno de ellos y resignarse: “Plegue a Dios que vivas y contentes a tu señor y ayudes a mis lomos cansados y vacíos”.[4]
                Como parte de sus ritos de adoración, al siguiente día salieron por las calles de tal localidad “vestidos de varios colores, cada uno con su traje, afeitados con afeites sucios, ojos alcoholados”.[5] Y puesta la diosa en el lomo del asno comenzaron; al llegar a la casa de un tal Britino, con cuchillos en mano, empezaron a cortarse en los brazos y saltaban incitados por el sonido de la trompeta, retorciéndose. Uno de los más alterados comenzó a decir que lo hacía por remisión de sus culpas, y empezó a flagelarse. Poco a poco fueron ganando dineros que les daban como limosna, y así, de pueblo en pueblo se pasaban  engañando a la gente y robándoles de manera “formal”, hasta el punto de pedir un borrego entero como sacrificio a la diosa.
                La aventura termina cuando, al término de los rituales, se reúnen en una casa y toman consigo a un mozo para hacer de él lo que  querían sexualmente, pero el asno Lucio, sin otra cosa que pudiera hacer más que rebuznar, logra atraer la atención de la gente y ellos quedaron in fraganti en su acto desmoralizante. A la media noche huyeron y quisieron castigar al animal, lo apalearon pero le perdonaron la vida.
                Por último, al llegar con otro adorador que les recibió generosamente, el pobre asno vive otra situación de muerte: un cocinero pierde una pierna de ciervo que iba a preparar, y casi se suicida cuando su mujer le reconvino para que en vez de llegar a esas instancias mejor matara a la bestia y preparara una de sus piernas para dar la apariencia del ciervo.
                En resumidas cuentas, el pensamiento que desarrolla Apuleyo desde estos relatos tan fáciles de comprender deja entrever las realidades místicas y mágicas que tenían algunos pensadores, sobre todo los neoplatónicos. Tal vez muchas de estas costumbres se parecieran a las de la diosa Siria, que relata este capítulo, en las que verdaderamente se engaña a la gente por medio de danzas y actos cruentos que fácilmente atraen la atención y compasión de quien observa; en otras palabras, estos echacuervos se dedicaban a robar y a vivir del placer sexual. No faltaban algunos que creyeran todo a pies juntillas.

Bibliografía:
Apuleyo, Lucio. La metamorfosis o el asno de oro. Traducción de Diego López de Cartagena (1500). Ed. Calpe. Madrid, 1989. (Versión en PDF)
Video referente
http://www.youtube.com/watch?v=HdYjnl5VQl0



[1] Apuleyo, Lucio. La metamorfosis o el asno de oro. Novela. Colección universal. Traducción de Diego López de Cartagena. Madrid, 1989 Libro 8, cap 1, p. 126 (versión en PDF)
[2] Ibídem Cap 1, p. 129
[3] Ibíd. Cap 2, p. 132
[4] Ibídem Cap 3, p. 137
[5] Ibíd Cap 4, p. 137

Apuleyo: La Metamorfosis o el asno de oro, (Libro VII)


Apuleyo: La Metamorfosis o el asno de oro,
(Libro VII)

     En el comienzo del texto, habla un ladrón de la compañía de la ciudad de Hipata, contando lo que oyó en la casa de Milón a la cual habían robado. Decía que en cuanto al plan resultó así como lo solicitaron. Que después de robar todo lo de aquella casa, regresando a la estancia, se mezcló entre la gente del pueblo haciéndoles creer su molestia por aquel acto. Al estar ahí escuchaba la manera en que todos se ponían de acuerdo para encontrar a los ladrones y darles su castigo, por lo que se esmeró en probarles con hechos concretos y verdaderos que un tal Lucio, hacía poco tiempo, había sido huésped en la casa de Milón por ser amigo íntimo entre sus familiares, y después de fingir un romance con una de las criadas, en ese momento espió muy bien las cerraduras de las puertas y ubicó el lugar en el que tenía su patrimonio. Para desgracia de ellos robó sus pertenencias por la noche y huyó en su caballo blanco dejando a uno de sus mozos. Este fue encontrado y echado a la cárcel por saber las maldades de su amo al cual por justicia quebrantaron y desmembraron como castigo por no querer confesar la verdad.
 “Lo cual, oyendo Apuleyo, que estaba hecho asno, gemía entre sí, quejándose amargamente que era tenido por culpado no siéndolo, y por traidor siendo bueno, y que no podía defender su causa”. (Apuleyo, Diego López de Cortegana, pág. 105).
     Al escuchar todo lo que se decía de él, lloraba dentro de sus entrañas y decía que realmente no se hacía justicia a los hombres, ya que la persona mala era recibida en el pueblo como un héroe, mientras que el bueno siempre pasaba como el peor de todos. Así se lamentaba:
“Así que yo, a quien su cruel ímpetu trajo y reformó en una bestia de cuatro pies, de la más vil suerte de todas las bestias, de la cual desdicha justamente habría mancillada y se dolería quienquiera de aquel a quien hubiese acontecido, aunque fuese muy mal hombre, sobre todo era ahora acusado de crimen de ladrón contra mi huésped muy amado, que tanta honra me hizo en su casa, el cual crimen, no solamente quienquiera podría nombrar latrocinio, pero más justamente se llamaría parricidio”. (Apuleyo, Diego López de Cortegana, pág.106).
     A pesar de querer negar todas las acusaciones no pudo decir una palabra. En cuanto a la doncella antes mencionada, había sido sentenciada a muerte por el romance tenido con Lucio. Sin duda esto para él era algo difícil y se quejaba de su desgracia. Por lo que toca a la persona que lo culpaba y acusaba de dichas situaciones, se fue a los caminos y con mucho dinero convenció a los que constantemente robaban en esos lugares de que ya no lo hicieran, y les pedía que se unieran a ellos para restituir el número de los que estaban en su compañía y con ello conseguir el temor de todos. Éstos no dudaron en unirse por el simple hecho de la pobreza por la que pasaban (aceptaron la propuesta por recibir dinero a cambio).
Después de juntarse y platicar llegaron a la conclusión de nombrar a un líder que los dirigiera. Salió uno entonces en busca de un hombre ya probado en las armas. Después de unos momentos volvió con él: era de aspecto grueso, fornido y bastante alto, y estaba mal vestido, con barbas muy largas. Al llegar los saluda y cuenta su procedencia, así como el nombre de su padre. Decía que era un ladrón famoso con el nombre de Hemo de Tracia al cual todas las provincias temían. Su padre se llamaba Terón, otro famoso ladrón, y anteriormente se había involucrado en muchas guerras, siendo el jefe de muchos hombres, además de estar por un tiempo al servicio en el palacio del emperador César. Les contó también que en uno de sus robos fue donde ocurrió una de sus desgracias: Estando en Macedonia, entraron a la casa de un caballero que anteriormente trabajaba para el emperador, y al estar en el cuarto de su esposa, ésta se dio cuenta, y con gritos y llanto llamó a sus escuderos y criados. Aún con éstos lograron escapar. Después como venganza la dueña pidió al emperador y mandó matar a todos los de su compañía. Cuenta que en ese día logró escapar de la boca del infierno, ya que se vistió de mujer y así no levantó sospecha entre los sirvientes del emperador.
“Entonces, hablando unos con otros, comenzaron a decir de la huida de la doncella y de cómo yo la llevaba a cuestas, y diciendo así mismo de la monstruosa y no oída muerte que para entrambos nos tenían aparejada”. (Apuleyo, Diego López de Cortegana, pág. 109).
     Se relata que  a los ladrones los quieren matar. Pero de entre ellos resulta que el nuevo ladrón llamado Hemo realmente se llamaba Lepolemo y los convence de dejarlos en libertad. Verdaderamente él era el esposo de la doncella y a base de su gran labor de convencimiento logra enviar a la doncella a un burdel de otra ciudad. Proponen entonces hacer un altar al dios Marte: unos salen a comprar vinos y comida, mientras que los demás encienden el fuego para el altar. Lepolemo se pone al servicio de los trabajadores preparando la comida y bebida de una manera cordial con lo cual los hace caer en su engaño. Además, daba de comer y beber a la doncella a escondidas y cuando  le daba un beso ella lo recibía con agrado.
     Lucio se molestaba bastante y reclamaba a la moza su falta de sinceridad. Le decía que rápidamente se había olvidado de él, además de provocarle mucho mal. Le reprochaba su inconsciencia ya que sin importar la burla de los demás ella sería capaz de hacerlo de nuevo. Consuelo para él era tener presente que todo era falso por lo que no se atrevería a hacerlo realmente.  
     Después de comer y beber, el traidor los embriaga bastante hasta el punto de no ser conscientes de lo que son para después encerrarlos y ponerlos en cadenas.
     A continuación, la doncella regresó a su ciudad y por derecho se juntó con Lepolemo. Entonces el asno fue nombrado como su guardador al salvarla de aquella situación. Además pidió a sus criados que fuera premiado de gran manera. Opinaban que lo mejor sería mandarlo al campo para que no le faltara alimento y que estuviera rodeado de yeguas a su placer con lo cual podría disfrutar de libertad.
     Por ello fue llevado muy lejos de ese lugar y lo único que recibió fue lo contrario: lo hacían trabajar mucho y constantemente era maltratado. Por fin se acordaron de la promesa hecha a la doncella y mandaron al asno al campo, en el que por un momento se sintió libre, y quiso escoger a las mejores yeguas para sí, solo que los garañones que también se encontraban cerca arremetieron contra él y como eran más grandes y fuertes no permitieron que se acercara más a dichas hembras. Tan mala era su suerte que además de todo este maltrato recibido de parte de los animales, fue después mandado a traer leña junto a un muchacho muy malo con carácter bastante agresivo, que siempre lo golpeaba y hería.
     Se cuenta que el asno tenía una inclinación muy particular hacia las personas ya que cuando los veía se lanzaba como enamorado. Así sucedió con una moza, a la que se arrojó con pasión, que de no ser por sus gritos y llanto habría muerto. Las personas que estaban cerca decidieron matar al asno rápidamente, y le encargaron de esta tarea al mozo que iba con él, quien se gozaba de cumplir la petición de las personas. Ya en la montaña a punto de matar al asno, el mozo se adelantó un poco a tomar leña, y de repente de una cueva salió una osa que provocó mucho miedo al asno, al grado de romper la soga a la que estaba atado  y huir. Fue encontrado éste por otro de los trabajadores que lo llevó nuevamente a casa por lo que el anterior mozo fue asesinado por la osa. Finaliza el capítulo con la venganza de la madre del mozo hacia el pobre asno que a base de golpes trataba de castigar al animal.


BIBLIOGRAFÍA
Apuleyo, Lucio. La metamorfosis o el asno de oro. Trad. Diego López de Cartagena (1500) Madrid, 1989. Libro 7 (versión en PDF)