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miércoles, 4 de enero de 2012

Filóstrato: Vida de Apolonio de Tiana, Libro II


Filóstrato fue un sofista griego que escribió la vida de varios filósofos y sofistas. Entre sus escritos encontramos la Vida de Apolonio deTiana. Y siendo que dicha obra la encontramos desarrollada en varios libros, baste anexar como introducción que el presente trabajo se ha realizado a partir del libro II, por tal motivo recomiendo al lector hacer lo propio con el trabajo correspondiente al libro I. Así nos percataremos de que en el libro II se continúa con el relato del viaje que Apolonio emprende, en compañía de Damis, con destino a la India.
Así pues, al salir (Apolonio y Damis) de las tierras de Babilonia pertenecientes al rey Vardenes con toda su comitiva dotada por el mismo, continúan su viaje atravesando los montes Cáucaso y Tauro. Ya de por sí “el monte constituye para los bárbaros un tema de leyendas, que también los griegos cantan sobre él: que Prometeo, por su amor a la humanidad, fue atado…”[1] y castigado después de robar el fuego de Zeus, para dárselo a los hombres. Lo que nos da a entender el aprecio que estos hombres tenían a los montes, es decir, lo que quería reflejar la leyenda, y en el texto queda en claro, es que el monte era la forma de acercarse a la divinidad. Por ello más adelante, mientras suben el monte, Apolonio pregunta: “¿puedes decir entonces, Damis, lo que has comprendido de lo divino al caminar cerca del cielo?”, vale la pena resaltar que Apolonio opina que no importa a qué altura física estés, sólo caminarás por lo alto en la medida que puedas “exponer opiniones más claras… sobre qué es la virtud y qué la justicia y la templanza…”, de otra forma seguirás caminando por abajo y no por lo alto.
Tras cruzar el monte se encuentran algunos nativos, que les regalan vino, carne y algunas plantas para comer; oportunidad para otra lección de Apolonio a Damis, en dónde le dice que no importa de lo que esté hecho el vino ni de qué animal sea la carne, siempre es mejor una vida ascética. Reanudan su marcha mientras siguen con su charla. Por ejemplo, de los elefantes, descubren que no hay que juzgar al jinete de valiente por montarlo, sino al elefante mismo porque por la obediencia de su naturaleza se deja guiar.
Mientras tanto cruzaron el rio Indo, y seguían filosofando, ya fuese acerca de las dimensiones del río, o al llegar a Taxila, acerca de su historia…
Ya estando en Taxila, surge otra reflexión sobre el valor de la pintura en donde, después de algunos argumentos, se llega a la conclusión de que en el arte de la imitación “es una la más perfecta, la pintura, que puede llevar a cabo representaciones con la mente y con la mano, y que la imitación de la imaginación es pues parte de aquella” por lo tanto “la capacidad de imitación le viene a los hombres de la naturaleza, pero la capacidad pictórica de la destreza”[2]. “Y mientras se empeñaban en este razonamiento, se les presentan de parte del rey Fraotes unos mensajeros y un intérprete: que el rey lo hacía sus huéspedes hasta tres días…”. Tras aceptar la propuesta de rey y dirigiéndose a su entrevista con el mismo, Apolonio se percata de la austeridad del palacio real, misma que sólo puede ser propia de un filósofo; su intuición es confirmada mientras charla con el rey, pues descubre que no sólo es austero en las cosas sino en lo que come (para el gusto de Apolonio sólo le faltaría dejar también el vino). Sobre si el rey es filósofo, Apolonio sacia esa inquietud preguntando dónde es que ha aprendido la filosofía, por lo que el rey le cuenta su historia, el resultado es que ambos se ganan estima. Sin embargo aún le queda mucho a Apolonio por enseñar y lo realiza de dos formas muy concretas: la primera le enseña la importancia de la austeridad también en el beber poniéndose él mismo como ejemplo: "los que beben lo que yo (agua) acogen el sueño con alma pura y ni se sienten aligerados por éxitos ni espantados por ninguna adversidad, pues es equilibrada para ambas cosas el alma sobria y no dominada por ninguna pasión”[3]; la segunda enseñanza es en referencia a un juicio sobre un tesoro encontrado en una tierra que se vendió y que ahora el vendedor reclamaba, ahí le da el consejo de: “sopesarlos como en una balanza y examinar la vida de ambos, pues me parece que los dioses al uno no lo habrían privado de su tierra si no fuera una mala persona, y al otro no le hubieran concedido a su vez lo de bajo tierra si no fuese mejor que el que la vendió”[4]. Al día siguiente parten Apolonio y Damis continuando su viaje, no sin antes recibir del rey una dotación nueva de camellos, ropas, oro y piedras preciosas.
Sin duda el relato de Filóstrato es anecdótico, pero nos da a conocer algunas concepciones propias de la filosofía de aquel tiempo, quizá en este caso un tanto inclinada al estoicismo.


Bibliografía


Filóstrato, Vida de Apolonio de Tiana, Libro II, Madrid, Gredos, 2002, Págs. 65-116


[1] Filóstrato, Vida de Apolonio de Tiana, Libro II, Madrid, Gredos, 2002, p. 70.
[2] Íbid. pp.93-94
[3] Íbid. p.109
[4] Íbidp.113

Filóstrato, Vida de Apolonio de Tiana, Libro I


El autor de este texto comienza haciendo alusión a algunos sabios griegos y de cómo éstos alcanzaron fama por aquellas obras que realizaron o las proezas de su misma vida, sin embargo, poco a poco, esa descripción se convierte en un ligero reproche, pues a Apolonio, a quien considera un gran sabio, no se le ha dado el mérito ni la consideración que debiera dársele, “los hombres no lo conocen aún por su verdadera sabiduría, que practicaba de manera filosófica y sana”[1]. Apolonio fue un sabio pitagórico. El autor pretende, pues, “dar una visión exacta de ese hombre en los momentos en los que dijo o hizo cada cosa y las particularidades de su sabiduría por las que acabó por ser considerado sobrenatural y divino”[2]. Para la redacción de su obra, el autor echa mano de una rica diversidad en fuentes bibliográficas: utilizó parte del relato de Damis, que acompañó a Apolonio en algunos de sus viajes; dispuso también del libro de Máximo de Egas, del testamento de Apolonio, y de los cuatro libros de Merágenes.

Apolonio nació en Tiana, ciudad griega en la región de capadocios. Se cuenta que cuando su madre se hallaba en cinta de él fue visitada por Proteo, el dios egipcio, quien le augura que él mismo nacerá de ella[3]. El pequeño Apolonio nace y pronto es reconocido por los lugareños como alguien con algún vínculo divino. Fue creciendo y desarrollando sus capacidades, mostrando una gran habilidad en el pensamiento y las palabras. A los catorce años de edad comienza ya a mostrar interés por la reflexión filosófica y viaja con su padre a Tarso. Posteriormente en Egas, puerto del mar de Cicilia abandona a su maestro anterior, y bajo la tutela de uno nuevo, autorizado por su padre, se dedica de manera más apropiada a la filosofía. “Allí se dedicaban con él a la filosofía platónicos, crisipianos[4], los del Perípato[5] y los de las doctrinas de Epicuro…pero fue a las pitagóricas a las que se aplicó con una indecible sabiduría”[6].

Su maestro fue Éuxeno de Heraclea quien no vivía muy coherente con la doctrina pitagórica que enseñaba, por lo que a los dieciséis años Apolonio “se elevó hacia la vida de Pitágoras”[7] y le abandonó. Repudió los alimentos animados, decidió ir descalzo, se dejó crecer la cabellera y se fue a vivir al templo. De su juventud en el templo muchas historias se cuentan, en las cuales devolvía la salud a los enfermos, era capaz de dialogar con los dioses y de saber la vida de las personas sin siquiera conocerlas. A los veinte años perdió a su padre y a su madre, posteriormente continuó sus estudios filosóficos y se preparó para una vida ascética. Poco a poco fue deshaciéndose de su fortuna y, al contrario de “Anaxágoras de Clazómenas que dejó sus bienes a los bueyes y carneros”[8], él fue regalando su fortuna a personas necesitadas o que tenían una mala vida, de esta manera se las ganaba y era capaz de guiarlas de nuevo a una vida virtuosa.

Posteriormente decidió guardar silencio durante cinco años, considerando que aún no había cayado lo necesario. Su silencio terminó cuando llegó a un lugar en el que había una hambruna ocasionada por algunas personas malvadas. Fungió como juez y resolvió el asunto con paz y tranquilidad. Visitó también Antioquía la Grande y llegó al santuario de Apolo Dafneo. Ahí en Antioquía llevó una vida errante corrigiendo y enseñando a los hombres una vida recta frente a los dioses. Planeó un viaje más largo a la India, con los sabios llamados Brahmanes y habiendo platicado con sus discípulos partió en su peripecia. Primero pasó por Mesopotamia, llegando a la antigua Nínive. En estos viajes le acompañó uno de sus discípulos, Damis, que se convirtió posteriormente en el autor de los apuntes que tenían como propósito “que no se ignorara nada respecto a Apolonio”[9].

Cuando llegaban a Mesopotamia, el aduanero que estaba a cargo del puente le preguntó que llevaba consigo. “Y Apolonio le dijo: -Llevo templanza, justicia, virtud, continencia, hombría, disciplina-“[10]. Tiempo después dejó atrás Ctesifonte y llegó a las fronteras de Babilonia y se dirigió a visitar al rey, llamado Vardenes. De camino a ver al rey tuvo un sueño, el cual interpretó para Damis diciendo que los habitantes de esa región (de Cisia) eran eretrios traídos desde Eubea por Darío antaño, hace quinientos años, y que ahora, recibían un trato injusto e indigno y clamaban por su liberación. Al llegar a los eretrios hizo mucho por ellos: les procuró el bien y cuidaba de ellos. En la misma Babilonia Apolonio tuvo relación con los magos, de quienes aprendió algunas cosas y se marchó tras haberles enseñado otras. Posteriormente ya cerca de llegar ante el rey, sorprendió a los guardias reales por su sabiduría y su sencillez, tanto así que “corrieron pues, anunciándoles a todos la buena nueva de que ante las puertas del rey se hallaba un hombre sabio, griego y buen consejero”[11].

El rey Vardenes lo recibió con agrado. A su vez Apolonio se acercó con respeto al rey y, poseedor de una gran sabiduría, compartió con el rey algunos buenos consejos. En recompensa por ser un hombre sabio y de bien, el rey decide darle diez regalos a Apolonio. Su amigo Damis estaba seguro de que Apolonio no pediría nada. Pero al día siguiente sería sorprendido cuando en primer lugar pidió al rey la libertad de los eretrios, que se les concediera cultivar en la colina que el rey Darío les había dado anteriormente. Después pidió frutos secos y panes. Entonces un eunuco que se había enamorado de una dama del rey fue hallado acostado con ella. El rey pidió la opinión de Apolonio en el caso quien, sabiamente, abogó por la vida del desdichado eunuco. Así pasó un tiempo con el rey dándole diversos consejos que le ayudaron en su mandato y a llevar una vida más tranquila y recta a los ojos de los dioses.

Cuando creyó que era el tiempo suficiente tomó a Damis y con el consentimiento del rey emprendió el viaje a la India, no sin antes haber recibido del rey los víveres necesarios para el camino así como camellos y demás cosas que les serían de utilidad. Quiso Apolonio obsequiar, con los regalos que le había ofrecido anteriormente el rey, su riqueza y bienes a los magos, que se habían convertido en amigos suyos. Y así, despidiéndose del rey le dijo que quizás volvería a lo que el rey le respondió: “-ojalá vuelvas, pues ese sí sería un gran obsequio-“[12].

Bibliografía

Filóstrato, Vida de Apolonio de Tiana, Libro I, Madrid, Gredos, 2002, Págs. 5-63


[1] Filóstrato, Vida de Apolonio, Libro I, Pág.7

[2] Ibídem. Pág.9

[3] Apolonio es Proteo en su sabiduría.

[4] Estoicos, llamados crisipianos por su maestro Crisipo.

[5] Escuela derivada de Aristóteles y Teofrasto, llamada así por la columnata en la que los filósofos discutían.

[6] Ibídem, Op.Cit., Pág.14

[7] Ibíd., Pág.15

[8] Ibíd., Pág.22, Cfr. Plutarco, Pericles 16 y Moralia 831f

[9] Ibíd., Pág.32

[10] Ibíd., Pág.33

[11] Ibíd., Pág.48

[12] Ibíd., Pág.63