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jueves, 3 de febrero de 2011

Pseudo-Dionisio Areopagita Sobre la Teología Mística

Pseudo Dionisio Areopagita es el nombre con el que se conoce al autor de este texto y el de otros tantos más como lo es la Jerarquía celeste y sus Cartas. Se pensaba antes que el autor era un converso al cristianismo discípulo de San Pablo, aquel que después de la predicación del apóstol en el areópago se convirtió. Después se descubrió que no era así, aunque aún no se sabe con certeza quién es el autor de dichos textos.

La importancia que se le ha dado a este texto de la Teología mística, ha sido de suma importancia a lo largo de la historia y en especial por parte de los grandes místicos dentro del cristianismo, así podemos mencionar por ejemplo a San Juan de la Cruz, el gran reformador de la orden del Carmelo que se basó en estos textos para su labor literaria que a la vez refleja su experiencia propiamente mística.

Es importante destacar que este texto está escrito bajo una fuerte influencia de la corriente plotiniana, heredera a su vez del pensamiento platónico. Esta influencia la tiene marcada directamente por Proclo quien estuvo más de cuarenta años al frente de la Academia fundada por Platón. Todo esto quiere decir que en el escrito se ve reflejado un dualismo entre el mundo de los términos humanos y el de lo supraesencial; éste último no se puede conocer por medio de los recursos humanos.

Aclarados por lo menos estos dos puntos podemos, ahora sí, desarrollar algunos de los temas que el autor nos plantea en su obra.

El texto de Sobre la teología mística habla de una oscuridad supraluminosa que es la que enseña las cosas arcanas, en donde se manifiestan los simples y absolutos e inmutables misterios de la teología; ella ilumina e inunda las mentes con bellos resplandores. Lo que nos dirige hacia esta oscuridad luminosa es esa a la que él llama Trinidad supernatural que es más que divina y más que buena.[i]

Al parecer este ejercicio de dirección por parte de esta Trinidad supernatural, es uno constante de contemplación que necesariamente exige el abandono de los sentidos y de las operaciones intelectuales. El fin de este ejercicio de abandono es espiritual y que el autor explica como la unión (en la medida de las posibilidades) con Aquel que está encima de toda esencia; dejamos las palabras del autor que expliquen este ejercicio: “por la libre y absoluta y pura renuncia de ti mismo a todas las cosas, serás elevado, solo ya y libre de todo, a ese rayo supernatural de la divina oscuridad”[ii]

Este tema es nuevo en los escritos de la época, la mística es pues un ejercicio espiritual el cual consiste en salir de sí mismo para poder conocer a la llamada divina oscuridad. Este acercamiento, esta unidad con Aquel que está por encima de todas las esencias, es decir: la supraesencia, es un conocimiento superior y que sólo se consigue logrando salir de uno mismo. Este conocimiento resultaría imposible de explicar en términos humanos puesto que al conocer a la supraesencia se hace fuera de estos parámetros; esta es pues la bella experiencia pero difícil tarea de dar a conocer este momento de éxtasis.

Tan especial es este ejercicio que el autor recomienda ocultar dicha experiencia a ciertos tipos de individuos que no compartirían la presencia de algo ajeno a las cosas naturales, diciendo “que no llegue esto a oídos de los espíritus rudos: me refiero a esos que están adheridos a las cosas naturales y no se imaginan que además de ésas pueda haber otras realidades supernaturales; es más, se creen que con su conocimiento entienden a Aquel que 'puso su morada secreta en las tinieblas'”[iii]

Otro aspecto interesante es el del conocimiento de la supraesencia por medio de la negación. Se conoce que el Areopagita encuentra dos vías por la que se puede llegar al conocimiento de Dios, que son la vía positiva y la negativa. La vía positiva pasa a ser la que es más limitada ya que se puede conocer a Dios por medio de símbolos que están dentro de los términos humanos, la limitante es que estos símbolos siempre representan distintas cosas que suelen ser una considerada como positiva y la otra como negativa. Por otro lado, la vía negativa tiene como fin, también el conocimiento de la supraesencia y se llega a él en la mediad de que se sabe lo que no es.

Al conocer estas dos vías propuestas por el mismo Dionisio Areopagita podemos entender algunas de sus expresiones literarias al decir que “hay que hablar de las negaciones de modo contrario a como lo hacemos con las afirmaciones”[iv]. Esto lo podemos entender así: ya sabemos que el anhelo es el de poder llegar y entrar a la oscuridad que es superluminosa, la manera en la que se llega es por medio de la vía negativa, es decir, que si sabemos que la supraesencia es luz entendemos ahora que llegaremos, por la negación de toda luz o visión, a ella. Por el mismo hecho de no ver ni conocer es como llegamos a “ver y conocer lo que trasciende toda visión y conocimiento”[v].

Al parecer, el trabajo del místico es conocer aquello que es imposible de explicar con las palabras, pues así nos lo dice nuestro autor: “cuando nos adentramos en esa oscuridad que trasciende toda inteligencia, caeremos no ya en la parquedad de palabras, sino en un silencio absoluto e inhibición de inteligencia”[vi]. Así, nos queda claro que el místico, cuando conoce a Dios no lo puede comunicar, por lo menos no con palabras, pues experimenta un silencio profundo y una inhibición de la propia inteligencia, sin duda este conocimiento es algo sumamente espiritual.

La reflexión acerca de Dios ha llegado a grados profundos puesto que ya no solamente se piensa de Dios sino que se busca un conocimiento personal con Él; ya no se quiere sólo saber sobre Dios, ni explicar o defender sólo las doctrinas cristianas. Se cambia entonces la manera de un conocimiento explicativo a uno vivencial; esto mueve la “gráfica” que ya se tenía entendida, en la que el conocimiento empezaba de arriba e iba cobrando una extensión lograda por el descenso mismo; ahora se empieza por un ascenso desde los seres ínfimos que se contrae por el mismo ascenso hasta llegarse a consumir y así, enmudecida por completo, se llega a la unión total con Dios que es inefable.[vii]

Este es el conocimiento de Dios y así se puede llegar a conocerlo; pero el autor no se limita a explicar el proceso de su conocimiento, también trata de dar a entender lo que es esa supraesencia por medio de la ya mencionada vía negativa. Dice que, aunque es creador de todas las cosas sensibles, Dios no es ninguna cosa sensible, ni tampoco es alguna cosa inteligible aún siendo Éste su autor. La conclusión a la que llega es, a fin de cuentas, que no se puede explicar ni siquiera con las vías que propone puesto que él mismo dice que “ni Él es objeto en absoluto de afirmación o de negación; mas, cuando hacemos las negaciones de los seres inferiores a Él, ni lo afirmamos ni lo negamos, ya que se mantiene perfecto más allá de toda afirmación”.[viii]

Esta es la experiencia de conocimiento de aquel que conocemos como Pseudo-Dionisio Areopagita, bienaventurado hombre que supo del verdadero conocimiento y de la frustración de no poderlo explicar a los que nunca hemos podido realizar esta experiencia del supremo conocimiento que implica una total ignorancia.

Bibliografía:

Pseudo-Dionisio Areopagita, “Sobre la Teología Mística”, en Clemente Fernández, Los filósofos Medievales I, BAC, 1979



[i] Cfr., Pseudo-Dionisio Areopagita, “Sobre la Teología Mística”, cap. I, en Clemente Fernández, Los filósofos Medievales I, BAC, 1979, p. 520.

[ii] Ibidem, p. 520-521.

[iii] Ibidem, p.521.

[iv] Ibidem, cap. II.

[v] Ibidem.

[vi] Ibidem, cap. III, p. 522.

[vii] Cfr., Ibidem.

[viii] Ibidem, cap. V, p. 523

jueves, 27 de enero de 2011

Pseudo-Dionisio Areopagita: De los nombres divinos

El autor inicia este texto dirigiéndose a un amigo, explicándole que tratará de exponer los nombres divinos teniendo como norma a la sagrada ley de las Escrituras, pues ahí se contiene la gracia del Espíritu y es la fuente certera para conocer a Dios. Dice que es Dios el que concede la capacidad para conocerle, Él es el que acomoda su inmensidad a la comprensión humana.

Pseudo-Dionisio en esta obra llama a Dios supersubstancial infinitud, supra mental unidad, inescrutable para todo raciocinio, Uno sobre toda palabra, unidad generadora de toda unidad, sustancia sobre toda sustancia, mente inaccesible a la inteligencia, entre muchos otros apelativos; sostiene también que, al que trasciende todo conocimiento y lenguaje y que está sobre todo, no se le puede captar, afirmándolo de la siguiente manera: “no podemos ni expresar con palabras ni alcanzar con el pensamiento a ese ser uno, desconocido, sobre toda sustancia, el Bien en sí mismo, que existe, digo la trina unidad, a la vez Dios, a la vez bueno”;[1] ante tales conclusiones termina el primer capítulo diciendo que “al que es causa de todas las cosas y está sobre todas ellas, le cuadra el carecer de nombre, y, a su vez, le cuadran todos los nombres de todas las cosas”.[2]
 
En el segundo capítulo se enlistan los nombres comunes a Dios que se contienen todos en la Sagrada Escritura: superbueno, supersustancia, hermoso, existente, entre otros, y se mencionan los nombres no comunes para su tiempo, esto son el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Termina este apartado hablando de la unidad y distinción de Dios, “se divide quedando una y se amplifica sin dejar de ser única, y de una que es, se multiplica, pero sin perder la unidad.[3]
 
En el siguiente capítulo coloca a la bondad como nombre divino privilegiado entre los demás, “Dios es bueno por su esencia, de tal suerte, que, como bien sustancial, comunica la bondad a todas las cosas”,[4] hace una analogía con el sol y sus rayos, el cuál comunica su luz porque la contiene, diciendo que Dios, que es inmensamente más que el sol, al ser bondad, emana sus ser bueno a todos. Siguiendo este ejemplo llama “al Bien con el nombre de ‘luz’[5] que crea, da vida, perfecciona, ordena y le da el apelativo de luz intelectual que ilumina toda ignorancia y tiniebla. Culmina esta parte haciendo alusión a Dios como bello que es sinónimo de bueno, “y se le llama bello, porque es de todo en todo bello y más que bello, porque siempre se mantiene bello en el mismo aspecto y de la misma manera”.[6] Dios es “ese Bien bello que trasciende todo estado y movimiento”.[7]
 
Trata el problema del bien y del mal y lo finaliza con una explicación sencilla, “la conclusión que queda es, por tanto, que el mal es una cierta debilidad y una defección del bien”; [8] Para Pseudo-Dionisio el mal es privación y defecto, carece de causa y de determinación, su existencia es accidental, no sustancial y se hace en atención a un bien, “Dios conoce al mal en cuanto bien y en El las causas de los males son fuerzas que producen el bien”.[9]
 
Continúa su exposición hablando de Dios como ente, diciendo que no pretende explicarlo sino, más bien, exaltar a la sustancia deificante; en repetidas ocasiones describe a Dios de maneras similares a esta: “«El que es» existe como causa sustancial supernatural de toda esencia posible, y es el productor del ente, de la existencia, de la persona, de la naturaleza”,[10] se refiere constantemente a Dios como el ser en sí, el ser más excelente que posee perfectamente el ser, el que ha hecho existir todo, el preexistente, “a propósito de Él se dice que «era» y «es» y «será» y también «ha sido hecho» o «se hace» y «se hará».[11]
 
Dios está por encima de toda sabiduría, Él posee la plenitud, y aunque la capacidad intelectiva del hombre puede comprender algunas cosas, para comprender a Dios es necesario no hacerlo al modo de los seres humanos, sino basándose en una unión con Él, pues así es como se transmiten los dones divinos. El Areopagita continúa hablando sobre la mente divina que conoce todo sin tener que aprenderlo, pues en sí misma los posee, siendo por el conocimiento de sí mismo que conoce lo demás. Se plantea el problema de cómo conocemos a Dios y afirma que no es por su naturaleza, sino por el orden que ha dejado en el universo en el que hay semejanzas e imágenes divinas; el conocimiento perfectísimo de Dios “se obtiene por la ignorancia”,[12] pues es más don que búsqueda personal, según Pseudo Dionisio hay que apartarse de todo y abrirse a recibir la sabiduría divina que proviene de Dios.

Se trata el tema de la semejanza con Dios y se dice que Él es desemejante, diverso de todas las cosas y nada es semejante a Él, pero esto no es contradicción para que el hombre se pueda parecer a Él, puesto que “Dios, que trasciende todas las cosas, en cuanto tal, no es semejante a ninguna cosa, sino que Él concede la semejanza divina a los que se vuelven a Él al tratar de imitarle”.[13]
 
Sigue escribiendo de Dios como el poder en sí, la vida en sí, el creador de la vida en sí, la paz en sí, la divinidad en sí, refiriéndose a Él como el único principio y causa de todas las cosas.

Culmina el escrito haciendo alusión a Dios como uno, en el que nada está fuera de Él, todo participa en el uno y este uno tiene unido todo. Cierra su intervención diciendo que “no hay posibilidad de asignarle un nombre o un concepto [a Dios], sino que se mantiene inaccesible a todos”, [14] incluso el mismo nombre de bondad no encierra todo lo que significa Dios, es por eso que se le otorga el nombre más venerado de todos, dice también que se está lejos de la verdad pero en la medida posible se busca conocer a Dios de diferentes maneras.

Bibliografía:
Fernández, Clemente S.I, Los filósofos Medievales, selección de textos, Tomo I, BAC, Madrid, 1979, p. 496-520.


[1] Fernández, Clemente, Los filósofos Medievales, selección de textos, Tomo I, BAC, Madrid, 1979, p. 498.
[2] Ibidem, p. 500.
[3] Ibidem, p. 501.
[4] Ibidem, p. 502.
[5] Ibidem, p. 503.
[6] Ibidem, p. 504.
[7] Ibidem, p. 505.
[8] Ibidem, p. 507.
[9] Ibidem, p. 506.
[10]Ibidem, p. 510.
[11]Ibidem, p. 511.
[12]Ibidem, p. 516.
[13]Ibidem.
[14] Ibidem, p. 520.