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jueves, 10 de enero de 2013

Lucio Apuleyo – El asno de oro – Libro XI


En el capítulo primero del libro XI, Lucio Apuleyo aparece aún como asno en uno de los varios sueños que contará en este último libro. Narra cómo se encuentra con la Luna, a la cual considera una “diosa soberana”. Dice que todas las cosas que respectan a la humanidad están regidas por su providencia y que la cantidad de cuerpos que existen, están a razón de si su tamaño aumenta o disminuye.
Comienza entonces con una serie de súplicas y de ruegos hacia la diosa, elogiándola de diversas maneras: haciendo referencia a sus obras y enunciando sus cualidades. De esta manera le pide encarecidamente que le quite la apariencia de asno y le devuelva la forma de hombre: “[…] basten ya así mismo los peligros, y quita esta cara maldita y terrible de asno, y tórname a mi Lucio y a la presencia y vista de los míos […]”.[1]

Después de la oración de Lucio, se presenta la diosa ante él y le hace una contestación a sus peticiones, no sin antes presentarse a ella misma así: “[…] madre y natura de todas las cosas, señora de todos los elementos, principio y generación de los siglos, la mayor de los dioses y diosas del cielo […]”[2]; y ella misma hace referencia a una serie de nombres con los que le conocen distintas comunidades y naciones, pero su verdadero nombre es la reina Isis. Cabe mencionar que se presenta de una manera muy personal y cercana, explicándole a Lucio lo que respecta a su religión y a la fiesta que hacen en su honor. Dicho esto le encomienda una misión con la que, una vez cumplida, podrá transformarse de nuevo en hombre; la misión consistía en caminar en la procesión que se realizaba en su fiesta, que besara la mano de uno de los sacerdotes y que comiera de las rosas que él portaba y de esta manera volverse hombre de nuevo.

En el segundo capítulo se narra la procesión que se hacía a la diosa Isis. Se hace referencia a las personas que participaban en dicha procesión y cuál era su comportamiento dentro de ella. Los hombres iban disfrazados de diferentes personajes, mientras que las mujeres hacían actos de gracia y de armonía. Había también algunos otros que tocaban instrumentos, encendían sus velas o cantaban a los dioses. Dentro de las personas que participaban en la procesión estaban los principales sacerdotes, los cuales iban portando sus vestiduras blancas. Lucio va pasando entonces entre todos ellos y cuenta las distintas cosas que ellos traen en sus manos. Uno de estos sacerdotes traía cargando la figura en oro de su diosa soberana y una corona de rosas de las cuales podía comer Lucio. Una vez que hubo llegado hasta él, como ya estaba advertido en un sueño también de la intención de la diosa para con Lucio, con notable amabilidad dio de comer las rosas al asno.

Entonces la diosa cumplió su promesa y al cabo de una hora, el asno se transformó de nuevo en un hombre. Lleno de asombro aquél sacerdote que le había dado a comer las rosas,  como agradecimiento a la gran diosa, le invitó a unirse a la religión que ellos profesaban diciéndole: “[…] y porque seas más seguro y mejor guardado, da tu nombre a esta santa milicia y religión, a la cual en otro tiempo no fueras rogado ni llamado como ahora; así que, oblígate ahora al servicio de nuestra religión, y por tu voluntad toma el yugo de este ministerio, porque cuando comenzares a servir a esta diosa, entonces tú sentirás mucho más el fruto de tu libertad.”[3] Por estas palabras, el favor que la diosa le había concedido y debido a la solemnidad y celebraciones de aquella religión, Lucio no puede dejar de pensar seriamente en formar parte de ella. Aquí termina el capítulo número dos.

El capítulo tercero comienza diciendo cómo la fama de Lucio crece estrepitosamente debido al favor y la gracia que había recibido por parte de la diosa. Junto con ello, tiene la posibilidad de retornar a su lugar de origen y de ver a los suyos que lo creían muerto. Crece en él entonces el deseo de poder formar parte de la religión de la diosa Isis y comienza a servirle en lo que puede, cuestionándose acerca de todo lo que implicaba formar parte de la religión, pues sabía que se requería de “gran abstinencia y castidad”.

Se describe entonces un segundo sueño en el que se le revela que un sumo sacerdote le entregará una bolsa llena de ciertas cosas que le enviaban de Tesalia y se despierta preguntándose qué significaba aquel sueño. Tiene grandes deseos de poder ingresar en la religión, de recibir el hábito y de recibir el orden para poder “intervenir en los secretos sacrificios”; incluso pide explícitamente a los sacerdotes que puedan ordenarlo cuanto antes, pues grande y profundo era su deseo, el cual lo llevaba a hacer grandes sacrificios y servicios. Los sacerdotes le explican que el orden sólo lo pueden recibir aquellos que han sido elegidos por la voluntad de la diosa, advirtiendo el peligro para los que quieran recibirlo sin haber sido llamados.

Para poder recibir el orden, Lucio debía de seguir los mandamientos y las normas que la diosa y su religión le pedían; entre las cosas que él tenía que cumplir, describe así algunas: “[…] me había de abstener, guardar y apartar de todos los manjares y actos profanos y seglares, por donde más derechamente pudiese llegar a los secretos purísimos de esta sagrada religión.”[4]
Tiene por entonces otro sueño, en el cual se le anuncia que podrá recibir el orden por parte del principal sacerdote, el cual tenía por nombre Mitra, y a quien también se le reveló la posibilidad de la ordenación. Dado esto, Mitra instruye a Lucio en los secretos de la religión, lo prepara para su profesión y lo hace ayunar de carne y vino por diez días.
Se narra en la instancia final, en el cuarto capítulo, cómo Lucio lleno de vestiduras recibe la estola olímpica y celebra la fiesta de su profesión, su entrada oficial a la religión. Las fiestas se celebraron con gran alegría y de forma muy solemne. Después Lucio tiene la posibilidad de retornar a su casa, pero antes hace otra oración a la diosa, para agradecerle por todos los beneficios recibidos. Canta su grandeza y hace alusión a que es toda poderosa y es omni-presente, al terminar la oración hace una especie de promesa: “[…] pero en lo que solamente puede hacer un religioso, aunque pobre, me esforzaré que todos los días de mi vida contemplaré tu divina cara y santísima deidad, guardándola y adorándola dentro del secreto de mi corazón.”[5]

Cuando Lucio estaba ya en casa de sus padres, un sueño de la diosa volvió a interrumpir su descanso. Se le vuelve a invitar a recibir otra vez la profesión y la consagración pero ahora en una nueva religión, en la del dios Osiris, “gran dios y soberano de todos los dioses”. Sin embargo, no puede entrar de inmediato a esta religión, ya que su pobreza le impedía cumplir lo que era necesario para ingresar en ella. Se despoja de algunas alhajas y ropas y gana algo de dinero, y con lo que obtenía también por su oficio de abogar causas en lengua romana, se le admite entonces en la nueva religión. Debido a que ya había hecho su profesión y su ordenación un par de veces, Lucio comenzaba a dudar si realmente lo hacía bien y ponía en tela de juicio también su propia fe.

Entonces se le aparece una persona en otro sueño y le asegura que debe de alegrarse por lo que se le pide y se le ofrece, ya que a pocos se les concede tal don, debe sentirse bienaventurado, pues de lo que va a recibir son autores los dioses y son ellos quienes lo mandan.
Así que más convencido, realizó de nuevo su entrada y su profesión, cumpliendo con éxito lo que para ella se requería. Por último se le aparece también en sueños el dios Osiris, quien lo invita y persuade para formar parte del colegio de los sacerdotes para que “[…] tomase cargo de patrocinar y ayudar en las causas y pleitos de los que poco pueden […]”[6]; y haciendo esto, Lucio concluye afirmando “[…] me ejercitaba y servía en mis oficios y cargos, perseverando en ellos con mucho placer y alegría.”[7]



Bibliografía: Apuleyo, Lucio. La metamorfosis o El asno de oro, [trad. Diego López de Cortegana] Madrid: 1948. (Versión en PDF)



[1]  Lucio Apuleyo, La metamorfosis o El asno de oro,  trad. Diego López de Cortegana (Madrid, 1948), 186.
[2]  Apuleyo, El asno de oro, 187.
[3]  Apuleyo, El asno de oro, 193.
[4]  Apuleyo, El asno de oro, 197.
[5]  Apuleyo, El asno de oro, 200.
[6]  Apuleyo, El asno de oro, 203.
[7]  Apuleyo, El asno de oro, 203.

Apuleyo, “Metamorfosis”, X libro.



Esta obra nos relata una historia, que nos envuelve y  transporta a la idea del autor. El libro décimo nos hace estar atentos a lo que va aconteciendo en la historia, a través de relatos que son muy interesantes.
 En la primera parte del libro nos cuenta que un caballero lleva al asno a residir en una ciudad, en la cual sucedió un acontecimiento: una mala mujer, por amor y pasión, le pide a su hijastro  tener relaciones sexuales para satisfacer su deseo, la madrasta se expresa de la siguiente manera: “tus ojos, que entraron por los míos a lo íntimo de mis entrañas, mueven un cruel entendimiento en mi corazón, por lo cual te ruego que hagas mancilla de quien por tu causa, y no te espante que pecas contra tu padre… te ruego, porque lo que nadie sabe no se puede decir que es hecho”.[1]
En general este relato se expresa de la siguiente manera: La madrastra ardía en fiebres por desear a su hijastro, pero ella temía que lo rechazara. La mujer hizo que su marido se ausentara de casa y exigió la satisfacción de su deseo a su hijastro, pero se dio cuenta de que sus tentativas eran nulas, por tanto se propuso matarle. Envió a su esclavo por un veneno y lo mezcló en su vino, que por error  bebió el hijo menor. La malvada madrastra acusó del envenenamiento a su hijastro porque él no había accedido a sus provocaciones. En el juicio, el médico que preparó el veneno advirtió que sospechando de las intenciones del esclavo, no le dio veneno sino una droga somnífera. Ciertamente el joven envenenado despertó, por lo que la madrastra fue desterrada y el esclavo asesinado.
La madrasta, va en búsqueda de su satisfacción personal tanto que se enamora de su hijastro,  y le pide tener relaciones más íntimas. Pero ésta encendió en ira por la no correspondencia del hijastro, que la hace idear la muerte del mismo. Su ira se acaba cuando sus planes de envenenamiento resultan frustrados, siendo ella expulsada y su esclavo condenado a muerte.   
Después nos habla de cómo el asno fue vendido a un cocinero y un panadero. Aquel caballero que me había comprado, sin que nadie me vendiese, y me hizo suyo sin que por mí diese precio alguno… vendiome a dos siervos hermanos, sus vecinos, por once dineros”[2], y que  un día comieron buenos manjares, un caballero tomó al asno y lo encargó a uno de sus criados, quien le enseñó técnicas “… a mí diome a otro su criado muy privado suyo y rico… primeramente me enseñó a estar a la mesa sobre el codo; después también me enseñó a luchar y a saltar, alzadas las manos, y porque fuese cosa maravillosa, me enseñó a responder a las palabras por señales”.[3]
Posteriormente el asno relata el estado de su señor, y cómo vino a la ciudad de Corinto, tuvo contacto con una mujer que por aquella noche alquiló al asno para tener relaciones con él y lo expresa con estas palabras : “ella se deleitó y maravilló tanto, que poco a poco se enamoró maravillosamente de mí, y no tomando medicina ni remedio alguno para su loco amor y deseo, ardientemente deseaba estar conmigo y ser otra Pasifae de asno, como fue la otra del toro… ella concertó con aquel que me tenía a cargo que la dejase una noche conmigo y que le daría gran precio por ello”.[4]  
La noticia de que un asno tuviera tan refinado gusto y paladar llegó a oídos del príncipe. Desde entonces, Lucio fue la máxima atracción, mientras que se saturaba de manjares y vino. Una rica dama vio las circunstancias del asno y se las arregló para satisfacer  el apetito sexual que le había despertado el animal. Tal acontecimiento zoofílico se presentaría en público, lo que superó el orgullo de Lucio.
Lo que interesa de este relato es que la mujer al igual que en la  narración en la primer parte buscan una manera de satisfacerse  y de saciar el deseo que los acecha, tal vez con el fin de ser felices, o de un capricho pasajero pero en esta ocasión con un animal.
En el último capítulo,  cuenta la solemne fiesta que se celebraba en Corinto,  y cómo estando listo el teatro, el asno, que iba a participar en el acto sexual frente al público, huyó sin que nadie se diera cuenta. Esto fue por lo que huyó: “la vergüenza que tenía de echarme públicamente con una mujer, y también haber de juntarme con una hembra tan sucia y malvada… así, que poco a poco comencé a retraer los pies furtivamente, y cuando llegué a la puerta de la ciudad, que estaba cerca de allí, eché a correr cuanto pude muy apresuradamente, y andadas seis millas, en breve espacio llegué a Zencreas”.[5]
En conclusión, tomando las mismas palabras del libro, “has de saber que no lees fabulas de cosas bajas, sino tragedias de alto y grandes hechos y que has de subir de comedias a tragedias”. [6] De cierta manera sí lo es, los textos son historias de hechos y acontecimientos que relatan, desastre, y desesperación, que son consecuencias de deseos vanos surgidos por personas que no encuentra la satisfacción en lo que tienen.



Bibliografía:
Lucio Apuleyo, La metamorfosis o el asno de oro, [traducido por Diego López de Cartagena], Madrid, Ed. Espasa Calpe, 1949 (versión en pdf).


[1] Lucio Apuleyo, La metamorfosis o el asno de oro, [traducido por Diego López de Cartagena], Madrid, Ed. Espasa Calpe, 1949 (versión en pdf). Pág. 156
[2] Ibíd. Pág. 171
[3] Lucio, op. cit.  Pág.173
[4] Ibíd. Pág. 175
[5] Ibíd. Pág. 184
[6] Lucio, op. cit.  Pág. 164

El asno de oro VIII: la magia y los cultos mistéricos. Lucio Apuleyo.



Una etapa muy importante para el estudio de la filosofía es la Edad Media. Si bien se caracterizó esencialmente por la influencia del cristianismo y por la importancia del Ser supremo más que del hombre en sí, es interesante comprender que su proceso tuvo bastantes factores que favorecieron esta cultura pero que también tomaban otros rubros distintos e incluso opuestos.
                Dentro de este contexto es como surgen algunas filosofías paganas (entendiéndolas fuera del cristianismo), y tienen raíces aún más antiguas que esta religión. Se caracteriza principalmente por tener un pensamiento que transita entre la teología y la filosofía desarrollada por los neoplatónicos, y en general tuvieron tendencias hacia la magia, con una diversidad de ritos y celebraciones típicos de las culturas antiguas, como es el caso de los grupos órficos, los mitreos, los adoradores de Isis y Cibeles, entre muchos otros.
                Uno de los exponentes de esta corriente es Apuleyo, que adquiere mayor importancia por ser de los pocos que describen un culto mistérico (es decir que ofrece la salvación después de esta vida, pero tienen que cumplirse con una iniciación). Como parte de sus escritos, es de admirar la forma en que relata la historia de “El asno de oro”, que consiste en que un hombre llamado Lucio se conviere en un asno debido a un ungüento mágico, al cual le ocurren distintas aventuras, pasando de un amo a otro y enfrentándose a fatigas y peligros inimaginables.
                En el libro octavo un servidor relata la historia de una querella amorosa a sus compañeros: Carites es una hermosa doncella que es pretendida por un joven apuesto llamado Trasilo, pero que es rechazado por lujurioso y malviviente. Entonces, ella decide casarse con otro hombre, a quien ama, llamado Lepolemo y con él comienza una vida feliz. Pero Trasilo se deja dominar por sus deseos y  urde un plan para matar al esposo y tener relaciones con Carites. Se hace amigo de la pareja por medio de fingimientos y ve la ocasión en un día de caza. En el monte, ante la aparición de un puerco montés, incita a Lepolemo a ir por él, pero dejando que ataque primero al marido, el animal le hiere ferozmente y el traidor, con lanza en mano, le mata con su arma. Pronto llegan los criados y fingiendo dolor les da la noticia de la aparente muerte. Al saberlo Carites casi se vuelve loca y pretende morir de hambre; aún en este trance, el lujurioso personaje le menciona sus deseos de casarse, pero ella se niega. En sueños, teniendo presente a su amado, a quien “había hecho a su semejanza al dios Baco”[1] y adoraba como dios, Lepolemo le revela la verdad para que se vengue.
                Al final la historia tiene un desenlace trágico pues Carites engaña a Trasilo, lo introduce en un letargo por medio de sustancias y le revela un deseo más terrible que cualquier tormento: “Yo haré que tú sientas ser más bienaventurada la muerte de tu enemigo que la vida que tú hubieres, porque, cierto, tú no verás lumbre y habrás menester quien te guíe”.[2] Y después de tal sentencia le deja ciego picándole con alfileres los ojos. Ella corre por una espada y después de hablar de este hecho se suicida en la tumba de su amado. Trasilo, ahora ciego, se entera y, desesperado por tanto mal que ha causado, decide enterrarse vivo en una tumba y morir de hambre.
                Después de enterrarles, los servidores huyen con las riquezas de este matrimonio infeliz. Empujados por el miedo, huyen y se alejan cuanto pueden y, a pesar de la advertencia de algunos aldeanos, caminan en un lugar lleno de lobos a media noche. No fue ese su mayor peligro sino que, creyendo que había ladrones (que en realidad sí eran), los vecinos con sus mastines les atacan y dejan medio muertos. Es hasta que la mujer de uno de los pastores resulta herida y su esposo reclama irónicamente: “¡Justicia, Dios! ¿Y por qué matáis los tristes caminantes…? ¿Qué robo es este? ¿Qué daño os habemos hecho?”.[3] Ante el aparente perdón de los vecinos ellos prosiguen malheridos, con su conciencia a cuestas más que otra cosa y aún el que no recibió golpe alguno es castigado porque, más delante, es comido por un dragón con fisonomía de pastor. Lucio, el asno, relata que huyen y llegan a otra aldea. A continuación, la historia prosigue con varias narraciones, como la muerte de un esposo infiel comido por las hormigas en una higuera, o la venta de Lucio, burlas hacia él y arreglo con un echacuervo.
                Con lo anterior tenemos para decir que es una buena historia y entrevemos algunos rasgos de los cultos mistéricos en los escritos de Apuleyo. Pero lo más interesante viene con la siguiente historia: Al ser vendido el pobre asno al echacuervo, es destinado para adoración de la diosa Siria. Sus supuestos adoradores son mozos, pero con unos comportamientos y tendencias bastante afeminadas, con intenciones lujuriosas respecto a otros hombres. El pobre Lucio en forma de asno tendría que contentarse con lo dicho por uno de ellos y resignarse: “Plegue a Dios que vivas y contentes a tu señor y ayudes a mis lomos cansados y vacíos”.[4]
                Como parte de sus ritos de adoración, al siguiente día salieron por las calles de tal localidad “vestidos de varios colores, cada uno con su traje, afeitados con afeites sucios, ojos alcoholados”.[5] Y puesta la diosa en el lomo del asno comenzaron; al llegar a la casa de un tal Britino, con cuchillos en mano, empezaron a cortarse en los brazos y saltaban incitados por el sonido de la trompeta, retorciéndose. Uno de los más alterados comenzó a decir que lo hacía por remisión de sus culpas, y empezó a flagelarse. Poco a poco fueron ganando dineros que les daban como limosna, y así, de pueblo en pueblo se pasaban  engañando a la gente y robándoles de manera “formal”, hasta el punto de pedir un borrego entero como sacrificio a la diosa.
                La aventura termina cuando, al término de los rituales, se reúnen en una casa y toman consigo a un mozo para hacer de él lo que  querían sexualmente, pero el asno Lucio, sin otra cosa que pudiera hacer más que rebuznar, logra atraer la atención de la gente y ellos quedaron in fraganti en su acto desmoralizante. A la media noche huyeron y quisieron castigar al animal, lo apalearon pero le perdonaron la vida.
                Por último, al llegar con otro adorador que les recibió generosamente, el pobre asno vive otra situación de muerte: un cocinero pierde una pierna de ciervo que iba a preparar, y casi se suicida cuando su mujer le reconvino para que en vez de llegar a esas instancias mejor matara a la bestia y preparara una de sus piernas para dar la apariencia del ciervo.
                En resumidas cuentas, el pensamiento que desarrolla Apuleyo desde estos relatos tan fáciles de comprender deja entrever las realidades místicas y mágicas que tenían algunos pensadores, sobre todo los neoplatónicos. Tal vez muchas de estas costumbres se parecieran a las de la diosa Siria, que relata este capítulo, en las que verdaderamente se engaña a la gente por medio de danzas y actos cruentos que fácilmente atraen la atención y compasión de quien observa; en otras palabras, estos echacuervos se dedicaban a robar y a vivir del placer sexual. No faltaban algunos que creyeran todo a pies juntillas.

Bibliografía:
Apuleyo, Lucio. La metamorfosis o el asno de oro. Traducción de Diego López de Cartagena (1500). Ed. Calpe. Madrid, 1989. (Versión en PDF)
Video referente
http://www.youtube.com/watch?v=HdYjnl5VQl0



[1] Apuleyo, Lucio. La metamorfosis o el asno de oro. Novela. Colección universal. Traducción de Diego López de Cartagena. Madrid, 1989 Libro 8, cap 1, p. 126 (versión en PDF)
[2] Ibídem Cap 1, p. 129
[3] Ibíd. Cap 2, p. 132
[4] Ibídem Cap 3, p. 137
[5] Ibíd Cap 4, p. 137

Apuleyo: La Metamorfosis o el asno de oro, (Libro VII)


Apuleyo: La Metamorfosis o el asno de oro,
(Libro VII)

     En el comienzo del texto, habla un ladrón de la compañía de la ciudad de Hipata, contando lo que oyó en la casa de Milón a la cual habían robado. Decía que en cuanto al plan resultó así como lo solicitaron. Que después de robar todo lo de aquella casa, regresando a la estancia, se mezcló entre la gente del pueblo haciéndoles creer su molestia por aquel acto. Al estar ahí escuchaba la manera en que todos se ponían de acuerdo para encontrar a los ladrones y darles su castigo, por lo que se esmeró en probarles con hechos concretos y verdaderos que un tal Lucio, hacía poco tiempo, había sido huésped en la casa de Milón por ser amigo íntimo entre sus familiares, y después de fingir un romance con una de las criadas, en ese momento espió muy bien las cerraduras de las puertas y ubicó el lugar en el que tenía su patrimonio. Para desgracia de ellos robó sus pertenencias por la noche y huyó en su caballo blanco dejando a uno de sus mozos. Este fue encontrado y echado a la cárcel por saber las maldades de su amo al cual por justicia quebrantaron y desmembraron como castigo por no querer confesar la verdad.
 “Lo cual, oyendo Apuleyo, que estaba hecho asno, gemía entre sí, quejándose amargamente que era tenido por culpado no siéndolo, y por traidor siendo bueno, y que no podía defender su causa”. (Apuleyo, Diego López de Cortegana, pág. 105).
     Al escuchar todo lo que se decía de él, lloraba dentro de sus entrañas y decía que realmente no se hacía justicia a los hombres, ya que la persona mala era recibida en el pueblo como un héroe, mientras que el bueno siempre pasaba como el peor de todos. Así se lamentaba:
“Así que yo, a quien su cruel ímpetu trajo y reformó en una bestia de cuatro pies, de la más vil suerte de todas las bestias, de la cual desdicha justamente habría mancillada y se dolería quienquiera de aquel a quien hubiese acontecido, aunque fuese muy mal hombre, sobre todo era ahora acusado de crimen de ladrón contra mi huésped muy amado, que tanta honra me hizo en su casa, el cual crimen, no solamente quienquiera podría nombrar latrocinio, pero más justamente se llamaría parricidio”. (Apuleyo, Diego López de Cortegana, pág.106).
     A pesar de querer negar todas las acusaciones no pudo decir una palabra. En cuanto a la doncella antes mencionada, había sido sentenciada a muerte por el romance tenido con Lucio. Sin duda esto para él era algo difícil y se quejaba de su desgracia. Por lo que toca a la persona que lo culpaba y acusaba de dichas situaciones, se fue a los caminos y con mucho dinero convenció a los que constantemente robaban en esos lugares de que ya no lo hicieran, y les pedía que se unieran a ellos para restituir el número de los que estaban en su compañía y con ello conseguir el temor de todos. Éstos no dudaron en unirse por el simple hecho de la pobreza por la que pasaban (aceptaron la propuesta por recibir dinero a cambio).
Después de juntarse y platicar llegaron a la conclusión de nombrar a un líder que los dirigiera. Salió uno entonces en busca de un hombre ya probado en las armas. Después de unos momentos volvió con él: era de aspecto grueso, fornido y bastante alto, y estaba mal vestido, con barbas muy largas. Al llegar los saluda y cuenta su procedencia, así como el nombre de su padre. Decía que era un ladrón famoso con el nombre de Hemo de Tracia al cual todas las provincias temían. Su padre se llamaba Terón, otro famoso ladrón, y anteriormente se había involucrado en muchas guerras, siendo el jefe de muchos hombres, además de estar por un tiempo al servicio en el palacio del emperador César. Les contó también que en uno de sus robos fue donde ocurrió una de sus desgracias: Estando en Macedonia, entraron a la casa de un caballero que anteriormente trabajaba para el emperador, y al estar en el cuarto de su esposa, ésta se dio cuenta, y con gritos y llanto llamó a sus escuderos y criados. Aún con éstos lograron escapar. Después como venganza la dueña pidió al emperador y mandó matar a todos los de su compañía. Cuenta que en ese día logró escapar de la boca del infierno, ya que se vistió de mujer y así no levantó sospecha entre los sirvientes del emperador.
“Entonces, hablando unos con otros, comenzaron a decir de la huida de la doncella y de cómo yo la llevaba a cuestas, y diciendo así mismo de la monstruosa y no oída muerte que para entrambos nos tenían aparejada”. (Apuleyo, Diego López de Cortegana, pág. 109).
     Se relata que  a los ladrones los quieren matar. Pero de entre ellos resulta que el nuevo ladrón llamado Hemo realmente se llamaba Lepolemo y los convence de dejarlos en libertad. Verdaderamente él era el esposo de la doncella y a base de su gran labor de convencimiento logra enviar a la doncella a un burdel de otra ciudad. Proponen entonces hacer un altar al dios Marte: unos salen a comprar vinos y comida, mientras que los demás encienden el fuego para el altar. Lepolemo se pone al servicio de los trabajadores preparando la comida y bebida de una manera cordial con lo cual los hace caer en su engaño. Además, daba de comer y beber a la doncella a escondidas y cuando  le daba un beso ella lo recibía con agrado.
     Lucio se molestaba bastante y reclamaba a la moza su falta de sinceridad. Le decía que rápidamente se había olvidado de él, además de provocarle mucho mal. Le reprochaba su inconsciencia ya que sin importar la burla de los demás ella sería capaz de hacerlo de nuevo. Consuelo para él era tener presente que todo era falso por lo que no se atrevería a hacerlo realmente.  
     Después de comer y beber, el traidor los embriaga bastante hasta el punto de no ser conscientes de lo que son para después encerrarlos y ponerlos en cadenas.
     A continuación, la doncella regresó a su ciudad y por derecho se juntó con Lepolemo. Entonces el asno fue nombrado como su guardador al salvarla de aquella situación. Además pidió a sus criados que fuera premiado de gran manera. Opinaban que lo mejor sería mandarlo al campo para que no le faltara alimento y que estuviera rodeado de yeguas a su placer con lo cual podría disfrutar de libertad.
     Por ello fue llevado muy lejos de ese lugar y lo único que recibió fue lo contrario: lo hacían trabajar mucho y constantemente era maltratado. Por fin se acordaron de la promesa hecha a la doncella y mandaron al asno al campo, en el que por un momento se sintió libre, y quiso escoger a las mejores yeguas para sí, solo que los garañones que también se encontraban cerca arremetieron contra él y como eran más grandes y fuertes no permitieron que se acercara más a dichas hembras. Tan mala era su suerte que además de todo este maltrato recibido de parte de los animales, fue después mandado a traer leña junto a un muchacho muy malo con carácter bastante agresivo, que siempre lo golpeaba y hería.
     Se cuenta que el asno tenía una inclinación muy particular hacia las personas ya que cuando los veía se lanzaba como enamorado. Así sucedió con una moza, a la que se arrojó con pasión, que de no ser por sus gritos y llanto habría muerto. Las personas que estaban cerca decidieron matar al asno rápidamente, y le encargaron de esta tarea al mozo que iba con él, quien se gozaba de cumplir la petición de las personas. Ya en la montaña a punto de matar al asno, el mozo se adelantó un poco a tomar leña, y de repente de una cueva salió una osa que provocó mucho miedo al asno, al grado de romper la soga a la que estaba atado  y huir. Fue encontrado éste por otro de los trabajadores que lo llevó nuevamente a casa por lo que el anterior mozo fue asesinado por la osa. Finaliza el capítulo con la venganza de la madre del mozo hacia el pobre asno que a base de golpes trataba de castigar al animal.


BIBLIOGRAFÍA
Apuleyo, Lucio. La metamorfosis o el asno de oro. Trad. Diego López de Cartagena (1500) Madrid, 1989. Libro 7 (versión en PDF)


Apuleyo: La metamorfosis, libro VI

El sexto libro de la Metamorfosis de Apuleyo inicia el relato con Psiche, que estando lastimada y llorando, acude al templo de Ceres y al de Juno a demandarles socorro, pero ninguno se lo dio para evitar el enojo de Venus.
«Psiche, muy lastimada, llorando, fue al templo de Ceres y al de Juno a demandarles socorro de su fatiga, y ninguna se le dio por no enojar a Venus» (Apuleyo. La metamorfosis: 88)
Psiche continuaba día y noche la búsqueda de su marido, transitando por diversos lugares. Deliberaba si con sus halagos lo podría amansar o al menos como sierva, con ruegos y oraciones, aplacar. Estando en esto, su vista diviso un templo en la sima de un monte alto, lo cual le hizo exclamar: «¿Dónde sé yo ahora si por ventura mi señor mora en este templo?».
Dirigiendo sus pasos hacia aquel lugar, su único alivio, ante el desfallecimiento por los grandes y continuos trabajos, era poder encontrar a su marido. Una vez en el templo, al ver el desorden que en este había, causado por las herramientas de trabajo seguramente de unos segadores, Psiche comienza a ordenar el lugar, pensando «que de ningún dios se deben menospreciar las ceremonias, antes, procurar de siempre tener propicia su misericordia».
Afanada en esta tarea, Psiche, es interrumpida por la diosa Ceres, que a grande voz le dirigió la palabra. «¡Oh Psiche desventurada! La diosa Venus anda por todo el mundo con grandísima ansia buscando rastro de ti: y con cuanta furia puede desea y busca traerte a la muerte; [...] y tú ahora estás aquí teniendo cuidado de mis cosas.»
Psiche lanzándose a sus pies le pide, con ruegos y plegarias, le permita ocultarse en ese lugar por un tiempo, ya sea hasta que la ira de Venus cese o hasta que sus fuerzas encuentren reposo y se restituyan. Aunque Ceres fue conmovida por las lágrimas y ruegos de Psiche, no le ofreció la ayuda que ésta necesitaba.
«Ciertamente yo me he conmovido a compasión por ver tus lágrimas y lo que me ruegas, y deseo ayudarte; pero no quiero incurrir en desgracia de aquella buena mujer de mi cuñada, con la cual tengo antigua amistad. Así, que tú parte luego de mi casa, y recibe en gracia que no fuiste presa por mí ni retenida.» (Apuleyo. La metamorfosis: 89)
Psiche, ahora con pena y enojo tras este encuentro, retomó su camino y su búsqueda. Nuevamente, en un valle selvático con grandes árboles, Psiche observa un hermoso templo, debido a la gran esperanza que guardaba, decide probar su búsqueda en aquel lugar. El templo estaba dedicado a la diosa Juno, así lo decían los «ricos dones de ropas y vestiduras colgadas de los postes y ramas de los árboles, con letras de oro que declaraban la causa por que eran allí ofrecidas y el nombre de la diosa a quien se dan.»
Psiche hincada frente al altar, comienza la suplica a la diosa Juno, para que ésta le socorra en el peligro que le ha sobrevenido. Inmediatamente, con toda su majestad, apareció la diosa Juno, quien al igual que Ceres, le negó su ayuda.
«Por Dios, que yo querría dar mi favor y todo lo que pudiese a tus rogativas, pero contra la voluntad de Venus, mi nuera, la cual siempre amé en lugar de mi hija, no lo podría hacer, porque la vergüenza me resiste. Además de esto, las leyes prohíben que nadie pueda recibir a los esclavos fugitivos contra la voluntad de sus señores.» (Apuleyo. La metamorfosis: 90)
Ante el fracaso en la búsqueda de su marido Eros, Psiche, no sin antes aconsejarse de su pensamiento, decide presentarse ante Venus, al tiempo en que pensaba su futura súplica. Mientras esto ocurría, Venus, enojada de andar buscando a Psiche, emprende vuelo hacia el palacio de Júpiter en el cielo en busca de ayuda. Este le concede su petición y le hace acompañar de Mercurio, él, una vez recibidas las instrucciones de Venus, parte a todas las ciudades y lugares, pregonando así: «Si alguno tomare o mostrare dónde está Psiche, hija del rey y sierva de Venus, que anda huida, véngase a Mercurio, pregonero que está tras el templo de Venus, y allí recibirá por galardón de su indicio, de la misma diosa Venus, siete besos muy suaves y otro muy más dulce(Apuleyo. La metamorfosis: 91)
Psiche, tras dar cuenta del mensaje que Mercurio pregonaba, se apresuró aún más a llegar ante Venus. Llegada Psiche ante las puertas del recinto de Venus, sucedió que una doncella de Venus, de nombre Costumbre, salía de aquel lugar, al percatarse de la presencia de Psiche, con mucha habilidad, le echó mano encima y la llevó ante Venus. Allí, Venus mando azotar a Psiche y le encomendó la tarea de separar granos, que previamente ya había mezclado; aquella noche, Psiche durmió cerca de la cámara donde Eros se hallaba encerrado.
«De esta manera, dentro de una casa y debajo de un tejado, apartados los enamorados, con mucha fatiga pasaron aquella noche negra y muy obscura.» (Apuleyo. La metamorfosis: 93)
Al amanecer del siguiente día, Venus llamó nuevamente a Psiche, le ordenó traer una flor del jardín. Psiche, atendiendo a la petición, decide ir a aquel lugar, pero con la intención no de hacer lo que Venus le había encomendado, sino de aliviar sus penas «lanzándose de un risco de aquellos dentro en el río». Una vez estando allí, una caña verde, por inspiración divina, le dirige el habla revelándole la forma en que ha de conseguir lo que desea.
«Pero después que pasare el ardor del mediodía y las ovejas se van a reposar a la frescura del río, podrás esconderte debajo de aquel alto plátano, [...] como tú vieres que las ovejas, pospuesta toda su ferocidad, comienzan a dormir, sacudirás las ramas y hojas de aquel monte que está cerca de ellas y allí hallarás las guedejas de oro que se pegan por aquellas matas cuando las ovejas pasan.» (Apuleyo. La metamorfosis: 94)
La diosa Venus, dudosa de que en verdad Psiche haya superado las pruebas, le hace saber su decir y le envía a otra encomienda. Psiche, dando cuenta de su imposibilidad para cumplir la encomienda de Venus, presente en su cuerpo y ausente en sus sentidos, parecía estar muerta.
Es entonces que el ave real de Júpiter, el Águila, recordando el servicio que antiguamente Eros prestó a Júpiter, dejó de volar por el cielo y se dirigió a la presencia de Psiche y le ayudó a cumplir su reto. Llegada Psiche frente a Venus con la prueba cumplida, esta le ordena una nueva tarea, ahora Psiche tendrá que ir al infierno y traer un poco de belleza de Proserpina.
Con la idea de arrojarse de una torre muy alta para descender con presteza a los infiernos, se dirigió hacia aquel, y es entonces cuando la torre le dirigió la palabra y le reveló el lugar donde se hallaba una puerta al infierno, así como las vicisitudes por las que tenía que atravesar.
Durante el regreso, Psiche quiso tomar un poco de la belleza que llevaba para Venus, sin embargo, en lugar de belleza sólo encontró «un sueño infernal y profundo», el cual la hizo caer en un letargo similar a la muerte. Eros, no soportando más la convalecencia de Psiche, escapó de su cámara, se dirigió hacia donde Psiche, y apartando de ella el sueño, la despertó.
Psiche llevó lo que traía de Proserpina a Venus; Eros, fatigado del gran amor, se dirigió al cielo, a casa de Júpiter, pidió su ayuda y él se la brindó, pese a que Eros nunca le había guardado honra. Entonces «mandó a Mercurio que llamase a todos los dioses a consejo [...] mandó a Mercurio que tomase a Psiche y la subiese al cielo, a la cual Júpiter dio a beber del vino a los dioses» (Apuleyo. La metamorfosis: 99), entonces, dirigiéndose a Psiche, Júpiter dijo: «bebe esto y serás inmortal; Eros nunca se apartará de ti». Y después de esto se llevaron a cabo los festejos de la boda entre Psiche y Eros, con abundancia de comida y bebida, y la participación de muchos otros dioses. Psiche dio a luz una hija, «a la cual llamamos Placer»

Bibliografía
Apuleyo, Lucio. La metamorfosis o El asno de oro: novela. De la traducción de Diego López de Cortegana (1500). Ed. Espasa Calpe, 1949. Versión electrónica PDF.

Apuleyo: La metamorfosis o el asno de oro, libro IV


El asno de oro narra la historia de Lucio, un hombre que, en su afán por aprender las artes ocultas, y por el error de una aprendiz de bruja, es convertido en asno. El azar hará que Lucio, en esta nueva condición, pase por distintas circunstancias, de tal suerte que, entre las desventuras y desdichas que vivirá con sus despóticos amos, tendrá la oportunidad de recopilar una cantidad muy amplia  de cuentos y sucesos vistos, vividos u oídos, en tanto busca la solución para  volver a su condición humana. En esta búsqueda por volver a su condición humana, con bastante acierto nos refleja el símbolo de un crecimiento en la sabiduría que Lucio sólo puede alcanzar después de un arduo camino de aprendizaje y padecimiento.
En el cuarto libro, específicamente, comienzan los relatos de la vida Lucio en su forma de asno, el cual nos muestra dos  relatos que escucha de los bandidos y un tercero,  muy interesante, que es narrado por la anciana que los acoge. El primer  relato de ellos fue un asalto a Criseros, un cambiador muy rico y señor de gran dinero, el cual, por miedo de los tributos y pechos de la ciudad, con grandes artes disimulaba y encubría gran riqueza”.[1] Este asalto fue frustrado debido a que aquel hombre tenía bien reforzada su casa, lo que dificultó a los ladrones el poder entrar, sin embargo en los hechos el capitán de ellos al querer arrancar el cerrojo de la puerta para poder acceder, fue clavado en la mano por Criseros, propiciando que en la huida tuvieran que arrancarle la mano a su capitán para poder sacarlo del lugar, de modo que esto le propició la muerte, mientras tanto en otro lugar del mismo sitio, otro de los compañeros logró acceder a la casa de una anciana que  estaba en su cama, a la cual despojó hábilmente, pero en uno de sus descuidos al quererse agachar para arrojar a la anciana por la ventana, la vieja lo empujó propiciándole la muerte.

El segundo relato nos cuenta cómo los bandidos asaltan a un hombre llamado “Democares, el cual celebraba grandes fiestas al pueblo, porque él era principal de la ciudad, hombre muy rico y liberal; hacía estos placeres y fiestas al pueblo por mostrar la magnificencia de sus riquezas”.[2]  En este relato los bandidos tienen la astucia de convencer a uno de sus miembros para que se disfrace con el cuero de un oso y de esta manera se infiltre en la casa de Democares, y que una vez llegada la noche les abra la puerta para ejecutar el robo sin ningún problema, ya que tenía demasiada seguridad y de este modo podía ser burlada. Una vez que todo estuvo preparado e introducido el compañero en el cuero de la osa, los demás miembros tramaron entre sí el botín que habían de obtener y de esta forma esperaron la noche pues no hubo ningún disgusto en que el rico aceptara aquella bestia para celebrar sus fiestas, como era costumbre, dando un espectáculo. Una vez que todos se fueron a descansar, Trasileo que era el ladrón, degolló a los guardias que lo custodiaban y al  portero, y llamó a sus compañeros para que acarrearan el botín, sin  embargo, no se dio cuenta que lo rodeaban los guardias,  los cuales le dieron muerte. De esta forma, contando estos sucesos, los demás bandidos celebraban contemplando el botín que habían obtenido de estos atracos.
El  último  relato muestra el  secuestro de una doncella poco antes de su boda, la cual sufre mucho debido a que no se llevó a cabo este suceso, y para calmar un poco su pena la anciana que acoge a los bandidos la trata de consolar con este relato. La historia habla de un rey que tenía tres hijas muy bellas, de las cuales sobresalía la más pequeña, Psiche,[3]  de la cual se decía  que “era tanta su hermosura, que no bastan palabras humanas para poder exprimir ni suficientemente alabar su belleza”[4]pero debido a su belleza nadie se atrevía a casarse con ella por lo cual permanecía en la casa de sus padres con una amarga soledad, debido a ello aborrecía su hermosura, pues le hacía falta el amor, como algo necesario para su felicidad. Por causa de esta belleza, era comparada con  la diosa Venus, los seguidores de esta diosa dejaron los sacrificios que le ofrecían para contemplar a esta bella joven, lo que propició la ira de esta diosa contra Psiche.

El amor  es representado por  Eros[5], llamado también  “Cupido,  hijo de Venus, con alas, que es asaz, temerario y osado; armado con saetas y llamas de amor”[6]este personaje es mandado por su madre para cobrar venganza, la cual consistía  en  enamorar a Psiche  de un hombre que fuera  contrario a ella, feo, sin dignidad, sin fortuna y con el cual encontrara miseria.
Después a la escena sale un oráculo que es consultado por el padre de Psiche, al creer que los dioses estaban en su contra, sin embargo, descubre en la respuesta de  la consulta al dios Apolo lo siguiente:
“Pondrás esta moza adornada de todo aparato de llanto y luto, como para enterrarla, en una piedra de una alta montaña y déjala allí. No esperes yerno que sea nacido de linaje mortal; mas espéralo fiero y cruel, y venenoso como serpiente: el cual, volando con sus alas, fatiga todas las cosas sobre los cielos, y con sus saetas y llamas doma y enflaquece todas las cosas; al cual, el mismo dios Júpiter teme, y todos los otros dioses se espantan, los ríos y lagos del infierno le temen”[7]

Al final del libro cuarto, concluye  con el sufrimiento de los padres por la suerte de su hija  y el abandono de Psiche en la cima de un risco del monte donde Apolo había mandado que la dejaran en su oráculo. En este lugar estando la bella joven muy temerosa, vino el viento que la toma  y la  lleva abajo del valle depositándola en un  prado muy verde y hermoso de flores y hierbas, donde la dejó.
Estas tres analogías nos reflejan tres casos que pudieran pasarnos en la vida cotidiana y en las cuales podemos aprender, de modo que crezcamos en sabiduría sin pasar por estas situaciones.
Bibliografía: Lucio ApuleyoLa metamorfosis o el asno de oro, [traducido por Diego López de Cartagena], Madrid, Ed. Espasa Calpe, 1949 (versión en pdf).

[1]   Lucio ApuleyoLa metamorfosis o el asno de oro, [traducido por Diego López de Cartagena], Madrid, Ed. Espasa Calpe, 1949 (versión en pdf), Pág. 57.
[2] Ibíd. Pág. 59. 
[3] Psique (en latín Psyche, en griego Ψυχή), divinidad griega, es la personificación del  «alma», es un concepto procedente de la cosmovisión de la antigua Grecia, que designaba la fuerza vital de un individuo, unida a su cuerpo en vida y desligada de éste tras su muerte.
[4] Ibídem. Pág. 67.
[5] En la mitología griega, Eros (en griego antiguo Ἔρως) era el dios primordial responsable de la atracción sexual y  el amor, venerado también como un dios de la fertilidad. En algunos mitos era hijo de Afrodita y Ares, pero según El banquetede Platón fue concebido por Poros (la abundancia) y Penia (la pobreza) en el cumpleaños de Afrodita. Esto explicaba los diferentes aspectos del amor.
A veces era llamado, como Dioniso, Eleuterio (Ἐλευθερεύς), ‘el libertador’. Su equivalente romano era Cupido (‘deseo’), también conocido como Amor.
[6] Lucio, Ibíd., Pág. 68.
[7] Ibídem. Pág. 69.