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lunes, 18 de noviembre de 2013

El Diablo: La figura del mal en la Edad Media y su aparición en la brujería



Durante la Edad Media, una de las teorías que predominaba acerca del origen de Lucifer iniciaba por catalogarlo como uno de los ángeles de más alto rango que, por desobediencia, fue enviado al infierno, pasando de ser un ángel con un puesto alto en la jerarquía a reinar a los demonios, según teorías como la de Isidoro.[1] Problemática interesante ya que, pese a todo, Lucifer fue alguna vez un ángel lo que pone a consideración la posibilidad de su salvación. Sin embargo, ésta no es posible ya que Lucifer no se arrepiente y peca de soberbia al querer ser Dios, al querer tentar a Adán y Eva para, por así decirlo, convertirlos a él.
            Los discursos de varios pensadores buscaban, en muchos casos, explicar ciertas cuestiones en torno al problema de Dios como la dificultad de concebir la Providencia y la libertad humana al mismo tiempo. A este respecto, un problema importante para el cristianismo era entender el origen del mal. ¿Cómo se podía explicar que Dios fuese creador de todo y que existiese el mal?, ¿cómo pudo Dios haber creado a Lucifer? Para entender esto, los filósofos tomaron diferentes posturas, las cuales abarcaban, por ejemplo, la idea de la dualidad y la del no-ser, es decir, entender al diablo como el ajeno, el adversario (tal como lo entendía Gregorio)[2] o entenderlo como lo que no es en contraste con Dios, que es. Este último punto representó también ciertos problemas ya que se buscaba explicar que el ser de Dios no podía ser el mismo que el ser de las cosas que nos rodean.
            Aun teniendo en cuenta esto, faltaba explicar cómo es que el Diablo, la maldad, claramente existía en un mundo creado por Dios. Una de las respuestas que se explora es pensar que el Diablo reina en el mundo terreno y en el inframundo y que tiene cierto derecho sobre nosotros a causa del pecado original[3]. Como seguimiento a esta teoría, se pensó en cómo la venida de Jesucristo pudo representar una de las derrotas del Diablo.
            Pese a las dificultades para conciliar el mal dentro de un contexto cristiano, lo que se puede observar es que no es posible divorciarse de la idea del Diablo ya que no es posible negar a la maldad que claramente se presenta frente a nosotros y, ya sea que se explique ontológica o moralmente, por lo menos puede comprenderse como una metáfora, una forma de observar cómo el mal es prácticamente inherente al hombre.
            Posiblemente éste último punto pueda dar cuenta de cómo se vivió la brujería en la Edad Media ya que se creía que las brujas estaban estrechamente relacionadas con el Diablo y puede observarse la enorme influencia de la sexualidad en estas ideas, como se ve claramente con la idea del súcubo y el íncubo. En este sentido, la brujería es una forma de acercamiento al Diablo, una rendición a las pasiones y una aceptación del pecado, lo cual era terriblemente condenado en la época. Así la brujería haya sido un culto al Diablo, lo que tenemos de cierto es la inmensa carga sexual relatada constantemente en obras como el Malleus Maleficarum donde la bruja es una mujer sexualmente poderosa, una mujer que cautiva y atrapa y que puede incluso provocar terror hacia la idea de la genitalidad, generado por el miedo a perder la virilidad pues literalmente se creía que podían castrar a los hombres.
            En este sentido, los castigos a las brujas y la Santa Inquisición pudieron haber sido un método de confesión o una forma de pedir redención a Dios, quemando y purgando el mal de la humanidad como buscando exterminarlo completamente para voltear a Dios y pedir de nuevo su amparo. La persecución de las brujas era una forma de tapar y negar la sexualidad humana y de entenderla como un pecado e incluso como el mal mismo.

Bibliografía
·         Russell, J.; 1995; Lucifer; Laertes; Barcelona.
·         Sprenger, J., Kramer, H.; Malleus Maleficarum; recuperado el 26 de octubre del 2013 de http://www.malleusmaleficarum.org/downloads/MalleusEspanol1.pdf y http://www.malleusmaleficarum.org/downloads/MalleusEspanol2.pdf.


[1] Cfr. Russell, J.; Lucifer; p. 104.
[2] Cfr. Russell, J.; Lucifer; p. 112.
[3] Cfr. Russell, J.; Lucifer; p. 122.

miércoles, 7 de marzo de 2012

Breve presentación del libro Ensayos de Montaigne.


Michel de Montaigne fue un filósofo y escritor francés que vivió durante el siglo XVI d.C.. Nace en el año 1533 y 38 años después, en 1571, inicia su obra culmen, Ensayos, en la que el pensador expone una multiplicidad de temas muy diversos, los cuales pudo profundizar en mayor o menor medida cada uno. Con esta obra, en cada uno de sus argumentos se da él mismo a conocer, pues él considera que es él mismo la materia de su libro. Mediante esta obra se devela su interior, aquello que ocupaba su mente. El libro fue publicado por él el 1 de marzo de 1580. Los temas que expone realmente carecen de un orden o de sistematicidad, ya que fueron escritos propiamente por el secretario de Montaigne, que escribía lo que el filósofo le iba dictando conforme a él se le venían en mente las diversas ideas.

En el capitulo catorce del libro primero, despliega un tema relacionado con el bien y el mal, con la valoración que cada persona hace de los bienes y los males. Él sostiene que “el sentimiento de los bienes y de los males depende en gran parte de la opinión que de ellos tenemos”.[1] Es decir, normalmente cuando una persona considera algo bueno o algo malo, no es porque en sí, la cosa sea buena o mala, sino porque así cada persona concibe esa cosa, sea porque lo ha aprendido, sea por alguna experiencia, etc., en fin, sea cual sea la situación, según Montaigne, juzgamos que algo es bueno porque así tenemos la opinión de eso. Entonces propone que, siendo tan personal el juicio que de algo podemos hacer (como bueno o malo), dependiendo esto de nuestra voluntad, es posible que podamos verlo todo de manera positiva y así alcanzar una felicidad mayor. Este argumento parece lógico, al punto que el autor escribe: “si las cosas se nos doblegan a nuestro arbitrio, ¿por qué inquietarnos por ellas y no acomodarlas a nuestro provecho?”.[2]

Su cuestionamiento filosófico es del todo innovador, ya que no define el mal como una carencia (como anteriormente se había hecho), sino que ahora deja al libre arbitrio del hombre el considerar algo bueno o malo. “Lo que nosotros llamamos mal no lo es de por sí, o, al menos, no lo es cual lo pensamos, depende de nosotros darle otro sentido y otro aspecto, pues todo viene a ser lo mismo”.[3] Como ejemplo pone la muerte. Para algunas personas morir es la peor derrota, el peor de los males, no obstante, la muerte es algo natural para todas las personas, de hecho representa el culmen de nuestra vida, y así, no necesariamente es un mal, sino que, para otros, dependiendo el enfoque, puede significar el cese de los sufrimientos, el paso a nueva vida, incluso: un bien. Para Montaigne, requiere tan sólo un esfuerzo del alma ver las cosas de manera positiva, de modo que sirvan para alcanzar la felicidad. De todo es posible sacar provecho, es cuestión de ver como un bien aquello que se juzga. “Así, pues, el bienestar y la indigencia dependen de la opinión de cada uno”.[4]

Posteriormente, en el capitulo veinte expone que filosofar es prepararse a morir. Para él, el sentido de la vida es el placer, la felicidad que se alcanza en el goce. Ahora bien, en esta vida, nuestro mayor obstáculo para deleitarnos de la vida es el miedo a la muerte, así pues, “toda la sabiduría y razonamientos del mundo vienen a resolverse en este punto: en enseñarnos a no tener miedo a morir”.[5] De esta manera, advierte al lector, que es una tontería tener miedo a lo inevitable y que, por lo tanto, es debido disfrutar la vida y que, incluso el mismo esfuerzo por gozar de ella es agradable. Vencer el miedo a la muerte es simple, con base en lo primeramente expuesto, sólo es preciso considerarla como algo positivo, como un bien. En realidad la muerte es el solamente el fin de nuestra carrera, el objeto necesario de nuestras vidas.[6]

Dedica también un capítulo para hablar sobre la educación de los hijos. Al respeto, Montaigne manifiesta su asombro de cómo tanta diversidad de temperamentos, de pensamientos, de doctrinas y costumbres, terminan haciendo que los niños se den cuenta de la realidad del hombre: es un ser imperfecto, con una natural debilidad, es decir, que lo que aprende, de igual manera viene a ser lo que se le da a cada sujeto en su contexto (sociedad, cultura, época), y nuevamente viene a ser un factor subjetivo dependiente de la opinión personal. Así, si para una persona algo es valioso, eso aprenderá, en cambio, otra persona puede desestimar ese aprendizaje y pasarlo por alto.

Más adelante, en el libro segundo de su obra Ensayos se introduce en un tema de relevancia para la filosofía: la inconstancia de las acciones del hombre. El pensador francés sostiene que es evidente que las acciones del hombre “se contradicen de ordinario de tan extraña manera, que parece imposible que hayan salido de la misma tienda”.[7] Con esta metáfora, lo que intenta decir, es que no parece que sea la misma persona la que está haciendo la acción. Su texto es una dura crítica a las personas que no mantienen, a fuerza de voluntad, firmeza en su actuar, en sus propósitos, en sus ideales. Muchas veces se “etiqueta” a las personas de tal o cual manera, no obstante, Montaigne asegura que eso es absolutamente absurdo, ya que, decir que alguien es de tal manera solamente porque hizo tal otra acción no significa que así sea, ya que de un momento a otro puede cambiar radicalmente su forma de actuar, debido a esa inconstancia en el vivir. “En toda la antigüedad es difícil encontrar una docena de hombres que hayan seguido un plan de vida bien fijo y seguro, lo cual constituye el fin principal de la sabiduría”. [8]

En muchos otros temas más se explaya este filósofo, como en “el arte del platicar”, “la vanidad”, apologías o comentarios sobre otros pensadores, etc. La importancia de Montaigne, entre otras cosas más, radica en que pudo ofrecer a la filosofía de su época una continuidad en las reflexiones, es decir, que retoma temas de los que ya se había hablado, para enriquecer; por ejemplo, cuando habla sobre el carácter subjetivo del bien y el mal, etc. Michel de Montaigne es un personaje de importancia fundamental para la filosofía francesa del siglo XVI d.C., pues dará pie a muchas reflexiones más en siglos posteriores.

Bibliografía

Fernández, Clemente, Los filósofos del renacimiento, Ed. BAC, Madrid, 1990, pp. 290 – 327


[1] Fernández, Clemente, Los filósofos del renacimiento, Ed. BAC, Madrid, 1990, p. 293.

[2] Ibídem, p. 294.

[3] Ibíd.

[4] Ibídem, p. 297.

[5] Ibídem, p. 299.

[6] Es necesario porque no puede ser de otra manera, inevitablemente moriremos. Es parte de nuestra condición como seres humanos: vivir incluye que algún día moriremos. Por lo tanto, por qué tener miedo a lo ineludible y necesario, que es parte de nuestra naturaleza.

[7] Fernández, Clemente, Los filósofos del renacimiento, Ed. BAC, Madrid, 1990, p. 304.

[8] Ibídem, p. 305

lunes, 6 de febrero de 2012

San Agustín, Confesiones, Libro VII

En el libro séptimo de Las confesiones, San Agustín nos narra una etapa de su vida muy importante, ésta es la juventud. En este periodo, Agustín ya se encontraba dentro de la santa Madre, la Iglesia Católica, y lo invadían diversas dudas, entre ellas la más importante trataba sobre el origen del bien y del mal, de la luz y las tinieblas, esta incertidumbre provenía claramente de los maniqueos, pues ellos “buscaban el origen del mal repletos de malicia, por esa causa creían que Dios era capaz de padecer el mal”.[1]

Agustín concebía a Dios como “el sumo, y el único y el verdadero”,[2] e imaginaba a aquel Ser incorruptible, inviolable e inconmutable. Creía firmemente que Él penetraba todas las partes de la tierra, llenando todo de su presencia, pasando por todas las cosas, fueran grandes o pequeñas. Aunque posteriormente se dio cuenta de que entendía mal la anterior concepción, pues él pensaba que “si fuera de ese modo la mayor parte de la tierra tendría mayor parte de ti, y la menor parte tendría menor, por lo que un elefante tendría mayor parte de ti que un pajarillo”.[3] Más tarde Agustín se percató de que en realidad Dios sí penetraba todas las cosas, grandes o pequeñas, y que su presencia en ellas era plena y totalizante, y no limitada a su tamaño o forma.

Agustín, reflexionando en su vida pasada, se preguntaba sobre quién lo había formado, y llegando a la conclusión de que Dios lo había creado, se volvía a preguntar “¿De donde, pues, me ha venido querer el mal y no desear el bien?”[4] De esta pregunta Agustín realiza toda una reflexión, hasta que consigue llegar a la respuesta correcta. El camino que realizó para llegar a esa respuesta es el siguiente.

“¿Quién depositó esto en mí y sembró en mi alma esta semilla de amargura, siendo hechura exclusiva de mi dulcísimo Dios?”[5] El Diablo, fue la primera respuesta que dio, él fue quien sembró el mal en el cuerpo, pero inmediatamente se dio cuenta de que no había sido él, ya que él era un ángel bueno que se hizo malo por su voluntad, de dónde pues le vino la mala voluntad si había sido creado por Dios.

¿De dónde viene el mal?, la siguiente respuesta que formula es que el mal proviene de la materia, la materia de donde fuimos creados y formados era mala, de ahí nuestra inclinación al pecado, pero también Agustín se da cuenta de que no es de ahí donde proviene el mal, ya que Dios siendo omnipotente hubiera convertido la materia en buena antes de crear al hombre, o destruirla y hacer una nueva que fuera buena creada por Él. Con lo anterior Agustín se da cuenta de que en realidad el mal no proviene de la materia.

¿De dónde viene el mal?, el mal no viene de Dios, pues Él no lo padece, el mal viene del hombre, ya que él, dice San Agustín, “es ciertamente, porque procede de ti, mas no es, porque no es lo que tú eres”,[6] el bien está en adherirse a Dios, porque, si no se permanece en Dios que es suma bondad, no se podrá permanecer en el bien, sino que se inclinará hacia el mal. Son buenas las cosas que se corrompen, pues fueron creadas por Dios, mas no son sumamente buenas, sino, fueran incorruptibles, e incorruptible, inviolable e inconmutable sólo es Dios.

“Indagué qué cosa era la iniquidad, y encontré que era la perversidad de una voluntad que se aparta de la suma sustancia, que eres tú, ¡oh Dios!, y se inclina a las cosas ínfimas, arroja sus intimidades, y se hincha por fuera”.[7]

En conclusión, el mal como dice San Agustín, no proviene de Dios o de otro lugar, éste proviene de nuestra voluntad al momento en que nos alejamos de Dios, cuando nos inclinamos a cosas que no pertenecen a Él, por lo tanto, el secreto de una vida virtuosa y llena de bondad, consiste en permanecer en Dios quien guarda sus mandamientos permanece en Dios y Dios en él”,[8] y dónde se encuentran estos mandamientos, en la Sagrada Escritura, nos dirá San Agustín.

 

Bibliografía.

San Agustín, Las confesiones, Madrid, Editorial B. A. C., 1974, pp. 612.


[1] San Agustín, Las confesiones, Madrid, Editorial B. A. C., 1974, p. 271.

[2] Ibidem, p. 265.

[3] Ibidem, p. 269.

[4] Ibidem, p. 272.

[5] Idem.

[6] Ibidem, p. 287.

[7] Ibidem, p. 292.

[8] 1 Juan 3, 24.

miércoles, 25 de enero de 2012

San Agustín: Dios, la Trinidad, el tiempo y el mal

La siguiente redacción pretende ser una continuación sobre los textos de san Agustín, tomados del libro editado por F. Canals. Sin más me remito al texto leído.
El editor, para hablar acerca de la mente, la noticia y el amor, utiliza el texto De la Trinidad. Aquí san Agustín expresa que la mente no puede amarse si previamente no se ha conocido, de modo que se pone de manifiesto que para amar hay que conocer; e incluso no es ni siquiera por la observación de otra mente que pueda conocerse a sí misma, por lo que no puede decirse que “se ignora a sí misma y conoce a las demás”.[1] Argumenta también, que la mente percibe mediante los sentidos del cuerpo las sensaciones corpóreas, mientras que las incorpóreas lo hace por sí misma; por consiguiente se conoce a sí misma por sí misma, porque es incorpórea. Por otro lado “al amarse la mente existen dos realidades, la mente y su amor, y al conocerse la mente existen también dos realidades, la mente y su noticia; luego la mente, su amor y su conocimiento son como tres realidades, y las tres son algo uno; y si son perfectas, son iguales”.[2]Así, al observarlas, vemos que estas realidades existen en el alma, de modo que forman parte de un todo; y si forman parte de un todo se dicen en relación a este todo, “porque toda parte es parte de algún todo, y el todo lo es con todas sus partes”.[3] Del mismo modo son, las tres, una misma sustancia y así se relacionan, subsistiendo, es decir, quedando en sustancia la trinidad en que aquellas tres realidades, “y así cada una de estas tres realidades existe en sí misma”.[4] En resumen:
“la mente que se conoce y ama está en su amor y noticia; el amor de la mente que se conoce y ama está en su mente y en su noticia; y a noticia de la mente que se ama y conoce está en su mente y en su amor, porque se ama en cuanto es cognoscente y se conoce en cuanto es amante.”[5]
Para hablar del término «persona», tomando de base el mismo escrito de san Agustín, se parte la idea de que “en Dios nada se dice según accidente (…) y en lo que no se predica según sustancia, se predica accidentalmente (…) así en Dios nada se afirma accidentalmente, porque nada mutable hay en él (…) se habla a veces de Dios según la relación”,[6] es decir, el Padre en relación al Hijo, y el Hijo en relación al Padre. De modo que cuando se dice que son tres personas divinas, primero es porque se toma la traducción latina en la que hay una sustancia o esencia y tres personas; y este “tres personas” hace referencia a que comparten la esencia en comunión, por ejemplo: Abraham, Isaac y Jacob, tienen de común la humanidad y por eso se dice que son tres hombres; de modo que “si decimos que son tres personas, la cualidad de persona es allí común”.[7]
Cuando el editor habla acerca de la materia y la nada, usa el escrito Del Génesis contra los maniqueos[8], en donde, san Agustín, hace una apología acerca de la creación de predicada por los católicos, la cual, a su vez, toma fundamento en el Génesis de la Biblia. Así entonces defiende que Dios creó la materia de la nada; y puesto que los maniqueos defendían la idea de que ya existían antes las tinieblas antes de que Dios creara, se defiende que estas tinieblas a las que hacen referencia no son otra cosa que la ausencia de luz de Dios, en otras palabras eran nada. Pero si hubo una primera materia (creada por Dios) a partir de la cual Dios creó todo lo demás, a ésta se le encuentra con diferentes nombres en el Génesis, pero siempre con la intención de designar la materia primera, invisible e informe, de la cual creó Dios el mundo.
Respecto al tema del tiempo, desde las Confesiones, san Agustín expresa en primer lugar que el tiempo es obra de Dios, y puesto que Él es eterno, en Él no hay tiempo más que el hoy, y este hoy es la eternidad. En cambio para nosotros lo hombres hay que especificar que:
“no existen los pretéritos ni los futuros, ni se puede decir propiamente que son tres los tiempos: pretérito, presente y futuro; tal vez sería más propio decir que los tiempos son tres: presente de lo pasado, presente de lo presente, y presente de lo futuro. Porque éstas son tres cosas que existen de algún modo en el alma por la memoria, la visión y la expectación”.[9]
Por último acerca del mal, tomando el escrito De las costumbres de los maniqueos, queda dicho que el mal es aquello contrario a la naturaleza, porque ninguna naturaleza es mala. También a manera de apología, san Agustín defiende la idea de que el mal es “lo que ataca a la esencia de un ser, lo que tiende a hacer que no exista ya”,[10] y la corrupción aquello que lleva a la perversión, al desorden del ser; pero de ahí se concluye que “el orden produce el ser; el desorden, al contrario, que se puede llamar también perversión o corrupción, produce el no ser; y por consiguiente, todo lo que se corrompe, tiende por esto mismo, a no ser ya lo que es”.[11]




Bibliografía:

Diccionario de la lengua española © 2005 Espasa-Calpe.
Canals Vidal, F. (ed.), Textos de los grandes filósofos. Edad media, Herder, Barcelona, 1991.


[1] De la Trinidad, IX, cap.3-5, citado en: Canals Vidal, F. (ed.), Textos de los grandes filósofos. Edad media, Herder, Barcelona, 1991. p. 33.
[2] Ibídem, p. 34.
[3] Íbid, p. 36.
[4] Íbid, p. 37.
[5] Íbid.
[6] Íbid, p. 39.
[7] Íbid, p. 39.
[8] Doctrina fundada por el filósofo persa Manes que se basa en la existencia de dos principios eternos, absolutos y contrarios, el bien y el mal.
[9] Confesiones, XI, citado en: Canals Vidal, F. (ed.), Textos de los grandes filósofos. Edad media, Herder, Barcelona, 1991. p. 51.
[10] De las costumbres de los maniqueos, II, citado en: Canals Vidal, F. (ed.), Textos de los grandes filósofos. Edad media, Herder, Barcelona, 1991. p. 33.
[11] Íbidem, p. 58.

jueves, 27 de enero de 2011

Enquiridion

En el presente texto, se llevará a cabo un comentario sobre el escrito de Agustín de Hipona (+ 430), conocido como Enquiridión, esta obra lleva consigo puntos importantes sobre el bien y el mal, que se irán presentando conforme se avanza en la lectura de este mismo.

Desde un inicio, Enquiridión muestra una característica social, que si bien, son los mismos tiempos donde los maniqueos, s. III y IV1, los cuales daban pauta sobre el origen del mal. Además, esta postura parte de la frase de Agustín de Hipona: “todas las cosas fueron creadas por esta sumamente buena, subsistente e inmutable Trinidad”2, la cual, permite considerar en su conjunto, la belleza del universo y la relación que hay entre el bien y el mal.

Esto se da a partir de la cuestión ¿Porqué Dios permite el mal?. Si bien, es un enfoque que vuelve a marcar la existencia del bien y que hace resaltar, por el hecho de que la acentúa, no obstante que la maldad existe en el mundo. Ya el texto nos dice que hasta los infieles describen su parecer: “Dios omnipotente, no permitiría en modo alguno que existiese algún mal en sus criaturas...que pudiese sacar bien del mismo mal”3, dando como resultado que aún por su gran poder, se vale del mal para obtener mayores bienes.

Las criaturas son sumamente buenas, sin embargo, son corruptibles. Ya el autor, hace la distinción donde Dios “Siendo el Creador de todas las substancias... el bien puede admitir aumento y disminución”3. Esto se debe a la existencia de la substancia el hombre y su relación con el Creador porque si su disminución va en aumento, siempre quedará algo, ese algo le permitirá existir, existencia misma que le fue concedida y le hace no perder el bien. Se habla de una naturaleza incorrupta que ya está dentro de la criatura, pero sí se ve afectada por el mal, se corrompe, le priva de algún bien que posea en sí misma, por lo que le daña y le despoja de ese bien.

Por el contrario, puede haber cierta privación de algún bien, sin embargo, si queda algo del ser, el alma ya no se vería privada, ni quedaría dañada, porque habría una cierta lucha que le permita defenderse y no dejar que el mal la despoje, por consiguiente, el ser encerraría en sí mismo su naturaleza incorruptible, mientras no cese de corromperse. No obstante, quedaría con su corruptibilidad de forma total y ascendente; dejando de existir.

"Sin bien no podría existir el mal"4. Cita tomada de forma textual, para transmitir que la existencia del bien no es posible si no existe este mismo bien porque no habría mal alguno, aunque no deja de estar en simplicitud, si no que, debe haber mal para demostrar su presencia en todas partes. Sin embargo, el origen el bien no puede ser demostrado más que por el mismo mal. Es decir, tanto la existencia del mal como del bien, se parte del hecho de que no puede haber una sin la otra, en forma de balanza, pero que distingue al hombre, por su substancia y por la forma de ver que tanto es malo por su corruptibilidad, como bueno porque es hombre, es substancia, aún en su defecto.

Agustín de Hipona quiere transmitir que ya la consideración sobre este tema para las personas era algo conocido y admitido, que en un concepto ético, “el bien y el mal son contrarios... ambos pueden existir simultáneamente en el mismo ser”5, esta relación se se asemeja al enunciar que el bien no puede existir sin el mal pero el bien puede existir sin el mal. Llegando a definir que puede desprenderse y continuar siendo tal como es.

Estas son otras de las controversias que se remarcan en relación con la existencia de la injusticia tanto en el hombre como en el ángel, nos dice: “El hombre o el ángel pueden o no ser injustos...son buenos en cuanto tales pero malos en cuanto injustos”6. Ya refiriéndose, en primera instancia a la acción que realize el mismo hombre; si ésta es buena irá consigo la maldad, porque está ahí presente para proceder desde la corrupción del sujeto ya que “los males han tenido su origen en los bienes”7.

Otro punto que sale a flote es la ignorancia, no vista desde la falta de conocimiento sino tambien a la actuación que el hombre ha dado, al juzgar de forma errónea. Hace su entrada el mal cuando emite un juicio sabiendo que lo ignora, porque está aprobando “lo falso como verdadero”8. Dando entrada al error, éste que se caracteriza por su provocación a la ignorancia. Si alguien por ignorancia comete un error utilizándolo como escudo versa sobre el error, pues la razón que ya está en cada uno, se ve oculta con el error que ya se tiene presente. Y no es un error bueno si no lo contrario, le es útil pero le perjudica.

Por otro lado, considerando ahora la verdad con más diligencia,no siendo el error, pues ya se ha comentado que solo “juzga lo falso con lo verdadero y lo verdadero como falso”9, sino como la manera de llevar a cabo su función. Esta misma verdad lleva la función de ser incorruptible y, por si fuera poco, necesita del error para conservarse, para ser auténtica. El ejemplo que nos dá San agustín de esto es, “en algunas ocasiones es necesario el error para conservarla”10, no solamente a la verdad, también a la acción que se comete con esta misma, de forma negativa alguien que haga uso indebido de la verdad sabe que miente aún creyendo que no es así, y le perjudica más a él está mintiendo aunque sepa la verdad por que sí la conoce.

Otro aspecto, es el error que se comete con la forma de pensar, ya nos lo comenta al decir: “cuando un hombre piensa bien de otro malo por ignorar si es bueno o malo”11, si bien, no solo se refiere a la consideración que se tiene de la persona, sin embargo, hay un error, por el hecho de juzgar apoyado en lo que se percibe o en los sentidos.

En esta misma sintonía, enmarca el pensamiento de los académicos12, en la forma de defender al sabio y su agudo pensamiento de “si el sabio debe afirmar algo para no caer en el error”13, cuestión que le desagrada por la evasión de no aceptar la verdad y las características que tiene. De ahí, que por más que ellos la oculten o digan que es incierta, existe, y por más refutación que se dé en contra no puede encontrarse, por el contrario, no puede llamarse sabiduría como lo denominan, es insensatez por que no se reconoce que el error se puede evitar. Lamentablemente, como se ha dicho, es necesario para dar validez de que existe la verdad.

A todo el recorrido que se ha hecho desde la relación del bien con el mal, está tambien la bondad de Dios en relación con la concupiscencia. Primeramente, está la situación del pecado en el género humano, que si bien los males sufren el castigo de Dios, Él mismo “no cesa de vivificar y dar fuerza constantemente a los ángeles perversos”14. Después, en cuanto a los mismos hombres “juzgó más conveniente sacar bienes de los males que impedir todos los males”15. De esta manera, está la misericordia evidenciada por parte de Dios otorgando la liberación y vulnerabilidad en el hombre.


BIBLIOGRAFÍA:

Fernández Clemente, Los filósofos medievales Tomo I, BAC, Madrid, 1979. 753 pp.

Bernardino Llorca, Historia de la Iglesia Católica Tomo I, BAC, Madrid, 1955. 959 pp.


1Llorca, Bernardino, Historia de la Iglesia Católica, Tomo I, BAC, Madrid 1955. p.222

2Ibidem. p.445

3Ibidem. p.446

4Ibidem. p.447

5Ibidem. p.447

6Ibidem. p.448

7Ibidem. p.448

8Ibidem. p.449

9Ibidem. p.449

10Ibidem. p.450

11Ibidem. p.451

12Fernández Clemente, Los filósofos medievales Tomo I, BAC, Madrid 1979.p.139

13Ibidem. p.450

14Ibidem. p.452

15Ibidem. p.452