viernes, 17 de mayo de 2013

Formas artísiticas de lo imaginario en la Edad Media


Formas artísticas de lo imaginario

Joaquín Yarza Luaces

 

Joaquín Yarza Luaces, catedrático de historia del arte, historiador del arte español y uno de los
grandes medievalistas hispanos, presenta en este libro trabajos de iconografía medieval, donde la presencia de lo fantástico y lo imaginario se pone de manifiesto. Entre los temas de los artículos reunidos en este libro, están lo fantástico, el Diablo, la muerte, la imagen de la mujer, ilustraciones de Beatos, san Miguel y la balanza, etcétera.

Para esta presentación me remitiré al tema de lo fantástico y al tema del diablo.

 

Reflexiones sobre lo fantástico en el arte medieval español

“Es muy difícil –considera el autor–, cuando se habla del mundo medieval, establecer criterios generales aceptablemente claros que permitan calificar [como fantástico] a lo artístico”[1]. Ello en razón de dos aspectos dominantes, uno de los cuales parece obligar a que todo lo religioso se considere fantástico, mientras que el otro lo impide; el primero es el “predominio del arte religioso que exige la representación material de lo que suele ser inmaterial”[2], y el segundo es el “sistema de trabajo que requiere el uso de modelos que se copian continuamente”[3].

Si se utilizan las historias del Antiguo y del Nuevo Testamento, al intentar expresar en imágenes el mundo de lo sagrado, su carácter “histórico” los dota de una cualidad de crónica de la cual está excluido lo fantástico. Por otra parte, cuando se pretende “materializar lo invisible y visualizar lo numinoso”[4] es mucho más difícil denominar o no como parte de lo imaginario a una obra.

Entre la imagen de Cristo y los evangelistas, tal y como se representan en el ábside central de la iglesia pirenaica de San Clemente de Taüll (arriba derecha) y en la portada del Sarmental de la catedral de Burgos (arriba izquierda), el autor estima que la primera es una obra fantástica y la segunda no. “El cristianismo habló de una realidad fenoménica engañosa y de otra, velada a los hombres, que es la auténtica”[5]; y se puede hablar de un “arte fantástico religioso, expresión de lo numinoso”[6] cuando el artista para recrear esa otra realidad, verdadera, buscaba el lenguaje más alejado de la realidad, así en San Clemente de Taüll. Por el contrario, cuando lo que se busca es acercar lo sagrado al hombre, cuando se enfatiza la humanidad del ser divino, “el sistema representativo está más cerca del ambiente en que el hombre se desenvuelve”[7], así en la catedral de Burgos.

A lo fantástico se le pueden atribuir diversas funciones o significados, “una contestación a los moldes rígidos”[8] en los cuales el artista suele moverse, “una intención lúdica”[9], “un deseo de evasión de la realidad”[10], un medio para representar al mal “como monstruo”[11].

Lo fantástico se halla en diversos ámbitos, como en la arquitectura –siendo la primera obra fantástica la catedral gótica del siglo XIII, asimismo el castillo-palacio tardomedieval–; la literatura –en la descripción de las obras arquitectónicas, por ejemplo–; en la arquitectura imaginada, como es el caso de dibujos de un “soberbio y complicado castillo”[12] en un folio entero en el manuscrito Fortalitium Fidei, de Alonso de Espina, ilustrado por García de San Esteban para el obispo Montora en 1464: “Las torres desbordan de ángeles con todos los atributos imaginables referentes a la pasión […] una enorme muchedumbre es dirigida por el papa, reyes, obispos, etc. […] La puerta se abre y el ejército cristiano se lanza contra los sarracenos”.

También hallamos lo fantástico en las ilustraciones de libros, como las miniaturas, letras iniciales, siendo temas constantes el dragón, vegetales, escudos, espectadores, aves, escenas bíblicas, en ocasiones letras iniciales están formadas por animales.

Los artistas medievales se valieron de múltiples medios técnicos y los significados y usos de lo fantástico también fueron múltiples, aunque la decisión de cuándo una obra debe ser considerada como fantástico esté abierta a debate.

 

Del ángel caído al diablo medieval

Se analiza la transformación del representante máximo del mal en el mundo cristiano, el diablo, “desde los gesticulantes demonios románicos del maestro Gislebertus en Autun, pasando por los filosóficos contemplativos de Nuestra Señora de París, reinventados en su mayoría por Viollet-le-Duc, y terminando en los seres monstruosos de cuerpo parcialmente metálico de un Bartolomé Bermejo, toda la figuración religiosa medieval se hace inquietante continuamente por la presencia de esa contrafigura de Dios, que es el Diablo”[13].

El diablo está presente en los textos cristianos desde la biblia, en los primero siglos del cristianismo no parece darse de él en la mayoría de los casos más que descripciones breves, lo cual es “explicable por su carácter inmaterial y porque no se vio la necesidad de dar detalles más o menos anecdóticos”[14], sectas antiguas sí dieron forma a seres superiores en sentido positivo y negativo; gnosticismo y maniqueísmo, por ejemplo, influyeron en el cristianismo y éste llegó a aceptar “un cierto dualismo que va a pervivir a lo largo de la Edad Media, brotando de forma ostentosa en ocasiones (catarismo)”[15].

Los espíritus más claros, como San Agustín, evitaban la anécdota porque creían que “en principio los diablos eran de naturaleza aérea, mantenida después de la caída”[16], mientras que por otro lado se iba desarrollando la literatura monástica, “el asceta, verdadero héroe cristiano, mantenía una lucha constante con el demonio, su enemigo, presente bajo las formas más insospechadas”[17], bajo apariencias engañosas, imágenes grotescas, figuras animales, mujeres atractivas, incluso ángeles de luz, siendo una de los más notables su aparición bajo la figura de un pequeño niño negro.

En el altomedievo, “en las artes plásticas la figura del demonio surge muy tempranamente, pero sin que durante mucho tiempo […] llegara a alcanzar un cierto protagonismo ni se creara una fórmula duradera y convincente”[18], ya durante los siglos IX y X “se desarrolla […] toda una rica iconografía que puede tipificarse. Por un lado, el mantenimiento de la tradición antigua, con un diablo que tiene aún mucho de ángel. Luego en relación posible con los textos que hablan de seres negros, porque representan las tinieblas, y la tradición del pequeño etíope, más los diablos burlones que se mofan de los monjes del desierto, surge la imagen dinámica del diablo bizantino repetido en Occidente y que muy posiblemente enlaza con el truculento monstruo románico”[19].

En los textos hispanos no se intenta ofrecer una descripción del diablo, mientras que en las fuentes escatológicas musulmanas “es de destacar la minucia con que se explican infierno y paraíso”[20], parece que de ahí derivó una influencia a los reinos occidentales sobre la descripción del diablo y el infierno en ilustraciones de épocas posteriores.

En el Comentario al Apocalipsis de Beato de Liébana se “hace patente la metamorfosis del demonio en un ser monstruoso a partir de una fecha no bien determinada pero que puede ser a mediados del siglo X.

En el Beato de Gerona, en el folio donde se muestra el descenso al infierno, por ejemplo, “es posible encontrar entre los monstruos que pueblan un notable infierno, la influencia […] de los «hádices» musulmanes”[21].

Para esta época, hay además del Diablo los diablos, seres infernales, “demonios de menor importancia en los que al color oscuro se une la buscada monstruosidad y el gesto animado que va a caracterizar los tiempos posteriores románicos”[22].

En ocasiones, el Diablo tiene doble cabeza, a veces con un nimbo de luz negra, con pies monstruosos, alas negras, existen también diablos de varias cabezas.

El demonio, “como ser de claras señales malignas, no se creó en el románico sino que ya entonces tenía una larga historia, tanto en Oriente como en Occidente. Y […] fue en los reinos cristianos españoles occidentales donde sufrió más transformaciones y presentó un mayor número de caras diferentes”[23].



[1] Yarza Luaces, Joaquín, Formas artísticas de lo imaginario, Anthropos, Barcelona, 1987, p. 15.
[2] Ibidem.
[3] Ibidem.
[4] Ibidem.
[5] Idem, p. 16.
[6] Ibidem.
[7] Ibidem.
[8] Idem, p. 18.
[9] Ibidem.
[10] Ibidem.
[11] Ibidem.
[12] Idem, p. 32.
[13] Idem, p. 47.
[14] Idem, p. 48.
[15] Idem, p. 49.
[16] Ibidem.
[17] Ibidem.
[18] Idem, p. 51.
[19] Idem, p. 53.
[20] Idem, p. 54.
[21] Idem, p. 56.
[22] Ibidem.
[23] Idem, p. 68.

jueves, 16 de mayo de 2013

La escolástica y la universidad en la edad media

La escolástica y la universidad en la edad media

La escolástica está íntimamente ligada con la universidad, así  al nacer una nació la otra: “la nueva institución se desarrollara, en un principio, en París y en Oxford…y su aparición se considera inseparable de la emergencia del tipo de cultura que llamamos escolástica.”[1] La escolástica gozaba de una situación privilegiada al igual que la universidad. La universidad es el cuerpo docente que la conforma y “la escolástica es el tipo de enseñanza magistral que la universidad se encarga de promover.”[2] Así no hay la una sin la otra. Así ambas nacen hacia los umbrales del siglo XIII, y tiene su decadencia ambas hacia finales del silo XV, con la llega y establecimiento  del humanismo. En el año de 1215 se promulgaron los estatutos de la universidad de París  ,los cuales organizarán también la escolástica, a través de una normativa que regiría el cuerpo universitario y al mismo tiempo ordenación de los textos que deberían de ser comentados como: “Organon, Ethica noca et vetus de Aristóteles, Issagoge de Porfirio, Institutiones de Prisciano, Barbarismus de Donat, etcétera.”[3]Con estos estatutos que rigen lo que debe se leído por los docentes en las universidades, es decir los textos autorizados, por ejemplo los textos de la filosofía natural de  Aristóteles estaban prohibidos, así se ve que de un mismo autor se permitía leer algunos texto y otros no, lo cual a las luces actuales parecería una contradicción.
                Por escolástica se designa “el magisterio de un cuerpo profesional que se apoya en un estatuto sancionado por el papa y que se compone de maestros encargados de comentar los textos legitimados que se elevan a la categoría de autoridad. El trabajo del maestro era supervisado por el cuerpo institucional, encargado de condenar cualquier desviación. Todo ese universo de textos constituye el horizonte de la escolástica y su frontera viene marcada por la prohibición impuesta a otros libros”[4] Entonces, una de sus características es su carácter corporativo. Un cuerpo cerrado y aislado. Así la escolástica posee los verdaderos saberes. No puede recibir ningún saber que venga de fuera de su cuerpo y sus textos, entonces nada que venga fuera de sus aulas estaría permitido. Así la idea sería influir sobre el mundo pero no recibir de él hasta no ser sancionado o aprobado. Pero no todo parece tan oscuro, sino que aquí el libro escrito es usado como un objeto para ser leído a los alumnos y para que los alumnos lo pudieran leer y a la vez el libro pueda ser copiado, en un latín muy rígido y sin influencias. Así se hacían copias del griego al latín para ser usado por los escolásticos y esto daba pie, a ratificar, que solo trasmitían lo de un grupo selecto de textos y que además estaban traducidos al latín.
                Los textos solo se comentaban no se criticaban, ya que así era la labor de los maestros escolásticos al trabajos con los textos con sus alumnos. Así los textos y la enseñanza en las universidades estaban agrupados en cuatro facultades: “Facultad de artes (filosofía), facultad de derecho (canónico y civil), la facultad de medicina y la facultad de teología.”[5] Así la escolástica estaba descompuesta en cuatro escolásticas distintitas e independientes: filosófica, jurídica, médica y teológica.  Pero existía una de ellas que parecía ser el tronco común de las otras que era la escolástica filosófica. Así el jurista, el médico y el teólogo debían de ir a la faculta de artes para adquiere el conocimiento filosófico para después irse a su especialidad. Así “la escolástica marca el triunfo de Aristóteles: durante varios siglos, las escolásticas especificas se apoyaron en la escolástica aristotélica enseñada en la faculta de artes y todas ellas, directa o indirectamente, están impregnadas de aristotelismo.”[6]
                El maestro escolástico seguía un método para dar su lección, el cual constaba de seis fases: La primera que es del maestro, en la cual el maestro, escoge del autor un texto y dentro de este un problema, enunciándolo con la ayuda de una interrogación; la segunda fase incumbe a un interlocutor imaginario, esta fase es una lista de todas las objeciones que se oponen a lo que dice el maestro;  la tercera fase la lleva el maestro, enunciando la tesis magistral antes de defenderla contra las objeciones; la cuarta fase es la defensa de la tesis contra las objeciones; En la quinta fase el maestro expone los argumentos que sostiene su tesis. En la sexta fase el maestro hace una recapitulación de los argumentos de las objeciones y los refuta mediante una respuesta a cada una de dichas objeciones. Pero es de notarse que el dialogo real no existe, lo que decía Platón en forma de diálogo dejó de usarse para usar la forma aristotélica de presentar los argumentos. Pero dentro de esta forma rigurosa en que los maestros escolásticos daban su lección aparece como motor de sostenimiento de la misma durante varios siglos la contraposición entre San Agustín y Aristóteles. Así con los puntos de vista de cada uno de ellos la enseñanza de las cuatro áreas, y principalmente la filosófica, era el tronco común de las otras, y esto daba como resultado que se podía tener alejada a la monotonía, ya que la contraposición entre ambos: San Agustín y Aristóteles, es lo que el maestro escolástico podría exponer durante su enseñanza.



San Agustín



Aristóteles


Buenaventura


Averroe
Las dos órdenes  y las formas de escolásticas a mediados del siglo XIII corresponden a los franciscanos y a los dominicos, ambos con sus respectivos representantes entre los que se encuentran, principalmente, el franciscano Buenaventura y el dominico Tomas de Aquino,  ambos respaldados por los ideales de sus órdenes y de las figuras de San Agustín y la de Aristóteles. Así “el conflicto que opone al <antiguo> San Agustín y al <nuevo> Aristóteles proporciona el marco específico a partir del cual la escolástica determina sus opciones.”[7] Así esta disputa entre ambas escolásticas permitió que esta viviera varios siglos, ya que le daba fuerza e ímpetu. “Ambas escolásticas impulsaron sus respectivos objetivos con suma claridad hasta sus últimas consecuencias y cada una de ellas percibía los objetivos de la otra como absurdos incomprensibles.”[8] Están por un lado los pensamientos de Buenaventura, sobre las ideas de Aristóteles y las que defienden los aristotélicos averroístas.[9]  Buenaventura piensa que: “las artes no producen más que ideas tenebrosas.”[10]  A su vez “el averroísta considera la doctrina del teólogo como mera mitología.”[11] Ambas escolásticas se enfrentan de este modo con sus respectivos seguidores y representantes. Así como por un lado las ideas de Aristóteles que se puede decir son más “novedosas” y las ideas de San Agustín (y la patrística[12]), que son más platónicas y místicas pero profundamente religiosas. Así con el avanzar de los siglos de cada una de estas escolásticas se puede decir que surgen otras representadas por el maestro Eckhart y por Duns Escoto. Entonces, estas pugnas entre diversas modificaciones de la escolástica y la aparición de algunas de ellas diferentes a las otras dio paso a su fin ya que aparece una dispersión de la escolástica.



Eckhart



Duns



La escolástica a los comienzos del siglo XIV conjuntado con otros  acontecimientos como el papa humillado en Aviñon y el Gran Cisma, así como esta dispersión en diferentes escolásticas dio paso a que se encaminara a su fin. Así como la misma traducción de la Biblia a otras lenguas vernáculas como el inglés, alejándose del latín, y la aparición de un maestro agustiniano de la Universidad de Wittenberg, Martín Lutero están marcando el fin de la escolástica. Así se deja atrás solo el comentario de los textos seleccionados y aprobados por un poder papal, sino que se abrirá a la crítica y cuestionamiento de otra forma de pensar.



Martín Lutero


 


[1]Goff. Jacques Le, Schimitt, Jean Claude. Diccionario razonado del occidente medieval, tr. Ana Isabel Carrasco Machado, Akal, Madrid, 2003, p. 261.
[2]Idem.
[3]Idem.
[4]Idem.
[5]Ibid., p. 263.
[6]Idem.
[7] Ibid., p.265.
[8] Idem.
[9] Averroismo según Abbagnano es la doctrina de Averroes tal como fuera entendida e interpretada por los escolásticos medievales y por los aristotélicos renacentistas. Puede compendiarse en los siguientes puntos fundamentales: 1) eternidad y necesidad del mundo, que es una tesis contraria al dogma de la creación, 2) separación del entendimiento activo y el pasivo del alma humana y su atribución a Dios, así priva el alma de su parte más elevada e inmortal, 3) doctrina de la doble verdad o sea de una verdad de razón, que se obtiene de la obras de Aristóteles, el filósofo por excelencia, y de una verdad de fe, las cuales pueden hallarse en pugna entre si. Abbagnano, Nicola, Diccionario de filosofía, actualizado y aumentado por Giovanni Fornero, 4ª ed., Fondo de Cultura Económica, México, 2004, p. 121.
[10] Goff. Jacques Le, Schimitt, Jean Claude., op.cit., p. 265.
[11] Idem.
[12] Patrísticas sería la filosofía cristina delos primeros siglos. Consiste en la elaboración doctrinal de las creencias religiosas del cristianismo y en su defensa contra los ataques de los paganos y los herejes. Se caracteriza por no distinguir entre religión y filosofía. La herencia patrística fue recogida por la escolástica en la figura de San Agustín. Abbagnano, Nicola,  Diccionario de filosofía, actualizado y aumentado por Giovanni Fornero, 4ª ed., Fondo de Cultura Económica, México, 2004, p. 797-798.

sábado, 4 de mayo de 2013


Literatura Apocalíptica Cristiana (Hasta el año 1000)

J- Lozano Escribano-L. Anaya Acebes


El autor comienza con la explicación de términos y conceptos, basándose en el estudio de la ciencia de la religión. Nos dice que ésta emplea dos términos para referirse al destino final del hombre y de la humanidad: Escatología y Apocalíptica. Menciona que el significado de la Escatología es “la doctrina de lo último”; es decir, un compendio de las concepciones acerca de las últimas cosas que le sucederán al hombre después de la muerte, y, no sólo al hombre como individuo, sino al destino final de la humanidad en general. (11)

La Apocalíptica, en cambio, significa etimológicamente “descubrimiento, manifestación”. Esta manifestación viene  de parte de Dios a través de sus profetas. Se refiere a la historia del mundo y la humanidad, desde la creación del mismo hasta su aniquilación. (11)

Refiere que existen tres ámbitos concernientes al estudio de lo apocalíptico, cada uno con su propia denominación, el ideológico, el literario y el social: Apocalíptica, que corresponde al ámbito ideológico, nos dice que es la ciencia que se ocupa de la revelación que Dios ha hecho del inminente fin de la lucha entre el bien y el mal a través de la historia. Apocalipsis, correspondiente al ámbito literario, es un género de literatura narrativa, cuyo mensaje consiste en la idea en que un ser sobrenatural transmite al receptor humano una revelación a través de la cual da a conocer una realidad trascendente, que en lo temporal apunta a una salvación escatológica y en lo espiritual a un mundo sobrenatural.

Apocalipticísmo es el fenómeno social constituido por los movimientos y grupos de carácter apocalíptico de una determinada época. Asimismo, el autor aclara que a estos términos hay que añadirles el milenarismo, mismo que hace referencia a un periodo de mil años en el cual reinará Cristo sobre la tierra en compañía de sus elegidos, introducido por Juan en el Apocalipsis, y que tendrá, posteriormente, una gran trascendencia en el cristianismo de los primeros siglos. (11)

Según el autor, la fenomenología y la historia de las religiones atestiguan que detrás de estos conceptos se esconde la creencia de una vida ultramundana más allá de le a muerte,  y que, el hombre llega a este convencimiento como remedio a un miedo e inseguridad ante el hecho incontestable de la muerte. En definitiva, la preocupación escatológica-apocalíptica es el resultado de una falta de seguridad psicológica en el hombre ante la incertidumbre del futuro posterior a su existencia. (12)

Asimismo, manifiesta dos ideas contradictorias de las que, desde tiempos remotos, los hombres se han afianzado. Por un lado, le han tenido un terror profundo a la muerte y, por otro, han ansiado un tipo de supervivencia más allá de ella, es decir, han añorado la inmortalidad. Se dice que este doble sentimiento adquirió tal fuerza y consistencia en sus vidas que idearon un mundo de ultratumba como continuación de la vida que habían llevado sobre la tierra. El autor dice que resultaba difícil para ellos concebir el aniquilamiento total del “espíritu”. (13)

La fenomenología de la religión también manifiesta que todos los pueblos, en general, han percibido la distinción entre espíritu, en tanto que sinónimo de aliento o principio vital, y cuerpo, otorgando al término espíritu el significado de “aire, aliento” del universo, como sinónimo de la divinidad misma, que todo lo informa. (13)

Introducción de la idea de la recompensa

A partir de la concepción del alma o espíritu ya individualizada y con existencia autónoma, se comienza a abrir paso la idea de una recompensa después de la muerte para compensar a las personas en razón de los méritos o deméritos de su vida. La manifestación que el hombre experimenta en esta vida, llena de sufrimientos e injusticias, le  ha llevado a postular que después que de  la muerte tiene que existir otra vida en la que sea restituida la justicia.

Necesidad de introducir el concepto de juez y juicio de las almas

La introducción de la creencia de premios y castigos en la otra vida implicaba la necesidad de establecer un mecanismo que garantizase la objetividad y la equidad a la hora de recompensar o castigar. En efecto, para valorar los méritos o deméritos de la vida presente, se recurrió desde antiguo a un juicio de las almas realizado por la divinidad, juez justo y conocedor de los actos del hombre.  Es frecuente que se postulen en diferentes religiones dos clases de juicios, uno individual y  otro universal.

Nos dice el autor que, aunque no existe una coincidencia exacta entre las religiones, es frecuente que se postulen dos clases de juicios, uno individual y otro universal para restaurar la justicia. Asimismo, existe una cierta contradicción interna en torno a las ideas relativas al juicio después de la muerte. Por una parte, es posible imaginar que los muertos se hayan en la tumba durmiendo un sueño profundo, en espera del toque de la trompeta que levantará  a los muertos para ser juzgados por Dios. Por otra parte, es posible imaginar también que inmediatamente después de la muerte tiene lugar un juicio particular sobre cada hombre, por medio del cual recibe un anticipo de las alegrías del paraíso o de los tormentos del infierno. (19)
La profecía apocalíptica
Apogeo de la profecía apocalíptica anterior al exilio babilónico.
Durante los siglos VIII y VII a.C.  los verdaderos profetas aportaron un nuevo estilo a la teología y a la religión. Su figura fue emergiendo en virtud del sentimiento que transmitían en su manera de ser y actuar, de ser portadores del llamado de Dios, de su conciencia de contacto permanente con la divinidad, de la misión social que se  les había encomendado. En otras palabras, el profeta autentico era el instrumento del que Dios se servía para enderezar el curso de la historia, en su sentido siempre salvífico. El profeta será quien, sobre todo en los tiempos difíciles, sepa captar los signos de los tiempos.
A esta época pertenece el profeta Isaías, en el que comienzan hacer acto de presencia elementos que posteriormente serian esenciales para la configuración del paradigma apocalíptico, expresados en un lenguaje críptico y simbólico, al que no hay otro remedio que aplicar una interpretación alegórica. (44)
 En un análisis de sus profecías, podemos destacar lo siguiente:
·         Comienza, en primer lugar, recordando  que Yavé se está tardando en restaurar a Jerusalén :
Sobre tus murallas, ¡oh Jerusalén! he puesto centinelas que no se callarán ni de día ni de noche. Vosotros, los que hacéis que se acuerde Yavé, no os deis  descanso. Y no les des tregua hasta que restablezca Jerusalén para gloria de la tierra (Is. 62,6-7),
 pero reconoce que la tardanza es por culpa de los pecadores:
Vuestras iniquidades cavaron un abismo entre vosotros y vuestro Dios, vuestros pecados hacen que Él oculte su rostro para oíros; porque vuestras manos están llenas de sangre (Is. 59, 2-3).
·         Anuncia a continuación el juicio final, que irá acompañado de una serie de catástrofes cósmicas que aniquilaran al mundo:
Porque está  irritado Yavé  contra todas las naciones, airado contra todo el ejercito de ellas. Las destina al destierro, las entrega al matadero, y sus muertos  quedarán abandonados (Is. 34,2),
Porque he aquí que llega Yavé en fuego y en su carro un torbellino para tornar suira en incendio y sus amenazas en llamas de fuego. Porque va a juzgar Yavé por el fuego y por la espada a toda carne y caerán muchos a los golpes de Yavé. (Is. 66,15-16).
·         E inmediatamente después de las catástrofes, y con anterioridad del juicio tendrá lugar la resurrección de los muertos:
Revivirán los muertos, resucitaran sus cadáveres.  Alzaos y cantad los que yacéis en el polvo, pues tu rocío es rocío de luz, y renacerán las sombras del seno de la tierra (is. 26,19).
·         Concluido el proceso de destrucción, el juicio final y la resurrección de los muertos, el profeta anuncia que Yavé creará unos cielos nuevos y una tierra nueva, es decir, una nueva creación que será indestructible:
Porque voy a crear cielos nuevo y una tierra, y ya no se recordará lo pasado, y ya no habrá de ello memoria. Sino que se gozara en gozo y alegría eterna de lo que voy a crear yo, porque voy a crear a Jerusalén alegría, y a su pueblo gozo (Is. 65,17-18).
·         Y como intermediario entre Dios y su pueblo, garante y ejecutor de las obras de Yavé, el profeta anuncia la venida de un rey mesiánico, descendiente de la casta de David, que garantizará la independencia y la prosperidad del pueblo de Israel:
Porque nos ha nacido un niño, nos ha sido dado un hijo, que tiene sobre su hombro la soberanía, y que se llamará Maravilloso Consejero, Dios Fuerte, Padre Eterno, Príncipe de Paz, para dilatar el imperio y para una paz ilimitada sobre el trono de David y sobre su reino, para afirmarlo y consolidarlo en el derecho y la justicia desde ahora y para siempre jamás (Is. 9,5-6).
  Sin embargo, en otro pasaje dice que:
… brotará una vara del tronco de Josué y retoñará de sus raíces un vástago, sobre el que reposará el espíritu de Yavé, espíritu de sabiduría e inteligencia, espíritu de consejo y fortaleza, espíritu de entendimiento y temor de Yavé (Is. 12,1-2).
Texto que por su contenido anuncia el cambio hacia una nueva figura salvadora, no ya un rey terrenal descendiente de la estirpe de David, sino un ser de carácter trascendente y espiritual, cuyas funciones serían las de ejecutar el plan que Dios ha concebido para su realización en el mundo. Este plan de Dios, concebido como la sabiduría personificada de Dios, irá condensándose con el paso del tiempo, hasta adquirir corporeización, como se verá en el análisis de los apocalipsis de Daniel, Enoc y, sobre todo el Apocalipsis de Juan. (47)     

El Apocalipsis de Juan
El libro nos dice que el Apocalipsis de Juan significa la revelación de Jesucristo a sus siervos para instruirlos sobre los acontecimientos que van a suceder pronto. El autor afirma  que es la primera obra que con tal denominación se nos ha transmitido en la literatura canónica, y que no puede ser atribuida al autor del evangelio del mismo nombre. Asimismo dice que la redacción y publicación de este libro pone de manifiesto hasta qué punto había renacido la mentalidad apocalíptica en las comunidades de Asia Menor hacia finales del siglo I d.C. por la amenaza de persecución que se cernía sobre los cristianos. La finalidad del Apocalipsis en efecto, fue fortalecer el valor de los cristianos en un momento de especial dificultad ante las persecuciones de que eran objeto por parte del poder político romano.
En esta parte, el autor nos sintetiza el Apocalipsis de Juan y nos dice que en él  se escenifica una lucha cruel entre dos bandos, abanderado, uno, por Dios y el poder del Cordero, que es Rey de Reyes y Señor de Señores, y el otro, por el dragón y sus secuaces, la bestia, el falso profeta y los reyes de la tierra aliados de la bestia. Pero que, sin embargo, la victoria no puede ser dudosa, y a la victoria seguirán el juicio de Dios que dará a cada uno según sus obras. Este es, en síntesis, el tema o argumento del Apocalipsis.
Como síntesis de la obra, nos dice el autor, podemos decir que Juan anuncia el juicio final de la humanidad, precedido por tres secuencias: un tiempo de larga y dolorosas pruebas, tales como cataclismos, catástrofes, terremotos etc.; un periodo de paz terrenal de mil años de duración, durante el cual el demonio estará encadenado, y un tercer periodo muy breve en el tiempo, pero terrible, durante el cual tendrá lugar el combate final entre el bien y el mal, que precederá inmediatamente al fin de los tiempo, el juicio final y la eternidad definitiva en la que los elegidos serán agrupados en torno al Cordero, que representa a Jesús, mientras que los impíos serán condenados al fuego eterno del infierno (105).

Bibliografía:
Lozano, Escribano y Anaya, Aceves, Literatura Apocalíptica Cristiana (hasta el año 1000)  Ediciones Polifemo, Madrid, 2002.
Sagrada Biblia, edición y traducción de Nácar-Colunga, B.A.C, Madrid, 1960