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jueves, 17 de febrero de 2011

Santo Tomás y la ética de Aristóteles

En el libro de Comentario de la Ética a Nicómaco, Santo Tomás, trata sobre las acciones humanas y la virtud de éstas o del hombre. Es un muy breve tratado que no contempla todo lo que expone Aristóteles en su obra, sino sólo algunos fragmentos o algunas partes que el autor selecciona y de hecho no ofrece ninguna cita textual del libro Ética a Nicómaco. Este tratado, consta de 7 libros en los que Tomás de Aquino va hilando de forma amena y muy lógica las clases de razonamientos, acciones humanas, desprendiéndose de ahí las del hombre en sí mismo y de la “multitud civil” que el llama las acciones políticas. Así pasa a como deben estudiarse y enseñarse estas ciencias, cuales son los principios de las acciones y los hábitos, y termina disertando sobre las virtudes.

En el primer libro, comienza con el orden que la razón tiene sobre las cosas y dice que existen cuatro diferentes tipos de orden que se pueden hacer. El primero es el puramente natural, en donde la razón solo contempla el orden que la naturaleza impone. El segundo tipo de orden es el de la razón sobre sus conceptos o términos, en donde al ir creando estos conceptos, la gnosis también los va relacionando y ordenando. El tercer tipo de orden es el de los actos de voluntad del hombre y como el pensamiento humano los considera. Y el cuarto tipo de orden que la razón produce en las cosas de las cuales es causa, o sea, que ella misma ordena tanto exterior como mentalmente, por ejemplo los libros en una biblioteca.

Así divide, entonces, las cosas que ordena la razón en tres grandes grupos: los que la razón contempla que pertenecen a la filosofía natural; los que la razón crea, que corresponden a la filosofía racional; y los que se derivan de las “operaciones humanas” que son actos voluntarias y tienen un fin y las estudiaría la filosofía moral. “Llamo operaciones humanas a aquellas que proceden de la voluntad del hombre conforme al orden que prescribe la razón.”[i]

Aquí distingue entre las acciones propiamente humanas que son voluntarias, y las demás acciones hechas por el hombre que solo son acciones naturales “se dan en el hombre algunas operaciones que no están bajo la voluntad y la razón, no se las llama humanas, sino naturales, como se ve en las acciones del alma vegetativa”[ii]

Y continúa con las operaciones humanas dividiéndolas todavía en tres grupos. Esto debido a que al ser el hombre un ser social y no poder vivir sin esta sociedad, al menos dignamente, se generan algunas acciones sociales que el enumera así: las del hombre particular, que son las que hace cada individuo por y para sí mismo que el llama monástica; las de la “colectividad doméstica”, que son las operaciones básicas en familia, o sea, lo que el hombre recibe de ésta y que llama economía; y las que presta en la “multitud civil”, que son las que se generan en la interacción social y política, en los bines tanto temporales como en los morales y a estas las llama política.

Por lo tanto, dice que la ética debe enfocarse a este ultimo apartado, que es la política y que es la mayor de las ciencias por ser ella la que regula el actuar del hombre en cuanto las operaciones humanas. Y esto también por que al ser del hombre en común, se vuelve la mas “divina” de las ciencias. “Y se dice que es más divino, porque eso pertenece más a la semejanza de Dios, que es causa última de todos los bienes.”[iii]

Consecuentemente, los estudiantes de política no pueden ser los jóvenes que todavía no templan su alma y su razón, ya que esta ciencia engloba a la moral. Y los jóvenes a causa de si inexperiencia no juzgarán verazmente. “La ciencia moral enseña a los hombres a seguir a la razón y apartarse de aquello a que inclinan las pasiones del alma, como son la concupiscencia, la ira, etc.” El que no puede vencer a sus pasiones, Santo Tomás lo llama incontinente, y no puede seguir la política, ya que no conseguirá el fin de esta ciencia.

Continúa Santo Tomás con los principios de la acción, que al ser contingentes, pueden ser tomados o en sus aspectos universales, inmutables, o en los casos particulares, que entonces “son variables y no son objeto del entendimiento [...] que se llama razón particular, o la potencia cogitativa.”[iv] Tomados así como casos particulares, pueden ser “objeto de deliberación y acción”[v]

Termina Tomás de Aquino, con lo que hace al hombre virtuoso y al incontinente que cae en la concupiscencia. Dice él que la razón está en principio unida a la concupiscencia en el sentido de que las dos buscan algún bien, pero la razón luego se desprende de esta al someter el primer juicio de bien, que llama universal, a uno particular. Esto quiere decir que por ejemplo comer es bueno, y en este juicio se unen el incontinente en su concupiscencia con el virtuoso con la razón. Pero luego la razón le agrega el no comer a deshoras o en exceso, lo cual el incontinente no logra realizar. Pero esta incontinencia luego entra dentro del ámbito natural, si es que el incontinente no puede refrenar sus instintos. Por lo tanto, esto ya lo estudia la filosofía natural.

BIBLIOGRAFÍA

Fernández, Clemente, Los Filósofos Medievales II, “Santo Tomás de Aquino: Sobre la verdad”, BAC, Madrid, 1979



[i] Fernandez, Op. Cit., pág. 442

[ii] [ii]Idem.

[iii] Idem., pág. 445

[iv] Idem., pág. 447

[v] Idem.

Tomás de Aquino, Suma contra los gentiles; Teleología


A partir del capítulo cien de la Suma contra los gentiles y hasta el final del libro tres, Tomás de Aquino continua con la explicación de cómo es que Dios obra en la naturaleza, al igual presenta que el fin del hombre es el amar a su Creador y a su prójimo, y por último alude a la importancia de ordenar los actos humanos hacia la voluntad de Dios ya que Él juzga con rectitud y justicia las obras de los hombres, dando a cada quien su premio o su respectivo castigo.

Con lo que corresponde al obrar de Dios en la naturaleza, Tomás de Aquino empieza afirmando que Dios, como acto puro, es el “primer motor” que activa la potencia de las cosas, porque “lo que está en movimiento debe ser movido por otro, pues nada puede moverse por sí mismo […] (si no hay un primer motor, tampoco hay un segundo, pues todas las segundas causas dependen de la primera)",[1] sin embargo también reconoce una potencia de orden natural que no va en contra de la potencia de Dios, sino de lo contrario esta surge por voluntad de Dios que dota a sus seres de libertad, pero también dice que “tampoco va contra la naturaleza el que las cosas creadas sean movidas de cualquier manera por Dios, pues han sido hechas para su servicio”.[2] Por tanto, es voluntad de Dios que todos los seres estén dispuestos para servir a la acción de Él, por ello la materia y la forma obran según su voluntad, reconociendo así que el Ser Divino tiene la capacidad de hacer algo distinto a lo que se da por naturaleza. “Estas cosas que se realizan divinamente alguna vez fuera del orden comúnmente establecido en la naturaleza, suelen llamarse milagros porque nos admiramos cuando, viendo el efecto ignoramos la causa”.[3]

En efecto, ante esta realidad se distinguen dos tipos de personas, las que conocen las causas de los sucesos y las que ignoran estas causas, sin embargo las causas por las cuales obra Dios no pueden ser conocidas por el intelecto humano. En este sentido Tomás de Aquino expresa que dentro de los milagros hay grados, primero se mencionan los que son imposibles que la naturaleza haga por sí sola, el segundo grado pertenece a aquellos en los que Dios sólo interviene por su voluntad, aunque estos puedan ser hechos por la naturaleza y los de tercer grado son en los que Dios se adelanta a lo que sucede por naturaleza.

Por otro lado, Tomás de Aquino menciona la cuestión de que el hombre está llamado a amar y de manera especial a Dios, de esta manera el individuo puede unirse a Él, y para esto ha sido dotado de entendimiento y voluntad, “pues mediante la voluntad descansa el hombre en cierto modo en lo que el entendimiento aprehende. Mas la voluntad se adhiere a una cosa por amor o por temor”,[4] de tal manera que ambas se complementan, pero el que se une con la voluntad por el amor y no por el temor, se puede decir que su unión será más pura.

Al igual se afirma que el hombre es bueno por naturaleza, ya que al provenir de la Suma Bondad, que lo ha hecho con un cuerpo finito y con un alma trascendente, este también es dotado del bien, por ello que el hombre tenga la potencia de ser bueno, el mismo activa esta capacidad, pero cuando no la renueva este tiende al mal. Del mismo modo indica Tomás de Aquino que la mejor manera de que el hombre tienda al bien es por medio de las virtudes y por los “actos virtuosos”, de ello que se diga que el amor al prójimo conduce al amor supremo, debido a que el individuo encuentra en el otro a su Creador.

Además Tomás de Aquino enuncia que “el hombre es naturalmente un animal social, [que] precisa ser ayudado por los demás para conseguir su propio fin”,[5] de aquí se sigue que sea necesario que el hombre ame a su prójimo, evitando hacer acciones que no permitan la comunión entre los hombres, para que él le ayude en el camino de perfeccionamiento que se ha impuesto por la ley Divina, sólo así se podrá llegar a gozar de la presencia de Dios, que es el fin del hombre.

También en el texto se expresa que Dios le dio al hombre la capacidad de comprender aquello que está más allá de lo sensible, de ello que realice sacrificios sensibles para reconocer la grandeza de su Señor. Estos actos no los hace el hombre por necesidad de Dios, sino porque el hombre siente ese deseo de inflamar el afecto hacía Dios y al igual para reconocerle su autor.

En efecto, estas ideas van dando pie a que las acciones corporales de los hombres de igual forma estén encausadas hacia la ley divina, de entre las cuales se dictan que el hombre debe hacer un uso correcto de las cosas que son necesarias para su vida, sino, de lo contrario estas pueden dañarlo, de la misma manera se menciona que el individuo no solamente tiene que velar por su propio bien, sino también por el de su prójimo, de tal forma que por “el hecho de estar ordenado a otro debe prestarle ayuda y no servirle de estorbo”.[6]

Luego entonces, es necesario que Dios sea la medida de los actos, en referencia con las leyes que ha dictado su divina providencia, es decir que “del mismo modo que las cosas naturales están sometidas al orden de la divina providencia lo están también los actos humanos”.[7] Asimismo, cuando este orden es quebrantado, el mal viene consecutivo de la desviación de la voluntad, ya que este en su libertad ha decidido abandonarse a los placeres o a los deseos desordenados que sólo lo llevan a ver por su bien, olvidando la voluntad divina, a la cual un día tendrá que rendirle cuantas, dejando claro así “que los actos del hombre son castigados o premiados por Dios. Corresponde castigar o premiar a quien toca imponer la ley”,[8] afirma Tomás de Aquino.

Con esto último que sea expresado concluye el libro tercero de la Suma contra los gentiles, sin embargo ahora se pasa a exponer el primer capítulo del libro cuatro, en el cual encontramos el problema de cómo es que el hombre llega al conocimiento de Dios. Por ello, Tomás de Aquino empieza expresando que el entendimiento humano “no puede por sí mismo llegar a comprender la sustancia divina en sí misma, la cual trasciende sin proporción todos los seres sensibles y aun todos los otros seres”.[9]

En efecto, se afirma que no podemos conocer a Dios perfectamente, porque nuestra naturaleza del entendimiento se queda en el conocimiento inferior no pudiendo lograr alcanzar el conocimiento de la Divinidad, ejemplo de ello son los accidentes, de los cuales sólo algunos pueden ser percibidos por los sentidos y otros no. Sin embargo Dios en su inmensa bondad “reveló a los hombres algunas cosas de sí mismo que sobre pasan el entendimiento humano”.[10] Aunque estas revelaciones en ocasiones sólo tienen que ser creídas y no entendidas, por este problema de la limitación del entendimiento humano.

Así pues, mientras el hombre se encuentre en este plano terrenal, su entendimiento no podrá comprender las cosas que sobre pasan los sentidos, en cambio cuando ya no dependa de los sensible entonces será el momento de contemplar y entender las verdades que son referentes a lo divino. No obstante, Tomás de Aquino reconoce dos formas de conocimiento por los cuales el hombre puede acercarse a lo divino, uno es por revelación divina y el otro por “la luz de la razón”.

Por otro lado se dice que Dios se entiende a sí mismo en su esencia, de tal manera que no es posible concebir a la Divinidad desde el entendimiento humano, considerando que “en Dios, al entenderse a sí mismo, el entendimiento, la cosa que se entiende y la idea entendida son lo mismo”.[11] En cambio, el hombre está en potencia de entender su entendimiento y en acto cuando éste entiende su entendimiento, situación por la que Dios no tiene que pasar, ya que Él siempre está en acto.

Al igual Tomás de Aquino retoma el problema de cómo es la generación divina, debido a que esta no es la misma a la de los hombres, porque se expresa que Dios genera desde Él y no desde lo externo como cualquier otro ser vivo, debido a que el que es un ser de sí mismo “por encima de todo otro ser; será increado y eterno, absolutamente necesario y perfecto, y será esencialmente un espíritu viviente”.[12] En este sentido se indica que Dios no está unido inseparablemente a la materia y tampoco proviene de ella, de ello que Dios no engendra a su hijo y le imprime su especie desde el exterior, sino desde Él. Por último, Tomás de Aquino afirma que “Dios es verdadero en una cosa subsistente pues es por excelencia el Ser por sí”,[13] de ello que no solo sea una simple idea entendida, sino es algo real, intangible, inmutable y eterno.

Bibliografía

· Tomás de Aquino, “Suma contra los gentiles” en Fernández, Clemente, Los Filósofos Medievales Selección de Textos, t. II, BAC, Madrid, 1979, pp. 406 – 425.

· Hirschberger Johannes, “Santo Tomás de Aquino” en Historia de la filosofía. Antigüedad, Edad media, Renacimiento, t. I [trad. del alemán de Luis Martínez Gómez], Herder, Barcelona, 1997, pp. 376-404.



[1] Hirschberger, Johannes, “Santo Tomás de Aquino” en Historia de la filosofía. Antigüedad, Edad media, Renacimiento, t. I [trad. del alemán de Luis Martínez Gómez], Herder, Barcelona, 1997, p. 401.

[2] Tomás de Aquino, “Suma contra los gentiles” en Fernández, Clemente, Los Filósofos Medievales Selección de Textos, t. II, BAC, Madrid, 1979, p. 406.

[3] Ibid., p. 407.

[4] Ibid., p. 409.

[5] Ibid., p. 411.

[6] Ibid., p. 415.

[7] Ibid., p. 416.

[8] Ibid., p. 415.

[9] Ibid., p. 418.

[10] Ibid., p. 420.

[11] Ibid., p. 423.

[12] Op. cit., Johannes Hirschberger, p. 402.

[13] Ibid., p. 425.

miércoles, 26 de enero de 2011

Del libre albedrío Libro I

 

Del libre albedrío, es uno de sus tantos y diversos escritos que  S. Agustín dejó a la cristiandad. En los escritos que se conservan de él, se puede ver una gran diversidad de temas y problemas que resuelve o se le presentan por  diversas  circunstancias: defender la fe contra algunas herejías, explicación de la misma fe, etc.

En  este escrito De libre albedrío, del cual ha de tratar nuestro análisis, se presenta un tema importantísimo en la Iglesia de aquel tiempo: El problema del mal.

El escrito presenta una estructura en  forma dialogada entre S. Agustín y , al parecer su amigo, Evodio. Dividido en dos libros y éstos, en capítulos que van desarrollando y ejemplificando la idea central.

Empecemos, pues, nuestro breve análisis de este escrito antes mencionado, con exponer de antemano cuáles son las interrogantes que intenta S. Agustín responder, con el apoyo de Evodio,  a partir de la cuales iremos desglosándolos parte por parte para llegar a entender, en la medida de lo posible, las conclusiones de este santo. Estas cuestiones que pone en boca de Evodio y que, hace suponer, que es para dar respuesta a los maniqueos, quienes dan una solución a la existencia del mal en el mundo, [1] a la cual  responde [S. Agustín] con mayor claridad a la luz de la verdad revelada por Dios.  Prácticamente su tema gira entorno a  : ¿cuál es el origen del mal?, “¿puede ser Dios el autor del mal?”, [2] si el mal existe, ¿qué función tiene la ley? y por último, si no es Dios el autor del mal, ¿existe otro autor?.

S. Agustín, comienza, antes que nada, distinguiendo  que una cosa es obrar mal y otra que alguien a sufrido un mal, pero de manera general, intenta dar una respuesta de dónde proviene el mal, sea uno u otro el caso.

En primer lugar,descarta la posibilidad de que Dios sea el autor del mal, en relación al obrar mal, pero sí, en cuanto al segundo tipo, que es el sufrir un mal, puesto que Dios es bueno y justo,  premia a los que son buenos, así mismo, castiga a los que no lo son, haciéndolos padecer.

En segundo lugar, determina cómo es que el hombre obra mal, él lo expresa diciendo que todo bien es aprendido y por tanto,  bien es una disciplina, cap. I, 333Y con toda razón, puesto que por ella se nos comunica la ciencia o se enciende en nosotros el deseo de adquirirla, y nadie adquiere conocimiento alguno mediante la disciplina”. Al parecer, se refiere a que el bien se logra a través de la enseñanza y el discernimiento, es decir, de aprenderla de un sabio. y que por tanto, el obrar mal es, alejarse de esta disciplina.[2]

Por último, especifica que antes de conocer el origen y al autor del mal, es necesario tener en cuenta  lo que debemos creer de Dios, esto es:  cap. II, 334que hay un solo y único Dios y que de Él procede todo cuanto existe, y que, no obstante, no es Dios el autor del pecado”.

Con esto, no hemos dado respuesta a las interrogantes que nos hemos planteado para analizar en breve su escrito, solamente son las bases de S. Agustín para dar  argumentos, a su parecer, más sólidos para determinar el origen y autor del mal. Pero, desde este horizonte podemos ver que, pone de manifiesto una postura dogmática.

Para llegar al origen del mal, cuestiona en su diálogo a Evodio, para que determine qué es obrar mal, pero al ver que Evodio, sólo da respuestas ingenuas  de acciones malas como: obrar mal es cometer adulterio, homicidio o sacrilegio, determinados éstos como obras malas porque la ley lo prohíbe o porque se ha visto que a muchos se le a enjuiciado por los mismos actos. Pero, S. Agustín hace ver que no todo lo que el hombre juzga siempre es por acciones malas. Hay que tener en cuenta en  estas respuestas que, son influenciadas quizás, por el pensamiento que se  tenía hacia  tales acciones y por la vida de los primeros cristianos fueron perseguidos y martirizados. Con esto, podemos ver que S. Agustín no quiso, tal vez, basarse en estos argumentos  extrínsecos ( por ser hechos externos del hombre), pues, habrían sido causa de confrontación con sus adversarios, ya que, no tenían gran peso y cualquiera podía refutárselos. Es por ello que, responde a que el obrar mal  y el mal surgen de la libídine, concupiscencia. Es el deseo, la pasión del hombre por gozar de los placeres del mundo de una forma desordenada el origen del mal, aquí es donde se retoma, en cierta forma, lo dicho anteriormente acerca de la disciplina, ya que al ser desordenado y por tanto, no enseñado, no es un bien. Así pues, esta es la causa por la cual existe el mal. Sin embargo, S. Agustín hace ver que no todo pecado proviene del deseo o pasión por el mal, pues hay algunos que se llevan a cabo por buscar un bien, por defender la ley o por involuntariedad, como por ejemplo: un esclavo que mata a su señor para poder vivir sin temor o aquel que mata involuntariamente a otro, un soldado que mata a su enemigo por mencionar algunos casos. Con esto, se quiere dar a entender que todos deseamos, tenemos una cierta pasión:

Cap. IV, 340 “porque el desear vivir sin miedo no sólo es propio de los buenos, también de los malos, pero con esta diferencia: que los buenos lo desean renunciando al amor de aquellas cosas que no se pueden poseer sin peligro de perderlas, mientras los malos, a fin de gozar plena y seguramente de ellas, se esfuerzan en remover los obstáculos que se lo impiden, y por eso llevan una vida malvada y criminal, que, más bien que vida, debería llamarse muerte”

Eh ahí la diferencia, pues, quién nos diría realmente si el esclavo mata para vivir recta y buenamente, y no para disfrutar  de los placeres de la vida que tanto se a privado, o el soldado que no mata por defender un pueblo sino para saciar su deseo de venganza o un deseo por matar sin mayor motivos, cayendo así, en una justificación de sus actos sin tener conciencia de ello. De aquí que se concluya que el mal se origina en la libídine o concupiscencia cap. IV, 340que consiste en el amor desordenado de aquellas cosas que podemos perder contra nuestra voluntad”.

siendo en este punto, el de ver cuando se llega  perder el sentido de la voluntad donde entra la función de la ley sobre el mal. Pero, para determinar la función de la ley, primero se hace notar que en el cumplimiento de la ley, el hombre puede caer en  obrar mal, esto sucede cuando le pone  deseo, pasión, es decir, que su actuar lleva una intención más que el sólo cumplir el deber. En segundo lugar, dice que  si alguien es un subordinado y recibe ordenes de matar, por citar un ejemplo, que son influidas por un deseo o pasión, el subordinado tiene plena libertad de hacerlo o no, por ende, si lo lleva a cabo es culpable de tal acción. Con esto concluye que, la función de la ley no es la de justificar los actos malos realizados en nombre de la ley. Porque la ley es dada para el buen gobierno del pueblo:

Cap. V, 344la ley humana se proponer castigar no más que en la medida de lo preciso para mantener la paz entre los hombres, y sólo en aquellas cosas que están al alcance del legislador. Más en cuanto a otras culpas, es indudable que tiene otras penas, de las que únicamente puede absolver la sabiduría divina”.

 

Entonces queda establecida que la ley del hombre es juzgar sólo actos que destruyan el orden de una nación. Cuando se habla de otras culpas y otras penas, suponemos que se refiere a los actos que son causa del deseo desordenado, que a la vista del ojo humano, es difícil, hasta imposible juzgarlo, por consiguiente, no puede ser juzgado por las leyes humanas.

De aquí, que S. Agustín contemple dos tipos de leyes: una de tipo temporal y mutable; y otra, de tipo inmutable y eterna. Si una ley es útil para la organización de los hombres y naciones, es decir, para todos aquellos que tienen vida temporal y que se, para seguir guardando el orden, modifican según lo exijan las circunstancias, se habla de una ley temporal.

Cap. VI, 345 “Y aquella ley de la cual decimos que es la razón suprema de todo, a la cual se debe obedecer siempre y que castiga a los malos con una vida infeliz y miserable y premia a los buenos con una vida bienaventurada”.

Esa ley es la  divina, que puede absolver de obras malas.Siendo justo, pues, nada se libre de ella, mejor dicho, nadie escapa de su justicia, y  por tanto, si ella es justa y de ella surge la  ley temporal, también ésta lo es.

Podemos afirmar, también que, S. Agustín, da una cierta importancia al hombre, en cuanto que, tiene potestad de gobernar, juzgar,  sentenciar y hasta determinar el camino que ha de seguir en la vida. S. Agustín  dice que lo que hace superior al hombre de los animales y demás seres vivientes es su mente-espíritu, que no sólo le permite procurarse los placeres del cuerpo y evitarse las molestias como  los animales, sino tener sentimientos, emociones y deseos de dominio. Y que la razón es la que domina las concupiscencias del alma haciéndolo ser perfectamente ordenado. Cap. VII, 348Pues, cuando la razón, la mente o espíritu gobierna los movimientos irracionales del alma, entonces, y sólo entonces, es cuando se puede decir que domina en el hombre lo que debe  dominar, y domina en virtud de aquella ley que dijimos que era eterna”.

Por tanto, al ser el hombre superior a todos los seres vivientes y poseer una razón que domine hasta sus propias pasiones, no hay nada que pueda permitirle hacer el mal, entonces, ¿cómo es que hace el mal o hay maldad en él?, S. Agustín responde a la interrogante expresando que es su libre albedrío, su voluntad la que elige o decide actuar de tal o cual manera, pues, como bien hemos dicho, sólo si la  razón del hombre se gobierna a sí mismo, gobierna la ley divina y si  de Dios procede la ley divina, Dios no es el autor del mal, dado que, es la libertad del hombre la que influye en la decisión de hacer o no el mal.

De esta forma, es como vemos al hombre ser infeliz o feliz, haciendo el bien o el mal, porque como hemos mencionado, se juzga según los actos, y es menester que a las acciones malas, hechas libremente, traigan consigo, castigos, sean estos morales y tormentosos o una vida infeliz.

Y quien desea tener una vida feliz debe poseer cuatro virtudes, según el cual, ayuda a evitar el obrar mal, las cuales son:  fortaleza, templanza, justicia y prudencia, pues, con ellas se puede sólo amar y buscar aquellos bienes eternos que hacen feliz al hombre.

En resumen, S. Agustín intenta responder al problema que tanto buscaba, y que por el cual, llega a establecer contacto con la secta maniquea en años de su juventud: el problema del mal.  Para esto, podemos observar ciertos elementos filosóficos, el ser del mal, la moral del hombre, en cierta medida, analogías de las estructuras sociales con las divinas, cierta epistemología para determinar las diferencias del  hombre y los demás seres vivientes, al hablar de las relaciones humanas de una antropología. Todo ello, para sustentar su argumentes y establecer que :

  • El mal no provienen de Dios, porque si el es bueno, nada malo proviene de Él.
  • El origen del mal es el libre albedrío de la voluntad del hombre.
  • Las leyes humanas son dadas para el orden de la sociedad o nación y que no evitan ni juzgan los placeres desordenados del hombre, por tanto, existe una ley suprema que nada escapa a su dominio y que otorga a cada quien según merezca.
  • El hombre es el único autor del mal. Y surge cuando su razón no tiene dominio sobre sus deseos o concupiscencias.

Todas las cosas son buenas en la medida en que el hombre hace buen uso de ellas, no hay nada de la creación que sea malo, pues fueron creadas de un Ser bueno y justo. El pecado es pues, abusar de las cosas que nos han sido otorgadas.

[1] Cfr. S. Agustín en, Frederick Copleston, Historia de la Filosofía II, De S. Agustín a Escoto, t. II, 4a Ed, Ed. Ariel, 1980.

[2] Cfr. En etimología: Docto, discendo.

BIBLIOGRAFÍA

FERNANDEZ, Clemente S.I, Los filósofos Medievales, selección de textos, “San  Agustín, De libre albedrío”, Tomo I, BAC, Madrid, 1979, pp. 200-222

miércoles, 19 de enero de 2011

De la vida feliz

Como bien lo expresa el mismo titulo de la obra de S. Agustín De la vida feliz, es un diálogo entre sus convidados en un banquete que, posiblemente se lleva en su casa. En el diálogo trata sobre qué es la vida feliz y cómo el hombre la puede alcanzar y por ende, ser feliz. Refiriéndose en ellos a puntos éticos y antropológicos. De igual manera, introduce en el diálogo cómo el hombre puede conocer la manera de alcanzar ser dichoso, metiéndose de esta forma, dentro del campo epistemológico.

Para dar a conocer esas conjeturas a las que llega, sobre la qué es vida feliz del hombre, expone primeramente, la cuestión antropológica del hombre que se constituye de dos partes: alma y cuerpo, formando a un hombre dual, donde el alma es mas superior que el cuerpo. Cap. II, 258. “¿Os parece que nosotros constamos de cuerpo y de alma? Afirmando dicha cuestión, parte de este referente para desglosar el tema y detenerse en el punto central de su diálogo que quiere explicar: el alma y sus alimentos de lo que se goza para poder ser feliz.

Podemos suponer que Agustín comienza, en forma analógica, explicando la constitución del hombre: cuerpo y alma, y en sus necesidades primarias del cuerpo, aquellas que le permiten vivir: comer y vestirse, por mencionar algunas. Para que sus oyentes, quienes participan en el diálogo, puedan ir adentrándose a entender lo que explicará, cuando introduzca la idea de que el alma, también, al igual que el cuerpo, tiene necesidad de alimentarse. Cap. II, 259.“Pues todos confesáis que alma y cuerpo son los constitutivos del hombre, para cuál de los dos apetecemos los alimentos”. De esta manera, si el cuerpo necesita alimento para vivir, estar sano y no enfermarse, también el alma, aunque esté en el cuerpo, no puede alimentarse de lo mismo, es decir, de lo material, pues ella no es material [teniendo en cuenta el concepto platónico de alma y cuerpo] Cap. II, 260 “pues de ninguna otra cosa creo que se alimente el alma sino del conocimiento y ciencias de las cosas”, con esto, las almas de los sabios están mejor alimentadas que aquellos que no buscan ser sabio, nutrirse del conocimiento de las cosas. Por consiguiente, hace la comparación de dos tipos de almas: unas que son productivas o fecundas, teniendo como resultado la virtud, la templanza (alma de los sabios) y la otra que, no productiva ni es fecunda, por tanto, perece y si en dado caso están alimentadas, el alimento es de tipo temporal o perjudicial ( almas de los ignorantes).

Dando estas características del cuerpo y el alma, mostrando las similitudes y exigencias de cada uno, prosigue en exponiendo la búsqueda del alimento mas exquisito, según Agustín, que el alma necesita, esto es la felicidad. Que requiere ciertas disposiciones, Cap. II, 262:

“Cuál es este manjar, si no os falta el apetito, ya os lo diré. Porque es inútil y tiempo perdido empeñarse en alimentar a los inapetentes y hartos; y hay que dar filos al apetito para desear con más exquisito gusto las viandas del espíritu que las del cuerpo. Lo cual se logra teniendo sanos los ánimos, porque los enfermos, lo mismo que ocurre en cuanto al cuerpo, rechazan los alimentos”.

Con esto parte, para decir que, no sólo basta el querer ser felices ni en ir en busca de la felicidad, ni el poseer bienes que perezcan, Cap. II, 266. “-No lo será- respondió ella- por aquellas cosas, sino por la moderación del ánimo con que disfruta de las mismas. […] quien desea ser feliz debe procurarse bienes permanentes que no le puedan ser arrebatados por ningún revés de la fortuna”. aquí podemos observar una cierta metafísica, una realidad que se debe poseer, pero que a la vez trascienda más allá de la realidad misma donde quizás, puede alcanzar a Dios para poseerlo y ser feliz.

Ya en el tercer capítulo de este diálogo, centra el tema en la conducta del hombre encaminada hacia el encuentro de Dios para alcanzar la felicidad. Con esto, podemos analizar un cierto valor ético relacionado con una metafísica, en cuanto que, el hombre no sólo debe alcanzar una conducta que amerite ser feliz como finalidad última de su vida, sino que, esa felicidad perdure más allá de la propia vida, es decir, que lo lleve a una relación con Dios, a una unión sobrenatural.

Podemos ver en lo dicho líneas arriba que, Agustín tenía ciertas nociones estoicas y epicúreas, [1] ya que, a partir de estas ideas diferencia la finalidad del cristiano y del pagano, definiedo cuál es la finalidad de la conducta humana. Pues, a base de argumentos estoicos y epicúreos, reestructura las finalidades del hombre en esta vida que éstos proponían, por ejemplo, los estoicos decían que el hombre será feliz cuando acepte conscientemente la voluntad del Logos y rijan su vida en virtud de las leyes naturales del universo, pues nada puede hacer frente al destino que le espera, porque ya está determinado. Mientras que los epicúreos establecían que la finalidad del hombre era vivir en virtud del placer,donde el placer es entendido como un estado sin dolor, o también, buscar el dolor que provea luego, de un placer mas duradero. [2] A todo esto, Agustín le da nuevo sentido, reformula dichos planteamientos, los refuerza en algunos casos, pues comenta que, éstos [estoicos y epicúreos] sólo se enfocan sobre el propio hombre o la naturaleza de su cuerpo,que son mutables y insuficientes por sí mismos y dice [Agustín] que sólo se podrá alcanzar la felicidad en cuanto posea algo más allá del hombre mismo, en este caso, Dios. Cuando lo posea, alcanzará su fin [el hombre], así mismo, describe que tampoco puede alcanzarse la felicidad por la propia virtud, pues [introduce la doctrina cristiana] no es la virtud por sí misma la que otorga la felicidad, “no es la virtud de tu alma lo que te hace feliz, sino el que te ha dado la virtud, que ha inspirado tu voluntad y te ha dado el poder de realizarla”.[3] Por tanto, es Dios mismo el que aporta la felicidad al hombre, “el anhelo de Dios es, pues, el deseo de beatitud, el logro de Dios es la beatitud misma”, [4] con esto hace una comparación con la idea griega de beatitud, poseer un objeto, con el tinte cristiano, que es, poseer a Dios, eterno e inmutable, superior. Por tanto, el logro del hombre es poseer a Dios, esa es la vida beata que debe tener el hombre para alcanzar su finalidad.

Es pues, esta temática que plantea Agustín en los capítulos III y en el IV de su diálogo: Quién posee a Dios, Cómo lo posee y en qué consiste ser feliz. Al parecer y sin querer Agustín platea, desde el ámbito filosófico, problemas epistemológicos en esta cuestión. Las respuestas que nos brinda Agustín, al seguir el desarrollo de sus diálogos es que, quien posee a Dios es aquella persona que tiene por propicio a Dios y por tanto, es dichoso. Cómo poseer a Dios, nos lo plantea desde el aspecto Escriturístico, a mi parecer, pues dice que, sólo aquél que cumpla la voluntad, dicha a través de la Sabiduría que es el Hijo de Dios, y a través de la Verdad [que es el Hijo], puede poseerlo y ser feliz. Por consiguiente, el ser feliz “consiste en conocer piadosa y perfectamente quién nos guía a la verdad, y los vínculos que nos relacionan con ella, y los medios que nos llevan al sumo Modo”,[5] es decir, a Dios.

En conclusión, podemos decir que, Agustín, trata muy a fondo el fin de la conducta humana y cómo poder alcanzarlo. Tomando como punto de partida la condición del hombre y sus necesidades corporales y espirituales. llevando hasta un plano metafísico la finalidad del hombre.

1 Historia de la filosofía, t. II, De S. Agustín a Escoto, 4a Ed., Ed. Ariel, Barcelona, España, 1980, pp. 87-92.

2 Cfr.. Historia de la filosofía, t. I, Grecia y Roma, Ed. Ariel, Barcelona,España, 1984, pp. 392-407.

3 Serm. 150, 8,9. cit. por Frederick Copleston en, Historia de la filosofía, t. II, De S. Agustín …

4 De moribus eccl., 1, 11, 18. cit. por Frederick Copleston en, Historia de la filosofía, t. II, De S. Agustín…

BIBLIOGRAFÍA

FERNANDEZ, Clemente S.I, Los filósofos Medievales, selección de textos, “San Agustín, De la vida feliz”, Tomo I, BAC, Madrid, 1979, p 157-167.